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jueves, 25 de mayo de 2017

TERROR EN UNA CIUDAD DE TEXAS

Terror in a Texas Town - 1958

Director: Joseph H. Lewis
Guión: Ben Perry, Dalton Trumbo

Intérpretes:
- Sterling Hayden: Georg Hansen
- Sebastian Cabot: Ed McNeil
- Nedrick Young: Johnny Crale
- Victor Millan: Mirada
- Carol Kelly: Molly

Música: Gerald Fried
Productora: Seltzer Films / United Artists
País: Estados Unidos


Por Xavi J. Prunera. Nota: 7,5

McNeil: “El tipo de crimen al que estás acostumbrado ya no está de moda”
Crale: “Mientras haya hombres como tú, habrá trabajo para gente como yo"


SINOPSIS: Prairie City, Texas. Sven Hansen, un granjero sueco, es asesinado por orden de Ed McNeil, el cacique local, al negarse a vender sus tierras. Poco después llega al pueblo Georg, el hijo de Hansen, un pescador que tampoco querrá vender la granja de su padre. Lo que no sabe Georg es que McNeil quiere sus tierras porque contienen petróleo y que para lograr su objetivo el poderoso cacique ha contratado los servicios de un despiadado pistolero: Johnny Crale.


Aunque soy muy consciente que aún me quedan algunos clásicos del western por ver y revisar me he propuesto hace poco ir visionando, simultáneamente, todos aquellos westerns de serie B que pueda y merezcan la pena. Naturalmente, estamos hablando de pelis mucho menos conocidas que los standards del western de toda la vida. Y eso implica que las escasas referencias que nos van llegando sobre ellas puedan, incluso, hacernos dudar sobre la veracidad y/u objetividad de nuestros avaladores… ¿Será tan buena como dicen? ¿No me la estarán sobrevalorando en demasía?  Si es tan buena… ¿Por qué es tan poco conocida?


Afortunadamente yo soy de aquellos que confían en sus avaladores. En primer lugar porque, en mi caso, son compañeros cinéfilos con bagaje y criterio. Y en segundo lugar porque me lo han demostrado sobradamente. No en vano, las dos primeras recomendaciones a las que me he enfrentado (“Tambores Apaches” y la que hoy nos ocupa, “Terror en una ciudad de Texas”) me han gustado muy mucho. Pero bueno, dejémonos de circunloquios y vayamos a “Terror en una ciudad de Texas”.


Para empezar diré que pese a contar con una premisa argumental aparentemente algo trillada y simplona (la venganza), “Terror en una ciudad de Texas” es, sin embargo, una peli interesante, entretenida y muy jugosa. De entrada porque detrás de quien firma el guión (Ben Perry) está, en realidad, Dalton Trumbo (“Johnny cogió su fusil”, “Vacaciones en Roma”, “Papillon”, “Espartaco”…), uno de los mejores guionistas de Hollywood. Y eso significa, naturalmente, que el guión no es tan trivial o canónico como pueda parecer a primera vista y que —al margen de extraordinarios diálogos— contiene, asimismo, segundas lecturas muy dignas de tener en cuenta. En este caso —básicamente— la de que para lograr cualquier objetivo hay que luchar por vencer el miedo y, ya de paso, romper la “ley del silencio”. Una lectura, como podemos constatar, muy en su línea de defender la libertad de expresión y de luchar contra el macarthismo o Caza de Brujas que persiguió a este grandísimo guionista durante años. Por otro lado, además, estamos ante un western protagonizado por un sueco. Un inmigrante, vaya. Pescador para más señas. Un tipo que no usa revólver y que en pleno clímax de la peli se enfrentará a su rival con un arpón para matar ballenas. Así pues, sólo me queda decir que si con todo lo expuesto seguís creyendo que estamos ante una propuesta rudimentaria y banal, dejémoslo aquí.


Lo que más me ha sorprendido de “Terror en una ciudad de Texas” es, sin embargo, su extraordinaria puesta en escena. Sus encuadres. Su fotografía. Su riqueza de planos. Y es que pese a que estamos ante un western modesto, de serie B, el particular enfoque visual o estético de su director, Joseph H. Lewis, me ha parecido realmente portentoso. Naturalmente, la escasez de medios o presupuestaria habrá influido en la repetición de algunos de estos magníficos planos para tratar de rellenar o alargar una peli más bien corta (80 minutos) pero lo que está claro es que este cineasta (del que no he visto ninguna peli y solo me suena, ligeramente, “El demonio de las armas”) es, como poco, un excepcional artesano.


