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jueves, 21 de abril de 2016

EL HOMBRE DE LARAMIE

(The man from Laramie) - 1955

Director: Anthony Mann
Guion: Philip Yordan y Frank Burt

Intérpretes:
James Stewart: Will Lokhart
Arthur Kennedy: Vic Hansbro
Donald Crisp: Alec Waggoman
Cathy O’Donnell: Barbara Waggoman
Alex Nicol: Dave Waggoman
Aline MacMahon: Kate Canaday
- Wallace Ford: Charley O’Leary
- Jack Elam: Chris Boldt

Música: George Dunning

Productora: William Goetz production-Columbia production
País: Estados Unidos

Por: Jesús CendónNota: 9

Alec Waggoman conversando con Vic Hansbro: “Te aprecio y te apreciaré siempre, pero a David le quiero y hay diferencia entre aprecio y cariño”

Quinta y última colaboración western entre el director Anthony Mann y el actor James Stewart, única que se rodó en Cinemascope, formato al que el director sacó el máximo partido, y para muchos, entre los que me incluyo, la mejor del ciclo.

Durante el rodaje de El hombre de Laramie

En principio ambos deberían haber rodado un sexto western, “La última bala”, pero Mann, ante el enfriamiento en su relación con el actor y su escasa confianza en el guion, fue sustituido por el televisivo Ralph Neilson.



En esta ocasión el habitual Borden Chase fue reemplazado en la elaboración del libreto por otro gran guionista, Philip Yordan, con el que colaboraría asiduamente el director de San Diego (“El Cid”, “La caída del imperio romano”). El guion vuelve a abordar como tema principal el de la venganza a través del personaje de Will Lockhart (excelente, como siempre, James Stewart), un capitán del ejército que abandona el mismo con la intención de encontrar a los individuos que vendieron a los indios los rifles de repetición con los que mataron a su hermano.


Nos encontramos de nuevo con el típico personaje “manniano”, un ser individualista, desarraigado (llega a afirmar que “En el sitio en que me encuentro ese es mi pueblo”), reflexivo pero con querencia por la violencia y que actúa motivado por razones personales. Aunque presenta ciertos matices singulares ya que se mostrará más humano y generoso que otros personajes de Mann tanto en su enfrentamiento con Alec Waggoman, al que no disparará sino que se limitara a tirarlo del caballo, como en los instantes finales al dejar con vida a Vic Hansbro.


El marco en el que se desarrolla la acción también presenta diferencias con el resto de los filmes del ciclo, salvo con “Wínchester 73”. Así vamos a contemplar un territorio en el que la comunidad se encuentra perfectamente asentada (aparecen o se hace alusión a figuras representativas de la civilización como el juez, el médico, el sacerdote o el sheriff), de ahí que gran parte del filme tenga como marco la urbe o los ranchos de alrededor. 
Igualmente, es la única película en la que la banda sonora incluye un tema cantado, en este caso por el habitual Ned Washington.


Por último, creo que debo resaltar dos cuestiones:
a) Su apariencia de tragedia clásica debido al triángulo conformado por Alec Waggeman (estupendo Donald Crisp) y sus dos “hijos”, Vic Hansbro (extraordinario Arthur Kennedy en un papel muy complejo que borda) y Dave Waggoman, interpretado por Alex Nicol (actor que desarrollaría su carrera en el western europeo).
El primero se nos muestra como un individuo autoritario y rudo, el típico ranchero hecho a sí mismo que levantó su imperio de la nada y es consciente de las debilidades de su hijo aunque las tolera, mientras que trata injustamente a Vic, al que contrató cuando era un chiquillo y su verdadera mano derecha, aunque le hubiera gustado que realmente fuese su hijo.


En cuanto a Vic, a la postre el personaje negativo de la cinta, Mann parece mostrar cierta simpatía por él o por lo menos parece entenderlo. Es un hombre utilizado por Alec que, si bien reconoce sus méritos y desvelos, le chantajea con la posibilidad de no cumplir su promesa de cederle, junto a David, su rancho. Ante este hecho Vic, que ve en Alec al padre que no tuvo, se sentirá traicionado y comprenderá que sus esfuerzos, se ha comportado como el hermano mayor de David protegiéndole en todo momento, sacrificios, anhelos y trabajo no han servido para nada. Es un sujeto que, en el fondo, busca tanto el reconocimiento como el cariño de su “padre” y se siente frustrado al negársele ambos.


Por último, tenemos a David, un hombre de personalidad complicada, inseguro y débil pero a la vez cruel; celoso de Vic al ser consciente de que es inferior a él.

b) El tratamiento muy crudo de la violencia, destacando en este sentido tres magníficas escenas: la pelea, extraordinariamente bien rodada, entre Will y Dave y Vic; la secuencia en la que Will es arrastrado por el suelo para a continuación incendiar sus carros y Dave matar a las mulas; y, sobre todo, aquella en la que dos esbirros de Dave retienen a Will para que aquel le dispare a quemarropa en la mano. Escena brutal, y de nuevo magníficamente dirigida, que provocó el rechazo de bastantes críticos cinematográficos.


La película, como señalé en el primer párrafo de esta reseña, puso fin a la brillante colaboración entre Mann y Stewart, un ciclo que modernizó radicalmente el western tanto desde el punto de vista temático como estético, y fue fundamental para su desarrollo y evolución durante la década siguiente, incluidos los filmes del oeste filmados en Europa. A través del mismo, Mann introdujo en este género un nuevo tipo de héroe, o quizás deberíamos llamarlo antihéroe, caracterizado por su ambigüedad moral y supo integrar como pocos el paisaje en el desarrollo de las historias que contaba, convirtiéndose este en algunos momentos en el verdadero protagonista de las cintas.


Como señaló en su día el prestigioso crítico Andrè Bazin: “Dadle a Mann un paisaje, una montaña y un itinerario. Y ya tendremos una obra maestra”.

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Por: Xavi J. PruneraNota: 8,5

No quisiera iniciar esta crítica sin dejar bien claro que “El hombre de Laramie” es un excelente western. Un magnífico paradigma para todos aquellos que quieran conocer bien y de cerca el clásico western de los años cincuenta. Un género que Anthony Mann esculpió con mimo, tesón y estilo propio. Compartiendo, con Ford, el compromiso de dar nobleza y esplendor a ese prolífico repertorio de tópicos eternamente asociados a las viejas pelis del oeste de toda la vida.



De ritmo pausado y modélica puesta en escena, “El hombre de Laramie” es una de esas pelis que se paladean con deleite, con esa placentera sensación de estar disfrutando de un espectáculo visual armónico, equilibrado, plenario. Mann maneja la cámara con suavidad, con coherencia; alternando los planos generales, medios y primeros de forma sabia y natural. Las secuencias de acción o de violencia (la pelea a puñetazos entre el ganado, el balazo en la mano,...) se entrelazan airosamente con otras secuencias de carácter más discursivo, mientras que el propio devenir de los acontecimientos nos va desgranando, poco a poco, ese enfoque espiritual y/o humanístico concebido por Mann. El de unos personajes corrientes, creíbles, de carne y hueso. Con sus virtudes y sus defectos. Con sus aciertos y sus torpezas.



Pues bien, precisamente en este punto es cuando mis expectativas sufren un ligero traspiés y medio de mis nueve puntazos se queda en el camino. Los motivos son muy simples. Admito que Mann desmitifique la figura del pistolero, pero hacerlo de forma tan severa resulta, a mi entender, contraproducente. Ya sé que el propio talante de Stewart nada tiene que ver con el de Wayne, Douglas o Cooper pero me fastidia corroborar como esa falta de aliento épico y esa inconfundible impronta trágica con la que Mann suele revestir todos sus western se traduce en unos personajes algo descafeinados para mi gusto.



Lockhart, por ejemplo, es un tipo cabezón, pero en ciertas situaciones su apatía es exasperante. Y no hablemos de Vic o de Dave, los ‘malos’ de la peli. El primero –pobrecico- tiene tanto de ruín como de gafe, y el segundo no deja de ser un malandrín de pacotilla pidiendo a gritos una ‘master class’ para malvados impartida por Jack Palance o Lee Van Cleef. Fuera coñas, algo más de mala leche, de inmoralidad, no le hubiera ido mal a Lockhart y a los otros miembros de la familia Waggoman para pregonar con mayor resolución y pundonor el advenimiento de ese western crepuscular y nihilista que tan espléndidamente dibujaría Peckinpah años más tarde.

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Fotos:


































TRAILER:



jueves, 17 de marzo de 2016

TIERRAS LEJANAS

(The Far Country) - 1954

Director: Anthony Mann
Guion: Borden Chase

Intérpretes:
James Stewart: Jeff Webster
Ruth Roman: Ronda Castle
Walter Brennan: Ben Tatum
Corinne Calvet: Renee Vallon
John McIntire: Gannon
Jay C. Flippen: Rube
Harry Morgan: Ketchum

Música: Joseph Gershenson
Productora: Universal-International
País: Estados Unidos

Por: Jesús CendónNota: 8,5

Jeff Webster: “Nadie hace nada por nada"

Cuarta colaboración entre Anthony Mann y James Stewart en la que recuperaron a Borden Chase, quien elaboró un libreto que presenta semejanzas con “Horizontes lejanos” (1952). Así tanto Glyn McLintock como Jeff Webster son personajes con un pasado turbio y tendencia a la violencia a los que persigue la ley, y se convertirán en víctimas de la especulación y de la falta de escrúpulos de aquellos que ostentan el poder (económico y judicial). Si en “Horizontes lejanos” Glyn veía como, tras haber pagado los suministros unos meses antes, el dueño de los mismos le exigía un nuevo pago muy superior al pactado para entregárselos; en la película que nos ocupa el juez del lugar, a través de una triquiñuela legal, se apoderaba del ganado de Jeff.


En los dos casos, además, su reacción precipitaba el drama final. No obstante, ambos mantienen una actitud vital opuesta. Glyn anhela olvidar su pasado e integrarse en la sociedad como un elemento más; mientras que Jeff es un ser individualista, insolidario, incapaz de asentarse definitivamente en un lugar; en definitiva, un inadaptado social al que no le gusta la gente e intenta huir de la sociedad, lo que le llevará a dirigirse a Alaska, última frontera a la que todavía no ha llegado la civilización.


El personaje de Jeff le permite a Mann narrar una fábula moral en torno al individualismo y el egoísmo. Así, el protagonista se preguntará a lo largo de la película ¿Por qué hay que ayudar a las personas? Al mismo tiempo que afirmará que cada uno debe cuidar de sí mismo. Es un ser incapaz de sentir empatía por los demás, salvo por el único amigo que tiene, y no desea involucrarse en los avatares de la comunidad.


Personaje, por tanto, oscuro y alejado del prototipo de héroe del western clásico que tan sólo reaccionará tras un hecho luctuoso y ante la ayuda desinteresada que se le prestará; convirtiéndose, finalmente, en el líder que necesitaba el pueblo de Dawson para que se restableciera el orden y la justicia. De esta forma, Mann nos plantea que el individuo es válido y alcanza su plenitud al poner sus conocimientos y habilidades al servicio de la sociedad con el objeto de que esta pueda avanzar.


En la película, además, se pueden observar una serie de elementos que son constantes a lo largo del ciclo, como la presencia de dos accidentes geográficos con una fuerte carga simbólica:


-  La montaña como obstáculo a superar por el protagonista para lograr su objetivo (vengar a su padre en “Winchester73”, detener a Ben en “Colorado Jim”).


- El río como elemento purificador y catártico (Glyn alcanzaba su anhelada redención tras mantener una pelea en el río con Emerson en “Horizontes lejanos”; mientras que en la película que nos ocupa su cambio radical se producía tras quedar herido en las aguas de otro río).


Por último, también se pueden apreciar ciertos elementos en común con “Colorado Jim”, ya que, al igual que Howard, la conducta de Jeff parece ser consecuencia de un desengaño amoroso; y si el western de 1953 comenzaba con un primerísimo plano de una espuela (objeto de importancia capital en la historia), este se cierra con un plano de otro objeto, en esta ocasión una campanita, símbolo de la definitiva integración de Glyn en la comunidad.


Por lo que respecta al elenco, junto a Stewart nos encontramos con un grandísimo Walter Brennan en el papel de Ben, el único amigo del protagonista y voz de su conciencia. También en un papel positivo aparece Corinne Calvet como la inocente Renée, personaje fundamental para el cambio en la mentalidad de Glyn. Por el contrario como personajes negativos para los que la riqueza es el valor supremo nos encontramos con Ruth Roman en el rol de la experimentada Ronda que, no obstante, se enamorará sinceramente de Jeff, y con John McIntire como el juez Gannon, un individuo que combina la ley y la fuerza para adueñarse de la ciudad y de las propiedades de los mineros, convirtiéndose en el principal antagonista de Glyn. Ambos protagonizan ambos un memorable duelo final extraordinariamente rodado.


En definitiva, un gran western y quizás la película más bella y compleja del ciclo Mann-Stewart, de obligatoria visión para todo aficionado a este género.

TRAILER: