jueves, 14 de septiembre de 2017

LOS COMANCHEROS

(The comancheros, 1961)

Dirección: Michael Curtiz.
Guion: James Edward Grant y Clair Huffaker.

Reparto:
- John Wayne: Capitán Jake Cutter
- Stuart Whitman: Paul Regret
- Ina Balin: Pilar Graile
- Nehemiah Persoff: Graile
- Lee Marvin: Tully Crow
- Michael Ansara: Amelung
- Patrick Wayne: Tobe
- Bruce Cabot: Mayor Henry
- Jack Elam: Horseface
- Edgar Buchanan: Juez
- Joan O’Brien: Melinda Marshall

Música: Elmer Bernstein.
Productora: Twentieth Century Fox (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 7’5

“¿Cuánto hace que murió? Puede, puede que dos años ya” “Dos años, dos meses y trece días” (Conversación entre la señora Scofield y el capitán Jake Cutter en relación con la fallecida esposa del último.)


Último filme del gran Michael Curtiz, fallecido apenas seis meses después de su estreno. Director nacido en Hungría, sin duda es conocido por haber filmado “Casablanca” (1942), una de las cumbres del cine, película que quizás haya eclipsado en parte una brillante carrera caracterizada por su perfecta acomodación a las reglas de los distintos géneros, como muestran clásicos del cine de aventuras de la talla de “La carga de la Brigada Ligera“ (1936) o “Robín de los bosques” (1938); thrillers del nivel de “Ángeles con caras sucias” (1938) y “Alma en suplicio” (1945); melodramas como “El trompetista” (1950); y, por supuesto, westerns tan destacados como “Dodge, ciudad sin ley” (1939).


ARGUMENTO: El capitán de los Rangers de Texas Jake Cutter junto al francés Paul Regret, al que había detenido acusado de asesinato, se infiltrará en el grupo de forajidos conocido como los comancheros con el objeto de acabar con la peligrosa venta de armas y alcohol a los comanches.

Película que asume el espíritu y los arquetipos y mitos del western clásico entroncando con otras protagonizadas por Wayne como “Los cuatro hijos de Katie Elder” (1965), “El Dorado” (1966) o “Ataque al carro blindado” (1967), en un momento en el que comenzaban a proliferar los wésterns marcadamente crepusculares y revisionistas, y en la que la estrella hollywoodiense consciente de su edad irá trasformando a sus personajes en unos individuos maduros, expertos, fiables y moralmente irreprochables, lo que le permitió seguir siendo el protagonista de sus filmes hasta su última aparición en “El último pistolero” (1976).


Respecto a esta cuestión es muy significativa la escena en la que Graile destaca tanto las cicatrices de su frente, como su nariz aplastada, símbolos de una persona ajada por el paso del tiempo.


En esta ocasión, además, Wayne forma pareja con un actor más joven, un Stuart Whitman en la que quizás sea su mejor interpretación, al que le cede todo el protagonismo respecto a la subtrama amorosa; lo que permite al filme remarcar aún más la edad del protagonista, reflexionar sobre el necesario cambio generacional con el personaje principal marcado por un pasado amargo mientras que a su joven compañero cuenta con un futuro prometedor, y estructurar la historia en torno a la unión de dos individuos en principio contrapuestos e incluso incompatibles, pero cuya asociación será fundamental para la consecución de los objetivos. Esquema repetido hasta la saciedad en futuras cintas, sobre todo de corte policiaco.


Así nos encontramos por una parte con un hombre íntegro y honrado al servicio de la ley y el orden desde el fallecimiento de su esposa para el que el deber lo es todo, interpretado por un John Wayne identificado a través de su filmografía con esos valores, y por otra con un vividor, mujeriego y jugador cuyo estilo de vida le ha llevado a ser buscado por asesinato, al que da vida, como ya he señalado, Stuart Whitman que, igualmente, coprotagonizaría “Río Conchos”, cinta también escrita por Clair Huffaker con la que esta presenta ciertas semejanzas temáticas. Sin duda es la relación de camaradería y complicidad que se establece entre ambos personajes uno de los grandes activos de la película, sobre todo por la química existente entre ambos actores que redunda en la veracidad del filme.



