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jueves, 7 de septiembre de 2017

EL SARGENTO NEGRO

(Sergeant Rutledge - 1960).

Dirección: John Ford.
Guion: James Warner Bellah, Willis Goldbeck.

Reparto:
- Jeffrey Hunter: Teniente Tom Cantrell
- Constance Towers: Mary Beecher
- Billie Burke: Cordelia Fosgate
- Woody Strode: Sargento Braxton Rutledge
- Juano Hernández: Sargento Skidmore
- Willis Bouchey: Coronel Otis Fosgate
- Carleton Young: Capitán Shattuck

Música: Howard Jackson.
Productora: Warner Bross. Ford Production. (USA).

Por Jesús CendónNOTA: 8,5

“Sentía que el ejército era mi hogar, mi verdadera libertad y mi propia estimación. Y el modo en que iba desertar me convertía en una fiera dañina que huye acosada. ¡Y yo no soy eso. Comprende. Soy un hombre!” (El sargento de primera Braxton Rutledge en su juicio ante el acoso al que se ve sometido por parte del fiscal).


ARGUMENTO: El sargento de primera Braxton Rutledge, un soldado ejemplar, es sometido a un consejo de guerra por el asesinato del comandante del fuerte y la violación y asesinato de la hija de este. El teniente Cantrell, su inmediato superior, se encargará de la defensa e intentará esclarecer la verdad.


El antiguo proyecto de la Warner a cargo de Andre de Toth situado en Europa en la época contemporánea y archivado en 1957 fue retomado por Willis Goldbeck al ver un cuadro de Remington sobre un soldado negro de la caballería de los EEUU. Este posteriormente contactaría con el también guionista James Warner Bellah para elaborar una historia sobre el papel desempeñado por la población negra en el ejército de los EEUU, y más concretamente referida a los Regimientos IX y X. Pero en manos de John Ford, al que le gustaba implicarse en los guiones modificando aquello que le desagradaba e incluyendo lo que estimaba conveniente, la película no sólo se convirtió en un valiente alegato antirracista sino en un sincero reconocimiento de la importancia de la participación de la población negra en la conquista del Oeste y, por tanto, en la construcción de los Estados Unidos. De nuevo Ford defendía la tesis de que la historia de un país la escribe su gente, generalmente las clases populares. Así, si en “La uvas de la ira” emitía una rotunda declaración al afirmar por medio de Ma Joad: “Nosotros somos el pueblo, nosotros seguimos adelante”, y en “Fort Apache” exaltaba en el discurso final del capitán Yorke a la caballería identificándola con los soldados y no con sus oficiales, en esta le toca el turno a la población negra que siendo esclava participó en la Guerra de Secesión para posteriormente alistarse en los citados IX y X Regimientos de Caballería para destacar por su valor en los combates contra los indios (la escena en la que Cantrell explica a Mary por qué son llamados soldados búfalos es rigurosamente cierta).


Por tanto, estamos ante una de las películas ideológicamente más comprometidas del genial director de origen irlandés en el que toma partido por las justas reivindicaciones de la población negra. Posicionamiento lógico desde la perspectiva actual (cincuenta y cinco años después de su estreno) pero cuya importancia se debe valorar en el contexto sociopolítico del momento en el que se cuestionaban dichas reivindicaciones. Una época convulsa con el renacimiento desde mediados de los años cincuenta del Ku Klux Klan y el recrudecimiento de sus actividades violentas como reacción a la proliferación de los movimientos antisegregacionistas tanto de corte pacífico como más radicales y violentos liderados, respectivamente, por Martin Luther King y Malcolm X (ambos dirigentes fueron asesinados). Dichos movimientos culminaron en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que puso fin, desde el punto de vista legal, a la segregación racial.


Incluso la película parece anticiparse a través de la figura de Ruthledge al famoso discurso “Yo tengo un sueño” expresado por Martin Luther King en el monumento a Abraham Licoln en 1963 al afirmar el sargento que: “El destino de los míos es vivir atormentado. Muy bonito lo que dijo Lincoln pero no es cierto. Aún no.” Para, en otra escena, ante un moribundo Moffat que reniega de participar en la lucha de los blancos aseverar: “Luchamos por nuestro porvenir. Algún día Moffat, algún día”. Es, por tanto, consciente de la situación de discriminación de su raza y de las limitaciones que le impone la sociedad en la que vive pero confía en que su entrega y su sacrificio sirvan para en un futuro alcanzar la igualdad con el hombre blanco y, como Martin Luther King, sueña con el advenimiento de ese día.


Ford por tanto identifica a la población negra de su país con Ruthledge, de ahí que la dialéctica sobre el racismo sea constante, con dos momentos especialmente dramáticos. Aquel en el que vuelven a esposar al sargento para a continuación leer el documento de su manumisión y cerrar la escena Mary afirmando: “Era preciso tratarlo como un animal”; es decir, nada ha cambiado a pesar del sacrificio de la población negra. Y aquella del juicio en la que, acosado por el fiscal, se levanta y entre sollozos reivindica su condición de hombre y no de bestia, mientras que Ford lo retrata con un ligero contrapicado con el objeto de ensalzarle, de agrandar su figura; un soldado ejemplar que por ser de raza negra sufre la discriminación y el desprecio de una población por la que día a día se juega la vida.


El filme además es un híbrido entre western y thriller de juicios de tanto éxito en el momento de su realización gracias a películas de la talla de “Doce hombres sin piedad” (Sidney Lumet, 1957), “Testigo de cargo” (Alfred Hitchcock, 1957) o “Anatomía de un asesinato” (Otto Preminger, 1959) y se desarrolla en dos espacios claramente diferenciados: la sala del juicio de ambiente claustrofóbico e iluminada de forma teatral al focalizarse la luz en los testigos; y los espacios abiertos que le permiten retratar de nuevo su querido Monument Valley y rodar de forma brillante varias escenas de acción. Todo ello a través de una estructura compleja basada en varios flashbacks perfectamente integrados en la historia a través de los cuales el espectador, al igual que el teniente Cantrill, irá intuyendo la verdad.

Junto al tema del racismo Ford aborda otros, algunos de ellos recurrentes en su filmografía, entre los que destacan:


- La crítica a una sociedad cargada de prejuicios, morbosa, presta a convertir un juicio por asesinato con las graves consecuencias que conlleva en un mero espectáculo o, incluso, a exigir el linchamiento del reo antes de ser juzgado.


- El ejército como institución que encarna los valores más nobles del ser humano: la entrega, el sacrificio, la lealtad, el compañerismo, el altruismo. Una institución compuesta por soldados a los que no se les discrimina por el color de su piel.


- La amistad, representada en la relación de mutuo respeto entre el teniente Cantrell y el sargento. El primero a pesar de que, como soldado, debe ser fiel a las ordenanzas le muestra su confianza e incluso, a pesar de las abrumadoras pruebas en su contra, le llega a confesar: “Si usted me dice que no lo hizo yo le creeré”. Es el tipo de amistad y camaradería surgida entre dos hombres durante seis años combatiendo codo con codo.


- La necesaria reconciliación nacional, tema introducido sutilmente a través del Manual sobre el Consejo de Guerra de la Confederación adoptado por la Unión. Circunstancia que da lugar a uno de los brillantes gags diseminados a lo largo de la película. Entre estos cabe destacar el de la partida de cartas, resuelto con una estupenda elipsis de la que podrían tomar nota algunos directores actuales, o el de la pasión por el “agua” del presidente del tribunal.



- El rechazo a los conflictos bélicos y sus consecuencias, al citar por dos veces el saqueo de Atlanta cometido por las tropas unionistas.


Para dar vida a los personajes Ford se rodeó de un grupo de actores fijos en su cine que, sin ser estrellas, conforman un conjunto compacto. Como protagonista aparece un notable Jeffrey Hunter, interprete lanzado por la Twentieh Century Fox como gran promesa en la década de los cincuenta junto a Robert Wagner, con el que coincidió en varias películas como “Pluma blanca” (Robert D. Web, 1955) o “La verdadera historia de Jesse James” (Nicholas Ray, 1957) por ceñirnos a este género, y fallecido prematuramente de forma absurda en un accidente doméstico. En uno de sus mejores papeles, da vida al sagaz y recto teniente Cantrell, un soldado con plena confianza en el ejército. En el rol de Mary nos encontramos con Constance Towers que había trabajado con Ford en “Misión de audaces” (1959). En el rol del sargento aparece Woody Strode, cuya habitual impasibilidad dota al personaje de la honorabilidad y orgullo que requería, un individuo que es consciente de que con él se juzga a su raza y antepone el buen nombre del IX de Caballería a su propia seguridad.






Junto a ellos destacan tres secundarios con actuaciones memorables: Billie Burke en el papel de Cordelia Fosgate testigo y mujer del presidente del tribunal; símbolo de esa sociedad pazguata, cotilla, frívola, capaz de trivializar un juicio por asesinato y de escandalizarse tan sólo por el morbo que rodea al caso. Willis Bouchey como el coronel Fosgate, representante del militar admirado por Ford; un individuo que suple sus carencias jurídicas con un profundo sentimiento por hacer justicia y conocer la verdad, y que tan sólo ve en Rutledge a un soldado. Por el contrario el fiscal, magníficamente interpretado por Carleton Young, del que Ford se preocupa por informarnos de que no es un verdadero militar por llevar diez años en el Cuartel General como auditor, mostrará constantemente sus prejuicios raciales e incluso en uno de sus alegatos contrapondrá la noción de muchacho blanco a la de hombre negro. Se trata de un personaje inflexible más preocupado por condenar a muerte al sargento que por desenmascarar al asesino, un individuo que se sirve de argucias legales y no dudará en humillar a los soldados negros.


Estamos pues ante un gran wéstern, incomprensiblemente calificado en su día como menor pero que el tiempo ha ido agigantando y otorgándole su verdadero valor. En todo caso, vista la película, me pregunto ¿A quién no le gustaría tener una filmografía repleta de “obras menores” como esta?

Como curiosidad comentaros que el sargento se apellida como el primer gran amor de Abraham Lincoln, coincidencia que no creo que sea casual.




lunes, 18 de enero de 2016

LOS PROFESIONALES

(The Professionals) - 1966
Director: Richard Brooks
Guion: Richard Brooks

Intérpretes:
-Lee Marvin: Henry “Rico” Fardan
-Burt Lancaster: Dolworth
-Claudia Cardinale: María
-Robert Ryan: Ehrengard
-Jack Palance: Jesús Raza
-Ralph Bellamy: Grant
-Woody Strode: Jake

Música: Maurice Jarre
Productora: Columbia Pictures-Pax Enterprises
País: Estados Unidos

Por: Güido Maltese. Nota: 8

Grant: ¡Fardan, es usted un bastardo!!!
Fardan: Si, señor. ¡Pero lo mío es un accidente de nacimiento y usted se ha hecho a sí mismo!

He aquí, en mi opinión, un buen western:
El terrateniente Grant forma un grupo de hombres para rescatar a su mujer que ha sido secuestrada por el bandido revolucionario Jesús Raza . El grupo está capitaneado por Henry "Rico" Fardan, acompañado por Dolworth, experto en explosivos, Erenghard experto en caballos y Jake Sharp experto rastreador y hábil con el arco.



El grupo se interna en México, ya conocido por Fardan y Dolworth que participaron en la revolución con Pancho Villa, y libera a la mujer para conocer la verdad que se esconde tras el secuestro.



Me encanta ésta película sobre todo por las interpretaciones y la acción continua que mantiene a lo largo de todo el metraje.



Marvin está inmenso en el papel del veterano soldado férreo y con un gran sentido del honor y, a la vez, amargado por la trágica muerte de su esposa. Lancaster, cómo el amigo fiel de Fardan, pero más despreocupado y sin escrúpulos y atraído por las mujeres y el dinero, en un papel muy a su medida (Recordemos “Veracruz”). Robert Ryan y Woody Strode muy correctos (quizás Ryan está un poco descolgado en la película, no sé si por su actuación o por el papel que interpreta). Claudia Cardinale, bella y salvaje, está perfecta en su papel de la mejicana de buena familia, casada con el terrateniente rico de la fronteriza Texas.


Palance, cómo siempre, bordando su papel. E incluso Ralph Bellamy, destaca cómo el terrateniente sin escrúpulos para conseguir lo que desea.


Hay otro papel secundario que me atrae mucho y es el de la teniente "Chiquita" (Marie Gómez), uno de los mejores guerrilleros de México en palabras de Dolworth ("No sabe bailar, pero qué gran soldado").



La película está rodada en su mayor parte en el desierto de Nevada y la fotografía es más que correcta. No hay grandes paisajes, pero se aprovecha al máximo el caluroso desierto, con sus cañones y desfiladeros, para que sea muy creíble la sierra mexicana. 

Y la acción no decae un sólo instante, manteniendo la atención del espectador de principio a fin.



En fin, un western de acción, en la línea de “Los doce del Patíbulo”, más que decente y con buenas interpretaciones a cargo de asiduos del género.

Memorable la conversación en Marvin y Lancaster: 
-Dolworth- ¿Que tiene una mujer que haga que valga 100.000$? 
-Fardan- Debe ser de esas mujeres que hacen que algunos niños se conviertan en hombres y algunos hombres en niños.



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Por: Jesús Cendón. Nota: 9


Richard Brooks, un profesional encuadrado dentro de la ideología liberal, tan sólo había rodado un western (la estupenda “La última cacería”, en la que a través de un sombrío Robert Taylor abordaba el tema del racismo) cuando decidió acometer este proyecto; un western a la vez clásico y moderno, vitalista pero crepuscular al presentarnos a unos personajes con más pasado que futuro, son individuos del siglo XIX con difícil encaje en el pragmático siglo XX por lo que terminarán buscando su refugio en México, último territorio fronterizo y país en construcción al estar envuelto en un proceso revolucionario.

El filme relata la historia de cuatro mercenarios que son contratados por un magnate para recuperar a su mujer secuestrada por un bandido mexicano que pide por su liberación 100.000 dólares. Este viaje supondrá para dos de ellos enfrentarse a su pasado y cuestionarse su evolución vital marcada por el desengaño (antiguos revolucionarios y, como tales, idealistas han devenido en dos individuos cínicos al servicio de aquel que pueda costearse sus servicios). Este hecho le permite a Brooks llevar a cabo una de las más lúcidas reflexiones cinematográficas sobre la revolución y el desencanto a través de unos extraordinarios diálogos (escritos por el propio Brooks que estuvo nominado al Oscar en su doble faceta de director y guionista) presentes en las escenas más intimistas de la película que aparecen perfectamente entrelazadas con las secuencias de acción. Así, Brooks utiliza la revolución mexicana como arquetipo del proceso revolucionario (debemos tener en cuenta la fecha de producción del filme durante una década convulsa como fue la de los sesenta), para darnos una visión desoladora de este ya que sus protagonistas, la gente llana que se jugó la vida y en muchos casos la perdió, es traicionada cuando entran en acción los políticos, por lo que su mísera existencia apenas es mejorada.

Su posicionamiento sobre esta cuestión queda perfectamente resumido por Dolworth al señalar que: “Tal vez sólo haya una revolución. La de siempre. La de los buenos contra los malos. La pregunta es ¿Quiénes son los buenos?”, para al final de la película aseverar que: “Los políticos entran en acción y el resultado es siempre igual, una causa perdida”.

Igualmente se aprecia una crítica al racismo todavía imperante en la sociedad norteamericana en el siglo XX (el magnate les pregunta al resto de profesionales si tienen algún inconveniente en trabajar con un negro) y, sobre todo, a la injerencia, político-económica, de los EEUU en Sudamérica y al desarrollo de su política colonialista e imperialista en este subcontinente iniciada a partir del denominado Corolario Roosevelt de 1904 que, en la época en la que se desarrolla el filme, dio lugar a la famosa expedición punitiva del general Pershing en México con la intención de acabar con Pancho Villa (1914). En este sentido cobra gran importancia la conversación de María en la que afirma que: “Mi marido ha robado millones a esta tierra”, refiriéndose lógicamente a México.

Al mismo tiempo, el filme se configura como un canto a la solidaridad, amistad, dignidad y honor a través de estos cuatro profesionales, para los que se contó con un reparto excepcional. Lee Marvin, convertido por fin en una gran estrella, da vida a Fardan, un experto en armamento. A Burt Lancaster Brooks le regaló un papel hecho a su medida (el actor había obtenido su único Oscar con otra película de Brooks, “El fuego y la palabra”) que le permitió mostrar su espléndida condición física con cincuenta y tres años al interpretar al dinamitero Dolworth. Ambos demostrarán al final de la película que, a pesar de su aparente cinismo, siguen siendo los mismos soñadores idealistas que lucharon durante seis años sin cobrar al lado de Pancho Villa, ya que antepondrán sus principios y su concepto de la justicia a la obtención del beneficio económico. Un avejentado Robert Ryan es Ehrengard, antiguo oficial de caballería y apasionado por los equinos; quizás sea el personaje más desdibujado. Y Woody Strode, actor habitual de John Ford, aporta su físico rotundo a Jake, hábil rastreador y mortal con el arco.

El reparto se completa con Ralph Bellamy como el tiránico y despótico magnate, incapaz de soportar un fracaso. Una bellísima Claudia Cardinale en el rol de María, la esposa del anterior pero que mantienen su conciencia de clase. Y Jack Palance como Jesús Raza, el revolucionario que “rapta” a María (curioso que se llame Jesús y que mantenga una especial relación con María, aunque no sé si hay algún tipo de intención en ello) para el que Brooks reserva algunas de las mejores frases de la película. Así en su memorable enfrentamiento final con Dolworth afirmará en relación con su actitud al frente del proceso revolucionario que: “Nos quedamos porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desengañamos. Volvemos porque estamos perdidos. Morimos porque es inevitable”.


Filme, por tanto, de acción pero también reflexivo se completa con una gran banda sonora compuesta por Maurice Jarre que capta perfectamente el aliento épico de la película y una extraordinaria labor de Conrad Hall como director de fotografía, a través de la cual sentimos el agobiante calor del desierto, el frío nocturno o el insoportable viento que levanta el asfixiante polvo del camino.

Sólo me queda invitaros a que compartáis el viaje con cuatro personajes inolvidables y que descubráis junto a “Los profesionales” qué hace que una mujer valga 100.000 dólares.

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Por: Xavi J. Prunera Nota: 9


Ignoro hasta qué punto resulta higiénico y saludable enfrentarse a una peli como “Los profesionales” la noche más calurosa del año, pero os aseguro que hacerlo con el torso empapado en sudor y el gaznate más seco que el desierto de Mohave ayuda -y mucho- a empatizar instantáneamente con esos cuatro mercenarios románticos (Lancaster, Marvin, Ryan y Strode) que protagonizan este enorme western.

Entrado ya en situación, sin embargo, decidí prepararme un refrescante mojito para paliar los efectos de esa despiadada canícula que hacía estragos a ambos lados de la pantalla. Un par de sorbos después me sentí mejor, pero las infernales temperaturas reinantes en la frontera mejicana se habían cobrado ya su primera víctima. Afortunadamente todo quedó en una inocua insolación y ese cuarteto de tipos duros, bregados en mil y una batallas, pudo proseguir con la misión encomendada: liberar a la bella esposa (Cardinale) de un rico terrateniente (Bellamy) de las garras de un temible revolucionario (Palance).

Apurado mi primer buchito, decidí prepararme el segundo. En la terraza el aire caliente podía mascarse y un pegajoso bochorno pugnaba por dilatar todos y cada uno de los poros de mi cuerpo. Eran las 23:25 h. y el termómetro registraba 31º. Mientras tanto, la imagen de Lancaster colgado por los pies coincidía con la de una primera gota de sudor resbalando perezosa e implacablemente a lo largo de mi espina dorsal. Succioné con fruición lo que quedaba de mojito, le di al pause y fui a picar más hielo.

Preparado mi tercer trago, recapitulé sobre lo que estaba viendo. Por el momento la peli de Brooks evidenciaba ser un western muy bien armado que -a simple vista- discurría por los típicos derroteros del género ;) y que, merced a su estratosférico elenco, podía degustarse con el mismo deleite con el que un servidor estaba dando buena cuenta de su tercer añejo. Lo mejor, sin embargo, aún estaba por llegar. El rescate de María (bocatta di cardinale) y la consiguiente persecución de nuestros cuatro protas por parte de Raza (Palance) y los suyos elevaba el listón de la peli hasta niveles pura y genuinamente peckinpahianos. Le dí nuevamente al pause y trituré algo más de hielo. Sin lugar a dudas, necesitaba un nuevo lingotazo (¿el cuarto?) para combatir la pertinaz y abrasadora atmósfera que reinaba tanto en mi terraza como en la quebrada donde Palance y Lancaster sostenían, a punta de pistola, uno de los diálogos más crepusculares de la historia del género. Me froté los ojos y miré de reojo la botella de ron. Estaba prácticamente vacía, de acuerdo, pero esos diálogos no podían ser fruto de mi imaginación.

Diez o quince minutos después, cuando el pertinente THE END sobreimpresionaba los últimos fotogramas de aquella maravilla, comprendí dos cosas: que mi estado de embriaguez era algo más que sospechoso y que acababa de ver un western a-co-jo-nan-te.

