jueves, 23 de febrero de 2017

LA HORA DE LAS PISTOLAS

(Hour of the gun - 1967)

Director: John Sturges
Guion: Edward Anhalt
Intérpretes:
- James Garner: Wyatt Earp
- Jason Robards: Doc Holliday
- Robert Ryan: Ike Clanton
- Jon Voight: Curly Bill Brocius
- Albert Salmi: Octavius Roy

Música: Jerry Goldsmith
Productora: The Mirisch Corporation
País: Estados Unidos

Por: Güido Maltese. Nota : 6,5

Wyatt Earp: “Voy a contar hasta tres....puedes disparar al dos....yo esperaré al tres”




Exactamente 10 años después de la grandísima “Duelo de titanes”, John Sturges retoma la historia del duelo de O.K. Corral, pero esta vez arranca dónde acabó la anterior. Es decir, nos cuenta lo ocurrido después del famoso duelo.




Tras el tiroteo, Ike Clanton acaba con Morgan y deja lisiado a Virgil, lo que conducirá a Wyatt a querer vengar a sus hermanos a cualquier precio.



En cuanto al western se refiere, la década de los 50 fue la edad de oro de Sturges. Empezando con “Fort Bravo”en 1953 y culminando con “Los 7 magníficos” en 1960, nos regaló grandísimos films del género: “ El sexto fugitivo”, “Desafío en la ciudad muerta”, “El último tren de Gun Hill” y su, para mí, obra cumbre “Duelo de titanes” (sin olvidarnos de ese western moderno que es esa maravilla titulada “Conspiración de silencio”). Auténticos clásicos a la altura de los más grandes.



Pero la siguiente década, y me sigo refiriendo al western en concreto, no fue tan brillante ni mucho menos. Y en esa falta de brillantez se encuentra el film que hoy nos ocupa. No es una mala película en absoluto, incluso creo que se la suele valorar muy por debajo de lo que merece, pero está muy, muy lejos de los grandes westerns del bueno de Sturges.



Estamos ya en las horas bajas del género y el Spaghetti Western está en pleno auge. De ahí que este film tenga altas dosis de violencia, sin dejar de ser bastante melancólico y crepuscular. Aún no había llegado “El grupo salvaje” de Peckinpah, pero Sturges ya nos enseña más violencia de la que estamos acostumbrados viniendo de Hollywood. 


Y se respira un tono bucólico durante el transcurso de la historia, que llega a su cima al final con la despedida de Wyatt y Doc en el hospital en el que Holliday acabará sus días. 




En el aspecto técnico del film destacan, sobretodo, la perfecta fotografía de Lucien Ballard, habitual de Hathaway (“Los 4 hijos de Katie Elder” o “Valor de ley”) y de Peckinpah (“Duelo en la Alta Sierra” o “Grupo Salvaje) y la magistral B.S.O. del gran Jerry Goldsmith. 



Ballard cumple con creces su cometido, con grandes planos de la árida Arizona y encuadres perfectos de los personajes y las situaciones y Goldsmith le acompaña con una música totalmente integrada con las imágenes que vamos viendo.


No tan bueno es el guión, que decae por momentos e incluso en algunas partes del film nos hace perder interés por la trama la cual, por otra parte, tiene fases mal desarrolladas que hacen perder el hilo de la historia. Aunque todo se desarrolla de una forma más o menos ágil, no consigue atraparte.



En interpretación tenemos una de cal y otra de arena. Por un lado James Garner, actor que a mí me cae extremadamente simpático, pero que no está a la altura de su personaje ni tiene dotes suficientes para sacar todo el partido posible que le ofrecía el papel. Demasiado hierático e inexpresivo y con ausencia del carisma necesario para compensar esa inexpresividad. Le van mejor sus papeles de cowboy desenfadado y simpático (“También un sheriff necesita ayuda” o “Látigo”).



Por el otro lado tenemos al inconmensurable Jason Robards, uno de mis actores favoritos, que llena la pantalla cada vez que aparece. Sin llegar al nivel de su personaje de Cheyenne en “Hasta que llegó su hora” o su Cable Hogue de “La balada de Cable Hogue”, deja su magnífica presencia y “savoir faire” en su interpretación.


Y no puedo dejar de mencionar a uno de los mejores secundarios de Hollywood, el siempre perfecto Robert Ryan. Lástima que este film aparece menos de lo deseable. También tiene un pequeño papel Jon Voight, supongo que de los primeros de su carrera.



En definitiva, un western bastante decente, pero muy lejos de lo que nos tiene acostumbrados Sturges que, aunque dirige más que correctamente, no consigue dotar de “magia” su realización. Y repito que es un film que suele ser, injustamente, más infravalorado de lo que merece.


miércoles, 1 de febrero de 2017

HONDO

(Hondo - 1953)
Director: John Farrow
Guion: James Edward Grant
Intérpretes:
- John Wayne: Hondo Lane
- Geraldine Page: Angie Lowe
- Ward Bond: Búfalo Baker
- Michael Pate: Vittorio
- James Arness: Lennie
- Rodolfo Acosta: Silva
- Paul Fix: Comandante Sherry

Música: Hugo Friedhofer, Emil Newman

Productora: Warner Bross. Wayne-Fellows Production
País: Estados Unidos

Por: Jesús Cendón. Nota: 7’5
“Será el fin de los apaches”.
“Sí. Adiós a una forma de vida. Lástima, es buena” (Conversación entre Búfalo y Hondo tras haber derrotado a los indios).


ARGUMENTO: Durante las guerras con los apaches Hondo Lane, un honesto y enigmático correo del ejército, encuentra en un rancho aislado a una mujer y a su hijo. Al negarse a acompañarle al fuerte se convertirá en su protector y en el  mentor del niño; al mismo tiempo que surgirá una fuerte atracción entre los dos adultos.


A comienzos de la década de los cincuenta John Wayne se había convertido en una gran estrella de Hollywood, gracias sobre todo a sus colaboraciones con Ford (la llamada Trilogía de la caballería y “El hombre tranquilo”), Hawks (“Río Rojo”) y Allan Dwan (“Arenas  sangrientas” con la que obtuvo una nominación al Oscar al mejor actor), por lo que decidió crear junto a Robert Fellows la Wayne-Fellows Productions, antecedente de la Batjac, con el objeto de producir sus películas.


Consecuencia de ello fue este filme basado en el relato corto “El regalo de Cochise” del gran especialista Louis L’Amour (tanto el cuento como la posterior novela han sido editados por Valdemar en su lujosa colección Frontera). Para adaptarlo a la pantalla contó con un hombre de su entera confianza con el que trabajaría asiduamente, James Edward Grant, que potenció el carácter intimista del relato; mientras que encargó la dirección a John Farrow, padre de Mia Farrow, aunque él también rodó alguna secuencia.


El resultado fue un western contemplativo, pausado, de una gran belleza (no en vano intervino Robert Burks, el director de fotografía favorito de Alfred Hitchcock) e impecablemente rodado cuyo esqueleto argumental remite a “Raíces profundas”, principalmente en la relación de Hondo con el hijo de Angie, en el que lírica y épica se dan la mano y es afín a la corriente cinematográfica reivindicativa del indio y su cultura surgida desde finales de los años cuarenta (“Fort Apache”, “Flecha rota”, “Yuma”, “Apache”, “La puerta del diablo”).


Así el protagonista, Hondo Lane, es un medio indio, casado en el pasado con una nativa, que convivió durante un tiempo con los pieles rojas y no sólo respeta su forma de vida, más apegada a la naturaleza, sino que parece admirarla.


Asimismo se nos presenta a Vittorio (Michael Pate) como un hombre honorable (el respeto a uno mismo y a los demás es otro de los temas que aborda la película), víctima de las guerras con el hombre blanco (todos sus hijos han muerto) y fiel a la palabra dada (la película deja constancia de que es el gobierno estadounidense el que ha roto el tratado de paz y Hondo llega a comentar que: “La palabra mentira no existe en la lengua apache y les han mentido”).



Evidentemente, la historia está contada desde el punto de vista del hombre blanco y, por tanto, resalta las masacres perpetradas por los apaches, pero no deja de ser un filme honrado sobre la extinción de la cultura del búfalo y de las grandes praderas norteamericanas.


La película que fue rodada en 3D, un sistema pensado para atraer al público a las salas ante la creciente competencia de la televisión, cuenta además con escenas espectaculares, como la lucha de Hondo con Silva en el poblado y, sobre todo, la gran batalla final que parece ser fue filmada por John Ford (1), aunque existen testimonios dispares sobre la participación del genial director en el filme.


Igualmente cuenta con una gran interpretación de un John Wayne en su mejor momento que incluso se muestra inusitadamente romántico en varias escenas. Sin duda el personaje de Hondo sirvió decisivamente para forjar la imagen del mejor cowboy de Hollywood; aunque, curiosamente, la primera opción barajada fue Glenn Ford, quien rehusó participar en el filme por su mala relación con John Farrow tras su colaboración en “Saqueo al sol” (1953), también producida por la Wayne-Fellows.


Para el papel de Angie Lowe se escogió a la reputada actriz de teatro Geraldine Page que borda su personaje (prácticamente debutante sería nominada al Oscar como actriz secundaria). Además intervinieron característicos secundarios, todos ellos amigos del protagonista, de la talla de Ward Bond con el que el Duke siempre tuvo una química especial, Paul Fix y James Arness, al que Wayne recomendó para interpretar al sheriff Matt Dillon, personaje pensado inicialmente para él, en la legendaria “La ley del revólver”.


En definitiva, un western sólido y profundamente clásico que se encuentra entre los mejores de los interpretados por el Duke, una vez excluidos lógicamente los rodados junto a John Ford, Howard Hawks y Henry Hathaway y por el que reconozco tengo debilidad.


Por último, comentaros dos cuestiones respecto a la película:
El filme ha sido durante mucho tiempo uno de los westerns menos conocidos de los interpretados por John Wayne dados los problemas que hubo con los derechos de propiedad, por lo que hasta hace poco tiempo no pudo emitirse en televisión, ni editarse en DVD.
A partir de ella se filmó una serie de televisión en la que Michael Pate repitió su papel de Vitorio.
(1) Parece ser que Ford se ofreció a finalizar la película ya que John Farrow tuvo que abandonarla por un problema contractual.



miércoles, 25 de enero de 2017

INFIERNO DE COBARDES

(High Plains Drifter - 1972)

Director: Clint Eastwood
Guion: Ernest Tidyman

Intérpretes:
- Clint Eastwood: El extranjero 
- Verna Bloom: Sarah Belding 
- Marianna Hill: Callie Travers 
- Mitchell Ryan: Dave Drake
- Stefan Gierasch: Jason Hobart
- Jack Ging: Morgan Allen
- Geoffrey Lewis: Stacey Bridges 
- Anthony James: Cole Carlin 
- Dan Davis: Dan Carlin 
- Billy Curtis: Mordecai 
- Ted Hartley: Lewis Belding

Música: Dee Barton

Productora: Malpaso Company
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. PruneraNota: 8

Sarah Belding a El extranjero: "Dicen que un muerto no descansa si en su tumba no está escrito su nombre"

SINOPSIS: Un misterioso jinete llega, en 1870, a la ciudad fronteriza de Lago. Tras matar a tres malhechores que le increpan sin apenas despeinarse, Dave Drake y Morgan Allen (propietarios de la compañía minera de Lago) contratan al forastero para que proteja la ciudad ante la inminente llegada de tres pistoleros que acaban de salir de la cárcel y que pretenden vengarse de quienes los encarcelaron. El extranjero accede al trato, pero siempre y cuando se haga todo a su modo.


Obviamente, el primer western dirigido por Clint Eastwood no es un trabajo redondo. Ni redondo, ni irreprochable ni excepcional. Aún así “Infierno de cobardes” me parece —sin lugar a dudas— un estupendo esbozo preliminar de lo que serán las posteriores y superiores “El fuera de la ley”, “El jinete pálido” y “Sin perdón”. Y solamente por eso, por ser el primer film de un poker de westerns de tantos quilates, ya merece la pena que lo tengamos en cuenta y que lo valoremos en su justa medida.


Me gustaría destacar, por de pronto, la enorme influencia de Sergio Leone en particular y del Spaghetti Western en general en este primer western dirigido por Eastwood. No solamente por las concomitancias argumentales que podemos constatar sino, sobre todo, por los múltiples paralelismos estilísticos. Me estoy refiriendo —por ejemplo— a ese “extranjero” que tanto nos recuerda al “hombre sin nombre” de la trilogía del dólar, a esa estética feísta tan clara y meridiana o a esa violencia y amoralidad que planea sobre la peli en todo momento.


Naturalmente, también podemos descubrir en “Infierno de cobardes” rasgos y detalles que nos hacen pensar en Don Siegel, la otra gran referencia cinematográfica de Eastwood. Sobre todo en ese humor negro, en ese espíritu perverso y/o morboso y en esa forma de rodar —quizás porque fue, también, un extraordinario montador— tan ágil y directa. Pero no sólo en Siegel y Leone se apoya Eastwood. Básicamente porque Eastwood es de aquellos directores con una mochila cinéfila considerablemente abultada. De aquellos directores que se han empapado de cine clásico a diestro y siniestro. De Ford, Walsh, Hawks, Wellman, Zinneman, Ray, Mann y hasta de Peckinpah. Y eso se nota, obviamente, en su forma de narrar y en todos esos rasgos y detalles que nos remiten a westerns como “Incidente en Ox-Bow”, “Solo ante el peligro”, “Raíces profundas” y tantos otros. Pero lo bueno de Eatwood es que su cine —pese a su innegable clasicismo— tiene, entre otras cosas, sello propio. Algo que podemos constatar si analizamos sus cuatro westerns en conjunto y que empezamos a visualizar, precisamente, en “Infierno de cobardes”. Así pues, dejémonos de prolegómenos y vayamos al grano.


Aparentemente “Infierno de cobardes” es un western más. Con situaciones, elementos y lugares comunes (tiroteos, torturas, duelos, traiciones, venganzas, pistoleros, malhechores, sheriffs, caciques, barmans, mujerzuelas, barberos, enterradores, predicadores y demás) absolutamente característicos del género. Pero si algo hay en este primer western de Eastwood que lo hace único y especial es —sin lugar a dudas— ese espíritu de cuento gótico y fantasmagórico que lo convierte en una verdadera rareza del género. Un espíritu que ya percibimos desde los títulos de crédito iniciales —con esa línea del horizonte que fluctúa y reverbera a consecuencia del calor— y que da paso a la aparición desde la nada de un siniestro y polvoriento jinete que se dirige a un pueblecito que se encuentra situado a orillas de un gran embalse: Lago.


Ese componente fantástico —entre sobrenatural y onírico— es, pues, lo que más me fascina de este western. Me fascina porque no resulta habitual encontrar este tipo de componente en un western normal y corriente. Pero me fascina, sobre todo, porque con ello Eastwood nos obliga a pensar, a indagar, a interrogarnos… ¿Quién es en realidad ese misterioso forastero? ¿Por qué se asusta al oír el chasquido del látigo al entrar en el pueblo? ¿Por qué destila odio por los cuatro costados? ¿Por qué se comporta como un tirano? ¿Qué lo relaciona con las imágenes del flashback? Y aunque —en teoría— la conversación final entre el prota y Mordecai frente a la tumba del Sheriff Duncan debería desvelarnos la respuesta a todas esas preguntas, lo cierto es que Eastwood se muestra deliberadamente ambiguo durante toda la peli. Una ambigüedad que junto a toda una serie de detalles muy bien pensados (me estoy refiriendo a lo de cambiarle el nombre al pueblo, pintarlo de rojo e incendiarlo) convierten el clímax de la peli en un espectáculo absolutamente apocalíptico y dantesco. Casi, casi de película de terror.


“Infierno de cobardes”, sin embargo, no solo es un western con tintes fantásticos o sobrenaturales. “Infierno de cobardes” es, también, un western con una clara y meridiana lectura moral. No en vano los habitantes de Lago son cómplices directos o indirectos de una tremenda injusticia: el vil asesinato del Sheriff Duncan. Y de alguna manera u otra el personaje encarnado por Eastwood —una especie de ángel exterminador— está allí para vengar ese asesinato y hacer justicia. Por eso mismo no se corta un pelo a la hora de maltratar y humillar a todos sus habitantes hasta límites que ni el mismo Spaghetti Western se había atrevido a traspasar. La degradación del sheriff y del alcalde o la violación (medio consentida, eso sí) de Callie Travers por parte de nuestro antihéroe constituyen, en este sentido, buenos ejemplos de esta serie de “castigos ejemplares”.


Lo dicho, pues: “Infierno de cobardes” es —a mi juicio— la célula madre de todos los westerns dirigidos por Eastwood. Una especie de “declaración de intenciones” muy parecida a lo que propuso Leone con “Por un puñado de dólares” que sentaría las bases de un libreto de estilo muy determinado y que iría perfeccionándose con el tiempo hasta cristalizar en una incontestable obra maestra. “Hasta que llegó su hora” en el caso de Leone y “Sin perdón” en el caso de Eastwood.


No me gustaría finalizar esta reseña, empero, sin mencionar la extraordinaria labor de profesionales como Dee Barton (“Escalofrío en la noche”, “Un botín de 500.000 dólares”) por esa música tan tétrica y desasosegante; Ernest Tidyman (“Las noches rojas de Harlem”, “The French Connection”) por esos magníficos diálogos y frases lapidarias; Bruce Surtees (“El último pistolero”, “El jinete pálido”) por esa fotografía tenebrista y opresiva y George Milo (decorador habitual de Hitchcock) por la construcción de ese infernal poblado en el Parque Nacional de Yosemite, California. Añadir, tan sólo, que John Wayne —tras ver la peli— escribió a Eastwood una carta recriminándole haber hecho trizas con esta peli el espíritu del viejo oeste norteamericano. Una carta que quizás truncó, definitivamente, un viejo sueño para muchos aficionados al género: un western protagonizado por ambos. Lástima.

sábado, 14 de enero de 2017

MUERDE LA BALA

(Bite the bullet - 1975)

Director: Richard Brooks
Guión: Richard Brooks

Intérpretes:
- Gene Hackman: Sam Clayton
- James Coburn: Luke Matthews
- Candice Bergen: Miss Jones
- Ben Johnson: Míster
- Ian Bannen: Sir Harry Norfolk
- Jan-Michael Vincent: Carbo

Música: Alex North

Productora: Columbia Pictures Corporation
País: Estados Unidos

Por: Güido MalteseNota: 7

Míster: "Mi vista no es tan buena cómo la suya.... y si te mato, me descalificarían por abusar de un estúpido"


Tras regalarnos dos grandes westerns, “La última caza” y “Los profesionales”, Richard Brooks vuelve al género, esta vez encargándose del guión además de la dirección. Y lo hace con un western de los llamados crepusculares que, en este caso, se desarrolla a principios del siglo XX y ahonda en el fin de una forma de vida libre y salvaje.


Un periódico organiza una carrera de caballos de 700 millas de distancia con gran repercusión mediática. Con un suculento premio en metálico, el evento atrae a diferentes participantes y por diferentes motivos. Unos simplemente por dinero, otros por la fama, otros por la emoción y la aventura y alguna por motivos misteriosos.

Brooks juega muy bien la baza de mostrar en todo su esplendor los espacios abiertos, los grandes paisajes; en definitiva, el Salvaje Oeste. Pero, para mí, lo que consigue magistralmente a lo largo del film, es mostrarnos el amargo final de ese Oeste, de los vaqueros, de los códigos entre hombres. La película está repleta de diálogos y frases que describen perfectamente el final de una forma de entender y vivir la vida.

Los que me conocéis, ya sabéis de mi predilección por los temas que tratan la amistad, el honor, la lealtad, la caballerosidad o el orgullo. Y esta película tiene todo eso y consigue que le dé una puntuación más alta de la que seguramente le corresponda. No estamos ante un gran western (no esperéis que esté a la altura de los dos westerns anteriores de Brooks), pero sí que estamos ante un western para verdaderos amantes del género que sabrán entender lo que Brooks pretende, que no es otra cosa que dignificar al vaquero, al caballo, a una “cultura” que agoniza arrollada por el progreso y la civilización. Su trabajo cómo guionista me parece sensacional.

Ya desde el inicio sabremos mucho de Sam Clayton, de su amor por los caballos. Cuando le regala un potrillo a un niño y éste le pregunta: “¿No tendré que pagar nada?, a lo que Clayton contesta: “Sí, nunca le maltrates”. Sin demora conoceremos a Luke Matthews, su viejo amigo, y veremos que esa amistad es inquebrantable y verdadera. Clayton se mete en una pelea y Matthews no duda en ponerse a su lado, prestándole después dinero (“Un baño son 5$, emborracharse 15$ y pasar la noche con una mujer 30$”). Míster, un viejo vaquero que también se ha apuntado a la carrera, impide que Carbo dispare contra ellos con la frase que he puesto en la cabecera de la reseña.

Aunque ya sabíamos que Míster no tiene nada por una secuencia anterior en la que intenta vender su condecoración de la Guerra Civil (“Hoy en día la medallas de los perdedores no valen nada...y no se ofenda, amigo”).

Carbo, un joven ávido de fama, fanfarrón y de gatillo fácil. Sir Harry Norfolk, un ingles recto y educado deseoso de competir y vivir emociones. El mejicano, metido en la carrera para sacar a su familia adelante si consigue el premio. Parker, el rico terrateniente que compite con un pura sangre y mucho dinero de por medio. Y, finalmente, Miss Jones, una ex prostituta. Esos son los verdaderos protagonistas de la carrera y de la película. En palabras de Clayton: “Al caballo le da igual quién gane la carrera”.

A mi parecer, a la película le sobra algo de metraje y quizás se alargan demasiado algunas escenas de cabalgadas y el uso de la cámara lenta en algunas tomas. Tiene una parte muy “spaghettera” cuando les roban los caballos y recurren a la moto con sidecar del periodista para recuperarlos, algunos toques de “ñoñería” y un final algo simplón. Pero insisto en que todo ello queda disimulado por unos diálogos muy, muy buenos.

La escena de Míster poco antes de morir, sincerándose con Clayton es magistral por la conversación que mantienen, dónde toda esa “crepuscularidad” del film es patente.

El intercambio de frases entre Matthews y el leñador es hilarante y no desentona en absoluto. O Sir Norfolk al continuar la carrera dejando a Hackman al cuidado del mejicano, pero vuelve atrás y pregunta: “¿Le parece antideportivo?”. Todo el metraje está repleto de esos diálogos, algunos tristes (“no sé ni como se llamaba”), otros más divertidos (“Oye, ¿Por qué no me cuentas la historia de tu vida?...sáltatelo todo excepto los últimos minutos!”), pero todos acertados y en el momento justo.





También encontraremos muchas dosis de defensa de los animales y de crítica al racismo tan usual en Estados Unidos.



Los actores no desmerecen en absoluto, otra gran baza del film. Hackman es Hackman, poco se puede decir de uno de los mejores actores que ha tenido el Cine. Coburn en su línea, llenando la pantalla con su carisma y su porte (atención a su bailoteo de sevillanas). Bergen en todo su esplendor, bellísima y cumpliendo de sobra. Bannen y Vincent más que correctos cómo el educado y competitivo inglés y el fanfarrón y bocazas que acabará aprendiendo a base de palos.



Y mención honorífica para Ben Johnson, inmenso en su papel de viejo cowboy acabado que se niega a admitir que está llegando al final, sufriendo más que ninguno la dureza de la carrera (“suélteme, no quiero que los demás se enteren”) y aportando el toque más crepuscular del película. ¡Chapeau, Míster Johnson!




En definitiva, un western para seguidores del género, no aporta nada nuevo pero encandilará a los amantes de los códigos de conducta del Far West.

- Hay que quitársela
- ¿Quién lo hará?
- Nosotros
- ¡Está loco!
- Confía en nosotros
- ¿Eso prueba que está loco!
- ¡Muerde la bala, amigo!