El resultado es una película tan sencilla como sincera, con un tono vitalista, dinámico y jovial firmada por un director que sobrepasaba los setenta años, aunque debido a sus problemas de salud buena parte del filme fue rodado por el director de la segunda unidad y por el propio John Wayne, y que cuenta con una factura extraordinaria gracias a un grupo de profesionales de la talla de los guionistas James Edward Grant, el escritor preferido por Wayne, y Clair Huffaker que firmaron un gran libreto en el que se combina perfectamente acción, humor, amor y aventura, y al que no son ajenas escenas de gran hondura, sobre todo en relación con el pasado doloroso del capitán Cutter o como aquella en la que encuentran a unos colonos asesinados por los indios, claro homenaje a “Centauros del desierto”; el omnipresente William H. Clothier, quien retrata bellamente los paisajes de Utah y Arizona en donde se rodó el filme; el director de la segunda unidad y responsable de buena parte de las escenas de acción Cliff Lyons; el gran Alfred Ybarra como responsable de la dirección artística; el indispensable Elmer Bernstein, tras su exitosa composición para “Los siete magníficos”, con una gran banda sonora de resonancias épicas; y la participación de magníficos actores entre los que destaca, junto a la pareja estelar, Lee Marvin en un breve pero extraordinario intervalo en el que protagoniza una pelea con John Wayne que parece presagiar su futuro papel en “La taberna del irlandés” (John Ford, 1963).


Cabe señalar además que aunque el filme parte de hechos reales: la venta por parte de blancos de armas, comida y whisky a los comanches con la aquiescencia del gobierno mexicano que perseguía la desestabilización de Texas (1), tanto el director como los guionistas no pretenden ser fieles a la historia sino ofrecernos un filme de aventuras clásico.


Así pues “Los comancheros” fue concebido como puro cine de evasión y entretenimiento, fiel reflejo de una época y de una forma de entender las películas. Y como tal es un filme que atesora grandes virtudes: está extraordinariamente bien rodado, es muy divertido, carece de tiempos muertos y cuenta con un ritmo muy vivo. Por lo que es totalmente recomendable para los amantes de este género.


(1) Respecto a esta cuestión debemos tener en cuenta que la acción del filme se sitúa en 1843 y la recién creada República de Texas se había independizado de su estado vecino en 1836 aunque nunca fue reconocido por el gobierno de Santa Anna; reclamando el nuevo país parte del territorio de Nuevo México desde 1841, lo que originó continuas fricciones entre ambos estados.



jueves, 7 de septiembre de 2017

EL SARGENTO NEGRO

(Sergeant Rutledge - 1960).

Dirección: John Ford.
Guion: James Warner Bellah, Willis Goldbeck.

Reparto:
- Jeffrey Hunter: Teniente Tom Cantrell
- Constance Towers: Mary Beecher
- Billie Burke: Cordelia Fosgate
- Woody Strode: Sargento Braxton Rutledge
- Juano Hernández: Sargento Skidmore
- Willis Bouchey: Coronel Otis Fosgate
- Carleton Young: Capitán Shattuck

Música: Howard Jackson.
Productora: Warner Bross. Ford Production. (USA).

Por Jesús CendónNOTA: 8,5

“Sentía que el ejército era mi hogar, mi verdadera libertad y mi propia estimación. Y el modo en que iba desertar me convertía en una fiera dañina que huye acosada. ¡Y yo no soy eso. Comprende. Soy un hombre!” (El sargento de primera Braxton Rutledge en su juicio ante el acoso al que se ve sometido por parte del fiscal).


ARGUMENTO: El sargento de primera Braxton Rutledge, un soldado ejemplar, es sometido a un consejo de guerra por el asesinato del comandante del fuerte y la violación y asesinato de la hija de este. El teniente Cantrell, su inmediato superior, se encargará de la defensa e intentará esclarecer la verdad.


