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jueves, 3 de mayo de 2018

LOS IMPLACABLES

(The tall men, 1955)

Dirección: Raoul Walsh
Guion: Frank S. Nugent y Sidney Boehm

Reparto:
- Clark Gable: Ben Allison
- Jane Russell: Nella Turner
- Robert Ryan: Nathan Stark
- Cameron Mitchell: Clint Allyson
- Juan García: Luis
- Harry Shannon: Sam
- Emile Meyer: Chickasaw Charlie
- Steve Darrell: Coronel Norris
- Robert Adler: Wrangler
- Mae Marsh: Emigrant
- Chuck Roberson: Alva Jenkin
- Russell Simpson: Emigrant
- Bill Wright: Gus

Música: Victor Young
Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 8’5.

“La gente levanta monumentos a los que triunfan. Los tontos terminan en sepulturas anónimas”. Nathan Stark a Ben y Clint Allison inmediatamente antes de enfrentarse a los cuatreros.


Clark Gable, una de las grandes estrellas hollywoodienses en las décadas de los treinta y cuarenta, acababa de finalizar su contrato con la Metro Goldwyn Mayer, major con la que estuvo vinculado durante casi veinticinco años (1930-1954), en un momento delicado pues su carrera comenzaba a declinar por lo que para sus siguientes trabajos buscó la seguridad de un director tan fiable como Raoul Walsh. Este, además de amigo del actor, se había caracterizado a lo largo de su dilatada carrera por su profesionalidad y por poner su talento y genio al servicio tanto de los estudios en los que estuvo contratado como de los protagonistas de sus películas; y al igual que Gable había finalizado recientemente la relación con otra major, en este caso la Warner Brothers en la que estuvo trabajando desde 1939 hasta 1953; sin duda su época más brillante.



El resultado de la unión del intérprete con el director fue el rodaje de tres películas entre 1955 y 1957: “Los implacables”; “Un rey para cuatro reinas”, wéstern en tono de comedia que le emparejó con Eleanor Parker y jugaba con el apelativo por el que era conocido Gable en Hollywood; y “La esclava libre”, película de aventuras con cierta influencia de “Lo que el viento se llevó” y mensaje abiertamente antiesclavista en la que formó pareja con Yvonne De Carlo.

De las tres colaboraciones citadas la cinta que nos ocupa es la más lograda, y junto con “Murieron con las botas puestas” (1941), “Perseguido” (1947), “Juntos hasta la muerte” (1949) y “Camino de la horca” (1951) conforma el repóquer de ases de Raoul Walsh en este género cinematográfico.



ARGUMENTO: Finalizada la Guerra de Secesión, los hermanos Allison, Ben y Clint, deciden atracar al terrateniente Nathan Stark para con el producto del robo comprar un rancho y establecerse por su cuenta. Sorprendentemente este les propondrá trabajar para él conduciendo un gran número de cabezas de ganado de Texas a Montana. Durante el trayecto los tres deberán hacer frente a una naturaleza hostil, a los ataques de los indios, a la pretendida extorsión por parte de cuatreros e, incluso, a la rivalidad surgida entre el mayor de los hermanos, Ben, y Nathan por conquistar a Nella, una bella mujer rescatada tras un ataque de los sioux.



Dos exhaustos vaqueros cabalgan lentamente por las inmensas montañas cuando ven recortado en el horizonte un árbol con un hombre ahorcado, lo que lleva a afirmar a uno de ellos: “Al fin nos acercamos a la civilización”. Brillante escena de apertura de esta magnífica película. Un apabullante wéstern, pleno de vitalidad, dinamismo e intensidad, que se mueve dentro de los cánones más clásicos del género y en el que Raoul Walsh nos presenta una gran epopeya, con cierta influencia de la ya comentada en este blog “Río Rojo” (Howard Hawks, 1949), desarrollada entre los nevados paisajes de Montana y los desérticos parajes de Texas, brillantemente fotografiados por Leo Tover. Una gran aventura épica con la presencia de los principales temas y arquetipos del wéstern: cowboys, indios, cuatreros, soldados, alusiones a la Guerra de Secesión, etcétera en la que, no obstante, también tienen cabida el humor y, sobre todo, el amor en una delicada y sútil escena, parcialmente censurada en España, desarrollada en una cabaña aislada en la que el director utiliza de forma magistral el recurso narrativo de la elipsis.