Otro de los aspectos que más me han gustado de este western es, obviamente, su concisión narrativa. Esa capacidad que tenían cineastas clásicos como Ford, Walsh o Hathaway para meterte de lleno en sus historias y que Lewis demuestra también poseer pese a que su nombre nunca haya sido tan conocido y valorado como el de los anteriores. Por si fuera poco, además, la peli de Lewis cuenta con un singular flashback que la redondea y que nos mantiene ansiosos y expectantes durante todo el metraje.


Por otro lado tenemos los personajes. Personajes mucho más complejos de lo que aparentan y a partir de los cuales Lewis y Trumbo pueden construir una historia más densa y sustanciosa. Como casi siempre, los personajes que a mi más me han atraído son los negativos. Empezando por ese despiadado y neurótico pistolero manco que sabe que sus días de gloria han acabado y acabando por ese gordo y repulsivo cacique que come y humilla a diestro y siniestro. Dos personajes que interpretan notablemente Nedrick Young y Sebastián Cabot y que aportan capas y matices a la narración de los acontecimientos. Salvando las distancias, a mi me han recordado levemente al Frank y al Morton de “Hasta que llegó su hora”.


Naturalmente, no podemos olvidarnos de Sterling Hayden. Y es que a pesar de que Hayden nunca ha sido un actor demasiado expresivo, lo cierto es que este tipo de papeles (de tipo algo brutote y decidido) siempre le han ido de perlas. Por si fuera poco, es un tipo que realmente impone. Sobre todo si a su 1’96 m. de estatura le añades un arpón ballenero de dos metros al hombro. Tremendo.





jueves, 11 de mayo de 2017

COMANCHERÍA

(Hell or High Water - 2016)

Director: David Mackenzie
Guión: Taylor Sheridan


Intérpretes:
- Chris Pine: Toby Howard
- Ben Foster: Tanner Howard
- Jeff Bridges: Marcus Hamilton
- Gil Birmingham: Alberto Parker
- Katy Mixon: Jenny Ann
- Dale Dickey: Elsie
- Marin Ireland: Debbie Howard
- Kevin Rankin: Billy Rayburn

Música: Nick Cave y Warren Ellis 
Productora: CBS Films / Sidney Kimmel Entertainment / Oddlot Entertainment / Film 44 / LBI Entertainment / Oddlot Entertainment production
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. Prunera. Nota: 9,00

“He sido pobre toda la vida. También mis padres. Y mis abuelos. Es como una epidemia que se transmite de generación en generación hasta que se convierte en un epidemia" (Toby a Marcus)


SINOPSIS: Toby y Tanner Howard son dos hermanos (un padre divorciado y un expresidiario) que —tras la muerte de su madre— se dedican a atracar pequeñas sucursales bancarias del oeste de Texas con objeto de poder conseguir el dinero necesario para salvar del embargo su rancho familiar. Marcus Hamilton y Alberto Parker serán los rangers de Texas encargados de perseguirles y arrestarles. Una misión que, sin embargo, no les va a resultar nada fácil.

Llevaba tiempo con ganas de reseñar un neowestern. Ya sabéis: esos films que no se desarrollan dentro de los límites cronológicos habituales del género pero que guardan —respecto a éste— multitud de elementos temáticos y/o iconográficos que nos remiten, irremisiblemente, al viejo cine del oeste. Me estoy refiriendo a pelis como “Lone Star” (1996), “Los tres entierros de Melquíades Estrada” (2005), “No es país para viejos” (2007) o, como no, a “Comanchería” (2016).

Personalmente, creo que este es el camino que debería seguir el western contemporáneo. Y no porque actualmente no se puedan rodar westerns a la antigua usanza (“Deuda de honor” (2014), “Los odiosos ocho” (2015), o “Bone Tomahawk” (2015) así nos lo constatan) sino porque creo, sinceramente, que el neowestern se adapta mucho mejor a los nuevos tiempos. Básicamente porque aunque no se trata de ninguna moda o novedad (“Conspiración de silencio” (1955), “Vidas rebeldes” (1961), “Los valientes andan solos” (1962), “Hud” (1963) o “Quiero la cabeza de Alfredo García” (1974) ya fueron auténticos neowesterns en su época) de lo que no me cabe ninguna duda es que —como mínimo— el neowestern actual no tiene por qué cargar con esa pesada losa denominada comparación. O peor aún: remake. Una terrible lastre que sí han debido cargar peliculones como “El tren de las 3:10” (2007), “True grit” (2010) o “El renacido” (2015) y que, por supuesto, ha jugado claramente en su contra.

