Mostrando entradas con la etiqueta John Payne. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta John Payne. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de abril de 2018

EL JUGADOR

(Tennesse’s partner, 1955)

Dirección: Alan Dwan
Guion: Milton Krims, D.D. Beauchamp, C. Graham Baker, Teddi Sherman y Allan Dwan (sin acreditar).

Reparto:
- John Payne: Tennessee
- Ronald Reagan: Cowpoke
- Rhonda Fleming: Elizabeth “Duches” Farnham
- Coleen Gray: Goldie Slater
- Anthony Caruso: Turner
- Morris Ankrum: Juez Parker
- Leo Gordon: Sheriff
- Chubby Johnson: Grubstabe McNiven
- Joe Devlin: Pendergrast
- Angie Dickinson: Abby Dean

Música: Louis Forbes.
Productora: Benedict Bogeaus Production. 

Por Jesús Cendón. NOTA: 7,75

“Se puede soportar todo menos que te ataque por la espalda uno que se dice amigo tuyo” Cowpoke a la Duquesa tras haberse enterado de la supuesta traición de su amigo Tennessee con la mujer con la que iba a casarse.


Nos visita otra vez Allan Dwan, en esta ocasión con el que consideraba su mejor wéstern. De hecho se trata de una de sus propuestas más personales en la que se implicó no sólo en la dirección sino también en el guion, obra de cuatro escritores, profundamente retocado y adaptado por él.

Como su anterior gran filme “Filón de plata” (1954), reseñado en este blog, la cinta es fruto de su asociación con el productor Benedict Bogeaus con el que creó una especie de compañía estable integrada, fundamentalmente, por el operador John Alton (uno de los directores de fotografía más influyentes en la codificación estilística del cine negro), el director artístico Van Nest Polglase (excelente profesional vetado por las majors a causa de sus graves problemas con el alcohol) y el competente músico Louis Forbes. Esta estabilidad les permitió rodar un buen número de películas de una calidad notable en un corto período de tiempo (filmaron, por ejemplo, tres en 1954 y otras tres en 1955) caracterizadas por un sello propio fácilmente reconocible. Filmes para los que, además, Bogeaus aseguró su distribución a través de las salas de la poderosa RKO.



ARGUMENTO: Cowpoke, un forastero, salva a Tennessee, el tahúr de la pequeña localidad de Sandy Bar asociado con la dueña del burdel local, de ser asesinado por la espalda por un jugador despechado. A partir de ese momento se establecerá una estrecha relación entre individuos tan dispares que pondrá a prueba la ambiciosa prometida del vaquero, Goldie Slater.



La película junto con la citada “Filón de plata” constituye un díptico en el que Dwan nos muestra su visión negativa de la sociedad estadounidense. Así, nos presenta a unos individuos avariciosos y deslumbrados por la riqueza a los que tras el asesinato del dueño de una mina de oro les importará más perder el posible beneficio económico que descubrir a los verdaderos culpables del crimen. Un grupo presto, como en su anterior filme, a tomarse la justicia por su mano, convirtiéndose en una chusma capaz de linchar sin pruebas concluyentes a Tennessee e, incluso, a Cowpoke y a la Duquesa, por el mero hecho de ser sus amigos, acusándolos de cómplices sin haber verificado este hecho; y a los que el sheriff apenas puede frenar. Incluso no dudarán en asaltar el establecimiento de la Duquesa y golpearla buscando el mapa del yacimiento.



Sin embargo, el tema fundamental de la película es la amistad surgida entre dos hombres muy diferentes pero al mismo tiempo marginados, por distintos motivos, por una sociedad en la que no encajan.



Tennessee está interpretado por John Payne, una de las grandes referencias del cine b de los años 50, que se muestra eficaz en un papel muy apropiado, a pesar o debido a sus limitaciones interpretativas, al ser un individuo frío y poco dado a expresar sus sentimientos. Personaje complejo, es en realidad un inadaptado social obligado a llevar una vida nómada al ser constantemente expulsado de los lugares en los que ha intentado establecerse (Arizona, Nuevo México, Utah, Texas, Oregón). Su magistral presentación mientras participa en una partida de póker en la que exhibe una actitud displicente y de desprecio hacia el resto de los participantes, nos muestra tanto su visión negativa y desencantada del ser humano disfrazada de cinismo, como su escasa empatía con este. Un hombre, no obstante, con unos principios éticos más firmes y superiores a los de esa población que le juzga con severidad, al ser capaz de poner en peligro la estrecha relación mantenida con Cowpoke, en realidad su único amigo, para evitarle el daño que le pueda hacer su prometida, cuyo nombre no por casualidad es Goldie, que se nos revela como una mujer ambiciosa deslumbrada únicamente por la riqueza del vaquero. Así, el engaño, la mentira, la traición y sus consecuencias se convierten en otros temas abordados por la película.



Ronald Reagan, un actor más conocido por su carrera política que por sus dotes interpretativas y que ya había colaborado con el tándem Dwan-Bogeaus en “La reina de Montana” (1954), ofrece un inusual buen rendimiento con una interpretación plena de sensibilidad como Cowpoke, un hombre sin contaminar, franco, íntegro, bondadoso, sin doblez, algo ingenuo y para el que la palabra mentira no existe. Un vaquero que no soporta los ataques por la espalda (claro símbolo de la falsedad de una sociedad hostil con el diferente); frase repetida a lo largo de la película y que tristemente se convertirá en premonitoria. Además será Cowpoke, con su candor y bondad, quien muestre a Tennessee el camino para reconducir su relación con la Duquesa y poder ser feliz.



Junto a ellos aparece una magnífica Rhonda Fleming, conocida como la reina del Technicolor pero desgraciadamente relegada a producciones de bajo coste, dando vida a la Duquesa. Propietaria de un burdel de alto standing disfrazado de establecimiento para señoritas que buscan marido, está unida profesional y sentimentalmente a Tennessee. La actriz protagoniza una gran escena de una enorme sensualidad y erotismo iniciada con un baño en su habitación y culminada en el salón principal de su establecimiento con varios besos a su socio. Nos encontramos con otro personaje marginal pero de una gran integridad que se convertirá en la voz de la conciencia de Tennessee y le será fiel incluso en los peores momentos.

Estamos, pues, ante una película de personajes conmayor complejidad y profundidad de lo habitual en este tipo de producciones que Dwan estructura en dos partes:




La principal y de mayor duración, con características más propias de un melodrama, cuyo objeto es presentarnos a los protagonistas del filme y narrar las relaciones forjadas entre ellos; en especial la correspondiente a la camaradería surgida entre Cowpoke y Tennessee (en este sentido creo que es mucho más acertado el título original de la película) mostrada a través de tres grandes escenas plenas de naturalidad y de gran autenticidad en las que ambos se sinceran y reflexionan sobre la amistad, la soledad y el amor. Me refiero a la secuencia de la cárcel en la que el vaquero se presenta diciendo al tahúr: “Mis amigos me llaman Cowpoke” (con esta frase desde el primer momento le está brindando su amistad) y el jugador le responde: “Si tuviera amigos me llamarían Tennessee”; la secuencia nocturna en casa del jugador que muestra la vida tan diferente llevada por ambos: el tahúr trabaja la noche, mientras que el vaquero se levanta temprano; y la que se desarrolla en la mina de Cowpoke en la que este propina una brutal paliza a Tennessee, que se niega a defenderse, para después, al comprender el sacrificio realizado por su amigo, posar su mano sobre el hombro del camarada magullado; imagen de una gran sutileza y sensibilidad, reflejo de los profundos sentimientos de ambos personajes.





Junto a estas tres secuencias no puedo dejar de citar la correspondiente a una partida de póquer, iniciada con un picado y con la cámara acercándose a la mesa de los jugadores, en la que el director crea un gran suspense utilizando únicamente el silencio como elemento dramático y las miradas de los dos contrincantes. Una auténtica maravilla.



En la segunda parte, quizás más convencional, los conflictos y la violencia latentes estallarán, por lo que predominan las brillantes escenas de acción en las que Dwan nos aporta esa visión crítica de los habitantes de la ciudad convertidos en juez, jurado y verdugo. Una turba sedienta de sangre, cuya actuación, como señale anteriormente, no está motivada por el asesinato de uno de sus vecinos, dueño de una mina, sino por la fiebre del oro; ya que, como comenta un personaje, “toda la ciudad está furiosa porque teme quedarse sin el oro de Grubstake”. Una población fascinada por la riqueza cuyos personajes más representativos son la citada Goldie Slater (interpretada por Coleen Gray) y Turner (principal antagonista de Tennessee encarnado por el habitual Anthony Caruso).



El filme cuenta además con unos extraordinarios diálogos y una sobresaliente puesta en escena de Dwan que muestra su maestría en cada encuadre, en la composición de las escenas y de los planos con especial atención a la profundidad de campo, así como en los brillantes movimientos de cámara.



La dirección de Dwan, junto con la labor de Alton y de Van Nest Polglase, convierte a “El jugador” en una película visualmente deslumbrante. El operador, junto a sus características escenas en sombras y sus típicos claroscuros tan propios del cine negro, saca un gran partido al Technicolor; mientras que el trabajo del director artístico destaca, sobre todo, por la suntuosa decoración del establecimiento de la Duquesa en la que predominan alfombras fucsias, centros de flores rojas y amarillas, cortinas azul cielo y granates, puertas y estructuras en verde, tapicerías doradas, etcétera; toda una explosión de colores que se repite en los vestidos de la madame y sus “discípulas” y contrasta con el traje negro de Tennessee. El trabajo de todos ellos consigue que no se perciba estar ante una producción de bajo coste.



“El jugador” es, en definitiva, un singular wéstern obra de un gran director injustamente olvidado que supo demostrar cómo a partir de propuestas sencillas se podían obtener niveles muy altos de calidad. 

Como datos curiosos comentaros que:

- En 1916 George Melford había rodado un filme basado en la misma historia escrita por Bret Harte, especialista en relatos wésterns.

- Una joven Angie Dickinson interpreta a una de las “discípulas” de la Duquesa, papel que ese mismo año repetiría en, la ya comentada en este blog, “Con sus mismas armas” (Richard Wilson, 1955), otro notable wéstern de bajo presupuesto.

- John Payne y Rhonda Fleming volverían a formar pareja en “Ligeramente escarlata”, un estupendo noir firmado al año siguiente por el tándem Dwan-Bogeaus.


jueves, 19 de abril de 2018

FILÓN DE PLATA

(Silver lode, 1954)

Dirección: Allan Dwan
Guion: Karen DeWolf

Reparto:
- John Payne: Dan Ballard
- Lizabeth ScottRose Evans
- Dan DuryeaNed McCarty
- Dolores MoranDoly
- Emile MeyerSheriff Wooley
- Robert WarwickJudge Cranston
- John HudsonMichael “Mitch” Evans
- Harry Carey Jr.Johnson
- Alan Hale Jr.Kirk
- Stuart WhitmanWicker
- Frank SullyTelegrapher

Música: Louis Forbes, Howard Jackson (sin acreditar).
Productora: Benedict Bogeaus Production con el nombre de Pinecrest Producitons (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 8


“Lo lamentáis. Hace un rato queríais acabar conmigo. Me habéis obligado a matar para defenderme, para salvar mi vida. No queríais creer lo que yo decía. La vida de un hombre puede depender de un hilo. Lo sabíais. ¡Y vosotros lo sentís!” (Dan al juez Cranston ante sus palabras disculpándose por la actitud de los habitantes del pueblo)

Allan Dwan (1885-1981) posee una filmografía prácticamente inabarcable de más de cuatrocientos títulos filmados entre 1911 y 1961. Dada su larga trayectoria como director vivió distintas etapas del cine en Hollywood. Así comenzaría dirigiendo películas en la etapa silente entre las que destacan sus trabajos para la estrella de filmes de aventuras Douglas Fairbanks (“Robín de los bosques” de 1922 o “La máscara de hierro” de 1929).


Durante los años treinta y cuarenta se adaptó perfectamente al sistema de estudios en el que el director era un elemento más del perfecto engranaje creado por Hollywood, dirigiendo generalmente producciones de bajo coste. De esta etapa destaca, sin duda, la cinta bélica “Arenas sangrientas” (1949) por la que su protagonista, John Wayne, estuvo nominado al Oscar.


Con el comienzo de la crisis del sistema de los grandes estudios en la década de los cincuenta, período en el que comenzaron a proliferar las pequeñas compañías y los productores independientes, Dwan, como muchos otros directores, empezó a moverse y abandonó el paraguas protector de las denominadas majors.


Es en esta década cuando conoce al prestigioso productor Benedict Bogeaus y se asocia con él. Esta colaboración dará lugar a un período de gran estabilidad para Dwan y se extenderá a lo largo de ocho años y diez películas, constituyendo una de las épocas de mayor libertad creativa y más brillantes del director, en la que facturó cintas como el noir, basado en una novela de James M. Cain, “Ligeramente escarlata” de 1956 o “Al borde del río” una mezcla de western, thriller y película de aventuras filmada en 1957 y protagonizada por Ray Milland y Anthony Quinn; así como wésterns del nivel de “Pasión” (1954), “El jugador” (1955) y, sobre todo, “Filón de plata” (1954), inicio de su colaboración con Bogeaus y una de sus películas más conseguidas, además de su mejor contribución a este género.


ARGUMENTO: El día de su boda Dan Ballard, un antiguo pistolero, es acusado por un agente de la ley, Ned McCarty, de robo y asesinato de un hombre. Dan comprobará cómo todos sus intentos por rehacer su vida ganándose la confianza de sus vecinos han sido en vano y que, incluso, hasta sus amigos le perseguirán e intentarán linchar. La pesadilla no ha hecho más que comenzar para el ex forajido.


Silver Lode, un pueblo tipo del Oeste americano, verá alterada su existencia con la llegada de cuatro hombres. A partir de este inicio, que recuerda al de “Grupo salvaje” dirigida por Sam Peckinpah en 1969 (en ambas un grupo de pistoleros irrumpen en una ciudad en fiestas mientras unos niños juegan en la calle), Dwan y la guionista Karen DeWolf nos introducen en una historia densa pero narrada de forma ágil y con un último tercio frenético en la que construyen una fábula moral acerca de la intransigencia, hipocresía y maleabilidad del ser humano; aportándonos una visión negativa y pesimista de su naturaleza.


Porque estamos ante un wéstern singular con elementos de thriller o cine negro que aborda el tema del falso culpable, tan querido por autores como Fritz Lang y Alfred Hitchcock. El protagonista, un individuo respetable hasta ese momento, tendrá que enfrentarse a una falsa acusación de asesinato y probar su inocencia frente a los habitantes de la ciudad que pasan de apoyarlo, con alguna excepción como una de las mujeres invitadas a su boda que cuestionará desde el inicio su inocencia, a perseguirlo con la intención de lincharlo tras un tiroteo en un granero cuyo resultado es la muerte del sheriff y uno de los ayudantes de McCarthy.


La escena supone un punto de inflexión en el filme porque las escasas dudas que el espectador pudiera tener sobre la inocencia del protagonista se disipan y el director nos hace partícipe de la verdad; una verdad que en el filme tan sólo conocen Dan y su antagonista Ned pero que ignora el resto de los habitantes del pueblo que serán brillantemente manipulados por el falso agente de la ley al que creerán a pesar de los intentos de un angustiado Dan de explicar lo realmente ocurrido. Con ello, el director consigue que el espectador empatice aún más con el protagonista y haga suyo el tormento de este al verse enfrentado contra toda la población por un delito no cometido.


Y es en el comportamiento de los vecinos del protagonista en donde radica la clave de la película. Un turba sedienta de sangre que persigue incansablemente a Dan para ajusticiarlo, convirtiéndose en jurado, juez y verdugo y a la que el propio juez de Silver Lode, simbolizando la debilidad de las instituciones americanas, no puede frenar. Una jauría humana para la que no existe un principio básico como la presunción de inocencia y que ni tan siquiera respetará lo más sagrado, no dudando en profanar la Iglesia para aniquilar a Dan. Y todo ello sin que existan pruebas contundentes y concluyentes sobre la culpabilidad del protagonista, sino tan sólo movidos por sus propios prejuicios y la facilidad de McCarthy para despertar sus instintos más irracionales.


Todo este entramado temático convierte a Silver Lode en un símbolo de la sociedad norteamericana de la década de los cincuenta, ya que la persecución claramente alude a la sufrida por distintos ciudadanos, ante la pasividad de la mayor parte de la población estadounidense, durante más de una década con la denominada caza de brujas dirigida por el senador McCarthy (de hecho Martin Scorsese alude a esta película como “Una caza de brujas el 4 de julio”). Una época en la que se impuso en Hollywood el terror al condenar al ostracismo a diferentes actores, guionistas y directores por el simple hecho de haber pertenecido al partido comunista, haber simpatizado con sus ideas o haber tenido algún tipo de relación con él; y todo ello mientras el resto de compañeros miraba para otro lado y sin que existieran pruebas irrefutables contra ellos ni se les garantizase un juicio justo. Una etapa vergonzosa y paranoica en la que la delación, en la mayoría de casos por presiones insoportables, fue una constante.


El filme no oculta este hecho y nos aporta pistas continuamente. El falso agente de la ley se llama McCarty, prácticamente igual que el senador; mientras que la acción se desarrolla el 4 de julio, día de la independencia de los EEUU, lo que le permite al director mostrar la bandera en un espacio en el que se está sometiendo injustamente a un acoso brutal al protagonista; denunciando, de esta forma, la involución vivida por la sociedad norteamericana respecto a derechos y libertades consagrados por la constitución de 1787 (libertad de pensamiento, expresión o derecho a un juicio justo, entre otros).


Esta denuncia del macartismo, además de otras características como el hecho de desarrollarse en tiempo real y en un único espacio, emparentan a Silver Lode con la más famosa “Solo ante el peligro”, película ya reseñada en este blog y dirigida por Fred Zinnemann en 1952; pero creo que la denuncia efectuada por Dwan es más directa, valiente y eficaz.


Para interpretar al acosado Dan el director contó con John Payne, una estrella de la "serie b" durante la década de los cincuenta. Generalmente minusvalorado, en esta ocasión hace una gran composición como el inocente injustamente perseguido a la que sin duda ayuda esa mirada fría y distante tan característica del actor. Payne volvería a colaborar con Dwan en otras tres ocasiones: “El jugador” (1955), “Ligeramente escarlata” (1956) y “Hold back the night” (1956).


Pero, a pesar de la esforzada interpretación del protagonista, quien sobresale con su cruel sonrisa es Dan Duryea como Ned McCarty, uno más de sus memorables villanos. Estamos ante un individuo peligroso porque a su sed de venganza une su inteligencia y su capacidad para manejar a favor de sus intereses a una población fácilmente impresionable.

Junto a ellos como personajes femeninos nos encontramos con Lizabeth Scott, actriz vinculada al cine negro por lo que se refuerza la mixtura de géneros de la película, como la prometida de Dan; y una excelente Dolores Moran, en la vida real casada con Bogeaus, en el papel de la desencantada “corista” y antigua amante de Dan. Ambas serán el único apoyo con el que cuente el protagonista y personajes fundamentales, a través de un hecho paradójico que no cuento para no destriparos la película, para demostrar su inocencia.



Si desde el punto de vista del contenido la película es sobresaliente, técnicamente no lo es menos. Destacando la larga secuencia, puesta en relieve por el mencionado Scorsese, que se inicia con el abandono por parte de Dan de la casa de su futuro suegro y finaliza al buscar amparo en la iglesia, que cuenta con un excelente y prolongado travelling lateral; y cuya continuación en el interior del templo permite lucirse a John Alton como responsable de la fotografía del filme. Igualmente destacables son los planos tomados desde el interior de una estancia que enfocan al exterior a través de una ventana, recurso con el que, además de abaratar costes, Dwan muestra en una sola toma tanto al personaje situado en la habitación como los acontecimientos que están ocurriendo en la calle.


Película, por tanto, que refleja una visión desoladora de la sociedad americana acentuada por un ácido y desencantado final, “Filón de plata” es uno de los grandes wésterns de la década de los cincuenta aunque no suele figurar, de manera injusta, en la lista de los mejores filmes de este género. Así que si no lo habéis visto ya estáis tardando.

Como curiosidad comentaros que Lizabeth Scott vivió su particular caza de brujas por los rumores extendidos en relación con su condición sexual.

jueves, 1 de febrero de 2018

REBELDES EN LA CIUDAD

(Rebel in town, 1956)

Dirección: Alfred L. Werker
Guion: Danny Arnold

Reparto:
John Payne: John Willoughby
Ruth Roman: Nora Willoughby
J. Carrol Naish: Bedloe Mason
Ben Cooper: Gray Mason
John Smith: Wesley Mason
Ben Johnson: Frank Mason
James Griffith: Marshall Adam Russell
Mary Adams: Grandma Ackstadt
Boby Clark: Peter Willoughby

Música: Lex Baster
Productora: Bel-Air (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

"Lo que unos hombres hacen por ira o por miedo a los hijos de otros hombres. Esa es la tragedia del mundo” (Bedloe Mason dirigiéndose a John Willoughby una vez se ha consumado el drama).


Mi pasión por este género me lleva a intentar adquirir los wésterns editados en España a pesar de, en muchas ocasiones, no conocerlos. El resultado, generalmente, es la compra de películas tan agradables de ver como tópicas y fáciles de olvidar. Sin embargo, de vez en cuando topo con alguna de la que no tenía referencias que supone un grato descubrimiento. “Rebeldes en la ciudad” forma parte de esta categoría.



Estamos ante una producción de la Bel-Air, compañía creada por Howard W. Koch junto a Harvey Schenk y Edwin B. Zabel, especializada durante la década de los cincuenta en wésterns de serie b dirigidos, en la mayoría de los casos, por el estajanovista Lesley Selander.

En todo caso el filme se sitúa por encima, no sólo de los wésterns de la citada compañía, sino de la mayoría de las películas del oeste de serie b gracias a un inteligente guion de Danny Arnold, una inspirada dirección de Alfred L. Werker, competentes actuaciones de los principales actores y un acertado tema principal compuesto por Lex Baster que, como ocurría en “Solo ante el peligro” (película, ya reseñada en este blog, dirigida por Fred Zinneman en 1952) nos sirve como introducción a la tragedia a la que asistiremos.



ARGUMENTO: Wesley Mason, miembro de un grupo de exconfederados devenido en fuera de la ley, dispara accidentalmente al hijo del matrimonio Willoughby causándole la muerte. Tras huir, la situación se complicará cuando un malherido Gray Mason recale en el rancho del matrimonio siendo reconocido por Nora Willoughby que, no obstante, se prestará a cuidarlo; mientras que su marido intentará sonsacarle información con la finalidad de descubrir la identidad del asesino de su hijo.

El filme se estructura en torno a la historia de dos familias maltratadas por la Guerra de Secesión estadounidense.



Por una parte nos encontramos con los Willoughby (John, Nora y Peter), retratados a través de la escena inicial como la típica familia feliz pero sólo en apariencia. Así inmediatamente después y de forma lúcida el director se centra en los aspectos más oscuros de la misma, mostrándonos sucesivamente al chico de apenas ocho años jugando, sobre un caballo y con el sable de su padre, a descabezar sudistas; a los progenitores discutiendo sobre la inadecuada educación dada a su hijo; y al padre transmitiendo sus obsesiones en relación con la Guerra Civil y el odio a los rebeldes a su vástago. El director y el guionista nos están preparando para la escena de la muerte de Peter, en la que tendrá tanta responsabilidad el hombre que le dispara como el padre, al haberle inculcado este tanto su animadversión hacia los confederados, como su fascinación por las armas. En definitiva, las obsesiones y la inconsciencia del progenitor han llevado a su hijo a la muerte.



Por otra parte tenemos al clan de los Mason, compuesto por el padre Bedloe y sus hijos Gray, Frank y Cain, además de Wesley, descendiente de un amigo muerto de Bedloe al que este ha adoptado. Pertenecientes a la aristocracia de Alabama, son exsoldados convertidos en bandidos al haber perdido durante el conflicto bélico sus haciendas, sus plantaciones e, incluso, su posición; por lo que han encontrado en el mundo marginal de la delincuencia la única forma de poder subsistir en una sociedad incapaz de olvidar los sufrimientos de una guerra reciente y de tanta crueldad. No obstante, el jefe del clan intentará mantener en todo momento la dignidad. Así Bedloe afirmará: “Por desgracia tenemos que vivir como bandidos pero no obrar como ellos”. Curiosamente, no es difícil reconocer tanto en los personajes de Bedloe y Wesley como en la relación que mantienen un claro antecedente de Rufus Hannassey y su hijo Buck en la afamada “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958).



A través de ambas familias se sugieren cuestiones como el olvido, la reconciliación e, incluso, el necesario perdón en determinadas ocasiones. Junto a estos temas, la película en su tramo final aborda otro no menos importante: la violencia latente en la sociedad norteamericana, al describirnos cómo se transforma una población aparentemente pacífica en un grupo descontrolado tendente a tomarse la justicia por su mano, al confundir esta con la venganza para calmar su sed de sangre. Así, como también relataría magníficamente Arthur Penn en “La jauría humana” (1966) de la que esta película se rebela como un claro antecedente, ante nuestros ojos un pueblo apacible se convertirá en un verdadero infierno.



Alfred Werker, un sólido director encuadrado dentro del cine de bajo presupuesto y en cuya filmografía, plagada de wésterns y noirs, destacan “Orden: caza sin cuartel” codirigida en 1948 por Anthony Mann o “Cargamento blindado”, una apreciable mixtura entre noir, cine bélico y de aventuras, acierta al adoptar una mirada fría sobre los hechos narrados sin enfatizarlos ni juzgarlos, sino tan sólo mostrándolos. De esta forma obtiene un filme seco y duro que impacta por el realismo de las escasas escenas violentas caracterizadas por su crudeza, como la de la muerte del hijo de John y Nora, la pelea entre John y Ben (escena magistral por la tensión in crescendo creada, en la que juega un papel protagonista un hacha situado en primer plano) o el posterior intento de linchamiento de Ben.

El último pilar sobre el que se sostiene la película es el inspirado elenco actoral.



Un más que correcto John Payne da vida a John, un hombre desagradable obsesionado con capturar y matar rebeldes, no importándole para ello abandonar periódicamente a su mujer. Representante de aquellos individuos que identifican virilidad con violencia, a pesar de la oposición de su esposa inculca a su vástago unos valores basados en los códigos militares inapropiados para un niño de tan corta edad. Tras la muerte de Pete, ni las recomendaciones del Marshall, ni las súplicas de su mujer le harán rectificar su intención de vengarse del asesino. Venganza en la que, me pareció, revisten un papel importante sus remordimientos.



Ruth Roman se muestra muy convincente como Nora, una mujer infeliz por el cambio en el comportamiento de su marido tras la Guerra Civil. Personaje lúcido y cuerdo entre tanta locura, mostrará toda la capacidad del ser humano para perdonar y olvidar con la finalidad de poder seguir viviendo. Incluso en los instantes finales amenazará a su marido con abandonarlo si no para a la población en sus ansias destructivas, llegando a decirle: “Si no sales a impedir que la pandilla de salvajes cometa por ti ese crimen, no vuelvas a acordarte de que existo si quiera”.



J. Carrol Naish hace una composición inolvidable como Bedloe, el jefe del grupo de forajidos y padre de sus miembros. Persona de gran lógica y raciocinio, tiene un estricto código ético y representa el drama vivido por muchos confederados tras la guerra al haberse quedado sin nada, situación que lo atormenta. De hecho le comentará a Ben: “Cuantas veces me he preguntado por qué razón nosotros, los Mason, habríamos venido a parar a esto. A robar para poder comer, sin hogar y por todo techo las estrellas del cielo. No hallé respuesta”. Hombre profundamente democrático, somete las decisiones que puedan afectar al grupo a la votación de los todos los componentes del mismo, a pesar de haber establecido, igualmente, una férrea jerarquía. Se trata de un individuo tolerante y comprensivo con las debilidades humanas y, por tanto, en la antítesis del estricto John.



El resto del reparto está compuesto por caras habituales de este género: Ben Cooper, dos años después de haber rodado “Johnny Guitar” (filme ya reseñado), Ben Johnson (habitual en las películas de Ford y Peckinpah) o James Griffith, al que pudimos ver en la también reseñada “Tambores apaches” (Hugo Fregonese, 1951).



“Rebeldes en la ciudad” es un recomendable wéstern, de tan solo ochenta minutos y profundamente sombrío, sobre cómo las circunstancias pueden determinar la conducta y personalidad de los hombres y hasta qué punto está difuminada la línea que separa el bien del mal.