(Reseña publicada por Xavi J. Prunera en FilmAffinity el 24-7-09)

TRAILER

miércoles, 16 de diciembre de 2015

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE


(The man who shot Liberty Valance) - 1962

Director: John Ford
Guión: James Warner Bellah y Willis Goldbeck 

Intérpretes:
- John Wayne: Tom Doniphon
- James Stewart: Ransom Stoddard
- Vera Miles: Hallie
- Lee Marvin: Liberty Valance
- Edmond O’Brien: Dutton Peabody
- John Carradine: Mayor Cassius Starbukle
- Andy Devine: Sheriff Link Appleyard
- Woody Stroode: Pompey

Música: Ciryl J. Mokridge
Productora: Paramount Pictures (The John Ford Production)
País: Estados Unidos


Por: Jesús Cendón. Nota: 10

“Así es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en realidad, hay que publicar la leyenda”. (Maxwell Scott, periodista).

Amo a esta película, amo a ”El hombre que mató a Liberty Valance”, uno de los westerns más emotivos, conmovedores, líricos y desgarradores que se hayan filmado jamás; obra maestra en la que John Ford, adelantándose a lo que se denominarían westerns crepusculares (ese mismo año Pekinpah rodó “Duelo en la Alta Sierra”) nos narra el final de una época, de un modo de vida basada en los campos abiertos y el de los personajes que la protagonizaron, y que supuso el broche de oro del tándem Ford-Wayne (tan sólo rodarían juntos el pequeño episodio de la Guerra Civil en “La conquista del Oeste” y la divertida comedia “La taberna del irlandés”).



Se trata de una historia desencantada y amarga que narra la segunda fase en la construcción de los EEUU, ya que tras arrebatarle su territorio legítimo a los indios y haber colonizado el mismo, el país se enfrenta a otro desafío consistente en civilizar el oeste, con los sacrificios que ello supone. Así aquellos personajes que fueron fundamentales para colonizar los paisajes salvajes como Tom Doniphon, hombres independientes, individualistas y que imponían su voluntad a través de la fuerza, serán los sacrificados, ya que para que avance el país deben dejar paso al hombre nuevo que viene del este encarnado por Ransom Stodard, representante de la civilización y el progreso.



La paradoja se produce por el hecho de que la población necesita mitos sobre los que establecer los pilares de la sociedad y no puede aceptar la a veces mediocre realidad, de ahí que ésta se les oculte a cambio de leyendas que son más atractivas y en las que los seres individualistas, fuertes e independientes que de alguna forma se han mantenido al margen de esos convencionalismos y con los que ha habido que acabar por el bien del desarrollo, en definitiva los héroes, que fueron los que realmente protagonizaron los hechos son sustituidos por otros individuos más convencionales que encarnan los valores de esa sociedad que se está construyendo y a los que se atribuyen estos hechos. De ahí la frase final del periodista ya que al pueblo hay que darle leyendas y mitos porque quizás no soportaría enfrentarse a la miseria y cotidianidad nada heroica de la realidad.



Historia amarga porque es una historia de perdedores. Así Tom Doniphon (John Wayne) no sólo va a perder a su amada frente al civilizado Stodard, sino algo mucho más importante su orgullo y su dignidad, es decir sus valores más profundos, al cometer un acto indigno de él, aunque confiese a Stodard que no le importó hacerlo, pero necesario para que avance la sociedad. Y es Tom, a pesar de que sabe que cada paso que da en ese sentido supone acercarse a su propia destrucción, quien se convierte en el ángel de la guarda de Ransom: lo recoge malherido por la paliza que le propinó Liberty, le enseña a disparar, propone a Ransom como delegado en la importante Convención en la que se decidirá la suerte del territorio como Estado (en este caso no sólo defiende al futuro senador sino que se alza como una gran figura que vela por esa sociedad que lo desplazará, lo ignorará y terminará destruyéndolo), evita que los hombres de Liberty (entre los que se encuentra un joven Lee Van Cleef) lo ahorquen y, por fin, se inmola al contarle la verdad del duelo a Ransom para evitar que renuncie A SU carrera política, al mismo tiempo que le deja el camino libre con su eterna pretendiente Hallie, perdiéndose en la nada, como ocurría con Ethan en “Centauros del desierto”, mientras el resto de los personajes entran en la sala donde se celebra la Convención. Se produce, de esta manera, el sacrificio del héroe para que el país pueda avanzar.