Así pues… ¡Que vivan los neowesterns! Sobre todo si son tan buenos como “Comanchería”. Un film que cuenta con todos esos elementos temáticos e iconográficos de los que hablábamos anteriormente y que, al mismo tiempo, se convierte en un fiel reflejo de la actual América de Trump. Una América profunda devastada por la crisis financiera, por la especulación salvaje… por la Gran Recesión, vaya. Y es precisamente en este contexto de pobreza, de decadencia white trash, en el que se mueven Toby (Chris Pine) y Tanner (Ben Foster), nuestros protagonistas. Dos hermanos muy distintos (Toby es un padre divorciado y Tanner, un expresidiario) que deciden unirse para hacer frente común a la inminente pérdida de su rancho familiar. Y lo harán de la única manera que saben o pueden hacerlo: atracando bancos. Pequeñas sucursales, eso sí, de pueblos perdidos en medio de la nada donde dar un golpe es tan fácil como hacerlo en una gasolinera, en una farmacia o en una licorería.

Nuestros outlaws, sin embargo, también tendrán sus pertinentes antagonistas o perseguidores. Y si poco nos ha costado empatizar con Toby y Tanner Howard, aún menos nos costará hacerlo con los dos rangers de Texas que les siguen el rastro: Marcus Hamilton (Jeff Bridges) y Alberto Parker (Gil Birmingham). O lo que es lo mismo, un veterano policía a punto de jubilarse y un agente mitad indio/mitad mexicano entre los que existe, por cierto, una relación muy parecida a la de los dos hermanos Howard: por un lado son muy distintos y no dejan de burlarse e insultarse entre ellos a todas horas pero, por otro, se tienen un grandísimo afecto. Y éste es, precisamente, uno de los grandes atractivos de “Comanchería”. Su entrañable cuarteto protagonista. No solamente por lo bien que ha definido Taylor Sheridan, el guionista, a estos cuatro personajes sino porque —como resulta obvio— no estamos ante una historia de buenos y malos sino ante una historia de personas que sobreviven como pueden y que, por circunstancias, se hallan a ambos lados de la ley.

Pero… ¿A qué debemos el título de la peli? ¿Qué tiene que ver el término “Comanchería” en todo esto? Vayamos por partes. En primer lugar “Comanchería” se refiere, obviamente, al Territorio Comanche. Al noroeste de Nuevo Mexico, Oeste de Texas, Sudeste de Colorado y Kansas y todo Oklahoma. Al territorio donde se desarrolla la acción, vaya. Pero no solo eso. Hay una escena en la que Tanner se juega parte del dinero que ha robado en un casino y tiene un conato de enfrentamiento con un indio que también está jugando. Si me lo permitís, os adjunto el diálogo. Básicamente porque nos ayudará a entender mejor como encaja el título español (“Comanchería”) en toda esta historia. Recordad, por otro lado, que el título original (“Hell or High Water”) es una frase hecha que viene a significar algo así como “Cueste lo que cueste”.

Tanner: “¿Eres comanche? ¡Señores de las llanuras!”
Comanche: “Señores de la nada ahora ¿Sabes qué significa comanche? Significa enemigos para siempre”
Tanner: “¿Enemigos de quién?”
Comanche: “De todos”
Tanner: “¿Sabes en qué me convierte eso?”
Comanche: “En un enemigo”
Tanner: “No. Me convierte en comanche”

“Comanchería” también tiene, por lo tanto, esa pertinente dosis de épica que suele tener cualquier western que se precie. Y si hay una secuencia que lo constata fehacientemente, ésa es la escena en la que —tras el último atraco— Tanner deja a su hermano a salvo en las afueras del pueblo y arrastra a todos sus perseguidores hacia esa pequeña colina desde donde abate uno por uno a cuatro hombres y desde donde solo le cabe esperar a que lo maten. Quien no logre emocionarse ante ese noble gesto, ante esa conmovedora despedida y ante todo lo que viene a continuación es que —sin lugar a dudas— tiene un grave problema.

