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jueves, 14 de diciembre de 2017

ENTRE DOS JURAMENTOS

(Two flags west, 1950)

Dirección: Robert Wise
Guion: Casey Robinson

Reparto:
- Joseph Cotten: Coronel Clay Tucker
- Linda Darnell: Elena Kenninston
- Jeff Chandler: Comandante Henry Kenninston
- Cornel Wilde: Capitán Mark Bradford
- Dale Robertson: Lem
- Jay C. Flippen: Sargento Terrance Duey
- Noah Beery: Cy Davis
- Arthur Hunnicutt: Sargento Pickens
- John Sands: Teniente Adams

Música: Hugo Friedhofer
Productora: Twenty Century Fox (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

“¿Será cierto que la guerra va a terminar? “Sí”. “¿Y no es el fin de la guerra a su vez un principio?” (Conversación final entre Elena Kenninston y el coronel Tucker)


Robert Wise, director y productor estadounidense, es uno de esos buenos profesionales caído en el olvido a pesar de haber obtenido los Oscars correspondientes a la mejor película y al mejor director por un filme tan popular como “West Side Story” (1961); premios que repitió con la no menos afamada “Sonrisas y lágrimas” (1965). Comenzó como montador (“Ciudadano Kane”) y muy pronto fue fichado por la RKO, compañía en la que, junto a Val Lewton, realizó varios filmes notables de corte fantástico, además de thrillers del nivel de “Nadie puede vencerme” (1949), ambientado en el mundo del boxeo; para a lo largo de su prolongada carrera, más de cincuenta años y con cuarenta y cuatro títulos de los más variados géneros, trabajar en la órbita de las grandes productoras cinematográficas como la Metro Goldwyn Mayer, Warner Bross, United Artits y Twentieth Century Fox.



Precisamente “Entre dos juramentos” (1950) fue su primer filme rodado para la Twentieth Century Fox después de abandonar la RKO y su segundo wéstern tras “Sangre en la luna” (filme de cierto prestigio y con fuerte influencia del noir rodado en 1948). Wise tan sólo se acercaría a este género una vez más con la curiosa “La ley de la horca” (1956), una de las escasas incursiones de James Cagney en el wéstern.



ARGUMENTO: En las postrimerías de la Guerra de Secesión (otoño de 1964) el Coronel sudista Clay Tucker, prisionero junto a sus cuarenta y dos hombres en un campo nordista de Illinois, acepta la oferta del Capitán Bradford de vestir la casaca azul para defender Fort Thorn, situado en Nuevo México, del ataque de los pieles rojas. Una vez allí, el odio visceral a los sudistas del mayor Kenninston, comandante del fuerte, le hará replantearse su situación y desertar para volver a combatir por la Confederación.



La película se basa en un hecho histórico poco conocido, la proclama de Abraham Lincoln en 1863 prometiendo la libertad a los presos confederados que defendieran la frontera de los ataques de los indios. Frank Nugent, guionista habitual de John Ford y según determinadas fuentes yerno del genial director aunque este dato no está totalmente confirmado, se topó con esta ley que permitió la liberación de más de 6.000 soldados, y escribió una primera historia convertida en guion por Casey Robinson.

El resultado fue un wéstern irregular pero adulto y reflexivo con claras reminiscencias a la Trilogía de la Caballería de Ford, sobre todo “Fort Apache”, tanto desde el punto de vista temático como estético.



Así nos vamos a encontrar con temas habituales del tándem Ford-Nugent como el de la descripción de la vida cotidiana en un fuerte situado en pleno desierto y aislado de la civilización a través de las relaciones establecidas entre los oficiales, al mismo tiempo que se presta atención a los suboficiales y a los soldados; la necesaria reconciliación nacional; la reconstrucción de los EEUU simbolizada en la propia reparación del fuerte tras el cruento ataque indio; o la presentación de la Guerra de Secesión como un sinsentido que tan sólo provocó sufrimiento y desolación (a lo largo de la película se hace referencia al dolor y odio causados en la población del Sur por la denominada guerra total emprendida por el general Sherman consistente en la destrucción de hogares, plantaciones y estaciones de ferrocarril).



Además, la cena de los oficiales con el ulterior enfrentamiento entre el comandante Kenninston y el coronel-teniente Tucker al recordar a los familiares muertos en la contienda; el encuentro entre Satank, jefe indio, y el comandante Kenninston que, cegado por su odio, provocará con su torpeza el violento ataque de los pieles rojas al igual que le ocurría al coronel Thursday en “Fort Apache”; la conversación entre Elena y Clay delante de las tumbas de los caídos en un día nublado; la delicadeza del comandante Kenninston retirando un mechón de la cara de una adormecida Elena en señal de despedida o la marcha de la caravana por un territorio desértico son secuencias que remiten directamente al director de origen irlandés.



Lástima que Robert Wise llevará a cabo un trabajo tan correcto como frío y carente de fuerza (parece ser que nunca se sintió cómodo rodando esta película), sobre todo en relación con la subtrama amorosa, desprovista de la necesaria emotividad, en la que se ven implicados los cuatro protagonistas:



El coronel Clay Tucker, al que aportó su apariencia distinguida y aristocrática Joseph Cotten en un papel inicialmente pensado para Victor Mature. Estamos ante un inteligente y práctico militar que aceptará la proposición del capitán Bradford para poder abandonar la prisión y evitar más penurias a sus soldados. Hombre honorable, tras la traición de Kenninston, se debatirá entre la fidelidad a su palabra y la lealtad a la causa del Sur.



Elena Kenninston, interpretada por Linda Darnell (Chihuahua en “Pasión de los fuertes”). Viuda del hermano del comandante, que al igual que el capitán Bradford está secretamente enamorada de ella, se encuentra retenida por su cuñado en el fuerte. Al final de la película parece iniciar un acercamiento a Clay ante el cambio de actitud del militar sudista.



El capitán Mark Bradford, al que da vida Cornel Wilde. Representa el necesario entendimiento entre el Norte y el Sur al apostar desde un primer momento por Clay y pedir una oportunidad para él. Será un elemento clave en la toma de la decisión final por el excoronel rebelde.



El mayor Kenninston, encarnado por Jeff Chandler tras el éxito obtenido como Cochise en “Flecha rota” (Delmer Daves, 1950). Sin duda el personaje más interesante y complejo. Un hombre amargado y frustrado por la muerte de su hermano durante el conflicto civil y por su confinamiento en un fuerte perdido tras haber sido herido en la primera batalla en la que participó. Profesa un odio irracional y visceral tanto a los sudistas como a los indios a los que considera rebeldes. Provocará, con una decisión absurda motivada por su soberbia, la matanza llevada a cabo por los indios en el fuerte (de nuevo estamos ante un filme contado desde el punto de vista de los blancos que explica las razones del levantamiento de los pieles rojas motivado por una actuación injusta de los anglosajones) pero al final tomará una decisión tan dramática como valiente buscando redimirse.

Aunque Wise no acertó a dotar al filme del tono que requería, su trabajo tras la cámara desde el punto de vista técnico es irreprochable como se aprecia en tres grandes secuencias:



La inicial, con un travelling lateral necesario para mostrarnos la situación penosa de los prisioneros sudista que culmina en el interior de un almacén iluminado por los rayos del sol filtrados por las juntas de los maderos. Escena en la que el gran director de fotografía Leon Shamroy, con cuatro Oscars y dieciocho nominaciones a lo largo de su carrera, realizó un gran trabajo.



La estupenda carga de caballería de los hombres de Clay seguida de una larga, descarnada y brutal batalla magníficamente rodada y montada. Combate de una violencia y un realismo poco habituales para el cine de la época.



Y, sin duda, la mejor escena del filme con uno de los personajes aceptando su sacrificio. Así, le vemos salir desarmado del fuerte y encarar su destino perdiéndose entre la bruma de la noche para a continuación, rompiendo el silencio nocturno, oír un grito desgarrador. Extraordinaria e impactante secuencia, con una atmósfera más propia del cine fantástico gracias, de nuevo, al gran trabajo de Shamroy, en la que Wise utiliza de forma magistral el fuera de campo.



Película por tanto que, a pesar de su falta de fuerza en determinados momentos, cuenta con los aciertos suficientes para agradar al aficionado al wéstern en general y a las películas sobre la caballería estadounidense en particular; por lo que seríamos injustos si pretendiéramos compararla con la famosa Trilogía de la Caballería rodada por John Ford, una de las cumbres del wéstern sobre militares.


jueves, 12 de octubre de 2017

VERACRUZ

(Vera Cruz, 1954)

Dirección: Robert Aldrich.
Guion: Roland Kibbee y James R. Webb.

Reparto:
Gary Cooper: Benjamin Trane
Burt Lancaster: Joe Erin
Denise Darcel: Condesa Marie Duvarre
Cesar Romero: Marqués Henri de Labordere
Sara Montiel: Nina
George Macready: Emperador Maximiliano
Jack Elam: Tex
Ernst Borgnine: Donnegan
Henry Brandon: Capitán Danette
Charles Bronson: Pittsburgh

Música: Hugo Friedhofer
Productora: Hecht-Lancaster Production (USA)

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“Corazón blando” “Sólo para los caballos” (Conversación entre Joe Erin y Benjamin Trane tras haber acabado el segundo con su caballo para evitarle sufrimientos).


Estamos ante uno de los westerns más influyentes del género, así como fundamental para el desarrollo del mismo, resultado de la unión de dos grandes personalidades: Burt Lancaster y Robert Aldrich.


El primero, al igual que otras estrellas como Kirk Douglas con su Bryna y John Wayne con la Wayne-Fellogs embrión de la Batjac, fue un actor inquieto dispuesto a controlar desde los inicios su carrera profesional, para lo que en 1948, sólo dos años después de su debut en la imprescindible “Forajidos” (Robert Siodmak, 1946), creó la productora Norma (nombre de su mujer), compañía que compaginó con la Hecht-Lancaster, fundada junto con Harold Hecht, a la que se unió James Hill, pasándose a denominar a partir de entonces Hecht-Hill-Lancaster. Fruto de esta unión fueron gran parte de los mejores filmes protagonizados por Burt Lancaster durante la década de los cincuenta en los que supo aunar comercialidad y calidad, como queda patente en títulos del nivel de: “El temible burlón” (Robert Siodmak, 1952), “Chantaje en Broadway” (Alexander McKendrick, 1957), “Mesas separadas” (Delbert Mann, 1958), “Torpedo” (Robert Wise, 1958) o “Los que no perdonan” (John Huston, 1960).


Por su parte Robert Aldrich, con el que Burt Lancaster había trabajado en “Apache” también producida por su compañía, fue uno de los mayores exponentes de la denominada “Generación de la violencia” (Don Siegel, Richard Fleischer, Anthony Mann, Nicholas Ray o Sam Fuller) caracterizada por presentar la violencia de forma más realista y por estar protagonizadas sus historias por personajes definidos por su comportamiento agresivo. El hoy algo olvidado director tuvo un inicio de carrera fulgurante, encadenando cinco cintas de la calidad de “Apache” y “Veracruz” (ambas de 1954), “El beso mortal” y “The big Knife” (las dos de 1955) y “Attack” (1956), para dejar huella de su impronta cinematográfica, con los altibajos lógicos, durante tres décadas y más de veinticinco películas.


ARGUMENTO: Dos aventureros Benjamín Trane, un ex oficial confederado arruinado por la guerra, y Joe Erin, un temible pistolero al mando de una banda de forajidos, deciden vender sus servicios a Maximiliano en su lucha contra los juaristas. Encargados de escoltar a la condesa Marie Duvarre, los problemas surgirán cuando descubran que en realidad están trasportando tres millones de dólares en oro.

Creo que el adjetivo que mejor define a este filme es moderno, ya que contiene una serie de elementos, más o menos novedosos, desarrollados posteriormente tanto por el western norteamericano como por las películas del oeste europeas.


- En primer lugar tenemos el marco geográfico: México. Así a partir de mediados de los cincuenta proliferarán los westerns protagonizados por aventureros y ambientados en este país norteamericano, tanto durante la monarquía de Maximiliano I (1863-1867) como durante el proceso revolucionario de comienzos del siglo XX. Entre otras destacan “El tesoro de Pancho Villa” (George Sherman, 1955); “Bandido” (Richard Fleischer, 1956) y “Más allá de Río Grande” (Robert Parrish, 1959) interpretadas por Robert Mitchum; o las ya reseñadas en este blog “Mayor Dundee” (Sam Peckinpah, 1964), “Los profesionales” (Richard Brooks, 1966) y “Grupo salvaje” (Sam Peckinpah, 1969). E incluso en Europa a finales de la década de los sesenta dará lugar a un subgénero, con una profunda carga ideológica, denominado Zapata-western con títulos tan destacados como “Yo soy la revolución” (Damiano Damiani, 1967) o “Tepepa” (Giulio Petroni, 1969), por citar dos ejemplos.


- Una visión más realista de los personajes alejados de la división maniquea entre positivos y negativos y del prototipo de héroe clásico. De esta forma se nos presenta a los protagonistas del filme como dos individuos amorales cuyo único objetivo en tierra mexicana es la obtención de un beneficio económico. Benjamin Trane, encarnado con su carisma habitual por Gary Cooper, es un ex oficial confederado arruinado tras la Guerra de Secesión que dejó sepultado su idealismo junto a su hacienda destruida y prefiere el dinero ofrecido por Maximiliano al romanticismo y a la nobleza de la causa defendida por el general juarista. Persona culta, con gran capacidad para la negociación (obtiene del emperador el doble de la cantidad inicialmente ofrecida) y hombre de palabra, será el único que evolucione favorablemente apoyando la causa revolucionaria con la que se había comprometido previa promesa de recibir 100.000 dólares. Por lo que respecta a Joe Erin, interpretado por Burt Lancaster de forma dinámica y expresiva, es un pistolero tan sólo fiel a sí mismo (llega a decir a uno de sus hombres: “Yo no tengo amigos Donnegan. Ni siquiera tú”), un fullero brabucón para el que la traición es norma de vida. La relación entre ambos queda definida magistralmente en la primera escena en la que Erin vende a Trane un caballo que no es suyo, para inmediatamente después el segundo robarle su montura al primero. El tercer vértice del triángulo le corresponde a la Condesa Duvarre, a la que dio vida la actriz francesa Denise Darcel en un papel muy diferente al que protagonizó en “Caravana de mujeres”. Se nos muestra como una auténtica femme fatale, una mujer ambiciosa y manipuladora con sus propios planes para quedarse con el dinero que no dudará en servirse de sus encantos para utilizar a los dos pistoleros.


- Con base en estos personajes la película aborda como temas principales la avaricia, la codicia y la traición; estableciéndose un juego entre los tres personajes principales basado en la desconfianza y el engaño con el objeto de apropiarse cada uno de ellos de la totalidad del botín. Esquema argumental adoptado por Sergio Leone, que siempre reconoció la influencia de esta película, en “El bueno, el feo y el malo” al situar, como este filme, a tres personajes codiciosos en un marco histórico concreto (en su caso la Guerra de Secesión) buscando un botín y traicionándose continuamente.


- El tratamiento de la violencia. Cualidad inherente a los protagonistas, unos seres desarraigados (Trane reconoce que la guerra no sólo destruyó su hacienda sino su forma de vida), que viven al filo de la barbarie y que se resisten a ser absorbidos por la civilización, será presentada de forma más brutal, directa y difícilmente controlable.


- Por último la dirección de Aldrich, más enfática, y su forma de encuadrar y utilizar el montaje; cuyo mejor ejemplo lo constituye la planificación del duelo final entre Erin y Trane en el que alterna sucesivamente planos de conjunto, encuadrando a los dos protagonistas, con primerísimos planos y planos detalle de las caras y las armas y manos de ambos contendientes. Duelo que remite necesariamente a los filmados por Sergio Leone aunque sin la dilatación del tiempo y la magistral utilización de la música del director romano.


“Veracruz” por tanto es, a pesar de sus imperfecciones entre las que destaca el desequilibrio existente entre los actores y actrices principales o la dirección un tanto descuidada de algunas escenas como la del ataque al convoy en un pueblo, una obra capital para comprender la evolución de este género durante la segunda mitad de la década de los cincuenta, los años sesenta e, incluso, parte de los setenta de cuya trama François Truffaut dijo que funcionaba como un reloj suizo; por lo que es de visión obligatoria para los amantes del western.


Como curiosidad contaros que Sara Montiel, por aquella época casada con Anthony Mann, debutó en Hollywood con esta película. Posteriormente rodaría “Dos pasiones y un amor” (Anthony Mann, 1956) y “Yuma” (Sam Fuller, 1957). Para a continuación regresar a España y continuar su exitosa carrera con “El último cuplé” (Juan de Orduña, 1957).



miércoles, 1 de febrero de 2017

HONDO

(Hondo - 1953)
Director: John Farrow
Guion: James Edward Grant
Intérpretes:
- John Wayne: Hondo Lane
- Geraldine Page: Angie Lowe
- Ward Bond: Búfalo Baker
- Michael Pate: Vittorio
- James Arness: Lennie
- Rodolfo Acosta: Silva
- Paul Fix: Comandante Sherry

Música: Hugo Friedhofer, Emil Newman

Productora: Warner Bross. Wayne-Fellows Production
País: Estados Unidos

Por: Jesús Cendón. Nota: 7’5
“Será el fin de los apaches”.
“Sí. Adiós a una forma de vida. Lástima, es buena” (Conversación entre Búfalo y Hondo tras haber derrotado a los indios).


ARGUMENTO: Durante las guerras con los apaches Hondo Lane, un honesto y enigmático correo del ejército, encuentra en un rancho aislado a una mujer y a su hijo. Al negarse a acompañarle al fuerte se convertirá en su protector y en el  mentor del niño; al mismo tiempo que surgirá una fuerte atracción entre los dos adultos.


A comienzos de la década de los cincuenta John Wayne se había convertido en una gran estrella de Hollywood, gracias sobre todo a sus colaboraciones con Ford (la llamada Trilogía de la caballería y “El hombre tranquilo”), Hawks (“Río Rojo”) y Allan Dwan (“Arenas  sangrientas” con la que obtuvo una nominación al Oscar al mejor actor), por lo que decidió crear junto a Robert Fellows la Wayne-Fellows Productions, antecedente de la Batjac, con el objeto de producir sus películas.


Consecuencia de ello fue este filme basado en el relato corto “El regalo de Cochise” del gran especialista Louis L’Amour (tanto el cuento como la posterior novela han sido editados por Valdemar en su lujosa colección Frontera). Para adaptarlo a la pantalla contó con un hombre de su entera confianza con el que trabajaría asiduamente, James Edward Grant, que potenció el carácter intimista del relato; mientras que encargó la dirección a John Farrow, padre de Mia Farrow, aunque él también rodó alguna secuencia.


El resultado fue un western contemplativo, pausado, de una gran belleza (no en vano intervino Robert Burks, el director de fotografía favorito de Alfred Hitchcock) e impecablemente rodado cuyo esqueleto argumental remite a “Raíces profundas”, principalmente en la relación de Hondo con el hijo de Angie, en el que lírica y épica se dan la mano y es afín a la corriente cinematográfica reivindicativa del indio y su cultura surgida desde finales de los años cuarenta (“Fort Apache”, “Flecha rota”, “Yuma”, “Apache”, “La puerta del diablo”).


Así el protagonista, Hondo Lane, es un medio indio, casado en el pasado con una nativa, que convivió durante un tiempo con los pieles rojas y no sólo respeta su forma de vida, más apegada a la naturaleza, sino que parece admirarla.


Asimismo se nos presenta a Vittorio (Michael Pate) como un hombre honorable (el respeto a uno mismo y a los demás es otro de los temas que aborda la película), víctima de las guerras con el hombre blanco (todos sus hijos han muerto) y fiel a la palabra dada (la película deja constancia de que es el gobierno estadounidense el que ha roto el tratado de paz y Hondo llega a comentar que: “La palabra mentira no existe en la lengua apache y les han mentido”).



Evidentemente, la historia está contada desde el punto de vista del hombre blanco y, por tanto, resalta las masacres perpetradas por los apaches, pero no deja de ser un filme honrado sobre la extinción de la cultura del búfalo y de las grandes praderas norteamericanas.


La película que fue rodada en 3D, un sistema pensado para atraer al público a las salas ante la creciente competencia de la televisión, cuenta además con escenas espectaculares, como la lucha de Hondo con Silva en el poblado y, sobre todo, la gran batalla final que parece ser fue filmada por John Ford (1), aunque existen testimonios dispares sobre la participación del genial director en el filme.


Igualmente cuenta con una gran interpretación de un John Wayne en su mejor momento que incluso se muestra inusitadamente romántico en varias escenas. Sin duda el personaje de Hondo sirvió decisivamente para forjar la imagen del mejor cowboy de Hollywood; aunque, curiosamente, la primera opción barajada fue Glenn Ford, quien rehusó participar en el filme por su mala relación con John Farrow tras su colaboración en “Saqueo al sol” (1953), también producida por la Wayne-Fellows.


Para el papel de Angie Lowe se escogió a la reputada actriz de teatro Geraldine Page que borda su personaje (prácticamente debutante sería nominada al Oscar como actriz secundaria). Además intervinieron característicos secundarios, todos ellos amigos del protagonista, de la talla de Ward Bond con el que el Duke siempre tuvo una química especial, Paul Fix y James Arness, al que Wayne recomendó para interpretar al sheriff Matt Dillon, personaje pensado inicialmente para él, en la legendaria “La ley del revólver”.


En definitiva, un western sólido y profundamente clásico que se encuentra entre los mejores de los interpretados por el Duke, una vez excluidos lógicamente los rodados junto a John Ford, Howard Hawks y Henry Hathaway y por el que reconozco tengo debilidad.


Por último, comentaros dos cuestiones respecto a la película:
El filme ha sido durante mucho tiempo uno de los westerns menos conocidos de los interpretados por John Wayne dados los problemas que hubo con los derechos de propiedad, por lo que hasta hace poco tiempo no pudo emitirse en televisión, ni editarse en DVD.
A partir de ella se filmó una serie de televisión en la que Michael Pate repitió su papel de Vitorio.
(1) Parece ser que Ford se ofreció a finalizar la película ya que John Farrow tuvo que abandonarla por un problema contractual.



lunes, 12 de diciembre de 2016

EL ROSTRO IMPENETRABLE

(One-Eyed Jacks - 1961)

Director: Marlon Brando
Guión: Guy Trosper y Calder Willingham. Basado en una obra de Charles Neider

Intérpretes:
- Marlon Brando: Johnny Río
- Karl Malden: Dad Longworth
- Katy Jurado: María Longworth
- Pina Pellicer: Luisa Longworth
- Slim Pickens: Lon Dedrick
- Ben Johnson: Bob Amory
- Larry Duran: Chico Modesto


Música: Hugo Friedhofer

Productora: Paramount Pictures
País: Estados Unidos

Por: Xavi J. PruneraNota: 8

Johnny Río: "¿Mi casa? Mi casa está donde dejo mi silla de montar"


SINOPSIS: Tras atracar un banco fronterizo, Johnny Río (Marlon Brando) es traicionado por Dad Longworth (Karl Malden), su compañero de fechorías, y a consecuencia de ello acaba detenido por los regulares mexicanos. Después de pasar cinco largos años en la prisión de Sonora, y ya libre, Johnny solo piensa en buscar a Dad y vengarse. Finalmente lo encuentra en Monterrey (México), donde Dad se ha convertido en un hombre respetable y ahora desempeña el cargo de Sheriff. Cuando conoce a Luisa (Pina Pellicer), la hijastra de Dad, Río decide posponer sus planes de venganza y seducir a la joven.


Aunque nunca sabremos qué hubiera sido de “El rostro impenetrable” si la hubiera dirigido Stanley Kubrick y la hubiera guionizado Sam Peckinpah (dos de los cineastas que quiso Brando para esta peli y que por diferentes motivos acabó descartando), lo que está claro —al menos por mi parte— es que el resultado final de esta larga, compleja y traumática producción fue, sin lugar a dudas, totalmente satisfactorio.


Naturalmente, soy muy consciente que este western tiene muchos detractores. En gran parte por su exagerado metraje (posiblemente le sobren quince o veinte minutos bien buenos) y, sobre todo, por el indisimulado narcisismo del propio Brando, que no supo ni quiso renunciar a ninguna de sus poses ni a ninguno de sus primeros planos favoritos.


Pero, aún así, me parece un gran western. Y me lo parece, en primer lugar, porque es un western estéticamente precioso. Porque no es habitual que un western se desarrolle a pie de playa y porque tampoco es habitual que un western cuente con un componente lírico tan significativo. Máxime cuando, además, ese impresionante mar embravecido que podemos observar en varias secuencias de la película posee —por si fuera poco— un rol metafórico (la pasión) absolutamente crucial en el desarrollo de la historia. Un mar azul que aún resulta más bello y espectacular cuando lo comparamos con el polvo o la arena del desierto mejicano, elementos que —del mismo modo— poseen un gran protagonismo en el inicio de la peli, cuando Dad y Río quedan a merced de los regulares tras el atraco y Dad sale a buscar ayuda con el único caballo del que disponen.


Aún así, uno de los grandes culpables de ese tono entre melancólico y crepuscular que evidencia “El rostro impenetrable” en todo momento es, sin lugar a dudas, el director de fotografía, Charles Lang Jr., quién no cejó hasta conferirle a la peli una pátina cromática muy particular.

  
Y aunque, como ya he dicho, es posible que a la película le sobren quince o veinte minutos, sigo creyendo —no obstante— que cuenta con un gran guión. No sólo porque considero que la historia es sumamente interesante (no en vano suma drama, romance, traición, venganza, y hasta un bonito duelo) sino porque tanto los personajes principales como los secundarios están muy bien definidos. Algo que no debería de extrañarnos en una peli (la única como director, por cierto) de Marlon Brando, un actor extraordinariamente metódico y perfeccionista. Por eso mismo confió precisamente en su amigo Karl Malden como pareja de baile (con quién ya había trabajado en “Un tranvía llamado deseo” y “La ley del silencio”, ambas de Elia Kazan) y por eso decidió que todos los personajes secundarios (Katy Jurado, Pina Pellicer, Slim Pickens, Ben Johnson y Larry Duran) tuvieran los diálogos y los minutos en pantalla necesarios. Sin restricciones de ningún tipo.




Para bien o para mal, sin embargo, este es un western “made in Marlon Brando”. Y aunque muchos digan que el duelo interpretativo lo ganó de calle Karl Malden, esa aura de misterio y magnetismo que desprende Johnny Río es absolutamente esencial para disfrutar de “El rostro impenetrable” como lo que realmente es: uno de los westerns más oscuros, místicos y atípicos de los 60. A mi parecer, por la gran complejidad y ambigüedad psicológica que muestra el personaje interpretado por Brando.


Como su título original indica (One-Eyed Jacks) Johnny Río personifica la J, esa carta de la baraja inglesa que muestra a una figura, de perfil, con un solo ojo. O lo que es lo mismo, las dos caras de una misma moneda. A veces antagónicas, duales, bipolares. Y a veces —también— herméticas, inescrutables, crípticas. Y de ahí, supongo, procede su libre traducción al castellano: “El rostro impenetrable”. El de un hombre dispuesto a cobrar venganza a toda costa pero que no dudará a esperar el tiempo que sea necesario para hacerlo en el momento oportuno.


Pero si “El rostro impenetrable” me parece un buen western es, sobre todo, por la gran cantidad de escenas que tiene para el recuerdo. Casi todas, además, impecables desde un punto de vista técnico o formal. Con buenos encuadres, angulaciones muy originales y esa fotografía a la que antes aludíamos, más tristona y macilenta de lo habitual.


Ah, y con esa preciosa banda sonora compuesta por Hugo Friedhofer, por supuesto. Me estoy refiriendo —por ejemplo— a la irrupción de los regulares en el burdel donde Dad festeja el exitoso atraco, a la detención de Johnny en el polvoriento desierto, a la llegada de Johnny a la casa de Dad en Monterrey, a la sesión de latigazos y al culatazo con el que Dad le destroza la mano a Johnny, al tiroteo en el bar con el hombre que maltrata a la mejicana, a la fuga de Johnny del calabozo o al espléndido duelo final entre Johnny y Dad.


Como podéis constatar, son unas cuantas. Y como ya os he dicho, muy bien rodadas. Solo por eso merece la pena ver este western. Sin prisas. Sin prejuicios. Sin manías. Yo creo, sinceramente, que el tiempo le ha hecho justicia a “El rostro impenetrable” y que, hoy día el western de Brando ya es —por derecho propio— una auténtica peli de culto.