Pero ¿qué ocurre con el aparentemente triunfador Ransom Stodard (James Stewart), un honrado, idealista y luchador abogado del este que puede ser el próximo vicepresidente de los EEUU? Que su vida se ha construido sobre una gran mentira que conocen tanto él como su mujer y que les pesa como una losa porque saben que le han robado, no solamente la gloria y la fama, sino también la vida a un hombre integro, auténtico líder que se inmoló por el bien común. De ahí que resulte durísima la última escena en la que el bueno de Jimmy le pide una escupidera al revisor del tren y éste le responde: “Inmediatamente, qué no haría yo por el hombre que mató a Liberty Valance” para a continuación mirarse el matrimonio, diciéndoselo todo con esa mirada. No se valorarán los aciertos que haya tenido gobernando el bueno de Stodard, ni las preocupaciones que haya tenido para desarrollar su país, ni su trabajo, ni, por supuesto, su esfuerzo, al final será recordado por algo que no hizo, matar al más temible pistolero del territorio. De nuevo el héroe se impone al hombre corriente.


Y como tercer elemento nos encontramos a Hallie (Vera Miles) que se debate entre dos hombres de los que está enamorada, aquél que parecía que sería su marido (Tom) el líder natural un tanto rudo pero galante, servicial y atento cuando era necesario, y el nuevo, bondadoso y educado hombre del este que le enseña otro mundo. Sus miradas cargadas de tristeza muestran el desgarro ante la obligación de elegir entre uno de los dos, siendo consciente del dolor que causará al otro y a sí misma. Esta situación queda perfectamente plasmada en varias escenas: aquella en la que le pide al antiguo sheriff que la lleve a ver los cactus del jardín de la antigua casa de Tom, la secuencia en la que se ve el cactus encima del ataúd donde yace Tom y Ransom le pregunta ¿Quién lo ha puesto?, le responde que ha sido ella y ambos se miran, y al final cuando Ransom le propone quedarse definitivamente en Shinbone y ella le contesta que por supuesto le gustaría porque allí está su vida. Y es que a pesar de que se decanta por Ransom, quizás empujada por el propio Tom, y aunque está profundamente enamorada del senador, hombres como Tom son imposibles de olvidar y parte de su corazón le pertenece.



Aparte de todas estas consideraciones la película cuenta con un gran libreto basado en una novela corta de Dorothy Johnson (publicada junto con otros de sus cuentos por Valdemar en su colección Frontera) que pulió John Ford para después entregárselo a James Warner Bellah (novelista en cuyas obras Ford se basó para realizar su famosa trilogía de la caballería) y Willis Goldbeck con el objeto de que le dieran la forma definitiva. El resultado fue un extraordinario guión que cuenta con magníficos diálogos pero en el que las miradas, los gestos y los silencios son tan importantes como las palabras. Tal es así que Ford llamó entusiasmado a Wayne (con el que se había distanciado tras el rodaje de “El Álamo”) para decirle que esta vez contaban con una gran historia, aceptando el actor su participación en el film a regañadientes.


En cuanto a la dirección, nos encontramos ante un Ford en estado de gracia que consigue una obra maestra en la que cada escena es maravillosa y la planificación de cada plano es perfecta. Por destacar dos escenas, aparte de las ya mencionadas, citaría la famosa del filete y el duelo con Liberty. Pero mi favorita es la de la escuela, todo un canto del profundamente liberal Ford a favor de la ahora denostada democracia, que cuenta con dos momentos sublimes, cuando Nora Ericson con sus propias palabras (está aprendiendo a leer y a escribir) define la democracia como el sistema en el que el pueblo es el que manda y tiene el poder y cuando el fiel Pompey (un sirviente negro) se olvida de la parte de la Constitución en la que se afirma que todos los hombres son iguales y Ransom, irónicamente, le contesta que no se preocupe porque hay mucha gente que también se olvida de ello.




Otros aspectos a destacar son:
La maravillosa fotografía de William H. Clothier, que abandona el espectacular color con el que había retratado magistralmente el Monument Valley por el más humilde y sobrio blanco y negro con lo que consigue acentuar el carácter sombrío y triste de la historia que se está contando.



La estupenda banda sonora orquestada por Cyril J. Mokridge que cuenta con tres o cuatro temas fantásticos perfectamente utilizados y que subrayan el carácter intimista y melancólico del film.