Pero si hay una escena que me gusta especialmente esa es, como no, la última. En la que se enfrentan Tanner y Marcus cara a cara y ponen las cartas boca arriba merced a un duelo dialéctico muy pero que muy bueno. Obviamente, no voy a comentar esa escena más allá de lo estrictamente necesario porque no quiero desvelar spoilers pero sí diré que me parece una de las mejores escenas del cine contemporáneo, que Bridges y Pine están soberbios y que esa secuencia —en cualquier caso— constituye la mejor forma de concluir una peli excepcional.

No quisiera finalizar esta reseña, sin embargo, dejando de lado dos aspectos que contribuyen a otorgarle a “Comanchería” una atmósfera muy especial. Me estoy refiriendo a la cálida fotografía de Giles Nuttgens (con algunos planos que parecen verdaderos cuadros) y a la tremenda banda sonora compuesta por Nick Cave y Warren Ellis. Una combinación sencillamente magistral.


miércoles, 26 de abril de 2017

SIN PERDÓN

(Unforgiven - 1992)

Director: Clint Eastwood
Guión: David Webb Peoples

Intérpretes:
- Clint Eastwood: William Munny
- Gene Hackman: Little Bill Daggett
- Morgan Freeman: Ned Logan
- Richard Harris: English Bob
- Jaimz Woolvett: Schofield Kid
- Saul Rubinek: WW Beauchamp

Fotografía: Jack N. Green
Música: Lennie Niehaus, Clint Eastwood
Productora: Warner Bros Pictures / Malpaso Company (Estados Unidos)

Por Xavi J. Prunera. Nota: 9

William Munny: “¿Quién es el dueño de esta pocilga?”



SINOPSIS: La brutal mutilación de una prostituta en Big Whiskey (Wyoming) no es razón suficiente para que su sheriff, Little Bill Daggett, castigue a sus dos autores. Indignadas ante tal infamia, las compañeras de la prostituta agredida reunirán algo de dinero para contratar a alguien que les haga justicia. Schofield Kid, un joven fanfarrón que busca emular las gestas del retirado cazarrecompensas William Munny (ahora criador de cerdos) contacta con éste y lo convence para asociarse con él y encargarse del trabajo. Munny contacta a su vez con Ned Logan, su antiguo socio, para que les ayude a él y al chico, pero al final tanto Logan como Schofield deciden retirarse. Aún así, Little Bill detiene a Ned y lo mata. La venganza de Munny no tardará en llegar.

Lo tengo decidido. Aunque aún me queda mucho western clásico por ver y nunca he sido, la verdad sea dicha, muy de repetir pelis que ya he visto una o dos veces, me he propuesto —a partir de ahora— volver a disfrutar, de vez en cuando, de esos western que, en un momento dado, marcaron de alguna manera u otra mi trayectoria cinéfila.

Empecé ayer mismo con “Sin perdón”, un western que pese a su carácter elegíaco y crepuscular constata al mismo tiempo que este grandioso género no murió con Peckinpah y Leone y que Eastwood (tras “Infierno de cobardes”, “El fuera de la ley” y “El jinete pálido”) merecía —sin lugar a dudas— que su nombre como cineasta pasara, tarde o temprano, a formar parte de la historia de forma total y absolutamente incuestionable.


Más allá de su propia trascendencia histórica y artística, sin embargo, lo que realmente ha conseguido este nuevo visionado de “Sin perdón” es volver a fascinarme. Tanto o más que la primera vez. Y lo ha conseguido porque la peli de Eastwood reúne, bajo mi punto de vista, todo cuanto debe atesorar cualquier obra cinematográfica que se precie. Me estoy refiriendo, concretamente, a cuatro elementos básicos: una buena historia, personajes memorables, secuencias para el recuerdo y emoción. Cuatro elementos básicos de los que “Sin perdón” anda bien provista y que la convierten, indudablemente, en una auténtica obra maestra del western contemporáneo.



Permitidme, pues, que vaya deshojando esos cuatro elementos, uno por uno, porque considero que vale mucho la pena incidir en cada uno de ellos por separado. Y quiero empezar con la historia que nos cuenta “Sin perdón”, con su guión, porque estoy convencido que esa es la gran piedra angular de la película de Eastwood. Una peli con un principio y un final soberbios y que discurre, toda ella, con un ritmo y una tensión absolutamente magistrales. Precisamente por ello me gustaría destacar el gran trabajo de David Webb Peoples escribiendo la historia de un expistolero a sueldo contratado para matar a dos vaqueros que le cortaron la cara a una prostituta. Una historia tan sencilla como cargada de matices que se apoya, como no, en una serie de personajes (tanto principales como secundarios) verdaderamente extraordinarios. Empezando por el mismísimo Will Munny (un veterano y, a priori, redimido asesino profesional que deberá abordar un último trabajo para solucionar sus necesidades económicas), pasando por Ned Logan (exsocio y fiel amigo de Munny), por Bob “el inglés” (un cazarrecompensas que acude a Big Whiskey con el mismo objetivo que Munny), por Schofield Kid (un joven pistolero, bastante cegato, tentado por la recompensa de las prostitutas) y acabando, naturalmente, por Little Bill Daggett (un sádico e implacable sheriff sin escrúpulos que impone la ley, su ley, en Big Whiskey).


Pero si por algo más “Sin perdón” me parece una peli incuestionablemente redonda es, sin lugar a dudas, por esas secuencias que quedan marcadas a fuego en nuestras retinas. Secuencias como la que nos muestra a un Will Munny manchado de purines hasta las cejas o cayendo al suelo en un vano intento de montar a un caballo poco acostumbrado a llevar un jinete encima. Secuencias tan realistas y desmitificadoras —por cierto— como la de la emboscada, en la que se nos certifica la indiscutible redención de Ned (incapaz de dispararle al vaquero herido) y en la que se demuestra, también, que disparar y acertar a cierta distancia no es tan fácil como siempre nos han hecho creer.

Aún así, mis secuencias favoritas de “Sin perdón” son las que se encuentran al final de la peli. Y es que cada vez que veo a Clint entrar en los billares de Big Whiskey —de noche y en plena tormenta— y le escucho decir (con la voz de Constantino Romero) “¿Quién es el dueño de esta pocilga?” no puedo evitar tragar saliva, clavar las uñas en el sofá y esperar acontecimientos. Lo que ocurre a continuación no voy a desvelarlo, claro, pero sí me gustaría apuntar que contiene lo que todo amante del western espera encontrar en una peli de este calibre: dramatismo, épica, tensión y, sobre todo, emoción. Casi tanta como la que desprende por los cuatro costados ese plano final de auténtica postal fordiana aliñado, por si fuera poco, con una delicada y estremecedora melodía (compuesta por el propio Eastwood) capaz de poner los pelos como escarpias al mismísimo diablo. Brutal.



jueves, 23 de marzo de 2017

NEVADA SMITH

(Nevada Smith - 1966)
 

Director: Henry Hathaway
Guion: John Michael Hayes. Basado en una obra de Harold Robbins
 

Intérpretes:
Steve McQueen: Nevada Smith
Karl Malden: Tom Fitch
Brian Keith: Jonas Cord
Arthur Kennedy: Bill Bowdre
Suzanne Pleshette: Pilar
Raf Vallone: Padre Zaccardi
Janeth Margolin: Neesa
Pat Hingle: Big Foot
Martin Landau: Jesse Coe
Música: Alfred Newman

País: Estados Unidos
Productora: Embassy Pictures

Por Xavi J. Prunera. Nota: 6,5

Jonas Cord a Max Sand (Nevada Smith): “Para encontrarlos, tendrás que pasarte por todos los salones, salas de juego y prostíbulos que hay de aquí a México ¿Crees que persigues a tres curas?”



SINOPSIS: Durante la fiebre del oro en California, tres tipos asesinan a los padres de Max Sand, un muchacho hijo de padre blanco y madre india. Bajo el nombre de Nevada Smith, Max iniciará un largo periplo para localizar a los asesinos de sus padres y cobrar venganza.
Cuando hace unos días mis compañeros de The Wild Bunch Western me preguntaron sobre qué peli versaría mi próxima reseña decidí apostar por “Nevada Smith” (1966), de Henry Hathaway. Básicamente lo hice por dos razones: porque me apetecía reseñar un western que aún no hubiera visto y porque, al tener todavía muy fresca mi revisión de “Junior Bonner”, me apetecía asimismo volver a visionar una peli protagonizada por Steve McQueen. Así pues, las candidatas eran dos: “Nevada Smith” y “Tom Horn”. Y aunque sopesé muy seriamente optar por ésta última, al final me decidí por la primera. Muy probablemente por Hathaway, un cineasta muy capaz y solvente que jamás me había decepcionado.




Que nadie interprete, sin embargo, que con ello quiero decir que esta vez Hathaway me ha decepcionado porque no es así. Yo diría, en todo caso, que esperaba más de “Nevada Smith”. Obviamente, ya me imaginaba que este western no iba a proporcionarme el disfrute que obtuve con “El jardín del diablo”, “Los cuatro hijos de Katie Elder” o “Valor de ley” pero sí albergaba la esperanza de toparme con la típica joyita que todos los cinéfilos esperamos encontrar cuando visionamos un título no demasiado conocido pero sí construido a base de buenos mimbres.




Desgraciadamente, no ha sido así. Y eso hizo que estuviera muy a punto de renunciar a reseñar esta peli y optar por otra. Básicamente porque siempre he preferido reseñar pelis que me gustan mucho o a las que les guardo, por alguna razón u otra, un cariño especial. Algo que, naturalmente, no me ha ocurrido con “Nevada Smith”. Aún así, creo que no sería honesto por mi parte dedicarme sólo a reseñar westerns que me gusten o que me parezcan especialmente buenos. Y es que si “El hombre que mató a Liberty Valance”, “Hasta que llegó su hora” o “Grupo salvaje” me parecen westerns superlativos es porque hay otros que están por debajo de éstos. Y por debajo de éstos, hay otros más. Y por debajo de estos otros, más de lo mismo. Así pues, por mucho que nos guste el western, deberíamos reconocer que no todo el monte es orégano. Lo firme Ford, lo firme Walsh o lo firme Hathaway. Y creo que es justo y necesario establecer estas distinciones o jerarquías (aunque sea de forma total y absolutamente subjetiva) para que cada western obtenga el status y el reconocimiento que se merece.



Permitidme empezar, así pues, por lo que no me ha gustado de “Nevada Smith”. O mejor dicho: por lo que no me ha convencido o por lo que he echado de menos. No me ha convencido —por ejemplo— que Max Sand o Nevada Smith, el personaje interpretado por Steve McQueen, lo haya interpretado McQueen. No por el bueno de Steve, por supuesto, al que siempre he considerado un buen actor. Lo digo porque no me creo a McQueen interpretando a un mestizo con sangre kiowa en las venas. No, no cuela. McQueen es demasiado rubio y blanco para ese papel. Y tampoco me creo a un McQueen de 36 años (los que tenía en 1966) interpretando el papel de un adolescente. Máxime cuando Isabel Boniface —la actriz que interpreta a Tabinaka, su madre en la película— parece incluso más joven que el propio McQueen.



Aún así, un servidor estaría dispuesto a correr un tupido velo si otros aspectos de la peli compensaran este pequeño despropósito. Me refiero —por ejemplo— a escenas memorables o bien resueltas, a personajes psicológicamente complejos, a intensidad dramática, a emoción a raudales o al menos a un guión con un giro final sorprendente o con un mensaje interesante. Pero no, no veo nada de eso en “Nevada Smith”. Y eso que la premisa argumental (trillada, eso sí) prometía. No en vano, la venganza es un tema que acostumbra a funcionar bastante bien en un western. Máxime cuando, además, detalles como el de no mostrar los rostros y cuerpos mutilados de los padres asesinados de Max-Nevada nos ayudan a recrear esas truculentas imágenes en nuestra mente y, por ende, a odiar con más fuerza a los criminales. O ese funeral a base de quemar el rancho para “purificar” esos cadáveres ultrajados. Una escena verdaderamente espectacular.



Tampoco esta mal ese arranque de viaje iniciático en el que un ingenuo Nevada aprende a no ser tan inocente y confiado y, por supuesto, a defenderse mejor. De hecho, su periodo de aprendizaje con Jonas Cord (Brian Keith), el comerciante de armas, me recordó muy mucho al periodo de aprendizaje de Scott Mary (Giuliano Gemma) con Frank Talby (Lee Van Cleef) en “El día de la ira” (1967), de Tonino Valerii. Y aunque como peli me gusta más la de Valerii, reconozco que al ser anterior la de Hathaway eso también hay que valorarlo en su justa medida. Precisamente por ello he decidido escoger como frase memorable una de las que le espeta Jonas Cord a Nevada cuando le da consejos sobre cómo localizar a los asesinos de sus padres: “Para encontrarlos, tendrás que pasarte por todos los salones, salas de juego y prostíbulos que hay de aquí a México ¿Crees que persigues a tres curas?”



