Mostrando entradas con la etiqueta sergio leone. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sergio leone. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de octubre de 2016

¡AGÁCHATE MALDITO!

(Giú la testa) - 1971

Director: Sergio Leone
Guion: Sergio Donati, Sergio Leone y Luciano Vicenzoni

Intérpretes:
-James Coburn: John Mallory
-Rod Steiger: Juan Miranda
-Romolo Valli: Doctor Villegas
-Antoine St. John: Gunther Reza
-David Warbeck: Nolan

Música: Ennio Morricone 
Productora: Rafran Cinematográfica, United Artist
País: Italia/España/USA

Por: Güido MalteseNota: 8,5

Juan Miranda: "Los que leen libros les dicen a los que no saben leer libros, que son los pobres, aquí hay que hacer un cambio, y los pobres diablos van y hacen el cambio. Luego... los más vivos de los que leen libros se sientan alrededor de una mesa y hablan y hablan, y comen. ¡Hablan y comen! y mientras... ¿qué fue de los pobre diablos? ¡Todos muertos! Esa es tu revolución...


Ya antes de filmar “Hasta que llegó su hora”, Sergio Leone andaba obsesionado por llevar a la pantalla “The Hoods”, una historia de gángsters y afirmó que su Obra Maestra sería su último western. Pero la United le forzó a realizar un último western si quería financiación para “Érase una vez en América”. Leone acepto producir, crear la historia y trabajar en el guión, pero se negó a dirigir. Eligió a Peter Bogdanovich como realizador, según él por su ópera prima “El héroe anda suelto”, pero seamos sinceros; lo único que le atraía de Bogdanovich era la amistad que mantenía con John Ford y Howard Hawks!. Por supuesto, en las primeras entrevistas mantenidas, Leone no congenió en absoluto y Bogdanovich no entendió absolutamente nada de la filosofía Leoniana. Hubo contactos con Sam Peckinpah, pero éste declinó la oferta. Así, Leone se vió obligado a tomar el mando, contando también con la exigencia de Rod Steiger (actor impuesto por la productora, ya que Leone quería a Eli Wallach para el papel de Juan Miranda) de que si no dirigía Leone él no participaría.


También se pensó en Clint Eastwood para el papel de John Mallory, pero la relación entre el director romano y el actor americano ya estaba despedazada. Pero a la tercera va la vencida y Leone pudo, por fín, contar con James Coburn (lo intentó para “Por un puñado de dólares” y para “Hasta que llegó su hora”).


Y así, con una historia de Leone y el inigualable Donati ayudados por Vincenzoni, se inicia el rodaje de uno de mis westerns favoritos, vilipendiado y duramente criticado aunque, a mi entender, muy injustamente. La magnitud del proyecto, la gran cantidad de extras, la exagerada duración, la animosidad con Steiger, etcétera, sobrepasaron a Leone que imprime en este film todo el potencial de su estilo dando la sensación, sobretodo en el primer tercio, de que todo es una broma del romano. Pero los dos tercios restantes son una maravilla, con una sobriedad y una fuerza que anulan en cierto modo los excesos del inicio. 


Durante el rodaje fue cuando Leone, que recordemos andaba obsesionado con llevar la novela “The Hoods” a la pantalla, pensó en titular el film “C`era una volta la rivoluzione” para así completar una trilogía en tierras americanas junto a “C`era una volta il west” y la futura “C`era una volta in América”, pero nuevamente la presión de la productora le llevaron a titularla “Giú la testa” (algo así como “humilla la cabeza”). Solamente en su estreno en Francia el film se tituló “Érase una vez la Revolución”.


Bien, sin más introducciones, vamos al film en sí. 
¿Recordáis el inicio de “Grupo Salvaje” con esas hormigas, el escorpión y los niños quemándolos vivos? Pues esta película empieza también con hormigas, esta vez ahogadas con el orín de Juan Miranda (siempre quedará la duda de si Leone se está meando en Peckinpah por no aceptar dirigir este film). Con este curioso plano, en el que cámara va subiendo para mostrarnos a un harapiento hombre de espaldas orinando, iniciamos un viaje en el México revolucionario de principios del siglo XX.


Ese hombre es Juan Miranda, un bandido sucio y analfabeto cuya banda la componen su padre y sus incontables hijos. Están esperando una diligencia para asaltarla. La escena que se desarrolla a continuación, con Juan dentro de la diligencia (en realidad una especie de lujoso vagón de tren tirado por caballos) en la que viajan unos personajes que representan los poderes fácticos del estado (banca, clero, gobierno, etc.) y que inician una conversación, ignorando casi completamente la presencia del supuesto campesino, sobre lo animales e ignorantes que son los de clase baja, nos pone en situación de la realidad que vive México en esos momentos.  La escena en sí es bastante “excesiva” pero no voy a entrar en detalles, que cada uno juzgue viendo el film.


Una vez capturada la diligencia, la banda se detiene a descansar y aparece un tipo muy curioso en una motocicleta. Se trata de John Mallory, un especialista en explosivos y antiguo integrante del IRA irlandés, atormentado por un oscuro pasado y colaborador de los revolucionarios mejicanos. Juan ve en John el sueño de su vida: robar el banco de Mesa Verde. Y a partir de ahí, las vidas de los dos hombres se unen a lo largo del film, regalándonos una de las más bellas historias de amistad del Western, aspecto del que fui consciente tras muchos visionados de la película. “John y Juan” no deja de repetir Steiger. John culto, refinado y con educación y Juan mezquino, analfabeto y ladrón. Una pareja a todas luces antagonista pero que acaba forjando unos lazos de amistad que son desvelados en la última escena con la muerte de John y la reacción de Juan.


Ya he comentado que el primer tercio del film es bastante “paródico” para lo que se espera de Leone, pero os aseguro que remonta el vuelo y se convierte en un film magistral a partir de los primeros 45 minutos. En su segunda mitad, ya metidos de lleno en la revolución, “¡Agáchate, maldito!” se torna más seria dejando de lado la comedia y entrando de lleno en el drama, la acción y la aventura. Grandes escenas como la del puente, con el posterior descubrimiento de la matanza (ojo aquí al homenaje a Goya y “Los fusilamientos de Mayo”) o todo el tiroteo final poseen el estilo y la fuerza del mejor Leone. Ese Juan disparando con una gran ametralladora que porta a pie mientras dispara al enemigo es épica y tuvo cierta influencia en esa proliferación de films bélicos de los 80. Mención especial al hecho de que Juan es consciente de cuántos hijos tiene cuando los descubre todos muertos....la piel de gallina!


Perfecta la manera en que John va llevando a Juan por dónde quiere, aprovechando su incultura y poco entendimiento, pero llevándose una lección cuando Juan le da su punto de vista sobre lo que es una revolución.


Quizás, en esta gran segunda mitad de película, Leone exagera un poco alguno de los flashbacks que nos cuentan el pasado de John, pero ahí está el gran Morricone para paliarlo con una composición bellísima apoyada por la espectacular voz de Edda Dell`orso.

En cuánto a las interpretaciones, tenemos por un lado a un exagerado y manierista Steiger, frente a un hierático y sólido Coburn. Leone y Steiger tuvieron grandes enfrentamientos durante el rodaje debido, sobretodo, a los tics interpretativos del segundo. En la escena en que Juan está por primera vez delante del banco de Mesa Verde y demuestra su emoción alargando los brazos y abriendo y cerrando las manos repetidamente, es una clara alusión de Steiger hacia Leone que hacía lo mismo cuando se ponía nervioso. A pesar de esa sobreactuación de Steiger, para mí borda su papel de Juan, pero le doy un 10 a Coburn en su sublime composición de John, llena de matices y profundidad, aunque es cierto que su personaje es más agradecido. Junto a ellos, Romolo Valli en el papel del doctor simpatizante de la revolución pero que los traiciona debido a la tortura sufrida, lo cual irá asociado a lo ocurrido en el pasado de John. Y atención al personaje del coronel Gunther Reza, claramente inspirado en un oficial nazi.


Teniendo en cuenta que la película fue masacrada en el montaje, con cortes sin ton ni son, no es de extrañar que fuera un fracaso. Hay versiones de incluso 90 minutos, cuando el film estaba concebido con más de cuatro horas de duración (si, demasiado incluso para Leone), pero la versión de 157 minutos le hace bastante justicia al film y, creo, le coloca en su justo puesto de “un gran western”, y no solamente un gran Spaghetti Western.


Admito que mi debilidad por este film seguramente me haga perder objetividad al valorarla, pero la historia de amistad que aquí se nos cuenta me llega a lo más hondo y ya sabéis lo que representa eso para mí en un western, así que me quedo con ganas de ponerle más nota!
“¿Te lo imaginas?: Juan y John, John y Juan!!









jueves, 21 de julio de 2016

POR UN PUÑADO DE DÓLARES

(Per un pugno di dollari) - 1964

Director: Sergio Leone
Guion: Sergio Leone, Adriano Bolzoni, Víctor Andrés Catena y Jaime Comas Gil

Intérpretes:
Clint Eastwood: Joe
- Gian Maria Volonté: Ramón Rojo
- Sieghardt Rupp: Esteban Rojo
- Antonio Prieto: Benito Rojo
- Marianne Koch: Marisol
- Joseph Egger: Piripero
- Wolfgang Lukschy: John Baxter
- Mario Brega: Chico
- José Calvo: Silvanito


Música: Ennio Morricone

Productora: Metro Goldwyn Mayer
País: Italia, España y Alemania

Por: Xavi J. PruneraNota: 8

Hacéis muy mal en reíros. A mi caballo le molesta la gente que se ríe” (Joe a los hombres de Baxter)

SINOPSIS: Joe es un cínico y lacónico cazarrecompensas que llega un buen dia a San Miguel (un pueblo cercano a la frontera entre Mexico y Estados Unidos) donde dos familias, los Rojo y los Baxter, se disputan su control. Mientras Benito, Esteban y Ramón Rojo se dedican al tráfico de alcohol, el matrimonio Baxter (John y Consuelo) se dedica al tráfico de armas. Joe trabajará para ambos bandos sin que nadie se entere pero cuando se enamora de Marisol, los Rojo descubren sus argucias y lo capturan. Pese a ser duramente torturado, Joe consigue escapar y se refugia en una antigua mina abandonada, donde Piripero (el enterrador) y Silvanito (el cantinero) cuidan de él. Una vez recuperado, Joe decide enfrentarse cara a cara a los Rojo.



Naturalmente, “Por un puñado de dólares” no es el mejor Spaghetti Western jamás rodado. A mi juicio le superan los posteriores “La muerte tenía un precio”, “El bueno, el feo y el malo” y “Hasta que llegó su hora”. Y si mucho me apuráis, alguno más y todo. Aún así, “Por un puñado de dólares” es —sin lugar a dudas— el SW más importante de la historia del subgénero y una película clave en la historia del western en términos generales. En primer lugar, porque fue el primer eurowestern con distribución internacional. Y en segundo, porque también fue el primer eurowestern que sintetizó a la perfección cuáles habrían de ser los postulados básicos de los futuros —y ahora sí— SW. Así pues, permitidme que profundice un poquito más en este film porque creo que merece, y mucho, la pena hacerlo.



Parece ser que Sergio Leone, su director, llegó al eurowestern casi casi por casualidad, cuando las pelis de gladiadores o “de sandalias” (en las que se había iniciado) dejaron de estar de moda en Italia en favor de los western de producción europea. Su primer proyecto, pues, iba a ser una peli de bajo presupuesto rodada entre Madrid y Almería que prácticamente calcaba, plano por plano, el “Yojimbo” de Kurosawa y que no parecía predestinada, precisamente, a pasar a la historia.



La falta de presupuesto y de pretensiones provocaron, además, que actores como James Coburn o Charles Bronson rechazaran el papel protagonista. Un papel que finalmente recayó en un joven y semidesconocido Clint Eastwood. Y aunque a Leone —de entrada— no le convencía demasiado (le parecía blando y desgarbado), también vio en el americano una inmejorable “máscara” para poder plasmar el personaje que tenía en mente. Un hombre sin nombre, sin pasado, sin futuro. Un antihéroe cínico, lacónico y amoral. Y ahí radicó gran parte del éxito de su propuesta. En su protagonista. Con su barba sin afeitar, su sempiterno cigarro en la boca y su mítico poncho. Un singular personaje que perfectamente compensado por un antagonista de peso (magistral Gian María Volonté como Ramón Rojo) y cuatro constantes muy concretas (guión, música, estética y estilo) estableció las bases esenciales de un subgénero que durante algo más de una década se explotaría hasta la saciedad.



Empezaré con el guión. Y es que, a diferencia del western clásico americano, el SW constituye un subgénero en el que el mensaje o el guión es lo de menos. Básicamente porque —más que lo que se cuenta— lo que importa, en la mayoría de eurowesterns, es “cómo” se cuenta. Precisamente por ello el guión de “Por un puñado de dólares” puede parecer, en ciertos momentos, algo naïf o incluso abstracto. Porque a Leone —a diferencia de Sollima o Corbucci— le interesaba mucho más la forma que el fondo.



La música, sin embargo, es fundamental en el SW. De hecho, si probamos de ver “Por un puñado de dólares” sin la música de Ennio Morricone (aunque podamos incluso leer los subtítulos) comprobaremos, sin lugar a dudas, que el efecto sobre el espectador no tiene nada que ver. Con ello quiero decir que la banda sonora de Morricone no se limita a acompañar las diferentes acciones de la peli sino que, en realidad, se convierte en un factor protagónico tan importante como Eastwood, Volonté o el mismísimo Leone. Por algo se dijo en su momento que “Leone, Eastwood y Morricone fueron —respectivamente— el cohete, el astronauta y el combustible de “Por un puñado de dólares”.



La estética de “Por un puñado de dólares” también marcó un punto y aparte respecto al western clásico americano. Así pues, los típicos vaqueros aseados, repeinados y bien afeitados del otro lado del charco fueron substituidos en Europa por pistoleros sucios, sudorosos y mal afeitados. Pero no solo el aspecto de los actores se vio afectado por esa estética “feísta”. También se constató en las vestimentas, en los decorados o en el atrezzo. A veces, por motivos artísticos. Pero muchas otras veces, también, por razones puramente presupuestarias.



En cualquier caso, si por algo destacó “Por un puñado de dólares” respecto al resto de eurowesterns de la época fue por el libreto de estilo leoniano. Por la amoralidad de sus personajes, por la violencia de sus acciones y por el perfeccionismo de su puesta en escena. Pero también por su concepción del cine. Por su dilatadísimo tempo narrativo. Por sus primerísimos primeros planos. Por su gusto por la fragmentación. Y, obviamente, por esa inconfundible liturgia en todos sus duelos.



Y poco más. Quizás reiteraros, tan sólo, que la mejor virtud de “Por un puñado de dólares” es que fue el “esbozo” que —posteriormente— permitió a Leone crear tres obras maestras como “La muerte tenía un precio”, “El bueno, el feo y el malo” y “Hasta que llegó su hora” y que, a pesar de todos los pesares, el primer western del italiano cuenta con dos escenas muy pero que muy buenas: la de la llegada de Joe a San Miguel y el consabido primer duelo con los hombres de Baxter y, naturalmente, la del duelo final de Joe con Ramón Rojo. Solo por eso “Por un puñado de dólares” se merece, sin lugar a dudas, un puesto de honor en el Olimpo del Spaghetti Western y —por qué no— también en el del Western, por supuesto.   

-------------------------------------------------------------------------------------------------------------TRAILER:


domingo, 20 de diciembre de 2015

HASTA QUE LLEGÓ SU HORA

C'era una volta il west (Once Upon a Time in the West) - 1968



Director: Sergio Leone

Guión: Sergio Leone, Sergio Donati, Dario Argento, Bernardo Bertolucci



Intérpretes:

- Claudia Cardinale: Jill McBain
- Henry Fonda: Frank
- Charles Bronson: Harmónica
- Jason Robards: Cheyenne
- Gabriele Ferzetti: Morton
- Frank Wolff: Brett McBain
- Woody Strode: Stony
- Jack Elam: Snaky
- Al Mulock: Knuckles



Música: Ennio Morricone

Productora: Paramount Pictures
País: Italia


Por: Xavi J. Prunera. Nota: 10

Harmónica: ¿Y Frank?

Snaky: Nos ha mandado a nosotros.
Harmónica: ¿Hay un caballo para mí?
Snaky: Ja, ja, ja, ja. ¿Para ti? Parece ser que hay un caballo de menos.
Harmónica: Yo diría que sobran dos.

Si me preguntarais cuál es, en mi opinión, la mejor película de la historia del cine debería deciros -francamente- que no tengo ni puñetera idea. En parte, porque no tengo los conocimientos, ni el bagaje, ni la osadía necesaria para atreverme a contestar una pregunta tan peliaguda como esta. Pero también, obviamente, porque creo que eso de postular en el ámbito artístico es, cuanto menos, un acto bastante arriesgado. Sin embargo, si me preguntarais -en cambio- cuál es mi peli favorita, creo que no me equivocaría en absoluto si os dijera que se trata, sin lugar a dudas, de “C'era una volta il West” (1968), de Sergio Leone.

De razones, naturalmente, tengo muchas. Pero si me permitís resumirlo en una sola os diré que “C'era una volta il West” es quizás la única peli que conozco que podría estar viendo una y otra vez sin cansarme nunca de hacerlo. Y, ojo, que os lo está diciendo un tipo que no suele repetir muchas visionados, con lo que os puedo garantizar que esta inusual obsesión de la que hablo es absolutamente excepcional y extraordinaria.




Dicho esto, vayamos por partes y comencemos. Por el principio, por ejemplo. Y cuando digo por el principio me refiero a empezar por los antecedentes, es decir, para todos aquellos factores que contribuyeron a que “C'era una volta il West” pasara de convertirse en un simple proyecto a convertirse en toda una realidad.

El primer factor de peso fue, obviamente, el enorme éxito de crítica y público de “Per un pugno di dollari” (1964), “Per qualche dollari in più” (1965) e “Il buono, il brutto, il cattivo” (1966), las tres películas anteriores de Sergio Leone, su autor. Tres producciones italianas rodadas en gran parte en Almería, y que -a pesar de no contar con un hilo narrativo y una continuidad demasiado heterodoxa- fueron bautizadas como la Trilogía del dólar porque el McGuffin o motivo fundamental en el entramado de todas ellas era, naturalmente, el dinero.




Si el primer factor de peso fue el económico o comercial (cuando una fórmula funciona se le debe sacar, naturalmente, todo el rendimiento posible), el segundo motivo de peso fue el personal. Después de años y años trabajando en el mundo del cine por encargo, como un simple artesano, Sergio Leone ya se encontraba bastante preparado a finales de la década de los sesenta para afrontar su primera película de autor. Una película que dejara atrás el nihilismo y la simplicidad de sus SW anteriores y se convirtiera, consecuentemente, en una peli más madura, más poética, más profunda. En principio, esta película debía ser “Once upon a time in America”, la que quería hacer Leone después de la trilogía. Pero la Paramount quería exprimir al máximo el éxito sin precedentes del romano y le pidió -casi de rodillas- un último SW. Resignado, Leone aparcó “Once upon a time in America” varios años. Concretamente, dieciséis. Pero no renunció, sin embargo, a rodar una película con la que pudiera soltarse del todo como creador y con la que pudiera despedirse del western por la puerta grande. De hecho, corre la leyenda de que uno de los primeros propósitos de Sergio Leone con “C'era una volta il West” fue el de reunir de nuevo los tres protagonistas de “Il buono, il brutto, il cattivo” (Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach) para cargárselos a todos ellos en el duelo con el que finalizaba la larguísima secuencia-prólogo (14 minutos nada menos) que abría la película. Una litúrgica y a la vez sarcástica manera de certificar la defunción del viejo y agónico spaghetti-western para dar paso a una nueva concepción del western mucho más psicológica, trascendental y moderna. Van Cleef y Wallach aceptaron de buen grado la propuesta del cineasta pero al parecer Eastwood (con quien Leone no había terminado muy bien después de “Il buono, il brutto, il cattivo”), la declinó rotundamente, circunstancia que obligó al romano a apostar por Jack Elam, Woody Strode (uno de los actores fetiche de John Ford) y Al Mulock, tres secundarios de lujo que simbolizaron no sólo aquel pretendido despedida del SW si no, ya por extensión, de todo el género cinematográfico.

El hecho de contar con un presupuesto sustancialmente superior al de sus pelis anteriores (5 millones de dólares o menos) también influyó, naturalmente, en la elección del reparto. Y así, de esta manera, Leone pudo contar al fin con dos actores que llevaba persiguiendo desde hacía bastante tiempo: Henry Fonda y Charles Bronson. El primero para interpretar a un pistolero a sueldo, frío y sanguinario. Y el segundo, para interpretar al misterioso y vengativo Harmónica. Dicen, sin embargo, que cuando Fonda leyó el guión le pareció tan malo que sólo la gran capacidad de convicción de Leone y las buenas referencias que le había dado su amigo Eli Wallach consiguieron que acabara aceptando el papel. Un papel, por cierto, que contrastaba diametralmente con todos los que había hecho hasta el momento y que le indujo de motu propio a dejarse bigote y esconder sus característicos ojos azules detrás unas lentillas oscuras. Dos iniciativas que, curiosamente, no gustaron nada a Leone. Fundamentalmente, porque otorgaban a Fonda un aspecto demasiado envejecido. Y, en segundo lugar, porque... Qué coño!! Leone quería sus ojos azules!! Los ojos de Tom Joad, Abraham Lincoln, Wyatt Earp o el jurado número 8. Unos ojos azules que, a partir de ese momento, helarían la sangre al espectador más duro y valiente de cualquier platea. En cuanto al granítico Bronson, por otra parte, Leone ya lo había querido para el papel del “hombre sin nombre” en “Per un pugno di dollari”, con lo que su presencia en “C'era una volta il West” era, esta vez, poco más que un auténtico privilegio.


De todos los personajes de “C'era una volta il West”, sin embargo, el más sorprendente es, sin lugar a dudas, el interpretado por Claudia Cardinale. Y lo es porque nunca, hasta ese momento, una mujer -o una actriz, vaya- había tenido un peso tan específico en una peli de Sergio Leone. No solo porque hablamos de un personaje (el de Jill McBain) mucho más complejo que la malévola madre de los Baxter o la pechugona propietaria del hotel que le tira los trastos a Clint Eastwood en “Per un pugno di dollari” sino porque la bellísima Jill de “C'era una volta il West” constituye -sin duda- el nexo común de todos los demás personajes y, por extensión, de todo el universo del western de Leone. Y es que, por decirlo de alguna manera, la Jill McBain de “C'era una volta il West” personifica simbólicamente a todas las mujeres de un tiempo y de un país: la Norteamérica de la segunda mitad del s. XIX. Desde la puta más puta de todas las putas hasta la madre o madonna más virginal de todas las vírgenes del far west. Atribuciones, todas ellas, que muy parecen corresponder a dos de los responsables más importantes del guión de la peli: nada más ni nada menos que Darío Argento y Bernardo Bertolucci.



El necesario contrapunto a toda esta palpitante tensión erótica y dramática que podemos observar entre el tres vértices de este imponente triángulo protagonista (Harmónica - Charles Bronson, Frank - Henry Fonda y Jill - Claudia Cardinale) es el que, naturalmente, personifica Cheyenne, el personaje interpretado por Jason Robards. El último bandolero romántico. Un pistolero que, aunque se resiste, sabe perfectamente (como Frank o Harmónica) que la llegada del ferrocarril supone la llegada del progreso y la civilización y -por tanto- el fin de una época y de una filosofía de vida muy, muy arraigadas en ese territorio.




Para acentuar aún más los rasgos fundamentales del cuarteto protagonista, sin embargo, Ennio Morricone compuso un tema para cada uno de ellos. Una especie de leitmotiv que suena cada vez que uno de ellos aparece en escena (con ligeras variaciones, por supuesto) y que, como ya era habitual en la sociedad Leone & Morricone, no sólo enriquece las imágenes sino que marca el tempo y sincroniza a la perfección con todo lo que estamos viendo. Precisamente por eso mismo expertos y analistas de la obra de Leone han definido “C'era una volta il West” como una auténtica ópera de la violencia, como una especie de danza de la muerte teñida de fatalismo en la que el tempo y la cadencia de la propia película (cada secuencia es más corta que la anterior) nos quieren hacer recordar la angustiosa respiración de un hombre que agoniza.

“C'era una volta il West” tiene, sin embargo, cuatro momentos culminantes. Cuatro momentos en los que la combinación de imágenes y música deviene absolutamente sublime y en los que toda la esencia del libreto de estilo leoniano está presente. Me estoy refiriendo -en concreto- a la secuencia-prólogo, a la matanza de la familia McBain, a la llegada de la Jill a Flagstone y al extraordinario duelo final entre Frank y Harmónica. De hecho, como comenta Emilio de Gorgot en “Las dos caras de Sergio Leone”, el romano tenía la especial capacidad de concebir las escenas como unidades dramáticas aisladas, con lo que muchas de sus secuencias (por ejemplo, estas) resultan impactantes incluso vistas por separado, como si fueran exactamente pequeñas películas con esencia propia. Así pues, permitidme que incida un poco más a fondo en estas cuatro auténticas y magistrales lecciones de cine porque pienso que realmente vale la pena hacerlo



1.- Prólogo:
Como ya hemos mencionado antes, esta primera secuencia (de unos catorce minutos) constituye -probablemente- la sucesión de títulos de crédito más larga de la historia del cine. Una sucesión que comienza con la llegada de tres pistoleros en una polvorienta y solitaria estación de tren donde todos ellos se dedicarán a esperar, imperturbable y pacientemente, la fantasmagórica aparición de la Harmónica (Charles Bronson). Lo que resulta del todo curioso en un auténtico paradigma de la música extradiegética como “C'era una volta il West”, sin embargo, es que toda esta secuencia esté construida sobre la base del sonido diegético. Del sonido ambiente, vaya. Y es que aunque parezca mentira, en esta larga escena nadie habla, no suena ningún acompañamiento musical (dicen que Leone se inspiró en un concierto de John Cage) y lo único que puede escuchar el espectador es el ruido producido por un molino mal engrasado, por la gota malaya que va cayendo implacablemente sobre el sombrero de Stony (Woody Strode), por el zumbido de la mosca cojonera que no para de incordiar a Snaky (Jack Elam), por el espeluznante crujir de huesos de Knuckles (Al Mulock) y, obviamente, por la ensordecedora y estridente llegada del ferrocarril a la estación. Naturalmente, nos encontramos ante una auténtica declaración de principios. Básicamente porque aunque todo el mundo sabe que la dilatación del tiempo constituye uno de los rasgos fundamentales del cine de Leone, lo que resulta del todo innegable es que la utilización de este recurso en esta secuencia concreta está llevada al extremo. Donde nunca nadie se había atrevido. Y es que precisamente esta imperturbable y premeditada parsimonia -unida, por supuesto, a la mencionada sucesión de molestos sonidos- es la que produce en el espectador una sensación de angustia, de desazón, de impaciencia, casi insoportable. Una sensación que va creciendo en intensidad, progresivamente, y que llega a su punto culminante con el premonitorio sonido de una harmónica. La que advierte a los tres pistoleros de la irrupción en escena de nuestro homónimo protagonista cuando el tren vuelve a arrancar y desaparece definitivamente del andén; emplazamiento en el que se producirá un enfrentamiento que durará pocos segundos y que irá precedido -como no- de un diálogo tan lacónico como conciso.




2.- Matanza de la familia McBain:

Si la secuencia de los títulos de crédito es buena, la que nos muestra la matanza de la familia McBain a su propio rancho lo es tanto o más. En este segundo gran momento de la peli, la cámara de Leone nos describe como el padre y dos de los hijos de la familia McBain son asesinados a tiros por un tirador o tiradores a los que no podemos ver. Cuando el crimen se ha cometido, podemos ver las figuras de cinco individuos vestidos con guardapolvos que se van acercando a la cámara pero que todavía no podemos reconocer. Se dirigen al único miembro vivo de los McBain: un niño de unos 6 o 7 años. De pronto, la cámara enfoca los asesinos por detrás, se acerca y hace un giro mostrando los intensos y gélidos ojos azules de su líder, Frank (Henry Fonda). Una presentación que Leone trabajó hasta el último detalle (muy consciente del efecto devastador que tendría entre el público comprobar que el líder de esa banda de asesinos era nada menos que Henry Fonda, paradigma de la bondad y honestidad estadounidenses) y que, enriquecida con la música de Ennio Morricone, constituye -sin duda- uno de los momentos claves de la película.




3.- Llegada de Jill a Flagstone:

La llegada de Jill (Claudia Cardinale) a Flagstone también es, sin duda, otro de los grandes y memorables momentos de “C'era una volta il West”. Naturalmente, la música de Morricone tiene mucho que ver. Tanto por la conmovedora composición que le dedica a la viuda de McBain como por la espléndida interpretación que hace la soprano Edda dell'Orso. Pero también, obviamente, por las maravillosas imágenes que nos regala Leone. Empezando por la inolvidable toma que nos muestra la ciudad de Flagstone desde el tejado de la estación (previo gradual despliegue de una cámara total y absolutamente sincronizada con la melodía de Il Maestro) y terminando con el magistral travelling que va siguiendo la carreta que lleva a Jill de Flagstone a Sweetwater a través de un Monument Valley tanto o más impresionante que en los propios westerns de Ford, a quien Leone homenajea en esta grandísima secuencia.




4.- Duelo final entre Frank y Harmónica:

La secuencia del duelo final entre Frank y Harmónica constituye, obviamente, el momento más esperado de la peli. No sólo porque reproduce la ejecución definitiva de su móvil argumental (la venganza) y, incluso, de su propio título en castellano (Hasta que llegó su hora) sino porque, como no podía ser de otra manera, compila y exhibe de forma magistral gran parte de los rasgos más significativos del cine de Leone y, por extensión, de todo el SW. Así pues, esta larga secuencia de casi 9 minutos juega con elementos tan leonianos como la ya comentada dilatación del tiempo, los espacios circulares, la ritualización del enfrentamiento, la fragmentación, el frontalismo, los primerísimos primeros planos y, naturalmente, la música de Morricone. En esta ocasión, el duelo viene precedido por la composición “Come una sentenza” (donde predominan las trompetas, símbolos de la muerte en el cine del romano) y después -ya en el momento culminante de la película- lo que decide hacer Leone es entrelazar los leitmotivs de Harmónica y Frank con el propósito de que el clímax no pierda intensidad en ningún momento. Un Frank, por cierto, que aparece vestido de negro y con una montura blanca (como la figura de la Muerte en el Apocalipsis de San Juan) mientras que Harmónica -su némesis particular- espera imperturbable y pacientemente su llegada cortando un trozo de madera.





Como toda gran epopeya, por otra parte, “C'era una volta il West” cuenta con varias anécdotas. Algunas, curiosas y divertidas y otras, incuestionablemente dramáticas e incluso desagradables. Pero todas ellas forman parte de la leyenda de “C'era una volta il West” y creo que vale la pena recordarlas. Dicen, por ejemplo, que Leone era tan quisquilloso y perfeccionista con todo lo que hacía que incluso hizo llevar unos cuantos sacos de tierra roja de Arizona para dispersarla por todas partes y darle al set de rodaje un toque más de autenticidad. Las obsesiones del romano en cuanto a la ambientación, el atrezzo y el vestuario, sin embargo, no acaban aquí. Al parecer, cuando Al Mulock decidió suicidarse lanzándose por la ventana del hotel donde se hospedaba (el actor era toxicómano y en Almería le costaba muchísimo encontrar la sustancia a la que era adicto) lo primero que hizo Leone cuando se enteró fue asegurarse de que el vestuario que llevaba (el de la peli) no se hubiera roto o ensuciado. En cuanto al nombre de la peli, aunque en España se estrenó con la folletinesca denominación de “Hasta que llegó su hora”, lo que pretendía realmente Leone con su título original -“C'era una volta il West”- era darle a la obra un tono de cuento de hadas. Un tono fantástico, sobrenatural, fabuloso. Un tono que, sin duda, encajaba perfectamente con el talante de la película. Respecto a su duración también resulta curioso saber que, a pesar de irse finalmente hacia casi cerca de tres horas de metraje, Leone decidió eliminar hasta 8 secuencias ya rodadas para no alargarla aún más. Una particular cirugía que, a buen seguro, es la que le otorga al personaje de Harmónica un aire total y absolutamente fantasmagórico al aparecer siempre, en todas partes, como por arte de magia.



“C'era una volta il West”, ya por último, se estrenó con bastante éxito en Europa. Sobre todo en Francia y el Reino Unido. Los críticos del viejo continente la consideraron una obra de vanguardia popular y se mantuvo en cartelera bastante tiempo. En Estados Unidos, pero, pinchó. Público y crítica esperaban un western al estilo “Il buono, il brutto, il cattivo” y se encontraron, en cambio, con una peli más contemplativa, más esteticista, más dramática. Tampoco ayudó mucho, por supuesto, el hecho de que un mito cinematográfico como Henry Fonda interpretara un papel tan vil y abyecto. Para acabar de rematarlo -además- la productora sacó la tijera pero ni siquiera así, recortando metraje a diestro y siniestro, la peli consiguió el éxito de crítica y público que se merecía. Años después, afortunadamente, la reivindicación pública de cineastas como Martin Scorsese, Michael Cimino o George Lucas contribuyó -ya de forma definitiva- a adjudicarle a “C'era una volta il West” su status natural: el de obra maestra.

TRAILER