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miércoles, 23 de mayo de 2018

EL ÁRBOL DEL AHORCADO

(The hanging tree, 1959)

Dirección: Delmer Daves
Guion: Wendell Mayes, Halsted Welles

Reparto:
- Gary Cooper: Dr. Joseph “Doc” Frail
- Maria Schell: Elizabeth Mahler
- Karl Malden: Frenchy Plante
- George C. Scott: George Grubb
- Karl Swenson: Tom Flaunce
- Virginia Gregg: Edna Flaunce
- John Dierkes: Society Red
- King Donovan: Wonder
- Ben Piazza: Rune

Música: Max Steiner
Productora: Baroda, Warner Brothers (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“Todo campamento tiene que tener un árbol para ahorcar. Así infunde respeto”. Un minero al comienzo de la película mientras se nos muestra al doctor Frail llegando al asentamiento y al árbol a través de un picado y un contrapicado.


Gary Cooper fue en todo momento un hombre muy celoso de su carrera cinematográfica y siempre que pudo intentó escoger sus papeles y a sus directores, por lo que no es de extrañar que al final de la misma, cuando nadie osaba discutir su estatus de estrella sobre todo tras la revitalización que supuso su interpretación del sheriff Will Kane con Oscar incluido en la ya reseñada en este blog “Solo ante el peligro”, fundará su propia productora cinematográfica bajo el nombre de Baroda con la que protagonizó sus cuatro últimos filmes. En realidad Baroda Pictures fue su segunda productora tras la efímera vida de la International Pictures creada por el actor en 1944 y con la que interpretó “Casanova Brown” (Sam Wood, 1944) y “El caballero del Oeste” (Stuart Heisler, 1945).



Para su primer proyecto como productor, y dado el grado de satisfacción alcanzado con “El hombre del Oeste”, película de Anthony Mann también con su oportuna reseña en este blog, se embarcó en un nuevo wéstern en esta ocasión basado en una novela corta, apenas cien páginas, de Dorothy M. Johnson, una de las mayores especialistas en relatos del Oeste, cuyos cuentos, entre otros “El hombre que mató a Liberty Valance” o “Un hombre llamado caballo”, suelen figurar entre las recopilaciones de las mejores narraciones sobre el Far-West. (La editorial Valdemar en su colección Frontera ha dedicado dos volúmenes a esta imprescindible autora).



Mientras que para la dirección contrató a un especialista como Delmer Daves, uno de los grandes directores del género durante la década de los cincuenta, conocedor como pocos del mismo y, a la vez, gran renovador. Daves se mostró encantado con poder volver a rodar en plena naturaleza, una de sus grandes especialidades, permitiéndole usar la grúa, en lo que era un experto, y construir el relato a través de numerosas panorámicas, otra de las grandes señas de identidad del director. Sin embargo durante el rodaje cayó enfermo y tuvo que ser sustituido en la dirección por Karl Malden.



ARGUMENTO: Joel Frail, un enigmático doctor, llega al asentamiento minero recién creado de Skull Creek en Montana con el objeto de ofrecer sus servicios a los habitantes. Pronto tendrá que ocuparse de Elizabeth Mahler, una inmigrante que, tras un asalto a la diligencia en la que viajaba, ha perdido momentáneamente la vista. Los recelos y suspicacias de una comunidad falsa, pazguata y puritana no se harán esperar.



Junto con la extraordinaria planificación de las escenas por parte de Daves, “El árbol del ahorcado” se caracteriza por la estupenda construcción de los personajes y el incremento de los elementos melodramáticos, ya presentes en wésterns de Daves como “Flecha rota” (1950), película con su oportuna reseña en este blog, o “Jubal” (1956); de tal forma que el filme que nos ocupa parece anticipar los posteriores trabajos del director bajo el sello de la Warner Brothers, una serie de melodramas al servicio de nuevas estrellas como Troy Donahue o Connie Stevens.



Así, el arco argumental fundamental del filme aborda el triángulo que se establecerá entre el oscuro doctor, su paciente femenina y un joven al que el médico tomará como criado.



Gary Cooper borda el papel del doctor en una época en la que no ocultaba la enfermedad mortal que le estaba devorando, por lo que su aspecto ajado, al igual que le ocurrió en su wéstern inmdediatamente anterior (la ya comentada “El hombre del Oeste”), otorga autenticidad y una cierta vulnerabilidad al personaje interpretado. Además estos rasgos no son los únicos que presentan en común Joseph Frail con Link Jones.



Así ambos son individuos torturados, ambiguos y cuentan con un siniestro pasado que pretenden olvidar e, igualmente, protagonizarán episodios de furia a pesar de intentar controlarlos.

Sin embargo, mientras que Link buscaba su refugio en la seguridad de un pueblo civilizado, con cuyos habitantes pretendía mimetizarse para pasar desapercibido; el doctor Frail huye hacia la última frontera, hacia aquellos territorios sin civilizar con el objeto de romper con su pasado y al mismo tiempo expiar los pecados cometidos en su purgatorio particular representado por el campamento minero; de ahí que en un momento dado afirme: “Estamos aquí quizás porque lo merezcamos”.



Hombre dual, tras curar a Elizabeth luchará entre el afecto creciente que sentirá hacia ella y su rechazo a la posibilidad de enamorarse, intentando ocultar en todo momento sus sentimientos y mostrándose prácticamente como el dueño de las vidas tanto de su paciente como de Rune (en la novela esta actitud está más acentuada al llamar al joven su esclavo). Esta dualidad también se apreciará en su trato con los habitantes del asentamiento. Así se mostrará delicado y sensible con sus pacientes (la prostituta en su lecho de muerte a la que no abandona o la niña con problemas de malnutrición a cuyos padres les cede su vaca), mientras que tratará a Rune, su sirviente, de forma despótica aprovechándose de que es el único que conoce su secreto. Incluso, en otra escena, estará a punto de matar a un hombre sólo por hacerle una insinuación sobre su pasado, lo que hará afirmar a su joven criado: “El brujo no se equivocaba, si usted no es el demonio lo lleva dentro”. Para, asimismo, en otra secuencia ajusticiar a uno de los mineros descargando su colt sobre él una vez que estaba inerme.



Maria Schell, actriz austriáca que el año anterior había protagonizado “Los hermanos Karamazov” y en 1960 sería dirigida por Anthony Mann en “Cimarrón”, da vida a Elizabeth una inmigrante centroeuropea educada, de gran determinación, independiente, decidia y con una gran fortaleza. Mujer emprendedora, se aliará con Frenchy y Rune para explotar una concesión minera, aunque, sin saberlo, contará con la protección y la tutela del doctor.



El tercer vértice lo constituye Rune interpretado por Ben Piazza, actor muy limitado y carente de carisma que fue lanzado como el nuevo Paul Newman. Un joven al que el doctor salva de ser linchado y cura su herida. Se convertirá en el gran aliado de Elizabeth y mantendrá una relación ambigua con el doctor, aunque este, con sus peculiares métodos, conseguirá alejarle del mundo de la delincuencia.



Tres vidas, por tanto, marcadas por una única meta, encontrar su segunda oportunidad. El doctor desea olvidar y comenzar una nueva vida, Elizabeth es el prototipo de la inmigrante europea en busca de la tierra de promisión y Rune, un vagabundo sin oficio ni beneficio, tendrá ante sí la posibilidad de sentar la cabeza y encontrar una “familia”.



El segundo arco argumental del filme, perfectamente ensamblado con el anterior, aborda la relación de los tres personajes principales con su entorno y, en concreto, el choque entre la modernidad, la ciencia, el conocimiento y la razón, en definitiva la evolución de la sociedad representada en la figura del doctor; y la superstición, la magia y la ignorancia, es decir la involución y el continuismo, simbolizados en George Grubb, una especie de curandero-predicador del asentamiento.



Para ello, Daves concibió, a pesar de estar rodado íntegramente en exteriores, un wéstern de atmósfera clautrofóbica presentándonos una sociedad a medio construir en la que la justicia no está regulada por las instituciones y se confunde con el deseo de venganza. Un asentamiento habitado por individuos primarios que se dejan arrastrar por sus instintos más básicos como queda reflejado en la extraordinaria escena de la fiesta salvaje y la posterior en la que, dirigidos por el curandero, los mineros canalizan todo el odio contenido hacia el doctor.



Una sociedad que rechaza al diferente, pazguata, recatada, maledicente, inculta e hipócrita presidida por un único fin, la riqueza. De hecho, el filme es una de los mejores estudios de un wéstern sobre la avaricia y la codicia humanas.

Esta comunidad está representada principalmente por tres individuos.



Frenchy, personaje que cuenta con una memorable presentación y está magníficamente interpretrado por Karl Malden. Es un ser básico, grosero, ignorante, chabacano y de modales toscos, que se revelará como un violador en potencia (la pulsión sexual, al igual que en “El hombre del Oeste”, está muy presente a lo largo de la película).



George Grubb, brillante debut de George C. Scott, es una especie de brujo capaz, según él, de curar con sus manos, que se siente incómodo con la llegada del doctor porque ello supone perder su influencia sobre la población del asentamiento minero que hasta ese momento ha manejado a su antojo. Envidia e, incluso, odia a Frail porque representa todo aquello que el no es y supone un claro peligro a su existencia.



Edna Flaunce, a la que da vida una enorme Virginia Gregg, es la imagen del puritanismo y de la hipocresía de una sociedad tendente a escandalizarse simplemente por el establecimiento en el pueblo de individuos más abiertos, tolerantes y con costumbres diferentes. Personaje que contrasta con la presencia perenne de las “coristas” que alegran la vida de los mineros.



A pesar de carecer algunas escenas de la intensidad requerida, quizás por la sustitución del director, “El árbol del ahorcado” es un brillante colofón a la filmografía wéstern de Delmer Daves; finalizando, además, con una soberbia escena en la que se pone de manifiesto la barbarie y avaricia del ser humano y culminando con un último plano inolvidable y de belleza arrebatadora que muestra, en una tarde nublada, a los tres protagonistas a contraluz sobre una carreta situada al lado del árbol del ahorcado mientras se escucha el gran tema principal cantado por Frankie Lane.



Asimismo, supuso prácticamente la despedida de este género, tan sólo rodaría el híbrido “Llegaron a Cordura” (Robert Rossen, 1959), de Gary Cooper. Un actor irrepetible, de raza, de aquellos que se enfrentaban a los papeles con la única arma de su personalidad y que siempre siguió el consejo que le dieron los directores cuando llegó a Hollywood: “Al interpretar procura ser tú mismo”. Por eso, cuando alguna vez fue injustamente menospreciado por algún crítico miope al censurarle el hecho de que siempre se interpretase a sí mismo, no dudaba en responder: “Cuando dicen que me interpreto a mí mismo, no saben lo difícil que es ser como yo”. Gary Cooper, el caballero del Oeste.




jueves, 2 de noviembre de 2017

EL PISTOLERO

(The gunfighter, 1950)

Dirección: Henry King
Guion: William Bowers, William Sellers. Andre de Toth (historia)

Reparto:
- Gregory PeckJimmy Ringo
- Helen WestcottPeggy Walsh
- Millard MitchellMarshall Mark Strett
- Jean ParkerMolly
- Karl MaldenMark
- Skip HopmeierHunt Bromley
- Anthony RossDeputy Charlie Norris
- Verna FeltonMrs. August Pennyfeather
- Richard Jaeckel: Eddy

Música: Alfred Newman
Productora: Twentieth Century Fox Film Corporation
País: Estados Unidos

Por: Jesús Cendón. NOTA: 8’5.


“Creo que tengo más personas pendientes de cuando me matarán que ningún otro hombre de la nación” (Jimmy Ringo conversando con su antiguo amigo el sheriff Mark Srett).

Henry King es un realizador que no ha gozado del reconocimiento que su obra, iniciada en el cine silente y prolongada hasta la década de los sesenta, merece. Quizás porque, al igual que Henry Hathaway, desarrolló la mayor parte de su carrera en la Twentieth Century Fox en donde se convirtió, junto al mentado Hathaway, en un director todoterreno capaz de sacar a flote cualquier producción independientemente de su género de adscripción. Por lo que, de forma injusta, se le ha considerado generalmente un hombre de estudio plegado a las exigencias de un productor de la personalidad de Darryl F. Zanuck.



Entre sus aportaciones al western, sin duda, hay que mencionar “Tierra de audaces” rodada en 1939, la mejor aproximación a las figuras de Jesse y Frank James interpretados respectivamente por Tyrone Power y Henry Fonda; “El vengador sin piedad” (1958) con un desubicado Gregory Peck; y, sobre todo, la película que nos ocupa, una de las cumbres del denominado western psicológico, corriente surgida en la década de los cincuenta caracterizada por el abandono de la ingenuidad y la visión idílica del Far West dada hasta ese momento y por presentar personajes más complejos, oscuros y realistas. Una evolución natural en el género cinematográfico por excelencia dada la transformación de la sociedad norteamericana como consecuencia de los horrores vividos durante la Segunda Guerra Mundial y la posterior frustración por el resultado del conflicto coreano.


ARGUMENTO: Jimmy Ringo, un famoso pistolero, decide visitar Cayanne para contactar con su mujer y su hijo a los que no ve desde hace ocho años. Mientras, los tres hermanos de su última víctima le persiguen con objeto de vengarse.


“El pistolero” es una película austera, rodada en un magnífico blanco y negro gracias al gran maestro Arthur C. Miller con tres Oscar y seis nominaciones más, dura, triste y pesimista que presenta una serie de características en común con “Solo ante el peligro” (Fred Zinnemann, 1952) y “El tren de las 3:10” (Delmer Daves, 1957), otros dos westerns psicológicos ya reseñados en este blog, entre las que se pueden destacar:


1) El marco espacial en el que se desarrolla la acción. Así los tres filmes son básicamente westerns urbanitas, en los que los grandes espacios abiertos son sustituidos por la ciudad como teatro en el que se desarrolla el drama, espacio que parece empequeñecerse a medida que avanzan las historias, aumentándose de esta forma la sensación opresiva e, incluso, claustrofóbica de los tres filmes. Además, tanto en el caso de la película que nos ocupa como en “El tren de las 3:10” gran parte del metraje tiene lugar en una sola estancia (el saloon y la habitación de un hotel, respectivamente) con el objeto de intensificar la sensación de opresión de ambos protagonistas. Incluso en “El pistolero” el director utilizará la profundidad de campo para remarcar la soledad de Jimmy Ringo.


2) Los protagonistas no responden al prototipo del héroe clásico. En “Solo ante el peligro” Gary Cooper interpreta a un sheriff, quizás la figura más emblemática del wéstern, pero su comportamiento no es el típico de un representante de la ley; al mostrarnos sus miedos se le humaniza, al mismo tiempo que al sobreponerse a ellos se va a engrandecer su figura. En “El tren de las 3:10” Van Heflin acepta escoltar al pistolero hasta Yuma por motivaciones económicas no porque entienda que sea su deber como ciudadano perteneciente a una comunidad. Mientras que la película que nos ocupa el protagonista es un pistolero, un fuera de la ley que ha hecho de su habilidad con las armas su medio de vida.


3) Las tres películas ofrecen una visión crítica de la población. Will Kane comprueba como sus vecinos, a los que ha defendido hasta ahora, se muestran como un grupo de cobardes que le niegan su ayuda salvo en el caso de un envejecido y artrítico exsheriff y un borracho. En “El tren de las 3:10” es el borracho del pueblo el único que muestra su compromiso moral y será su sacrificio postrero el que haga cambiar el punto de vista de Dan Evans respecto al cumplimiento de su misión. Por lo que respecta a “El pistolero”, nos muestra una sociedad que ha hecho de la violencia su seña de identidad, de la muerte un espectáculo y convierte a simples pistoleros en héroes en vida y en mitos tras su muerte.


4) El tiempo, representado en los respectivos relojes que van marcando inexorablemente las horas, como elemento dramático de primer orden. Así, Wiill espera el tren que trae al pueblo a Miller; Dan aguarda el tren que le conducirá junto a Ben a la cárcel de Yuma; y Jimmy sabe que tan solo tiene una hora de ventaja para ver a su mujer y su hijo antes de que lleguen al pueblo los hermanos de su última víctima.


Pero lo que diferencia notablemente el filme de King de los otros dos es su tono desesperanzado al negar a Jimmy Ringo la posibilidad de redimirse. Desde el duelo inicial, en el que acaba con un joven impulsivo con pocas luces, un halo de fatalismo se apodera de la película, acentuándose poco a poco la sensación de que el destino de Jimmy Ringo está escrito y nada de lo que haga lo cambiará.


El propio Ringo, esplendido Gregory Peck en un papel inicialmente pensado para John Wayne, es consciente de que debe cambiar de vida si no quiere terminar muerto en cualquier esquina de un callejón por los disparos de un mequetrefe con suerte como le ocurrió a su amigo Bucky; así le comentará a Mark, antiguo compañero de correrías y símbolo de lo que pretende conseguir Ringo: “Es una bonita vida ¿No crees? Solo tratar de vivir y en realidad no vives. Sin alegría alguna. No tienes dónde ir. Solo evitar que puedan asesinarte”. Frase que resume su cansancio existencial, su hastío y la carga asfixiante de su pasado.


Como curiosidad comentaros que la idea de la película se le ocurrió a André de Toth al comprobar como sistemáticamente los actores de películas de acción, como Errol Flynn, solían ser retados por gente anónima en los bares a los que acudían. De ahí que el filme se inicie con la magistral secuencia, anteriormente citada, en la que un mastuerzo, interpretado por un joven Richard Jaeckel, provoca, primero, y desafía, después, a Ringo al que no le queda más remedio que matarlo. Hecho que marcará el devenir de la historia y el destino del pistolero.




jueves, 23 de marzo de 2017

NEVADA SMITH

(Nevada Smith - 1966)
 

Director: Henry Hathaway
Guion: John Michael Hayes. Basado en una obra de Harold Robbins
 

Intérpretes:
Steve McQueen: Nevada Smith
Karl Malden: Tom Fitch
Brian Keith: Jonas Cord
Arthur Kennedy: Bill Bowdre
Suzanne Pleshette: Pilar
Raf Vallone: Padre Zaccardi
Janeth Margolin: Neesa
Pat Hingle: Big Foot
Martin Landau: Jesse Coe
Música: Alfred Newman

País: Estados Unidos
Productora: Embassy Pictures

Por Xavi J. Prunera. Nota: 6,5

Jonas Cord a Max Sand (Nevada Smith): “Para encontrarlos, tendrás que pasarte por todos los salones, salas de juego y prostíbulos que hay de aquí a México ¿Crees que persigues a tres curas?”



SINOPSIS: Durante la fiebre del oro en California, tres tipos asesinan a los padres de Max Sand, un muchacho hijo de padre blanco y madre india. Bajo el nombre de Nevada Smith, Max iniciará un largo periplo para localizar a los asesinos de sus padres y cobrar venganza.
Cuando hace unos días mis compañeros de The Wild Bunch Western me preguntaron sobre qué peli versaría mi próxima reseña decidí apostar por “Nevada Smith” (1966), de Henry Hathaway. Básicamente lo hice por dos razones: porque me apetecía reseñar un western que aún no hubiera visto y porque, al tener todavía muy fresca mi revisión de “Junior Bonner”, me apetecía asimismo volver a visionar una peli protagonizada por Steve McQueen. Así pues, las candidatas eran dos: “Nevada Smith” y “Tom Horn”. Y aunque sopesé muy seriamente optar por ésta última, al final me decidí por la primera. Muy probablemente por Hathaway, un cineasta muy capaz y solvente que jamás me había decepcionado.




Que nadie interprete, sin embargo, que con ello quiero decir que esta vez Hathaway me ha decepcionado porque no es así. Yo diría, en todo caso, que esperaba más de “Nevada Smith”. Obviamente, ya me imaginaba que este western no iba a proporcionarme el disfrute que obtuve con “El jardín del diablo”, “Los cuatro hijos de Katie Elder” o “Valor de ley” pero sí albergaba la esperanza de toparme con la típica joyita que todos los cinéfilos esperamos encontrar cuando visionamos un título no demasiado conocido pero sí construido a base de buenos mimbres.




Desgraciadamente, no ha sido así. Y eso hizo que estuviera muy a punto de renunciar a reseñar esta peli y optar por otra. Básicamente porque siempre he preferido reseñar pelis que me gustan mucho o a las que les guardo, por alguna razón u otra, un cariño especial. Algo que, naturalmente, no me ha ocurrido con “Nevada Smith”. Aún así, creo que no sería honesto por mi parte dedicarme sólo a reseñar westerns que me gusten o que me parezcan especialmente buenos. Y es que si “El hombre que mató a Liberty Valance”, “Hasta que llegó su hora” o “Grupo salvaje” me parecen westerns superlativos es porque hay otros que están por debajo de éstos. Y por debajo de éstos, hay otros más. Y por debajo de estos otros, más de lo mismo. Así pues, por mucho que nos guste el western, deberíamos reconocer que no todo el monte es orégano. Lo firme Ford, lo firme Walsh o lo firme Hathaway. Y creo que es justo y necesario establecer estas distinciones o jerarquías (aunque sea de forma total y absolutamente subjetiva) para que cada western obtenga el status y el reconocimiento que se merece.



Permitidme empezar, así pues, por lo que no me ha gustado de “Nevada Smith”. O mejor dicho: por lo que no me ha convencido o por lo que he echado de menos. No me ha convencido —por ejemplo— que Max Sand o Nevada Smith, el personaje interpretado por Steve McQueen, lo haya interpretado McQueen. No por el bueno de Steve, por supuesto, al que siempre he considerado un buen actor. Lo digo porque no me creo a McQueen interpretando a un mestizo con sangre kiowa en las venas. No, no cuela. McQueen es demasiado rubio y blanco para ese papel. Y tampoco me creo a un McQueen de 36 años (los que tenía en 1966) interpretando el papel de un adolescente. Máxime cuando Isabel Boniface —la actriz que interpreta a Tabinaka, su madre en la película— parece incluso más joven que el propio McQueen.



Aún así, un servidor estaría dispuesto a correr un tupido velo si otros aspectos de la peli compensaran este pequeño despropósito. Me refiero —por ejemplo— a escenas memorables o bien resueltas, a personajes psicológicamente complejos, a intensidad dramática, a emoción a raudales o al menos a un guión con un giro final sorprendente o con un mensaje interesante. Pero no, no veo nada de eso en “Nevada Smith”. Y eso que la premisa argumental (trillada, eso sí) prometía. No en vano, la venganza es un tema que acostumbra a funcionar bastante bien en un western. Máxime cuando, además, detalles como el de no mostrar los rostros y cuerpos mutilados de los padres asesinados de Max-Nevada nos ayudan a recrear esas truculentas imágenes en nuestra mente y, por ende, a odiar con más fuerza a los criminales. O ese funeral a base de quemar el rancho para “purificar” esos cadáveres ultrajados. Una escena verdaderamente espectacular.



Tampoco esta mal ese arranque de viaje iniciático en el que un ingenuo Nevada aprende a no ser tan inocente y confiado y, por supuesto, a defenderse mejor. De hecho, su periodo de aprendizaje con Jonas Cord (Brian Keith), el comerciante de armas, me recordó muy mucho al periodo de aprendizaje de Scott Mary (Giuliano Gemma) con Frank Talby (Lee Van Cleef) en “El día de la ira” (1967), de Tonino Valerii. Y aunque como peli me gusta más la de Valerii, reconozco que al ser anterior la de Hathaway eso también hay que valorarlo en su justa medida. Precisamente por ello he decidido escoger como frase memorable una de las que le espeta Jonas Cord a Nevada cuando le da consejos sobre cómo localizar a los asesinos de sus padres: “Para encontrarlos, tendrás que pasarte por todos los salones, salas de juego y prostíbulos que hay de aquí a México ¿Crees que persigues a tres curas?”



Otro western que me ha venido a la mente viendo “Nevada Smith” es “El vengador sin piedad” (1958), de Henry King. Un western con un argumento similar pero, a mi juicio, más intenso, más complejo y mejor resuelto. Y ya para finalizar con esta ronda de imputaciones, recriminaciones y amonestaciones señalar que el metraje me parece algo desproporcionado para lo que nos pretenden contarnos Hayes/Hathaway (más de dos horas) y que esa decisión final (atención spoiler) en la que Nevada sigue a pie juntillas las palabras del Padre Zaccardi (Raf Vallone) y renuncia a matar a Tom Fitch (Karl Malden) me parece excesivamente beata y aleccionadora.

 

Dicho esto, pasemos a comentar sus virtudes porque, obviamente, “Nevada Smith” las tiene. Lo primero que diría de esta peli es que me parece un western ágil y entretenido. Algo que, a pesar de darse por hecho en un film dirigido por un cineasta con el oficio y la solvencia de Hathaway, considero que debe señalarse convenientemente. Recordemos que “Nevada Smith” viene a ser una especie de road movie que se desarrolla en lugares muy diferentes (el desierto, la ciudad, la prisión en el pantano, el monasterio…) y eso le proporciona a la peli un dinamismo especial. Máxime cuando, además, el director de fotografía es Lucien Ballard, un profesional como la copa de un pino. Capítulo aparte merece el elenco, por supuesto. Porque si McQueen está más que correcto, no van a ser menos intérpretes de la talla de Karl Malden (algo desaprovechado, eso sí), Arthur Kennedy, Martin Landau, Suzanne Pleshette, Raf Vallone, Howard Da Silva o Pat Hingle. Actores de reparto de aquellos que nunca acostumbran a defraudar. Por lo que a la banda sonora de Alfred Newman respecta yo diría que no destaca demasiado pero cumple su cometido a la perfección.


Y poco más. Como dato anecdótico añadiría que Steven Spielberg se inspiró en el nombre del prota para uno de sus personajes más famosos: Indiana Jones.