Otro western que me ha venido a la mente viendo “Nevada Smith” es “El vengador sin piedad” (1958), de Henry King. Un western con un argumento similar pero, a mi juicio, más intenso, más complejo y mejor resuelto. Y ya para finalizar con esta ronda de imputaciones, recriminaciones y amonestaciones señalar que el metraje me parece algo desproporcionado para lo que nos pretenden contarnos Hayes/Hathaway (más de dos horas) y que esa decisión final (atención spoiler) en la que Nevada sigue a pie juntillas las palabras del Padre Zaccardi (Raf Vallone) y renuncia a matar a Tom Fitch (Karl Malden) me parece excesivamente beata y aleccionadora.

 

Dicho esto, pasemos a comentar sus virtudes porque, obviamente, “Nevada Smith” las tiene. Lo primero que diría de esta peli es que me parece un western ágil y entretenido. Algo que, a pesar de darse por hecho en un film dirigido por un cineasta con el oficio y la solvencia de Hathaway, considero que debe señalarse convenientemente. Recordemos que “Nevada Smith” viene a ser una especie de road movie que se desarrolla en lugares muy diferentes (el desierto, la ciudad, la prisión en el pantano, el monasterio…) y eso le proporciona a la peli un dinamismo especial. Máxime cuando, además, el director de fotografía es Lucien Ballard, un profesional como la copa de un pino. Capítulo aparte merece el elenco, por supuesto. Porque si McQueen está más que correcto, no van a ser menos intérpretes de la talla de Karl Malden (algo desaprovechado, eso sí), Arthur Kennedy, Martin Landau, Suzanne Pleshette, Raf Vallone, Howard Da Silva o Pat Hingle. Actores de reparto de aquellos que nunca acostumbran a defraudar. Por lo que a la banda sonora de Alfred Newman respecta yo diría que no destaca demasiado pero cumple su cometido a la perfección.


Y poco más. Como dato anecdótico añadiría que Steven Spielberg se inspiró en el nombre del prota para uno de sus personajes más famosos: Indiana Jones.



jueves, 2 de marzo de 2017

BAILANDO CON LOBOS

(Dances with wolves - 1990)

Director: Kevin Costner
Guión: Michael Blake. Basado en una obra de Michael Blake
Intérpretes:
- Kevin Costner: Teniente Dunbar
- Mary McDonnell:  Stands with a fist
- Graham Greene: Kicking bird
- Rodney A. Grant: Wind in his hair
- Floyd Red Crow Westerman: Ten bears
- Tantoo Cardinal: Black shawl
- Wes Studi: Toughest Pawnee
- Maury Chaykin: Mayor Fambrough
- Robert Pastorelli: Timmons
- Charles Rocket: Teniente Elgin

Música: John Barry
Productora: Orion Pictures
País: Estados Unidos

Por Xavi J. Prunera. Nota: 8

Teniente John Dunbar: “Era un pueblo ansioso por reír, devoto de la familia, dedicado el uno al otro. La única palabra que viene a mi mente es armonía”.




SINOPSIS: Poco antes de que finalice la Guerra de Secesión (1860-1865), el Teniente John J. Dunbar es destinado a Fort Sedgewick, un puesto fronterizo situado a escasa distancia de territorio sioux. A pesar de encontrarlo absolutamente arrasado y abandonado, Dunbar decide quedarse. Un primer encuentro con una mujer blanca adoptada por los sioux y su propia soledad lo empujarán a entrar en contacto con el resto de la tribu. Una relación que no tardará en fructificar y que se basará en la admiración y respeto mutuos.




Exceptuando “La puerta del cielo” (1980), “El jinete pálido” (1985) y —si mucho me apuráis— “Forajidos de leyenda” (1980) y “Silverado” (1985), los 80 fueron una década más bien nefasta para el western. Quizás por eso sorprende y mucho que un director novel como Kevin Costner tuviera la osadía de emprender un proyecto cinematográfico del calibre de “Bailando con lobos”. Afortunadamente para el género, la tuvo. Y Costner, como los más grandes, “llegó, vio y venció”. Por eso su peli se llevó la friolera de 7 Oscars y por eso, a día de hoy, podemos considerar la opera prima de Costner —al menos a mi juicio— como el mejor western (exceptuando, naturalmente, “Sin perdón”) rodado en estos últimos 30 años.




Mis motivos son amplios y variados. Podría hablaros de la novela o guión de Michael Blake, de la fotografía de Dean Semler, de la música de John Barry, del montaje de Neil Travis, de ese tono a veces épico y a veces intimista que le imprime Costner, de su ritmo pausado y elegante, de su espectacular diseño de producción o, naturalmente, de sus numerosísimas escenas memorables. O quizás —por qué no— de lo bien que funcionan todos esos ingredientes a la vez. Ingredientes extraordinariamente armonizados en un western de 180 minutos (casi 4 horas si hablamos del montaje del director) que se visiona —no obstante— con sumo interés, con sumo placer y con suma emoción. Pero permitidme que me quede esta vez con su mensaje. Con lo que Costner pretende (y consigue, por supuesto) transmitirnos.




Así pues, yo señalaría en primer lugar ese extraordinario homenaje a los nativos norteamericanos que edifica Kevin Costner. Y aunque, obviamente, “Bailando con lobos” no es el primer western pro-indio de la historia del género (véase, por ejemplo, “La puerta del diablo” de Mann, “Flecha rota” de Daves o “El gran combate” de Ford), la peli de Costner sí es el primer western en el que los indios (con permiso del propio Costner, por supuesto) gozan de un protagonismo absoluto. Un protagonismo que nos empuja a empatizar total y absolutamente con ellos y que, pese a cierta idealización, nos los muestra como lo que realmente son: un pueblo normal y corriente, con sus virtudes y sus defectos, con sus tradiciones centenarias, con su innegociable amor a la naturaleza, con su sentido del humor y con su propia identidad como tribu, raza y nación.




Paralelamente a ese acercamiento entre culturas que protagonizan el Teniente Dunbar y los sioux (con mención especial a Pájaro Guía, En pie con el puño en alto y Cabello al viento) conviene destacar también el “viaje interior” que recorre el propio Dunbar. Recordemos que nuestro protagonista es un soldado convertido accidentalmente en héroe gracias a un fallido intento de suicidio.


Un hombre solitario, sin familia, sin oficio ni beneficio. Un romántico que nada tiene que perder y que —según sus propias palabras— desea ver la frontera “antes de que no exista”. Y es ese soldado (y de paso nosotros, como espectadores, gracias a esa voz en off que nos retransmite los pensamientos y sensaciones de Dunbar) el que irá creciendo como ser humano, el que irá despojándose de sus prejuicios raciales y el que irá sintonizando cada vez más con sus nuevos vecinos hasta convertirse en uno de ellos. Concretamente en “Bailando con lobos”, su nuevo nombre sioux. 




Pese a todo, debo reconocer que “Bailando con lobos” no es una peli redonda del todo. Conviene recordar que es la opera prima de un actor metido a cineasta y que, naturalmente, no podemos compararla con westerns clásicos (a los que en cierta medida homenajea) de maestros como Ford, Hawks o Mann. Como es lógico y normal, a Costner se le nota en ocasiones que tira de “manual”, que no domina las sutilezas y que peca de cierta ñoñería en algunas situaciones. También es cierto, por otro lado, que quizás hubiera resultado más valiente y arriesgado por su parte si hubiera decidido que su personaje se enamorara de una india y no de una blanca criada entre los sioux pero, vamos, a mi eso no me molesta demasiado.


Por de pronto porque el personaje de “En pie con el puño en alto” ayuda a introducir un nuevo tema que refuerza su alegato antirracista: el de la perfecta adopción o integración de los blancos en las tribus indias. Y también porque me parece muy lógico y normal que Dunbar se sienta atraído por alguien de su propia raza. Sobre todo si se trata de un bellezón como Mary McDonnell. 




En cualquier caso, lo dicho: de “Bailando con lobos” me quedo con su tremendo mensaje ecológico y humanista, con su canto a la amistad, con su grandísima banda sonora, con el lirismo de sus imágenes y con multitud de escenas para el recuerdo como la del épico intento de suicidio inicial, la espectacular cacería de búfalos, la de la entrañable danza con “Calcetines” (origen, por cierto, del nombre indio de Dunbar) o la de la conmovedora despedida de Cabello al viento: “¡Bailando con lobos! ¡Soy Cabello al viento! ¿No ves que soy tu amigo? ¿No ves que siempre seré tu amigo?”. Brutal.