Estamos, pues, ante un wéstern canónico, una de esas películas que definen como pocas al wéstern clásico; pero, como todo gran relato, el filme cuenta con un lectura más profunda a través de la cual trasciende el género y se convierte en una obra universal. Así en sus dos horas de duración y gracias a un estupendo guion de Frank Nugent, habitual en el cine de Ford, y Sidney Boehm, Walsh va a reflexionar sobre la vida, sobre la diferencia entre lo que se desea y lo que se necesita, y, en definitiva, sobre cómo ser feliz.

El director construye fundamentalmente esta parábola sobre la felicidad y la ambición a través de dos personajes antagónicos enfrentados por el amor de una mujer.



Ben Allinson, un mágnífico Clark Gable en una de sus mejores interpretaciones, ha conocido el sabor amargo de la derrota en la Guerra de Secesión y como muchos combatientes del Sur se siente abandonado tras haber dado lo mejor de sí mismo en la contienda fraticida; de ahí su visión negativa de la sociedad apuntada en la escena inicial y su convencimiento de que el país le debe algo al haberle convertido la guerra en un vagabundo inadaptado; por lo que no duda en cometer un acto delictivo que le asegure su futuro. En realidad, representa el espíritu del cowboy clásico. Un hombre auténtico, generoso, altruista, íntegro, romántico, digno, solidario, idealista, fiel a la palabra dada y a sus principios, de espíritu inquebrantable y gran determinación. Un hombre sin grandes sueños para ser feliz, pues tan sólo aspira a poseer un pequeño rancho con unos cuantos acres de terreno en donde criar su ganado y “una mujer fantástica a mi lado”. Un individuo que reivindica su derecho a una segunda oportunidad (tema básico en la cultura anglosajona). Es en realidad el verdadero hombre alto al que alude el título original del filme (de nuevo nos encontramos con una deplorable traducción) al personificar a todos aquellos que nunca serán citados en los libros de historia pero que con su generosidad, constancia y sacrificio contribuyeron de forma anónima y decisiva a la construcción de un país.



Nathan Stark, un excelente y sobrio Robert Ryan, es un hombre diametralmente opuesto a Ben. Individuo extremadamente ambicioso, pretende convertirse en el dueño de Montana. Frío, calculador, individualista, egoísta y, sobre todo, práctico ya que todas sus decisiones vienen determinadas por el binomio riesgo-beneficio. Pero al igual que Ben, aunque movido por su avidez, dada su gran determinación y su capacidad de liderazgo necesario para hacer grande el país. Sin duda es el tipo de persona que pasará a la posteridad y, por tanto, el otro hombre alto; aunque su actitud vital sea claramente cuestionable. Un hombre al que no le gusta perder el tiempo, no tiene “interés en sueños pequeños” y es consciente de que el triunfo en la vida, entendido como el reconocimiento de los demás hacia su persona por el poder y riquezas obtenidos, es básico porque: “la gente envidia a los triunfadores y no a los fracasados”. Sin embargo, mostrará respeto e, incluso, admiración por Ben del que al final de la película reconocerá que es el único hombre que ha respetado en su vida para a continuación definirlo como: “Es lo que todo niño sueña que va a ser cuando crezca y lo que todo viejo siente no haber sido”.





En medio se encuentra Nella, una estupenda Jane Russell demostrando que no había perdido nada del atractivo mostrado en su debut en este género con “El forajido” (Howard Hughes, 1943). Marcada por la vida misera de sus padres reivindica su derecho a soñar y a tener una existencia llena de comodidades. Oscilará entre el amor sincero sentido por Ben al que no puede olvidar tras la noche vivida con él en una cabaña abandonada (sentimiento simbolizado en la manta que utilizaron, constantemente presente a lo largo de la película) y la seguridad ofrecida por Nathan. Un mundo de opulencia, apariencia (representado en el corsé que se pone para resaltar aún más su figura que está a punto de ahogarla) y felicidad falsa en el que las relaciones humanas son entendidas como transacciones mercantiles; de hecho Nathan le comenta a Nella: “Por usted y por mí nena, y por nuestro monopolio de las cosas mejores de la vida”. Un mundo en el que la dicha dura lo que las burbujas de champán en una copa.



Junto con los personajes principales nos encontramos con un Cameron Mitchell muy entonado dando vida al hermano menor de Ben. Un hombre impulsivo, bravucón, pendenciero y alcoholizado. Personaje trágico, será víctima de la fatalidad y el destino le negará la posibilidad de rehabilitarse. Sin duda la pluma de Sidney Boehm, con amplia experiencia en el cine negro, se aprecia en este personaje. Mientras que Juan García interpreta a Luis, sujeto que representa la amistad, otro de los temas abordado por la película, la fidelidad y la lealtad y al que los guionistas reservan una emotiva escena en la que confiesa a Nella sus sentimientos hacia Ben que, en su día, le salvó la vida.



El director articula su discurso mediante la magristral combinación de escenas marcadamente intimistas, fundamentales para conocer a los personajes y desarrollar el triángulo amoroso, y espectaculares secuencias de tono épico con el objeto de hacer progresar la historia y en las que obtiene un gran rendimiento del formato Cinemascoope, contraponiendo la inmensidad de la naturaleza con la pequeñez del ser humano. Sin duda destacan, de entre las escenas de corte épico, el enfrentamiento con los cuatreros, el paso del ganado por un río y la batalla final contra los indios.



Además hay que añadir el trabajo de  Victor Young, quien compuso, poco antes de fallecer, una gran banda sonora adaptada perfectamente a las imágenes y en la que destaca el delicado tema principal.



“Los implacables” es un magnífico wéstern, modelo de un cine, como el personaje de Ben Allison, auténtico, de verdad, sin engaños ni artificios, desgraciadamente muy difícil de encontrar en la actualidad.



Como datos curiosos comentaros que:

- Mae Marsh, inolvidable protagonista junto a Lilian Gish de títulos fundamentales dirigidos por D. W. Griffith como “El nacimiento de una nación” (1915) o “Intolerancia” (1916), cuenta con un pequeño papel en el filme.

- A Raoul Walsh no le gustaba que se notara la diferencia de estatura entre Robert Ryan y Clark Gable, por lo que en algunas de las escenas en las que aparecían juntos utilizaron un cajón como plataforma para el segundo.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

JUNTOS HASTA LA MUERTE

(Colorado Territory, 1949)

Dirección: Raoul Walsh
Guion: John Twist y Edmund H. North

Reparto:
Joel McCrea: Wes McQueen
Virginia Mayo: Colorado Carson
Dorothy Malone: Julie Ann Winslow
Henry Hull: facebook
Fred Winslow
John Archer: Reno Blake
James Mitchell: Duke Harris
Morris Ankrum: Marshall
Ian Wolfe: Homer Wallace

Música: David Butolph.
Productora: Warner Brothers.


Por Jesús Cendón. NOTA: 8,5

“Filosofía elemental sobre mi tema favorito, el destino. Cuando te ha marcado es inútil resistir” (Duke Harris conversando con Wes McQueen).


Raoul Walsh es uno de los grandes directores del Hollywood clásico cuya aportación se inició durante el cine mudo (incluso en 1915 interpretó al asesino de Lincoln en la monumental “El nacimiento de una nación” de D. W. Griffith) y se prolongó durante cinco décadas hasta 1964, año en el que cerró su brillante carrera con la subvalorada “Una trompeta lejana”.


“Juntos hasta la muerte” corresponde a su etapa al servicio de la Warner Brothers (1939-1953), sin duda su época más fértil y creativa en la que tan sólo en este género firmó obras del nivel de “Murieron con las botas puestas” de 1941 (filme reseñado en este blog), “Perseguido” (1947) o en 1951 “Camino de la horca” y “Tambores lejanos” (remake en clave wéstern de su aclamada “Objetivo Birmania”); y constituye una revisión wéstern de “El último refugio” (1941), filme basado en la novela del especialista W. R. Burnett (“El pequeño César”, “La jungla de asfalto”) y paradigma del cine de gánster que fijó definitivamente la imagen de su protagonista, Humphrey Bogart. No obstante, respecto a su modelo se observan diferencias notables: Julie no presenta el defecto físico de Velma, a Colorado el director le reserva un final distinto al de Marie, McQueen no es indultado como Roy sino que se fuga de la cárcel siendo perseguido desde el primer momento y desaparece la mascota de Roy.


ARGUMENTO: Wes McQueen, un veterano forajido, tras escapar de la cárcel decide dar un último golpe con la intención de retirarse y cambiar de vida. Sin embargo los resultados no serán los esperados.



Estamos ante un filme desaforadamente romántico y, como tal, trágico que culmina con un soberbio final y un plano inolvidable enfocando las manos unidas de los desdichados amantes mientras suenan las campanas del santuario de Todos los Santos, revivido gracias al producto del robo perpetrado por Wes.


Hasta ese momento Walsh nos ha ofrecido un wéstern en el que muestra su pasión tanto por la aventura como por la tragedia a través de una singular historia de amor protagonizada por dos perdedores sin suerte, dos excluidos de la sociedad. Por una parte un bandido cansado de su vida de delincuencia que anhela recuperar su antigua condición de granjero (uno de los miembros de la banda llegará a afirmar “El gran Wes McQueen, un pobre campesino de Kansas”). Y por otra Colorado, una mestiza y ex prostituta (la propia Colorado le dirá a Wes: “Mira, nací debajo de una carreta y jamás llegué más alto. Por eso nada me extraña”) que entregará su corazón hasta las últimas consecuencias al pistolero. Historia, pues, de amor interracial que inscribe a este filme dentro de la corriente de wésterns reivindicativos de los indígenas estadounidenses y su cultura (en este sentido cabe recordar el respeto con el que Walsh trató a los pieles rojas en “Murieron con las botas puestas”). Una relación que deberá, por tanto, enfrentarse a los convencionalismos sociales y a los prejuicios de carácter xenófobo de la sociedad.

La película, de tono sombrío, aborda dos temas fundamentales:


- La inexorabilidad de un destino marcado de antemano y la fatalidad. Así un halo de pesimismo sobrevuela el filme desde su inicio manifestándose constantemente: Wes, tras su fuga, vuelve al que fue su antiguo rancho para encontrarse con la lápida de la mujer que un día amó; el lugar en el que se refugian es una antigua misión fantasma al que se accede a través de “El Cañón de la Muerte”; uno de los nuevos miembros de su banda le hace partícipe de su teoría sobre el sino de cada individuo; su antiguo jefe se encuentra en estado terminal y no duda en afirmar: “Dice el médico que son los pecados del pasado” para, posteriormente, ser asesinado por un ex agente de la Pinkerton y miembro de la banda; Colorado se pone el anillo antes de la boda anticipando su mala suerte; y el último refugio de la pareja será un pueblo indio abandonado en el que tan sólo quedan buitres. En definitiva, tanto la vida de Wes como la de Colorado parecen marcadas por los caprichos del destino sin que sus actos puedan cambiar el rumbo del mismo; un destino que les negará la posibilidad de redimirse y de comenzar una nueva vida.


- La traición. Walsh se esfuerza por mostrarnos a una sociedad envilecida e hipócrita representada por una serie de individuos cuyo valor supremo es el dinero y por el que no dudan en traicionar. Así frente a la escena de la conversación de Wes con su antiguo jefe que muestra a dos hombres con su propio código de honor, dos viejos camaradas que basan su relación en la total confianza; el director contrapone otra en la que vemos a los nuevos miembros de la banda, seres ruines, bravucones y pendencieros capaces de las acciones más despreciables, incluida el engaño, para apoderarse del botín. Pero tampoco saldrán bien parados otros personajes como el revisor del tren, también miembro de la banda aunque se defina como un hombre respetable, que delatará a sus compañeros para obtener la recompensa, o la mujer de este que igualmente reclama su recompensa. Incluso algún miembro del grupo perseguidor, una jauría sedienta de sangre que no duda en ahorcar a los dos compañeros de Wes sin un juicio previo, muestra su vileza al proponer a Colorado traicionarle y repartirse el dinero que ofrecen por él. Pero, sin duda, el personaje que mejor representa este tema es Julie, encarnada por Dorothy Malone, la mujer por la que se sentirá atraído inicialmente Wes. Atrapada por una vida vulgar (su padre ha sido víctima de un timo, con lo que de nuevo está presente el tema del engaño) se revela como un personaje ambicioso que persigue la riqueza y el lujo, por lo que no dudará en intentar delatar a McQueen.