El antiguo proyecto de la Warner a cargo de Andre de Toth situado en Europa en la época contemporánea y archivado en 1957 fue retomado por Willis Goldbeck al ver un cuadro de Remington sobre un soldado negro de la caballería de los EEUU. Este posteriormente contactaría con el también guionista James Warner Bellah para elaborar una historia sobre el papel desempeñado por la población negra en el ejército de los EEUU, y más concretamente referida a los Regimientos IX y X. Pero en manos de John Ford, al que le gustaba implicarse en los guiones modificando aquello que le desagradaba e incluyendo lo que estimaba conveniente, la película no sólo se convirtió en un valiente alegato antirracista sino en un sincero reconocimiento de la importancia de la participación de la población negra en la conquista del Oeste y, por tanto, en la construcción de los Estados Unidos. De nuevo Ford defendía la tesis de que la historia de un país la escribe su gente, generalmente las clases populares. Así, si en “La uvas de la ira” emitía una rotunda declaración al afirmar por medio de Ma Joad: “Nosotros somos el pueblo, nosotros seguimos adelante”, y en “Fort Apache” exaltaba en el discurso final del capitán Yorke a la caballería identificándola con los soldados y no con sus oficiales, en esta le toca el turno a la población negra que siendo esclava participó en la Guerra de Secesión para posteriormente alistarse en los citados IX y X Regimientos de Caballería para destacar por su valor en los combates contra los indios (la escena en la que Cantrell explica a Mary por qué son llamados soldados búfalos es rigurosamente cierta).


Por tanto, estamos ante una de las películas ideológicamente más comprometidas del genial director de origen irlandés en el que toma partido por las justas reivindicaciones de la población negra. Posicionamiento lógico desde la perspectiva actual (cincuenta y cinco años después de su estreno) pero cuya importancia se debe valorar en el contexto sociopolítico del momento en el que se cuestionaban dichas reivindicaciones. Una época convulsa con el renacimiento desde mediados de los años cincuenta del Ku Klux Klan y el recrudecimiento de sus actividades violentas como reacción a la proliferación de los movimientos antisegregacionistas tanto de corte pacífico como más radicales y violentos liderados, respectivamente, por Martin Luther King y Malcolm X (ambos dirigentes fueron asesinados). Dichos movimientos culminaron en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que puso fin, desde el punto de vista legal, a la segregación racial.


Incluso la película parece anticiparse a través de la figura de Ruthledge al famoso discurso “Yo tengo un sueño” expresado por Martin Luther King en el monumento a Abraham Licoln en 1963 al afirmar el sargento que: “El destino de los míos es vivir atormentado. Muy bonito lo que dijo Lincoln pero no es cierto. Aún no.” Para, en otra escena, ante un moribundo Moffat que reniega de participar en la lucha de los blancos aseverar: “Luchamos por nuestro porvenir. Algún día Moffat, algún día”. Es, por tanto, consciente de la situación de discriminación de su raza y de las limitaciones que le impone la sociedad en la que vive pero confía en que su entrega y su sacrificio sirvan para en un futuro alcanzar la igualdad con el hombre blanco y, como Martin Luther King, sueña con el advenimiento de ese día.


Ford por tanto identifica a la población negra de su país con Ruthledge, de ahí que la dialéctica sobre el racismo sea constante, con dos momentos especialmente dramáticos. Aquel en el que vuelven a esposar al sargento para a continuación leer el documento de su manumisión y cerrar la escena Mary afirmando: “Era preciso tratarlo como un animal”; es decir, nada ha cambiado a pesar del sacrificio de la población negra. Y aquella del juicio en la que, acosado por el fiscal, se levanta y entre sollozos reivindica su condición de hombre y no de bestia, mientras que Ford lo retrata con un ligero contrapicado con el objeto de ensalzarle, de agrandar su figura; un soldado ejemplar que por ser de raza negra sufre la discriminación y el desprecio de una población por la que día a día se juega la vida.


El filme además es un híbrido entre western y thriller de juicios de tanto éxito en el momento de su realización gracias a películas de la talla de “Doce hombres sin piedad” (Sidney Lumet, 1957), “Testigo de cargo” (Alfred Hitchcock, 1957) o “Anatomía de un asesinato” (Otto Preminger, 1959) y se desarrolla en dos espacios claramente diferenciados: la sala del juicio de ambiente claustrofóbico e iluminada de forma teatral al focalizarse la luz en los testigos; y los espacios abiertos que le permiten retratar de nuevo su querido Monument Valley y rodar de forma brillante varias escenas de acción. Todo ello a través de una estructura compleja basada en varios flashbacks perfectamente integrados en la historia a través de los cuales el espectador, al igual que el teniente Cantrill, irá intuyendo la verdad.