La dirección artística, ya que salvo en tres escenas que se desarrollan en el rancho de Tom, toda la película se rodó en el estudio, como si Ford quisiera subrayar la idea de que la historia que estaba contando era tan falsa como los decorados en los que estaba siendo contada. Además con este hecho se está subrayando, de nuevo, el carácter independiente de Tom, puesto que es el único personaje que vive fuera de la ciudad (símbolo de la sociedad) en la que se hacina el resto de la población.


Por último tengo que referirme a los actores. Wayne y Stewart protagonizan unos de los mejores duelos interpretativos, pleno de naturalidad, que he podido disfrutar en el cine, desprendiéndose entre ellos una química difícil de igualar. Tanto el uno como el rudo y heroico Tom, como el otro en el papel del educado y civilizado Ransom están perfectos. Junto a ellos Vera Miles, quizás en su mejor papel, expresando sus sentimientos desgarrados con una mirada de profunda tristeza; un gran Lee Marvin, un poco antes de convertirse en estrella, como el sádico y brutal pistolero Liberty Valance, el segundo hombre más duro a este lado del territorio (el primero, lógicamente, es Tom); un sobresaliente Edmond O’Brien en el rol del alcoholizado, lúcido y elocuente editor del Shinbone Star; y otros habituales del cine de Ford como Andy Devine en el papel del cobardón sheriff que protagoniza junto a John Qualen las escasas escenas cómicas del film, John Carradine que se luce en un corto papel como brillante y manipulador orador, Woody Strode, es en esta película en la que mejor lo he visto, en un rol muy diferente a los que solía interpretar o Willis Bouchey como el revisor que pronuncia la demoledora frase final del film.


Así que ya sólo me queda deciros que pongáis el DVD, bajéis la luz de la sala, os sentéis y disfrutéis de esta auténtica joya que nos regaló John Ford y de un actor irrepetible de sonrisa franca y gesto preciso que sabía que no sólo el filete sino que gran parte del banquete del cine era suyo, John Wayne que fue realmente “El hombre que mató a Liberty Valance”.



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Por: Xavi J. Prunera. Nota: 9,5


Hace unos años hice llegar a varios amiguetes cinéfilos una singular encuesta. Mi propósito consistía en recurrir a su reputado criterio para determinar cuál podría ser la película más emblemática de la historia del cine yankee.

50 fueron las candidaturas propuestas pero, obviamente, sólo una podía salir victoriosa. Y sí, como podéis suponer, la gran triunfadora fue “El hombre que mató a Liberty Valance”.

Naturalmente, eso fue lo que me empujó a revisarla por primera vez. Mis vagos recuerdos adolescentes pedían a gritos constatar si, tal como habían determinado mis colegas, la peli de Ford merecía ese distinguidísimo y mitológico privilegio, o no. Pues bien, una vez revisada con toda la objetividad habida y por haber quisiera proclamar a bombo y platillo que “El hombre que mató a Liberty Valance” merece semejante honor y más.

Permitidme, pues, que incida sobre todo en el aspecto simbólico, icónico o totémico de la peli de Ford porque creo que ése es, al margen de su irreprochable factura narrativa y formal, el valor esencial de este western. Un valor que reside en su propia trascendencia cinematográfica y que constata como, paradójicamente, una peli capaz de derribar de un plumazo casi todos los cánones del género es, a su vez, capaz de convertirse en una obra mítica y, por ende, paradigmática. Lo más curioso, además, es que fuera precisamente Ford –el que zanjó ese western clásico que él mismo contribuyó a edificar- el que, con este enorme western, sentara las bases de ese espíritu crepuscular o expresionista tan característico en los filmes posteriores de Peckinpah o Leone.

En fin, disculpadme por ponerme demasiado trascendental y por no comentar nada sobre aspectos tan interesantes como ese jugoso triángulo amoroso entre Tom, Hallie y Ransom, como ese romántico debate entre leyenda y realidad ("en el Oeste, cuando la leyenda supera a la verdad, publicamos la leyenda") o como esa eterna pugna entre la ley escrita y la ley del más fuerte, pero es que eso ya lo han hecho otros y muy bien, por cierto. Y, además, qué coño, cuando un western como “El hombre que mató a Liberty Valance” va más allá de su propio género habrá que decirlo alto y claro ¿no?. Pues eso.

(Reseña publicada por Xavi J. Prunera en FilmAffinity el 11-11-09)

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