Frente a esta imagen negativa del ser humano, el director parece mostrar su aprecio por los dos protagonistas, seres imperfectos pero incapaces de perder la dignidad y con unos principios y valores superiores al resto de los personajes. Para darles vida contó con Joel McCrea y Virginia Mayo. McCrea hace una interpretación esforzada y se muestra convincente pero creo que, tanto por su imagen cinematográfica de héroe integro e incorruptible como por su aspecto físico, no era el actor adecuado para interpretar a Wes McQueen, un hombre marcado por su pasado, solitario y duro que busca desesperadamente abandonar la delincuencia. Sin duda actores como Kirk Douglas, Robert Mitchum o Richard Widmark hubieran sido más apropiados. Virginia Mayo, actriz que pese a trabajar con directores como William Wellman o el propio Walsh en varias ocasiones quedó encuadrada generalmente en producciones de serie b, hace una composición inolvidable de Colorado, una mestiza enérgica, aguerrida y con carácter. Maltratada por la vida, buscará el cariño en Wes y a pesar de ser inicialmente rechazada por él se mostrará siempre fiel al forajido (le cura su herida, evita que Julie le delate peleándose con ella y, tras haber sido herido de nuevo, le protege con su cuerpo desafiando a la muerte mientras descarga sus dos colts). Walsh parece mimarla con la cámara desde su impactante plano de presentación en el que levanta la cabeza moviendo su melena dorada, permitiéndonos apreciar el contraste entre sus radiantes ojos claros y su piel bronceada.


Asimismo debo destacar otro gran acierto de Walsh al enmarcar esta historia en unos grandiosos escenarios naturales, incluido un verdadero poblado indio fantasma excavado en la roca, a los que saca un gran partido a través del uso de las panorámicas y cuya inmensidad e inmutabilidad contrasta con la naturaleza frágil y mortal de la pareja protagonista.


“Juntos hasta la muerte”, un filme que muestra cómo un genio de la categoría de Raoul Walsh supo adaptarse y satisfacer las exigencias de las “majors” de Hollywood sin renunciar a su personalidad y talento.


Por último, como datos curiosos, comentaros que el actor Henry Hull apareció tanto en “El último refugio” como en “Juntos hasta la muerte”; que con tan sólo ocho años James Mitchum, hijo de Robert, tiene un pequeño papel en esta película; y que en 1955 Stuart Heisler dirigió una nueva e inferior versión en clave noir titulada “He muerto mil veces”, con Jack Palance y Shelley Winters como pareja protagonista.



jueves, 30 de marzo de 2017

MURIERON CON LAS BOTAS PUESTAS

(They died with their boots on - 1941)

Director: Raoul Walsh
Guion: Wally Kline y Aeneas McKenzie

Intérpretes:
Errol Flynn: George Armstrong Custer
Olivia de Havilland: Elizabeth Bacon
Arthur Kennedy: Ned Sharp
Charley Grapewin: California Joe
Gene Lockhart: Samuel Bacon
Anthony Quinn: Crazy Horse
John Litel: General Phil Sheridan
Sidney Greenstreet: Lt. General Winfield Scott
Hattie McDaniel: Callie

Música: Max Steiner
País: Estados Unidos
Productora: Warner Bross

Por Jesús Cendón. NOTA: 9,5

“Pasear a su lado por la vida fue muy agradable señora” (Custer despidiéndose de Elizabeth antes de encontrarse con su destino en Little Bighorn)


De las numerosas versiones rodadas sobre la vida del controvertido general Custer (en realidad coronel) y su muerte en la batalla de Little Bighorn (1876) enfrentado a los sioux de Toro Sentado y Caballo Loco, este filme es sin duda su mejor versión. Una auténtica obra maestra y el mejor wéstern filmado por Raoul Walsh, uno de los grandes clásicos del Hollywood dorado con una filmografía envidiable que, sólo en este género, nos legó obras del nivel de: “La gran jornada” (1930), “Perseguido” (1947), “Juntos hasta la muerte” (1949), “Camino de la horca” (1951), “Tambores lejanos” (1951) o “Los implacables” (1955), entre otras.


ARGUMENTO: Biografía del general Custer (1839-1876) desde su ingreso en West Point, pasando por su participación en la Guerra de Secesión o su enfrentamiento con el gobierno, hasta su muerte en la batalla de Little Bighorn.


La película fue abordada por la poderosa Warner Bross como una gran superproducción en la que se presentaba al coronel Custer como un hombre arrogante, extravagante, indisciplinado e individualista pero a la vez consciente de su propio destino y, por tanto, capaz de sacrificarse por el bien común con el objeto de evitar una catástrofe mayor y favorecer el avance de esa sociedad que en un momento dado lo rechazó. Es el prototipo de héroe norteamericano que el filme se propone mitificar porque toda nación necesita de sus héroes míticos para explicar su pasado en forma de leyendas.


Así, si otros países cuentan, por ejemplo, con El Cid (El Cantar del mío Cid, España), Roldán (La Canción de Rolando, Francia) o Sigfrido (El Cantar de los Nibelungos, Alemania), los Estados Unidos, dado el escaso período de tiempo transcurrido desde su constitución, tuvieron que mirar a su pasado más cercano para encontrar a dichos mitos surgiendo, de este modo, entre otras figuras las de Daniel Boone, Davy Crockett, Búfalo Bill o el general Custer. Y fue el cine, al igual que antaño había sido la tradición oral o la escritura, el encargado de difundir las hazañas heroicas de estos personajes y crear un pasado legendario, en el que la fábula sustituye a la, muchas veces, prosaica realidad.


¿Y qué significa para mí la película? Hay filmes que llevas contigo como si te los hubieran grabado en el cerebro con un hierro candente, y este es uno de ellos. Hablar de “Murieron con las botas puestas” es recordar la televisión en blanco y negro, las tardes de sábado con películas maravillosas que disfrutabas por primera vez, al Séptimo de Caballería cabalgando al son de “Garry Owen”, la marcha militar más popular de todos los tiempos, y, sobre todo, es rescatar a un personaje inolvidable tan pendenciero como impulsivo e insubordinado pero valiente y respetuoso con los demás y, lo que es más importante, consigo mismo, y capaz de defender sus ideas hasta el final. Un personaje al que deseabas parecerte porque, sin tú saberlo, te estaba enseñando conceptos como la honradez y la dignidad. Por eso al plantearme la reseña temía tener demasiado mitificada a esta película.


Pero no, como he señalado al inicio me he reencontrado con ciento cuarenta minutos de cine en estado puro, una obra maestra, un filme al que se puede aplicar, sin duda, el apelativo de clásico, un fresco monumental que abarca aproximadamente veinte años de la historia de los EEUU en el que están perfectamente engarzados géneros como el de aventuras, la comedia, el bélico, el melodrama o el wéstern. Una cinta que cuenta con escenas imborrables como la soberbia despedida entre Custer y su mujer antes de ponerse al mando por última vez de su Séptimo de Caballería; sin duda una de las mejores secuencias de corte romántico jamás rodada, culminada con un sublime travelling mediante el cual vemos desmayarse a Elizabeth.


Una cinta con diálogos memorables como la conversación que mantienen el corrupto Sharp y Custer acerca de la diferencia entre la gloria y el dinero. Un filme que nos regala planos que han pasado por derecho propio a la historia del cine, como aquel en el que vemos a Custer, una vez exterminado su regimiento, esperar la última carga de los sioux al lado de la bandera y con el sable desenvainado aguardando “su encuentro con la gloria”. Un western narrado ejemplarmente y estructurado racionalmente en dos partes claramente diferenciadas:


- La primera corresponde a la juventud de Custer y narra su paso por la academia militar, su participación en la Guerra de Secesión y el encuentro con el amor de su vida. Tiene un tono más ligero y luminoso, y nos presenta a un Custer vanidoso, intrépido y valiente hasta la osadía, con escasa preparación táctica y cuyas victorias se basan en su arrojo personal. Un individuo casi invencible, en cuya vida el azar o la buena suerte jugarán un papel decisivo (se libró de ser expulsado de West Point por no haber firmado su ingreso y fue ascendido a general por un error burocrático).


- La segunda, centrada en su madurez, es más oscura y dramática, como si Walsh nos estuviera preparando para el trágico final, por otra parte, conocido. Nos encontramos con un decadente Custer, incapaz de adaptarse a la vida civil lo que le lleva a un incipiente alcoholismo, crítico con la burocracia y la política del gobierno y que, finalmente, aceptará su sacrificio como mal menor; rindiendo el último servicio a su país una vez muerto.


Además el filme supuso la última de las ocho colaboraciones entre Errol Flynn y Olivia de Havilland (hermana de Joan Fontaine), una de las parejas más fructíferas de la industria hollywoodiense con títulos en su haber tan emblemáticos como “El capitán Blood” (1935), “La carga de la Brigada Ligera” (1936) o “Robín de los bosques” (1938), todas ellas bajo la batuta de Michael Curtiz; y al mismo tiempo supuso el encuentro de Walsh con Flynn, que supo dotar al personaje de la vitalidad y dinamismo que requería. La pareja protagonista estuvo muy bien arropada por un excelente plantel de secundarios: Arthur Kennedy, destacando ya en papeles negativos, como Ned Sharp, antiguo camarada de Custer en West Point y representante de la corrupta y ávida clase empresarial; un joven Anthony Quinn, yerno de Cecil B. de Mille, en el rol de Caballo Loco, típico papel étnico que repitió hasta la saciedad al comienzo de su carrera; Sidney Greenstreet como el general Winfield Scott, uno de los escasos e inesperados apoyos de Custer en Washington; Charley Grapewin dando vida al veterano explorador California Joe; y Hattie McDaniel, repitiendo prácticamente el personaje de Mammy de “Lo que el viento se llevó”.


Por último, me gustaría rebatir en parte la acusación de racista, creo que injustificada y supongo realizada por personas que no la han visto, que durante mucho tiempo ha sufrido la película. Evidentemente la historia está contada desde el punto de vista de los colonizadores pero este hecho no significa que sea una cinta xenófoba. Todo lo contrario. A los indios se les trata con respeto, incluso el mayor Butler, un oficial de origen británico al servicio del Séptimo, sentencia que: “¿Qué se creen ustedes los yanquis? Los únicos verdaderos americanos son los que están al otro lado de la colina con plumas en la cabeza”. Los pieles rojas aparecen como seres honorables, víctimas de la voracidad de los desalmados hombres de negocios y de las decisiones erróneas del gobierno de Washington que, tras el falso descubrimiento de oro en las Black Hills, romperá el tratado de paz. Porque la película, por si algo le faltaba, dentro de su mensaje de exaltación patriótica (se rodó en plena Segunda Guerra Mundial) tiene además una fuerte carga política y en otra gran escena nos muestra de forma sencilla y lúcida cómo se inventan las guerras y quién está detrás de ellas, generalmente políticos corruptos y potentados desalmados y ávidos de más riqueza, que en este caso se inventarán la existencia de oro en unos territorios sagrados para los indios. A estos, engañados una vez más, no les quedará más remedio que declarar la guerra como única salida para defender su forma de vida y cultura. Esta traición a los verdaderos dueños del territorio es lo que llevará a Custer a afirmar que: “Si yo fuera un indio lucharía al lado de Caballo Loco hasta perder mi última gota de sangre”


Es verdad que se puede acusar a este monumental relato sobre la historia inmediata de los Estados Unidos (los acontecimientos habían ocurrido tan sólo sesenta y cinco años antes) de falsear en parte los hechos y la vida del general Custer, pero como nos advirtió John Ford: “Esto es el Oeste y cuando la leyenda se convierte en realidad, hay que publicar la leyenda”.