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jueves, 23 de febrero de 2017

LA HORA DE LAS PISTOLAS

(Hour of the gun - 1967)

Director: John Sturges
Guion: Edward Anhalt
Intérpretes:
- James Garner: Wyatt Earp
- Jason Robards: Doc Holliday
- Robert Ryan: Ike Clanton
- Jon Voight: Curly Bill Brocius
- Albert Salmi: Octavius Roy

Música: Jerry Goldsmith
Productora: The Mirisch Corporation
País: Estados Unidos

Por: Güido Maltese. Nota : 6,5

Wyatt Earp: “Voy a contar hasta tres....puedes disparar al dos....yo esperaré al tres”




Exactamente 10 años después de la grandísima “Duelo de titanes”, John Sturges retoma la historia del duelo de O.K. Corral, pero esta vez arranca dónde acabó la anterior. Es decir, nos cuenta lo ocurrido después del famoso duelo.




Tras el tiroteo, Ike Clanton acaba con Morgan y deja lisiado a Virgil, lo que conducirá a Wyatt a querer vengar a sus hermanos a cualquier precio.



En cuanto al western se refiere, la década de los 50 fue la edad de oro de Sturges. Empezando con “Fort Bravo”en 1953 y culminando con “Los 7 magníficos” en 1960, nos regaló grandísimos films del género: “ El sexto fugitivo”, “Desafío en la ciudad muerta”, “El último tren de Gun Hill” y su, para mí, obra cumbre “Duelo de titanes” (sin olvidarnos de ese western moderno que es esa maravilla titulada “Conspiración de silencio”). Auténticos clásicos a la altura de los más grandes.



Pero la siguiente década, y me sigo refiriendo al western en concreto, no fue tan brillante ni mucho menos. Y en esa falta de brillantez se encuentra el film que hoy nos ocupa. No es una mala película en absoluto, incluso creo que se la suele valorar muy por debajo de lo que merece, pero está muy, muy lejos de los grandes westerns del bueno de Sturges.



Estamos ya en las horas bajas del género y el Spaghetti Western está en pleno auge. De ahí que este film tenga altas dosis de violencia, sin dejar de ser bastante melancólico y crepuscular. Aún no había llegado “El grupo salvaje” de Peckinpah, pero Sturges ya nos enseña más violencia de la que estamos acostumbrados viniendo de Hollywood. 


Y se respira un tono bucólico durante el transcurso de la historia, que llega a su cima al final con la despedida de Wyatt y Doc en el hospital en el que Holliday acabará sus días. 




En el aspecto técnico del film destacan, sobretodo, la perfecta fotografía de Lucien Ballard, habitual de Hathaway (“Los 4 hijos de Katie Elder” o “Valor de ley”) y de Peckinpah (“Duelo en la Alta Sierra” o “Grupo Salvaje) y la magistral B.S.O. del gran Jerry Goldsmith. 



Ballard cumple con creces su cometido, con grandes planos de la árida Arizona y encuadres perfectos de los personajes y las situaciones y Goldsmith le acompaña con una música totalmente integrada con las imágenes que vamos viendo.


No tan bueno es el guión, que decae por momentos e incluso en algunas partes del film nos hace perder interés por la trama la cual, por otra parte, tiene fases mal desarrolladas que hacen perder el hilo de la historia. Aunque todo se desarrolla de una forma más o menos ágil, no consigue atraparte.



En interpretación tenemos una de cal y otra de arena. Por un lado James Garner, actor que a mí me cae extremadamente simpático, pero que no está a la altura de su personaje ni tiene dotes suficientes para sacar todo el partido posible que le ofrecía el papel. Demasiado hierático e inexpresivo y con ausencia del carisma necesario para compensar esa inexpresividad. Le van mejor sus papeles de cowboy desenfadado y simpático (“También un sheriff necesita ayuda” o “Látigo”).