Junto al tema del racismo Ford aborda otros, algunos de ellos recurrentes en su filmografía, entre los que destacan:


- La crítica a una sociedad cargada de prejuicios, morbosa, presta a convertir un juicio por asesinato con las graves consecuencias que conlleva en un mero espectáculo o, incluso, a exigir el linchamiento del reo antes de ser juzgado.


- El ejército como institución que encarna los valores más nobles del ser humano: la entrega, el sacrificio, la lealtad, el compañerismo, el altruismo. Una institución compuesta por soldados a los que no se les discrimina por el color de su piel.


- La amistad, representada en la relación de mutuo respeto entre el teniente Cantrell y el sargento. El primero a pesar de que, como soldado, debe ser fiel a las ordenanzas le muestra su confianza e incluso, a pesar de las abrumadoras pruebas en su contra, le llega a confesar: “Si usted me dice que no lo hizo yo le creeré”. Es el tipo de amistad y camaradería surgida entre dos hombres durante seis años combatiendo codo con codo.


- La necesaria reconciliación nacional, tema introducido sutilmente a través del Manual sobre el Consejo de Guerra de la Confederación adoptado por la Unión. Circunstancia que da lugar a uno de los brillantes gags diseminados a lo largo de la película. Entre estos cabe destacar el de la partida de cartas, resuelto con una estupenda elipsis de la que podrían tomar nota algunos directores actuales, o el de la pasión por el “agua” del presidente del tribunal.



- El rechazo a los conflictos bélicos y sus consecuencias, al citar por dos veces el saqueo de Atlanta cometido por las tropas unionistas.


Para dar vida a los personajes Ford se rodeó de un grupo de actores fijos en su cine que, sin ser estrellas, conforman un conjunto compacto. Como protagonista aparece un notable Jeffrey Hunter, interprete lanzado por la Twentieh Century Fox como gran promesa en la década de los cincuenta junto a Robert Wagner, con el que coincidió en varias películas como “Pluma blanca” (Robert D. Web, 1955) o “La verdadera historia de Jesse James” (Nicholas Ray, 1957) por ceñirnos a este género, y fallecido prematuramente de forma absurda en un accidente doméstico. En uno de sus mejores papeles, da vida al sagaz y recto teniente Cantrell, un soldado con plena confianza en el ejército. En el rol de Mary nos encontramos con Constance Towers que había trabajado con Ford en “Misión de audaces” (1959). En el rol del sargento aparece Woody Strode, cuya habitual impasibilidad dota al personaje de la honorabilidad y orgullo que requería, un individuo que es consciente de que con él se juzga a su raza y antepone el buen nombre del IX de Caballería a su propia seguridad.






Junto a ellos destacan tres secundarios con actuaciones memorables: Billie Burke en el papel de Cordelia Fosgate testigo y mujer del presidente del tribunal; símbolo de esa sociedad pazguata, cotilla, frívola, capaz de trivializar un juicio por asesinato y de escandalizarse tan sólo por el morbo que rodea al caso. Willis Bouchey como el coronel Fosgate, representante del militar admirado por Ford; un individuo que suple sus carencias jurídicas con un profundo sentimiento por hacer justicia y conocer la verdad, y que tan sólo ve en Rutledge a un soldado. Por el contrario el fiscal, magníficamente interpretado por Carleton Young, del que Ford se preocupa por informarnos de que no es un verdadero militar por llevar diez años en el Cuartel General como auditor, mostrará constantemente sus prejuicios raciales e incluso en uno de sus alegatos contrapondrá la noción de muchacho blanco a la de hombre negro. Se trata de un personaje inflexible más preocupado por condenar a muerte al sargento que por desenmascarar al asesino, un individuo que se sirve de argucias legales y no dudará en humillar a los soldados negros.


Estamos pues ante un gran wéstern, incomprensiblemente calificado en su día como menor pero que el tiempo ha ido agigantando y otorgándole su verdadero valor. En todo caso, vista la película, me pregunto ¿A quién no le gustaría tener una filmografía repleta de “obras menores” como esta?

