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jueves, 8 de febrero de 2018

DESAFÍO EN LA CIUDAD MUERTA

(The law and Jake Wade, 1958)

Dirección: John Sturges
Guion: William Bowers

Reparto:
- Robert Taylor: Jake Wade
- Richard Widmark: Clint Hollister
- Patricia Owens: Peggy
- Robert Midleton: Ortero
- Henry Silva: Rennie
- De Forest Kelly: Wexler
- Burt Douglas: Teniente
- Eddie Firestone: Burke

Música: Fred Steiner
Productora: Metro Goldwyn Mayer (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5.

“¿Qué era lo que solíamos decirle, Jake? Solíamos decirle…Ah sí, sí. Le decíamos, Wexler puedes matar a quien te dé la gana porque este es un país libre. Pero si lo haces con odio lo único que acabarás es con la bilis revuelta” (Clint conversando con Jake acerca de la actitud mostrada por Wexler).


Cuando recordamos a Robert Taylor, rebautizado como “el hombre del perfil perfecto”, la imagen que tenemos de él es la del galán en numerosos melodramas de la década de los treinta (“Sublime obsesión” de John M. Stall es un claro ejemplo) o la de espadachín y caballero medieval en las maravillosas películas de aventuras producidas por la Metro Goldwyn Mayer dos décadas después. No en vano, era el rival natural en este género de Tyrone Power, incluido en la nómina de la Twentieh Century Fox, y ambos los sucesores de un prematuramente avejentado Errol Flynn, cuyos mejores filmes de aventuras los protagonizó mientras le duró su contrato con la Warner Brothers.



Sin embargo, Taylor protagonizó, sobre todo durante la década de los cincuenta, una serie de wésterns muy interesantes en los que nos ofreció un notable cambio de registro, abandonando su eterna sonrisa y mostrándonos un perfil más duro. Así fue, sucesivamente, un indio despojado injustamente de sus propiedades en “La puerta del diablo” (Anthony Mann, 1950), un misógino conductor de caravanas en “Caravana de mujeres” (William Wellman, 1951), un fuera de la ley arrepentido en “Una vida por otra” (John Farrow, 1953), un cazador psicópata y racista, uno de sus papeles más oscuros, en “La última caza” (Richard Brooks, 1956), un ranchero enfrentado fatalmente a su hermano en “Más rápido que el viento” (Robert Parrish, 1958), el sheriff, antiguo forajido, en la película objeto de esta reseña o el inflexible hombre de la ley en “El justiciero” (Michael Curtiz, 1959). Películas que, si bien no suelen aparecer en las listas relativas a los mejores wésterns, si constituyen un corpus cinematográfico envidiable en este género.



ARGUMENTO: Jake Wade, un exforajido, salva a Clin Hollister, antiguo camarada, de la horca. Tras separarse, Clint lo localizará y con su banda lo secuestrará junto a su novia para que le guíe al lugar en donde enterró un botín de veinte mil dólares. En el intento de recuperar el producto de su robo el grupo deberá hacer frente no solo a la tensión surgida durante el viaje, sino también a una partida de indios comanches en pie de guerra.



Nos visita de nuevo en este blog John Sturges. En esta ocasión con un filme rodado entre dos de sus wésterns de mayor éxito, “Duelo de titanes” (1957) y “El último tren de Gun Hill” (1959) con el que esta película presenta ciertos elementos en común al enfrentar a dos viejos camaradas.



La historia, no demasiado original, está estructurada en tres partes claramente diferenciadas:



La introducción, con el rescate de Clint por parte de Jake, saldando de este modo una antigua deuda. Para a continuación sorprender la película al espectador al mostrárnoslo como el marshall de otro pueblo. Este tramo finalizaría con el secuestro del sheriff y de su prometida por parte de la banda de Clint.



La parte central, en la que se desarrolla el viaje hacia el pueblo fantasma en donde enterró Jake el botín. Constituye un tramo fundamental para ir conociendo el carácter de los principales personajes y sus relaciones; y se caracteriza por la búsqueda por parte de Jake de las fisuras en el grupo que le permitan huir. Al estar rodada en exteriores (en concreto en el Parque Nacional del Valle de la Muerte) destaca el inmenso trabajo del gran director de fotografía Robert Surtees (con tres Oscars y dieciséis nominaciones).



El desenlace en la ciudad fantasma. Esta parte se caracteriza básicamente por el incremento de las escenas de acción con, primero, el ataque de los comanches sufrido por el grupo protagonista en el pueblo fantasma, muy bien rodado por Sturges y en el que destaca una escena en el interior del saloon iluminado como si estuviéramos contemplado una película de terror, y, en segundo lugar, con el anunciado y anhelado duelo protagonizado por los dos excamaradas.



Por tanto, nos encontramos con un filme protagonizado por bandidos u hombres de pasado oscuro en el que cobra una gran importancia como escenario principal un pueblo abandonado; pudiéndose rastrear la huella en esta película de, no sólo, un título tan significativo como “Cielo amarillo” (William Wellman, 1948), filme reseñado y también coprotagonizado por Richard Widmark, sino también de otras propuestas más modestas pero no carentes de interés como son “Emboscada en Tomahawk Gap” (Fred F. Sears, 1953) o “Quantez” (Harry Keller, 1957).



Curiosamente, además, el personaje principal presenta grandes semejanzas con el de “El hombre del Oeste”, otra producción de 1958 dirigida en esta ocasión por Anthony Mann. Efectivamente, tanto Jake como Link Jones son exdelincuentes aparentemente reinsertados que han logrado ganarse el respeto, la confianza y la amistad de los vecinos de su comunidad pero a los que visitará su pasado encarnado en sus antiguos compañeros, y ambos tan sólo contarán con una salida como medio para olvidar definitivamente a este: eliminar el último eslabón que les une a él, sus antiguos socios.

De esta forma la película se desarrolla a través de dos grandes ejes temáticos. Por una parte, el peso del pasado y las dificultades para reinsertarse en la sociedad y rehacer sus vidas por parte de antiguos delincuentes. Y por otra, el tema de la amistad, más concretamente el de la traición a esa amistad.



Así, Jack Wade, un Robert Taylor en una actuación muy sobria y quizás demasiado contenida por lo que bordea la rigidez, es un antiguo forajido que tras un hecho terrible (en el último asalto a un banco mató accidentalmente a un niño) decide abandonar esa vida. Nos lo encontramos perfectamente integrado en su nueva ciudad ocupando el puesto de marshall e, incluso, está prometido con una joven adinerada. Pero la llegada de sus antiguos compinches le devolverá a aquella época de su existencia que pretende olvidar, convirtiéndose esta en una pesadilla. Mientras que Clint Hollister, un Richard Widmark dando vida a uno más de sus inolvidables villanos, encarna el dolor de quien ha sido traicionado por aquel en quien más confiaba y al que más apreciaba. Su resentimiento con Jake no se debe tanto al hecho de que se llevara los veinte mil dólares del botín como a la forma de hacerlo por parte del ahora sheriff. De hecho son constantes los reproches de este a Jake. De esta forma le comentará: “Lo que sé es que si hubieras tenido honor no hubieras abandonado a un amigo”; más tarde confesará a Peggy delante de él: “Necesite una semana para comprender que había huido de mí”; y, por último, le preguntará: “¿Por qué no fuiste a decirme con sinceridad, Clint yo me retiro? ¿Por qué no lo hiciste?” Incluso son tales los sentimientos albergados hacia Jake que dudará en el instante final del duelo.



Ese concepto de la amistad lleva al espectador a simpatizar con él a pesar de ser un individuo vengativo, extremadamente cínico, violento y misógino (para él las mujeres son un estorbo y las llega a comparar con una pierna rota). Dicha misoginia, junto a su resentimiento hacia Jake y algunas frases citadas por miembros del grupo como, por ejemplo, que su ex-camarada era la persona a la que más había querido, ha dado pie para que determinados críticos hayan advertido la existencia de una relación de tipo homosexual entre ambos.




En todo caso, es un personaje más atractivo que el honrado, digno y ahora integro sheriff; y sin duda la grandísima actuación de Richard Widmark lo convierte en el gran protagonista de la película, eclipsando al resto del reparto compuesto por Patricia Owens como Peggy, un papel poco interesante y totalmente prescindible; un siempre eficaz Robert Middleton dando vida a Ortero, un miembro de la banda que se debatirá entre su lealtad a Clint y el recuerdo de su viaje amistad con Jake; Henry Silva, una especie de clon de Jack Palance, al que le tocó en suerte Rennie un pistolero psicópata con una niñez traumática, personaje muy apropiado a su físico que ya había interpretado un año antes en “Los cautivos” (Budd Boetticher); y De Forest Kelly, antes de hacerse famoso como el Doctor McCoy en Star Trek, encarnando al impulsivo Wexler.



“Desafío en la ciudad muerta” es, en definitiva, un notable wéstern brillantemente dirigido por un gran especialista como John Sturges que, aunque no tan redondo como “Duelo de titanes” (1957) ni tan popular como “Los siete magníficos” (1959), ambas objeto de reseña, ocupa un lugar destacado en este género.



Como curiosidad comentaros que el compositor contratado era Bronislau Kaper, pero en ese momento los músicos de Hollywood se pusieron en huelga y, al parecer, tuvieron que utilizar temas procedentes de otros filmes para completar la banda sonora de este.




jueves, 30 de noviembre de 2017

UNA VIDA POR OTRA

(Ride vaquero!, 1953)

Dirección: John Farrow
Guion: Frank Fenton

Reparto:
- Robert Taylor: Rio
- Ava Gardner: Cordelia Cameron
- Howard Keel: King Cameron
- Anthony Quinn: José Constantino Esqueda
- Kurt Kasznar: Padre Antonio
- Ted de Corsia: Sheriff Parker
- Jack Elam: Barton
- Walter Baldwin: Adam Smith

Música: Bronislau Kraper
Productora: Metro Goldwyn Mayer


Por Jesús Cendón. NOTA: 6,5

“Siempre ha habido portadores de progreso y hombres que lo combaten como José Esqueda. Es la civilización y me han dicho que es algo muy importante”. “Usted no cree en ella ¿verdad?”. “Un hombre debe creer en su perro y en su enemigo” (Conversación entre Rio y King Cameron).



Me ha quedado un regusto agridulce al terminar de ver “Una vida por otra”, sin duda un sólido wéstern, al tener la sensación de que se perdió una gran oportunidad por parte de la Metro Goldwyn Mayer (una “major” que en la década de los cincuenta no mostró especial predilección por este género como la Universal y prefirió seguir embarcada en musicales y películas de aventuras, sellos de su identidad), ya que se partió de un gran libreto de Frank Fenton (autor entre otros de los guiones de “Fort Bravo”, “Río sin retorno” y “El Jardín del Diablo”) en el que se abordaban cuestiones muy interesantes como el final de un estilo de vida ahogado por la llegada de la civilización, la lucha de clases (Esqueda y sus hombres representan al proletariado frente a la burguesía e , incluso, la aristocracia personificadas por el matrimonio Cameron, propietario de unas tierras hasta ese momento libres de las que comenzarán a ser desplazados los primeros), la reconstrucción de un país destrozado por la Guerra de Secesión, la tristeza por traicionar a quien quieres y sobre todo el profundo dolor sentido por el traicionado, la asunción hasta el final de tus decisiones, la grandeza de la renuncia, la fidelidad a unos principios, etcétera. Además de contar con unos excelentes diálogos, con brillantes réplicas y contrarréplicas de los protagonistas propias del mejor cine negro. Así en la primera escena que comparten King y Rio, el primero comenta  “No es este lugar el más indicado para una mujer educada” y el segundo contesta “No lo sé, no he conocido a ninguna”; en otra escena, tras amenazarle con requisar su revólver, el sheriff le pregunta a Rio “¿Cómo te las vas a componer sin revólver?” y el pistolero le responde “Asistiendo a un entierro como protagonista”; mientras que al final Cordelia le pregunta a su marido “¿Qué puedo hacer para que me perdones” y King le replica “Yo puedo perdonar todo lo que tú puedas olvidar”.



La sorpresa se acentúa por el hecho de que la Metro, para rodar el filme y además de contar con un elenco espectacular, dispusiese de profesionales de primer orden como el director de fotografía Robert Surtees (”Quo Vadis”, “Cautivos del mal”, “Mogambo”, “Fort Bravo”) o el director artístico Cedric Gibbons (premiado a lo largo de su carrera con once Oscars y nominado en treinta ocasiones), y sin embargo encomendara su realización a John Farrow, un sólido director pero no de los más importantes con los que contaba en su nómina que, además, en esta ocasión ofreció un rendimiento inferior al habitual, siendo incapaz de transmitir tanto la pasión amorosa de Cordelia por Rio, como el tono trágico que el filme requería; y ofreciéndonos una dirección técnicamente irreprochable pero algo desmayada y carente de fuerza.



ARGUMENTO: A Brownsville, una zona fronteriza de Texas, llega el matrimonio compuesto por King y Cordelia Cameron con la intención de asentarse y criar ganado. Pronto chocarán con Esqueda y su banda de forajidos, entre los que se encuentra su “hermano” y lugarteniente Río, que quemarán su rancho. Pero King no se dará por vencido y plantará cara a Esqueda, contando para ello con la inesperada colaboración de Rio enamorado, a su vez, de Cordelia. El drama está servido.



El filme, con un tono de tragedia clásica, cuenta con una doble trama.

En primer lugar el enfrentamiento entre dos hombres muy diferentes por un territorio, un reino (de hecho no creo que sea casualidad que uno de los personajes se llame King y el otro tenga como segundo nombre Constantino). Enfrentamiento, fruto del choque de dos formas diferentes de entender la vida que representan el futuro y el pasado, la evolución y la involución; cuyo resultado sólo puede ser la aniquilación de uno de los rivales y la apropiación de todo el territorio por el vencedor.



Pero, sobre este arco argumental se superpone otra trama de dimensiones shakesperianas al establecerse un peculiar triángulo entre el matrimonio Cameron y el pistolero Rio en el que se entremezclará la atracción física entre Cordelia y el forajido y la creciente amistad entre este y King. Triángulo que a su vez se superpone a la relación casi fraternal entre dos individuos tan diferentes como Rio y Esqueda.

El wéstern, por tanto, sin abandonar los códigos propios del género tiende a la introspección y se centra en la evolución de las relaciones entre los cuatro personajes principales:



Rio interpretado por Robert Taylor que disfrutaba de una segunda juventud tras haber protagonizado “Quo Vadis” y se convertiría en el estandarte junto a Stewart Granger de las películas de aventuras de la Metro durante esta década. Es un individuo taciturno, contenido, frío, profundamente escéptico (llega a afirmar “En esta tierra, señora, lo único cierto respecto al mañana es que ha de llegar”) y, aparentemente, sin emociones; del que Esqueda comenta “Para matarte no habría que buscarte el corazón”. Adoptado por la madre de Esqueda, no termina de encajar ni en el mundo de los mexicanos, ni en el de los anglosajones; además de parecer despreciar su forma de vida basada en la delincuencia. Se trata del prototipo del héroe o antihéroe romántico que se encontrará atrapado entre la creciente atracción que siente por Cordelia, el respeto y posterior admiración por King, y su profundo cariño por Esqueda, aunque se muestre en todo momento muy crítico con él. Su destino parece estar marcado, terminando por traicionar a su hermano adoptivo y enfrentarse a él con el objeto de proteger a la familia Cameron y permitir el avance de la civilización.



Cordelia Cameron al que da vida una Ava Gardner un tanto apagada al no desplegar todos sus encantos y mostrarse menos fogosa que en otras películas. Prototipo de la aristocracia sureña arruinada tras la guerra civil, se debatirá entre su cariño a King y la pasión que le despierta Rio.



King Cameron, encarnado con su sobriedad habitual por Howard Keel antes de protagonizar “Siete novias para siete hermanos”. Hombre tenaz, valiente, severo, orgulloso, resuelto y honrado; es la imagen del colono estadounidense y de su determinación, además de representar el progreso y la civilización frente a la barbarie. Será capaz de dar una segunda oportunidad a Rio, tema habitual en la cultura anglosajona, estableciendo una profunda relación de amistad, quizás no explicada correctamente, basada en la mutua confianza y lealtad.



Y por último José Constantino Esqueda, personaje que permitió a Anthony Quinn mostrar su desbordante personalidad siempre al borde del histrionismo y eclipsar al resto del reparto (es inevitable acordarse de su Eufemio en “Viva Zapata” dirigida por Elia Kazan un año antes). Se comporta como una especie de emperador en un territorio sin ley (también en este caso el filme presenta semejanzas con “Encubridora” de Fritz Lang, sobre todo en las escenas desarrolladas en el poblado habitado solamente por bandidos) pero consciente de que, con el fin de la Guerra de Secesión, su mundo tiene los días contados. Personaje contradictorio, tan brutal como generoso (sensacional la escena del atraco al banco), siente un profundo cariño por Rio y se mostrará roto de dolor por la traición de este, engaño que no asumirá hasta el último momento.



En definitiva, “Una vida por otra” es un wéstern atípico, con personajes muy bien desarrollados que, pese a sus imperfecciones, contiene los elementos y aciertos suficientes para satisfacer a los aficionados a este género.




jueves, 7 de julio de 2016

LA PUERTA DEL DIABLO

Poster La puerta del diablo
(Devil’s Doorway) - 1950

Director: Anthony Mann
Guion: Guy W. Trosper

Intérpretes:
Robert TaylorLance Poole
Paula RaymondOrrie Masters
Louis CalhernVerne Coolan
Edgar BuchananSheriff Zeke Carmody
Marshall Thompson: Rod MacDougal


Música: Daniele Amfitheatrop

Productora: Metro Goldwyn Mayer
País: Estados Unidos

Por: Jesús "Elenorra" CendónNota: 8

Todos debemos aprender una lección de esto” (Orrie Masters tras haberse consumado el drama)

Western dirigido por Anthony Mann en 1950, el mismo año en el que comenzó con Winchester 73 su ciclo de cinco películas del oeste con James Stewart como protagonista que le convirtieron en uno de los grandes especialistas en este género.



Protagonizada por Robert Taylor en el papel de Lance Poole, un indio navajo distinguido con la Medalla de Honor del Congreso (la máxima condecoración de las Fuerzas Armadas en los EEUU) por su participación en la Guerra de Secesión, en la que alcanzó el grado de sargento mayor, que se verá despojado de sus tierras y su rancho puesto que al no ser considerado ciudadano estadounidense carecía del derecho a tener propiedades.



Nos encontramos, pues, ante uno de los primeros westerns revisionistas en el que no sólo se reivindica la figura del piel roja sino que se denuncia la situación de indefensión de los nativos norteamericanos despojados de todos sus derechos y de sus costumbres (no consiguieron la ciudadanía hasta 1924) y confinados en reservas en las que vivían hacinados esperando la muerte (todavía en la actualidad la mayoría viven en estas reservas).



Película, narrada en un tono pesimista, reflexiona además sobre otras dos cuestiones:



- La diferencia entre la legalidad y la justicia, sobre todo a través de las conversaciones que mantiene el protagonista con su abogada, Orrie Masters, interpretada por Paula Raymond (otra “rara avis” al ser mujer y letrada en el siglo XIX, por lo que también sufrirá cierta marginación). Como tal abogada está apegada a la ley, pero comprobará como fracasan todos sus intentos encaminados a acabar con semejante atropello.



- La necesaria tolerancia y respeto a otras culturas cuyas costumbres pueden parecer bárbaras (en este sentido es muy significativa la escena del niño con las plumas de águila). En definitiva, la indispensable comprensión de las minorías para construir una sociedad justa y en paz.



Junto a la soberbia dirección de Mann, cabe destacar la labor de John Alton, uno de los grandes directores de fotografía, que traslada al western la estética expresionista del noir norteamericano (sobre todo con la acentuación de los claroscuros como queda patente, por ejemplo, en la extraordinaria secuencia de la pelea en el saloon mientras se desencadena una tormenta en el exterior). Consiguiendo realzar el carácter trágico y sombrío del filme que, igualmente, presenta similitudes con el cine negro respecto a temas como la fatalidad o la imposibilidad de modificar el destino.



No hay que olvidar que Mann se había convertido en un consumado director de cine negro de serie B. “El último disparo” y “La brigada suicida” de 1947, “Justa venganza” (1948) o “Side Street” (1950) constituyen buenos ejemplos de su pericia en este género.



Por último, hay que mencionar la labor de dos grandes secundarios. Por una parte Louis Calhern como el avieso, resentido y racista abogado, principal inductor del conflicto al aprovecharse de la necesidad de pastos por parte de los ovejeros y del resquemor que origina en la población la prosperidad de un indio propietario de una gran extensión de terreno rico en pastos. Individuo inteligente, se valdrá tanto de su capacidad de persuasión como de sus conocimientos de una norma aberrante para conseguir sus fines. Por otra parte Edgar Buchanan en el papel del sheriff, amigo del padre del protagonista, obligado a hacer cumplir la ley aunque está no le gusta y que, muy a su pesar morirá con las botas puestas.



En definitiva, la película, que culmina con un final demoledor en el que se muestra el sacrificio inútil de Poole en la Guerra de Secesión por el que creía era su país, es una de las más sinceras, realistas y brillantes aproximaciones del Hollywood clásico a la cultura de los nativos norteamericanos, muy superior a otras propuestas más conocidas como la bienintencionada “Flecha rota”, dirigida ese mismo año por Delmer Daves, otro gran especialista.



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