Por el otro lado tenemos al inconmensurable Jason Robards, uno de mis actores favoritos, que llena la pantalla cada vez que aparece. Sin llegar al nivel de su personaje de Cheyenne en “Hasta que llegó su hora” o su Cable Hogue de “La balada de Cable Hogue”, deja su magnífica presencia y “savoir faire” en su interpretación.


Y no puedo dejar de mencionar a uno de los mejores secundarios de Hollywood, el siempre perfecto Robert Ryan. Lástima que este film aparece menos de lo deseable. También tiene un pequeño papel Jon Voight, supongo que de los primeros de su carrera.



En definitiva, un western bastante decente, pero muy lejos de lo que nos tiene acostumbrados Sturges que, aunque dirige más que correctamente, no consigue dotar de “magia” su realización. Y repito que es un film que suele ser, injustamente, más infravalorado de lo que merece.


jueves, 13 de octubre de 2016

LA BALADA DE CABLE HOGUE


(The ballad of Cable Hogue) - 1970

Director: Sam Peckinpah
Guion: John Crawford y Edmund Penney

Intérpretes:
-Jason Robards: Cable Hogue
-Stella Stevens: Hildy
-David Warner: Joshua
-Strother Martin: Bowen
-Slim Pickens: Ben Fairchild
Música: Jerry Goldsmith
Productora: Warner Bros Pictures
País: Estados Unidos 

Por: Xavi J. PruneraNota: 8,5

Cable"Estás preciosa"
Hildy: "Ya me has visto antes"
Cable: "Hildy, a ti nadie te ha visto antes"
 

SINOPSIS: Cable Hogue (Jason Robards) es un explorador que es abordado en el desierto de Arizona por Bowen (Strother Martin) y Taggart (L.Q. Jones), dos malhechores que le roban la mula, el rifle y el agua.


Tras cuatro días vagando sin rumbo fijo, bajo un sol de justicia y a punto de morir, Cable descubre un manantial e inmediatamente decide montar un negocio de abastecimiento de agua para diligencias y jinetes ocasionales. En una visita a Lilock, el pueblo más cercano, conoce a Hildy (Stella Stevens), una joven prostituta de la que se enamora perdidamente.


Aunque soy muy consciente que —para muchos— “La balada de Cable Hogue” nunca será una peli lo suficientemente “grande” como para estar en un top-10 o incluso un top-20 de los mejores westerns de la historia del cine, he de confesar que —en mi ranking particular— sí que figura y de sobras. Y si figura allí (entre los 10 primeros para más señas) es porque, al margen de su innegable prestigio cinematográfico (Peckinpah siempre la consideró su mejor obra), “La balada de Cable Hogue” es —a mi juicio— uno de esos western que te llenan, que te emocionan, que te tocan la fibra cada vez que los ves. Algo que, por mucho que lo busques o lo desees, no acostumbra a suceder porque sí. Al menos, en mi caso. Máxime cuando —para más “inri”, además— no se trata de ningún western “dramático” sino más bien todo lo contrario: se trata, indiscutiblemente, de un western “tragicómico”. De un western que se sitúa en Arizona a principios del s. XX y que nos relata las peripecias de Cable Hogue, un hombre que no acaba de acomodarse a los nuevos tiempo y que, lejos de convertirse en un asceta o en un ser completamente antisocial, continua siendo un tipo simpático, afable, positivo. Y aunque, paradójicamente, no deje de ser un “loser”, un auténtico perdedor, su espíritu libre y romántico nos empuja —como espectadores— a empatizar con él. A ser cómplices de su lucha por prosperar en su negocio, a ser cómplices por ver consumada su entrañable historia de amor y a ser cómplices por ver satisfecha su sed de venganza contra quienes le traicionaron y le abandonaron a su suerte en medio del desierto.



Así pues, lo dicho: “La balada de Cable Hogue” me parece un auténtico peliculón, sobre todo, por la tremenda magnitud de su personaje. Un antihéroe que Jason Robards (menudo pedazo de actor, por cierto) interpreta a la perfección y cuyos autores (los guionistas Crawford y Penney) trazaron, sin lugar a dudas, con gran acierto. Como si el caprichoso destino quisiera darle una nueva oportunidad al moribundo Cheyenne, ese inolvidable personaje que el propio Robards bordara dos años antes bajo las órdenes de Leone en la magistral “Hasta que llegó su hora” ¿Hubiera sido todo igual, sin embargo, si la peli no la hubiera firmado Sam Peckinpah? Pues no, por supuesto. Básicamente porque si por algo se caracterizó el bueno de Sam fue por su personalidad. Por su sello. Por su peculiarísimo estilo.


Y aunque quizás ese tono de comedia negra y satírica que impregna “La balada de Cable Hogue” pueda parecer, a bote pronto, diametralmente opuesto a la ultraviolenta y elegíaca envergadura de “Grupo Salvaje” (rodada tan sólo unos meses antes) lo que no admite discusión es que ambas continúan evidenciando multitud de rasgos comunes. Y aquí quería llegar. A la labor de Bloody Sam. A su retórica cinematográfica. A su genuino e inconfundible espíritu crepuscular. A la ambigüedad moral de sus personajes. A su obsesión por la muerte. En una sola palabra: a su poética. Porque sí, para mi y para muchos otros Sam Peckinpah es un auténtico poeta. A veces excesivo, a veces tosco y a veces incomprendido pero siempre con temperamento y estilo. El suyo. Precisamente por eso me gusta tanto “La balada de Cable Hogue”. Porque al margen del papelón de Jason Robards, la peli que hoy nos ocupa es 100% peckinpahiana. Y aunque la gran mayoría de cinéfilos y espectadores siempre asociarán el nombre de Peckinpah a las más conocidas y violentas “Grupo Salvaje”, “Perros de paja” o “Quiero la cabeza de Alfredo García”, por ejemplo, yo creo que “La balada de Cable Hogue” (siendo, en cambio, mucho más tragicómica o agridulce que las anteriormente citadas) es tan peckinpahiana o más que sus hermanas “mayores”.


No quisiera, sin embargo, que me malinterpretarais. “La balada de Cable Hogue” es un western que me fascina, sí. Pero sé perfectamente que no es una peli redonda. Y no lo es porque tiene elementos que a día de hoy chirrían escandalosamente y que a muchos (no es mi caso) pueden hasta provocarles vergüenza ajena. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a los insistentes, descarados y reiterados zooms hacia los pechos de Stella Stevens o a las carreras en cámara rápida tan propias del cine mudo. Dos recursos que no voy a defender pero que, a decir verdad, tampoco me molestan en exceso. Prefiero, por lo tanto, quedarme con todo lo bueno que tiene esta peli y que aún no he comentado.


A su crítica hacia una sociedad beata e hipócrita, por ejemplo. Una sociedad que acaba echando a Hildy del pueblo en pos de preservar la moral y las buenas costumbres pero que, al mismo tiempo, cae ingenuamente en las garras de ese falso predicador que encarna magistralmente David Warner, un verdadero (de buen rollo, eso sí) depredador sexual.

Otro de los grandes aspectos en los que incide “La balada de Cable Hogue” es el del cambio tecnológico. Un cambio tecnológico representado por la inesperada aparición del automóvil y la motocicleta en un territorio donde hasta el momento solo se conocía como medio de transporte el caballo y el ferrocarril y que implica, a su vez, un profundo cambio social que dejará desconcertados y desubicados a muchos de los personajes de la peli. Sobre todo a Cable Hogue. Un hombre que pertenece, sin lugar a dudas, a un viejo far west que agoniza exactamente igual que él.

Pero si hay algo que me emociona y me estremece tremendamente de la peli de Peckinpah es, sin lugar a dudas, su enternecedora historia de amor. Una historia de amor auténtica y sincera que siempre asociaré a esas cariñosas sesiones de baño, espuma y masaje entre ambos amantes y, sobre todo, a ese breve diálogo que mantienen Cable y Hildy en uno de los grandes momentos de la peli y que os reproduzco a continuación:

Cable: “Estás preciosa”
Hildy: “Ya me has visto antes”
Cable: “Hildy, a ti nadie te ha visto antes”

Y es que al margen de que Cable es —muy probablemente— el primer hombre en mirar a Hildy con una mirada no libidinosa, lo cierto es que Hildy/Stella Stevens aparece en “La balada de Cable Hogue” como un auténtico bombón. No son pocas las escenas en las que podemos ser testigos de sus encantos y la verdad es que esta actriz estaba en 1970 de “toma pan y moja”. Y si alguien lo duda, ahí están los fotogramas que así lo confirman ¿me equivoco? ;-)



Y poco más. Como mucho, destacar la notable banda sonora de aires country del gran Jerry Goldsmith, los magníficos diálogos de Crawford y Penney (Joshua: “¡Cuidado! ¡Soy hombre de Dios!” - Cable: “¡Pues le faltó poco para reunirse con él!”), la extraordinaria y cálida fotografía de Lucien Ballard y escenas para el recuerdo a montones. Entre ellas, la inicial (tanto la del balazo al lagarto como cuando Cable habla con Dios en el desierto), la que os comentaba entre Cable y Hildy (esto es amor, amigos) y, obviamente, la del sermón fúnebre del final. Crepuscular, emotiva y agridulce como pocas.


domingo, 20 de diciembre de 2015

HASTA QUE LLEGÓ SU HORA

C'era una volta il west (Once Upon a Time in the West) - 1968



Director: Sergio Leone

Guión: Sergio Leone, Sergio Donati, Dario Argento, Bernardo Bertolucci



Intérpretes:

- Claudia Cardinale: Jill McBain
- Henry Fonda: Frank
- Charles Bronson: Harmónica
- Jason Robards: Cheyenne
- Gabriele Ferzetti: Morton
- Frank Wolff: Brett McBain
- Woody Strode: Stony
- Jack Elam: Snaky
- Al Mulock: Knuckles



Música: Ennio Morricone

Productora: Paramount Pictures
País: Italia


Por: Xavi J. Prunera. Nota: 10

Harmónica: ¿Y Frank?

Snaky: Nos ha mandado a nosotros.
Harmónica: ¿Hay un caballo para mí?
Snaky: Ja, ja, ja, ja. ¿Para ti? Parece ser que hay un caballo de menos.
Harmónica: Yo diría que sobran dos.

Si me preguntarais cuál es, en mi opinión, la mejor película de la historia del cine debería deciros -francamente- que no tengo ni puñetera idea. En parte, porque no tengo los conocimientos, ni el bagaje, ni la osadía necesaria para atreverme a contestar una pregunta tan peliaguda como esta. Pero también, obviamente, porque creo que eso de postular en el ámbito artístico es, cuanto menos, un acto bastante arriesgado. Sin embargo, si me preguntarais -en cambio- cuál es mi peli favorita, creo que no me equivocaría en absoluto si os dijera que se trata, sin lugar a dudas, de “C'era una volta il West” (1968), de Sergio Leone.

De razones, naturalmente, tengo muchas. Pero si me permitís resumirlo en una sola os diré que “C'era una volta il West” es quizás la única peli que conozco que podría estar viendo una y otra vez sin cansarme nunca de hacerlo. Y, ojo, que os lo está diciendo un tipo que no suele repetir muchas visionados, con lo que os puedo garantizar que esta inusual obsesión de la que hablo es absolutamente excepcional y extraordinaria.




Dicho esto, vayamos por partes y comencemos. Por el principio, por ejemplo. Y cuando digo por el principio me refiero a empezar por los antecedentes, es decir, para todos aquellos factores que contribuyeron a que “C'era una volta il West” pasara de convertirse en un simple proyecto a convertirse en toda una realidad.

El primer factor de peso fue, obviamente, el enorme éxito de crítica y público de “Per un pugno di dollari” (1964), “Per qualche dollari in più” (1965) e “Il buono, il brutto, il cattivo” (1966), las tres películas anteriores de Sergio Leone, su autor. Tres producciones italianas rodadas en gran parte en Almería, y que -a pesar de no contar con un hilo narrativo y una continuidad demasiado heterodoxa- fueron bautizadas como la Trilogía del dólar porque el McGuffin o motivo fundamental en el entramado de todas ellas era, naturalmente, el dinero.




Si el primer factor de peso fue el económico o comercial (cuando una fórmula funciona se le debe sacar, naturalmente, todo el rendimiento posible), el segundo motivo de peso fue el personal. Después de años y años trabajando en el mundo del cine por encargo, como un simple artesano, Sergio Leone ya se encontraba bastante preparado a finales de la década de los sesenta para afrontar su primera película de autor. Una película que dejara atrás el nihilismo y la simplicidad de sus SW anteriores y se convirtiera, consecuentemente, en una peli más madura, más poética, más profunda. En principio, esta película debía ser “Once upon a time in America”, la que quería hacer Leone después de la trilogía. Pero la Paramount quería exprimir al máximo el éxito sin precedentes del romano y le pidió -casi de rodillas- un último SW. Resignado, Leone aparcó “Once upon a time in America” varios años. Concretamente, dieciséis. Pero no renunció, sin embargo, a rodar una película con la que pudiera soltarse del todo como creador y con la que pudiera despedirse del western por la puerta grande. De hecho, corre la leyenda de que uno de los primeros propósitos de Sergio Leone con “C'era una volta il West” fue el de reunir de nuevo los tres protagonistas de “Il buono, il brutto, il cattivo” (Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach) para cargárselos a todos ellos en el duelo con el que finalizaba la larguísima secuencia-prólogo (14 minutos nada menos) que abría la película. Una litúrgica y a la vez sarcástica manera de certificar la defunción del viejo y agónico spaghetti-western para dar paso a una nueva concepción del western mucho más psicológica, trascendental y moderna. Van Cleef y Wallach aceptaron de buen grado la propuesta del cineasta pero al parecer Eastwood (con quien Leone no había terminado muy bien después de “Il buono, il brutto, il cattivo”), la declinó rotundamente, circunstancia que obligó al romano a apostar por Jack Elam, Woody Strode (uno de los actores fetiche de John Ford) y Al Mulock, tres secundarios de lujo que simbolizaron no sólo aquel pretendido despedida del SW si no, ya por extensión, de todo el género cinematográfico.

El hecho de contar con un presupuesto sustancialmente superior al de sus pelis anteriores (5 millones de dólares o menos) también influyó, naturalmente, en la elección del reparto. Y así, de esta manera, Leone pudo contar al fin con dos actores que llevaba persiguiendo desde hacía bastante tiempo: Henry Fonda y Charles Bronson. El primero para interpretar a un pistolero a sueldo, frío y sanguinario. Y el segundo, para interpretar al misterioso y vengativo Harmónica. Dicen, sin embargo, que cuando Fonda leyó el guión le pareció tan malo que sólo la gran capacidad de convicción de Leone y las buenas referencias que le había dado su amigo Eli Wallach consiguieron que acabara aceptando el papel. Un papel, por cierto, que contrastaba diametralmente con todos los que había hecho hasta el momento y que le indujo de motu propio a dejarse bigote y esconder sus característicos ojos azules detrás unas lentillas oscuras. Dos iniciativas que, curiosamente, no gustaron nada a Leone. Fundamentalmente, porque otorgaban a Fonda un aspecto demasiado envejecido. Y, en segundo lugar, porque... Qué coño!! Leone quería sus ojos azules!! Los ojos de Tom Joad, Abraham Lincoln, Wyatt Earp o el jurado número 8. Unos ojos azules que, a partir de ese momento, helarían la sangre al espectador más duro y valiente de cualquier platea. En cuanto al granítico Bronson, por otra parte, Leone ya lo había querido para el papel del “hombre sin nombre” en “Per un pugno di dollari”, con lo que su presencia en “C'era una volta il West” era, esta vez, poco más que un auténtico privilegio.


De todos los personajes de “C'era una volta il West”, sin embargo, el más sorprendente es, sin lugar a dudas, el interpretado por Claudia Cardinale. Y lo es porque nunca, hasta ese momento, una mujer -o una actriz, vaya- había tenido un peso tan específico en una peli de Sergio Leone. No solo porque hablamos de un personaje (el de Jill McBain) mucho más complejo que la malévola madre de los Baxter o la pechugona propietaria del hotel que le tira los trastos a Clint Eastwood en “Per un pugno di dollari” sino porque la bellísima Jill de “C'era una volta il West” constituye -sin duda- el nexo común de todos los demás personajes y, por extensión, de todo el universo del western de Leone. Y es que, por decirlo de alguna manera, la Jill McBain de “C'era una volta il West” personifica simbólicamente a todas las mujeres de un tiempo y de un país: la Norteamérica de la segunda mitad del s. XIX. Desde la puta más puta de todas las putas hasta la madre o madonna más virginal de todas las vírgenes del far west. Atribuciones, todas ellas, que muy parecen corresponder a dos de los responsables más importantes del guión de la peli: nada más ni nada menos que Darío Argento y Bernardo Bertolucci.



El necesario contrapunto a toda esta palpitante tensión erótica y dramática que podemos observar entre el tres vértices de este imponente triángulo protagonista (Harmónica - Charles Bronson, Frank - Henry Fonda y Jill - Claudia Cardinale) es el que, naturalmente, personifica Cheyenne, el personaje interpretado por Jason Robards. El último bandolero romántico. Un pistolero que, aunque se resiste, sabe perfectamente (como Frank o Harmónica) que la llegada del ferrocarril supone la llegada del progreso y la civilización y -por tanto- el fin de una época y de una filosofía de vida muy, muy arraigadas en ese territorio.




Para acentuar aún más los rasgos fundamentales del cuarteto protagonista, sin embargo, Ennio Morricone compuso un tema para cada uno de ellos. Una especie de leitmotiv que suena cada vez que uno de ellos aparece en escena (con ligeras variaciones, por supuesto) y que, como ya era habitual en la sociedad Leone & Morricone, no sólo enriquece las imágenes sino que marca el tempo y sincroniza a la perfección con todo lo que estamos viendo. Precisamente por eso mismo expertos y analistas de la obra de Leone han definido “C'era una volta il West” como una auténtica ópera de la violencia, como una especie de danza de la muerte teñida de fatalismo en la que el tempo y la cadencia de la propia película (cada secuencia es más corta que la anterior) nos quieren hacer recordar la angustiosa respiración de un hombre que agoniza.

“C'era una volta il West” tiene, sin embargo, cuatro momentos culminantes. Cuatro momentos en los que la combinación de imágenes y música deviene absolutamente sublime y en los que toda la esencia del libreto de estilo leoniano está presente. Me estoy refiriendo -en concreto- a la secuencia-prólogo, a la matanza de la familia McBain, a la llegada de la Jill a Flagstone y al extraordinario duelo final entre Frank y Harmónica. De hecho, como comenta Emilio de Gorgot en “Las dos caras de Sergio Leone”, el romano tenía la especial capacidad de concebir las escenas como unidades dramáticas aisladas, con lo que muchas de sus secuencias (por ejemplo, estas) resultan impactantes incluso vistas por separado, como si fueran exactamente pequeñas películas con esencia propia. Así pues, permitidme que incida un poco más a fondo en estas cuatro auténticas y magistrales lecciones de cine porque pienso que realmente vale la pena hacerlo



1.- Prólogo:
Como ya hemos mencionado antes, esta primera secuencia (de unos catorce minutos) constituye -probablemente- la sucesión de títulos de crédito más larga de la historia del cine. Una sucesión que comienza con la llegada de tres pistoleros en una polvorienta y solitaria estación de tren donde todos ellos se dedicarán a esperar, imperturbable y pacientemente, la fantasmagórica aparición de la Harmónica (Charles Bronson). Lo que resulta del todo curioso en un auténtico paradigma de la música extradiegética como “C'era una volta il West”, sin embargo, es que toda esta secuencia esté construida sobre la base del sonido diegético. Del sonido ambiente, vaya. Y es que aunque parezca mentira, en esta larga escena nadie habla, no suena ningún acompañamiento musical (dicen que Leone se inspiró en un concierto de John Cage) y lo único que puede escuchar el espectador es el ruido producido por un molino mal engrasado, por la gota malaya que va cayendo implacablemente sobre el sombrero de Stony (Woody Strode), por el zumbido de la mosca cojonera que no para de incordiar a Snaky (Jack Elam), por el espeluznante crujir de huesos de Knuckles (Al Mulock) y, obviamente, por la ensordecedora y estridente llegada del ferrocarril a la estación. Naturalmente, nos encontramos ante una auténtica declaración de principios. Básicamente porque aunque todo el mundo sabe que la dilatación del tiempo constituye uno de los rasgos fundamentales del cine de Leone, lo que resulta del todo innegable es que la utilización de este recurso en esta secuencia concreta está llevada al extremo. Donde nunca nadie se había atrevido. Y es que precisamente esta imperturbable y premeditada parsimonia -unida, por supuesto, a la mencionada sucesión de molestos sonidos- es la que produce en el espectador una sensación de angustia, de desazón, de impaciencia, casi insoportable. Una sensación que va creciendo en intensidad, progresivamente, y que llega a su punto culminante con el premonitorio sonido de una harmónica. La que advierte a los tres pistoleros de la irrupción en escena de nuestro homónimo protagonista cuando el tren vuelve a arrancar y desaparece definitivamente del andén; emplazamiento en el que se producirá un enfrentamiento que durará pocos segundos y que irá precedido -como no- de un diálogo tan lacónico como conciso.




2.- Matanza de la familia McBain:

Si la secuencia de los títulos de crédito es buena, la que nos muestra la matanza de la familia McBain a su propio rancho lo es tanto o más. En este segundo gran momento de la peli, la cámara de Leone nos describe como el padre y dos de los hijos de la familia McBain son asesinados a tiros por un tirador o tiradores a los que no podemos ver. Cuando el crimen se ha cometido, podemos ver las figuras de cinco individuos vestidos con guardapolvos que se van acercando a la cámara pero que todavía no podemos reconocer. Se dirigen al único miembro vivo de los McBain: un niño de unos 6 o 7 años. De pronto, la cámara enfoca los asesinos por detrás, se acerca y hace un giro mostrando los intensos y gélidos ojos azules de su líder, Frank (Henry Fonda). Una presentación que Leone trabajó hasta el último detalle (muy consciente del efecto devastador que tendría entre el público comprobar que el líder de esa banda de asesinos era nada menos que Henry Fonda, paradigma de la bondad y honestidad estadounidenses) y que, enriquecida con la música de Ennio Morricone, constituye -sin duda- uno de los momentos claves de la película.




3.- Llegada de Jill a Flagstone:

La llegada de Jill (Claudia Cardinale) a Flagstone también es, sin duda, otro de los grandes y memorables momentos de “C'era una volta il West”. Naturalmente, la música de Morricone tiene mucho que ver. Tanto por la conmovedora composición que le dedica a la viuda de McBain como por la espléndida interpretación que hace la soprano Edda dell'Orso. Pero también, obviamente, por las maravillosas imágenes que nos regala Leone. Empezando por la inolvidable toma que nos muestra la ciudad de Flagstone desde el tejado de la estación (previo gradual despliegue de una cámara total y absolutamente sincronizada con la melodía de Il Maestro) y terminando con el magistral travelling que va siguiendo la carreta que lleva a Jill de Flagstone a Sweetwater a través de un Monument Valley tanto o más impresionante que en los propios westerns de Ford, a quien Leone homenajea en esta grandísima secuencia.




4.- Duelo final entre Frank y Harmónica:

La secuencia del duelo final entre Frank y Harmónica constituye, obviamente, el momento más esperado de la peli. No sólo porque reproduce la ejecución definitiva de su móvil argumental (la venganza) y, incluso, de su propio título en castellano (Hasta que llegó su hora) sino porque, como no podía ser de otra manera, compila y exhibe de forma magistral gran parte de los rasgos más significativos del cine de Leone y, por extensión, de todo el SW. Así pues, esta larga secuencia de casi 9 minutos juega con elementos tan leonianos como la ya comentada dilatación del tiempo, los espacios circulares, la ritualización del enfrentamiento, la fragmentación, el frontalismo, los primerísimos primeros planos y, naturalmente, la música de Morricone. En esta ocasión, el duelo viene precedido por la composición “Come una sentenza” (donde predominan las trompetas, símbolos de la muerte en el cine del romano) y después -ya en el momento culminante de la película- lo que decide hacer Leone es entrelazar los leitmotivs de Harmónica y Frank con el propósito de que el clímax no pierda intensidad en ningún momento. Un Frank, por cierto, que aparece vestido de negro y con una montura blanca (como la figura de la Muerte en el Apocalipsis de San Juan) mientras que Harmónica -su némesis particular- espera imperturbable y pacientemente su llegada cortando un trozo de madera.





Como toda gran epopeya, por otra parte, “C'era una volta il West” cuenta con varias anécdotas. Algunas, curiosas y divertidas y otras, incuestionablemente dramáticas e incluso desagradables. Pero todas ellas forman parte de la leyenda de “C'era una volta il West” y creo que vale la pena recordarlas. Dicen, por ejemplo, que Leone era tan quisquilloso y perfeccionista con todo lo que hacía que incluso hizo llevar unos cuantos sacos de tierra roja de Arizona para dispersarla por todas partes y darle al set de rodaje un toque más de autenticidad. Las obsesiones del romano en cuanto a la ambientación, el atrezzo y el vestuario, sin embargo, no acaban aquí. Al parecer, cuando Al Mulock decidió suicidarse lanzándose por la ventana del hotel donde se hospedaba (el actor era toxicómano y en Almería le costaba muchísimo encontrar la sustancia a la que era adicto) lo primero que hizo Leone cuando se enteró fue asegurarse de que el vestuario que llevaba (el de la peli) no se hubiera roto o ensuciado. En cuanto al nombre de la peli, aunque en España se estrenó con la folletinesca denominación de “Hasta que llegó su hora”, lo que pretendía realmente Leone con su título original -“C'era una volta il West”- era darle a la obra un tono de cuento de hadas. Un tono fantástico, sobrenatural, fabuloso. Un tono que, sin duda, encajaba perfectamente con el talante de la película. Respecto a su duración también resulta curioso saber que, a pesar de irse finalmente hacia casi cerca de tres horas de metraje, Leone decidió eliminar hasta 8 secuencias ya rodadas para no alargarla aún más. Una particular cirugía que, a buen seguro, es la que le otorga al personaje de Harmónica un aire total y absolutamente fantasmagórico al aparecer siempre, en todas partes, como por arte de magia.



“C'era una volta il West”, ya por último, se estrenó con bastante éxito en Europa. Sobre todo en Francia y el Reino Unido. Los críticos del viejo continente la consideraron una obra de vanguardia popular y se mantuvo en cartelera bastante tiempo. En Estados Unidos, pero, pinchó. Público y crítica esperaban un western al estilo “Il buono, il brutto, il cattivo” y se encontraron, en cambio, con una peli más contemplativa, más esteticista, más dramática. Tampoco ayudó mucho, por supuesto, el hecho de que un mito cinematográfico como Henry Fonda interpretara un papel tan vil y abyecto. Para acabar de rematarlo -además- la productora sacó la tijera pero ni siquiera así, recortando metraje a diestro y siniestro, la peli consiguió el éxito de crítica y público que se merecía. Años después, afortunadamente, la reivindicación pública de cineastas como Martin Scorsese, Michael Cimino o George Lucas contribuyó -ya de forma definitiva- a adjudicarle a “C'era una volta il West” su status natural: el de obra maestra.

TRAILER