Como curiosidad comentaros que el sargento se apellida como el primer gran amor de Abraham Lincoln, coincidencia que no creo que sea casual.




viernes, 28 de julio de 2017

EL ÁLAMO

(The Alamo -1960)

Dirección: John Wayne
Guion: James Edward Grant

Reparto:
- John Wayne: Davy Crockett
- Richard Widmark: Jim Bowie
- Lauren Harvey: Col. William Travis

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: United Artists

Por Sergio González-Cachón (Farwest). NOTA 8,8

“Nada ocurre que no esté escrito, hay que dar tiempo al tiempo"

El cine americano es el único que es capaz de convertir una derrota en una épica victoria, ya lo vimos anteriormente en “Murieron con las botas puestas”, pues “El Álamo” nos cuenta la verdadera historia de unos 185 Texanos que en una misión cerca de San Antonio de Béjar resistieron durante 12 días, el asedio de las tropas mexicanas (más de 7.000 soldados) al mando del general Santa Anna.


Este maravilloso western, que creo que el tiempo lo ha puesto en su lugar, fue dirigido por el gran John Wayne, y digo esto porque la crítica nunca ha sido justa con esta película, quizás por las ideas políticas de Wayne, con una marcada tendencia derechista. Pero a pesar de que las críticas no fueron buenas, este western fue una de las películas más taquilleras del año 1960, y siempre se le deseó que no tuviera éxito, pero con lo que no contaba la crítica era que John Wayne además de ser un gran actor también supiese dirigir. Fue tanto el menosprecio que recibió John Wayne como director, que corrió la leyenda que su gran amigo John Ford rodó íntegramente el ataque final a la Misión, pero la verdad fue que John Wayne y su hijo Michael (productor) temieron que la presencia del director creara conflictos en el rodaje, así que le enviaron a rodar secuencias en ríos y bosques, las cuales nunca fueron incluidas en el montaje final de la película.


Y la prueba de que John Wayne es un gran director es recomendar su excelente bélico “Boinas verdes” (1968), que tiene grandes secuencias, como el extraordinario ataque vietnamita al poblado americano, o ese emotivo final donde el chico busca desesperadamente a su amigo el soldado Peters, bajo la atenta mirada del bueno de John Wayne. Eso sí recomendar verla pasados 15 minutos del metraje, porque al comienzo del metraje se justifica de manera bochornosa la participación de los EE.UU en la guerra del Vietnam. Pero no se dejen engañar porque, pasados estos primeros 15 minutos, estamos ante una gran película bélica.


Quizás la historia real del asedio del Álamo no fuese realmente como contó la película, sobre todo la muerte de nuestros tres protagonistas, se dice que en la realidad no murieron de la forma tan épica que nos la muestra John Wayne y que el general Santa Anta no era tan fiero como lo pintaban, de hecho una de las cosas con las que quería acabar el ejército mexicano era que en Texas todavía estaba permitido la esclavitud, por eso Richard Widmark tiene un hombre de color a su servicio, que curiosamente también decide quedarse a morir en el Álamo.


Pero a pesar de que la crítica la trato de muy derechista, ni muchos menos, ya que en muchos fragmentos de la película se trata al ejército mexicano con mucho respeto y admiración, y se alaba lo buenos soldados que son, y sobre todo el porte y la elegancia de su ejército. Además Richard Widmark habla muy bien del pueblo y del país mexicano, y precioso el respeto con el cual el general Santa Anna trata a los supervivientes del Álamo.


John Wayne llevaba con la idea en la cabeza de rodar esta historia más de 10 años, película que dirigió y produjo a través de su productora, con un alto coste (más de diez millones de dólares), el cual asumió la mayor parte Wayne con su patrimonio, le llevó a casi la ruina, a pesar de ser un éxito moderado, no fue el éxito que esperaban, quizás lastrado por las injustas críticas.


Pero con todo ello “El Álamo” es uno de esos westerns que se te quedan en la memoria, con imágenes emocionantes, épicas y difíciles de olvidar, un clásico indiscutible que gana con el paso de los años y de los visionados. Para ello John Wayne con tres magníficas interpretaciones: John Wayne como Davy Crockett, Richard Widmark como Jim Bowie y Laurence Harvey como William Travis, los tres míticos personajes que son leyenda del Alamo. Los 3 actores están fantásticos, con el carisma y la fuerza que requería interpretar a estas leyendas de la cultura popular. En especial Laurence Harvey como engreído y petulante coronel encargado de defender el Álamo, pero todo coraje, valentía y orgullo.


También resaltable el brillante papel de un actor que se movía como pez en el agua en el cine del oeste, que nos dejó personajes y cowboys para el recuerdo, me gusta mucho Richard Widmark y su interpretación como pícaro aventurero que parece que no le importa nada, pero que nadie le diga lo que tiene que hacer o decir. Y por último el propio Wayne que nos regala uno de sus papeles más memorables, como defensor y luchador por la libertad, a pesar de saber que debe dar su vida para defender la de los demás. Un héroe con letras mayúsculas que interpretaba como nadie y no te imaginas ningún otro actor que pudiese interpretar este papel. Y Davy Crockett cumplia con una de sus máximas:

"Yo quiero interpretar a un hombre real en todas mis películas, y defino la masculinidad de forma muy simple: el hombre debe ser duro, justo, y valeroso, nunca pequeño, nunca buscando una pelea, pero nunca dando la espalda a una".



Y todos los excelentes secundarios que nutren la película como son: Frankie Avalon, Patrick Wayne, Linda Cristal, Chill Wills y Richard Boone.


Y luego es un western que te deja tres grandes y emocionantes escenas para el recuerdo:
- La preciosa imagen de cuando se le comunica a Richard Widmark la muerte de su mujer, la dramática escena con un Widmark impresionante, y un Wayne consolándole y diciéndole las palabras adecuadas, y el respeto con el que el coronel Travis le da el pésame, a pesar de que no son los mejores amigos.


- La emocionante y preciosa secuencia, que ya vale en si toda la película, cuando saben que los refuerzos no van a llegar a tiempo, que van a morir irremediablemente, y como uno se van bajando del caballo, para quedarse a defender el Álamo, a pesar que ello les costara la vida.


- Y por último la hermosísima escena donde el ejército mexicano rinde honores a los supervivientes del Álamo mientras suenan los acordes de la preciosa canción “The Green Leaves of Summer” de Dimitri Tiomkin. Aquí se cumple una máxima del cine del oeste, todas los grandes westerns de la historia del cine tienen una gran banda sonora.


Además a todo esto se suma lo bien que se encuentra rodado el asedio final a la Misión, siendo una de las batallas más espectaculares vistas nunca en todo el cine del Oeste, con una fotografía maravillosa a cargo del siempre brillante William H. Clothier.


Así que olvídense de la política que para eso ya tenemos los libros de historia y deléitense con la forma y la manera con la que cuenta John Wayne la leyenda de El Álamo. Porque como decía James Stewart en otra de las míticas películas interpretadas por John Wayne “cuando la leyenda se convierte en un hecho imprime la leyenda”.


VER TRAILER:


sábado, 22 de julio de 2017

EL PRECIO POR LA LIBERTAD

(Seven Ways From Sundown - 1960)

Dirección: Harry Keller
Guion: Clair Huffaker

Reparto:
- Audie Murphy: Seven Jones
- Barry Sullivan: Jim Flood
- Venetia Stevenson: Joy Carrington
- John McIntire: Sargento Hennessey
- Kenneth Tobey: Teniente Herly
- Ken Lynch: Graves

Música: Irving Gertz, William Lava.
Productora: Universal Pictures (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 6

“Fíjate Siete, cuando pase a mejor vida espero poder hacerlo con el bolsillo repleto de puros. A donde voy no me costará encontrar lumbre” (Conversación entre Flood y Seven)



Audie Murphy, el protagonista de la película, pasó de ser el soldado más condecorado durante la Segunda Guerra Mundial a una estrella de los westerns de serie b gracias, sobre todo, a su contrato con la Universal, una de las majors con mayor especialización en este tipo de filmes de bajo coste. Su filmografía se prolongó durante más de veinte años y cuarenta y cinco películas en los que fue dirigido, entre otros, por John Huston, Jack Arnold, Don Siegel o Budd Boetticher, hasta su prematura muerte en 1971 en un desdichado accidente de aviación.



Interesantísimo legado que no podía pasar desapercibido para los autores de este blog por lo que era lógico que tarde o temprano reseñáramos alguna de sus películas.



ARGUMENTO: Al novato Ranger de Texas Seven Jones, junto al sargento Hennessey, le es encargada la misión de atrapar a Jim Flood, un peligroso forajido. Tras la muerte del veterano agente y la captura del pistolero por Seven se establecerá una relación peculiar entre ambos hombres.



La película sorprende por el guion, obra de todo un especialista como Clair Huffaker, novelista y guionista responsable entre otros de los libretos de “Estrella de fuego” (Don Siegel, 1960), “Los comancheros” (Michael Curtiz, 1961), la ya reseñada en este blog “Río Conchos” (Gordon Douglas, 1964) o “Ataque al carro blindado” (Burt Kennedy, 1967). Así nos encontramos con un libreto inusual y de mayor complejidad y profundidad dentro de este tipo de filmes en el que se abordan temas como la amistad, la lealtad, la fidelidad a unos principios o las dolorosas consecuencias del cumplimiento del deber, a través de dos personajes singulares y poco usuales hasta ese momento en el wéstern.



Por una parte nos encontramos con Seven Jones, el protagonista, un inexperto e ingenuo Ranger en su primera misión. Se nos presenta como un individuo torpe (rompe un plato el primer día que le invitan a comer para, posteriormente, estrujar involuntariamente un pastel), con un nombre ridículo que coincide con el título original de la película (Siete Caminos al Atardecer Jones), escasamente varonil y negado con el revólver. Un joven novato para el que el viaje físico se convertirá en un viaje iniciático que le transformará en un hombre, con las tremendas consecuencias que este hecho conllevará al tener que tomar una decisión dolorosa; porque, en definitiva, madurar es asumir las consecuencias de tus decisiones.



Mientras que Flood, el forajido, aparece ante nuestros ojos como un seductor nato, atildado, educado, afable con los niños (sensacional la escena en el río con un muchacho al que le regala su navaja), amante de la buena vida (es un auténtico hedonista con querencia por los puros, el whisky, las mujeres, el café y un buen bistec), manipulador, fiel a su código de conducta y que no duda en utilizar la violencia pero sólo cuando es imprescindible. Un individuo con una personalidad tan atractiva como independiente del que llega a firmar el sargento Hennessey “Es el tipo de persona al que le perdonas muchas cosas”.



Entre ambos y a medida que vayan sorteando los peligros de su vuelta desde Nuevo México a Texas (indios, cazadores de recompensas, unos rivales del pistolero, etcétera) se irá estableciendo una peculiar relación, al principio de respeto y posteriormente de mutua admiración. Flood al comprobar la integridad de Seven y su determinación por cumplir la misión, y Seven porque, como señala otro personaje, comprende que Flood es “Todo lo que quisiera ser un hombre y no lo es”; en definitiva, un ser libre sin ataduras morales ni sociales, aunque este hecho conlleve, como indica el título del filme en castellano, un precio que es muy elevado. Incluso Flood, al más puro estilo maestro-alumno, le propondrá asociarse, quizás viendo en Seven el digno descendiente del que carece, y ante la negativa de este, y para no perjudicarle, renunciará a escapar hasta ser entregado al sheriff.



Lástima que en tan interesantes premisas no profundice el director Harry Keller, sustituto de George Sherman, que volvería a colaborar con Audie Murphy en la también recomendable “Seis caballos negros” y se decante por un relato más convencional, no ahonde en el tono dramático del relato y sobre todo no sepa o no quiera explotar el secreto del asesinato del hermano de Seven, otro Ranger llamado Second, al que, ante la cobardía del otro agente que le acompañaba, no le quedó más remedio que dar muerte Flood. Una subtrama que podría haber ahondado en el carácter trágico de la personalidad del pistolero y de su relación con el Ranger. No obstante, Keller despacha una película correctamente dirigida, tanto en exteriores como en interiores, con un buen ritmo y un memorable, lógico y amargo final.



Por lo que respecta al reparto y como contrapeso de Audie Murphy nos encontramos con Barry Sullivan en el rol de Flood, bastante correcto aunque me hizo anhelar a Dan Duryea, un actor con personalidad arrolladora que hubiera bordado el papel. Junto a ellos dos veteranos de la fiabilidad de John McIntire en el papel del sagaz sargento Hennessey, antiguo amigo de Flood, que recordará constantemente a Seven la obligación de los Rangers de no juzgar al pistolero; y Keneth Tobey en el papel del cobarde y pérfido teniente Herly, un hombre profundamente deshonesto en colisión con el forajido y su particular forma de entender la integridad.



En definitiva, a pesar de no ser un título totalmente logrado, estamos ante una atractiva propuesta situada por encima de los westerns de serie b que no debería defraudar a los aficionados al género.

TRAILER: