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jueves, 23 de marzo de 2017

NEVADA SMITH

(Nevada Smith - 1966)
 

Director: Henry Hathaway
Guion: John Michael Hayes. Basado en una obra de Harold Robbins
 

Intérpretes:
Steve McQueen: Nevada Smith
Karl Malden: Tom Fitch
Brian Keith: Jonas Cord
Arthur Kennedy: Bill Bowdre
Suzanne Pleshette: Pilar
Raf Vallone: Padre Zaccardi
Janeth Margolin: Neesa
Pat Hingle: Big Foot
Martin Landau: Jesse Coe
Música: Alfred Newman

País: Estados Unidos
Productora: Embassy Pictures

Por Xavi J. Prunera. Nota: 6,5

Jonas Cord a Max Sand (Nevada Smith): “Para encontrarlos, tendrás que pasarte por todos los salones, salas de juego y prostíbulos que hay de aquí a México ¿Crees que persigues a tres curas?”



SINOPSIS: Durante la fiebre del oro en California, tres tipos asesinan a los padres de Max Sand, un muchacho hijo de padre blanco y madre india. Bajo el nombre de Nevada Smith, Max iniciará un largo periplo para localizar a los asesinos de sus padres y cobrar venganza.
Cuando hace unos días mis compañeros de The Wild Bunch Western me preguntaron sobre qué peli versaría mi próxima reseña decidí apostar por “Nevada Smith” (1966), de Henry Hathaway. Básicamente lo hice por dos razones: porque me apetecía reseñar un western que aún no hubiera visto y porque, al tener todavía muy fresca mi revisión de “Junior Bonner”, me apetecía asimismo volver a visionar una peli protagonizada por Steve McQueen. Así pues, las candidatas eran dos: “Nevada Smith” y “Tom Horn”. Y aunque sopesé muy seriamente optar por ésta última, al final me decidí por la primera. Muy probablemente por Hathaway, un cineasta muy capaz y solvente que jamás me había decepcionado.




Que nadie interprete, sin embargo, que con ello quiero decir que esta vez Hathaway me ha decepcionado porque no es así. Yo diría, en todo caso, que esperaba más de “Nevada Smith”. Obviamente, ya me imaginaba que este western no iba a proporcionarme el disfrute que obtuve con “El jardín del diablo”, “Los cuatro hijos de Katie Elder” o “Valor de ley” pero sí albergaba la esperanza de toparme con la típica joyita que todos los cinéfilos esperamos encontrar cuando visionamos un título no demasiado conocido pero sí construido a base de buenos mimbres.




Desgraciadamente, no ha sido así. Y eso hizo que estuviera muy a punto de renunciar a reseñar esta peli y optar por otra. Básicamente porque siempre he preferido reseñar pelis que me gustan mucho o a las que les guardo, por alguna razón u otra, un cariño especial. Algo que, naturalmente, no me ha ocurrido con “Nevada Smith”. Aún así, creo que no sería honesto por mi parte dedicarme sólo a reseñar westerns que me gusten o que me parezcan especialmente buenos. Y es que si “El hombre que mató a Liberty Valance”, “Hasta que llegó su hora” o “Grupo salvaje” me parecen westerns superlativos es porque hay otros que están por debajo de éstos. Y por debajo de éstos, hay otros más. Y por debajo de estos otros, más de lo mismo. Así pues, por mucho que nos guste el western, deberíamos reconocer que no todo el monte es orégano. Lo firme Ford, lo firme Walsh o lo firme Hathaway. Y creo que es justo y necesario establecer estas distinciones o jerarquías (aunque sea de forma total y absolutamente subjetiva) para que cada western obtenga el status y el reconocimiento que se merece.



Permitidme empezar, así pues, por lo que no me ha gustado de “Nevada Smith”. O mejor dicho: por lo que no me ha convencido o por lo que he echado de menos. No me ha convencido —por ejemplo— que Max Sand o Nevada Smith, el personaje interpretado por Steve McQueen, lo haya interpretado McQueen. No por el bueno de Steve, por supuesto, al que siempre he considerado un buen actor. Lo digo porque no me creo a McQueen interpretando a un mestizo con sangre kiowa en las venas. No, no cuela. McQueen es demasiado rubio y blanco para ese papel. Y tampoco me creo a un McQueen de 36 años (los que tenía en 1966) interpretando el papel de un adolescente. Máxime cuando Isabel Boniface —la actriz que interpreta a Tabinaka, su madre en la película— parece incluso más joven que el propio McQueen.



Aún así, un servidor estaría dispuesto a correr un tupido velo si otros aspectos de la peli compensaran este pequeño despropósito. Me refiero —por ejemplo— a escenas memorables o bien resueltas, a personajes psicológicamente complejos, a intensidad dramática, a emoción a raudales o al menos a un guión con un giro final sorprendente o con un mensaje interesante. Pero no, no veo nada de eso en “Nevada Smith”. Y eso que la premisa argumental (trillada, eso sí) prometía. No en vano, la venganza es un tema que acostumbra a funcionar bastante bien en un western. Máxime cuando, además, detalles como el de no mostrar los rostros y cuerpos mutilados de los padres asesinados de Max-Nevada nos ayudan a recrear esas truculentas imágenes en nuestra mente y, por ende, a odiar con más fuerza a los criminales. O ese funeral a base de quemar el rancho para “purificar” esos cadáveres ultrajados. Una escena verdaderamente espectacular.



Tampoco esta mal ese arranque de viaje iniciático en el que un ingenuo Nevada aprende a no ser tan inocente y confiado y, por supuesto, a defenderse mejor. De hecho, su periodo de aprendizaje con Jonas Cord (Brian Keith), el comerciante de armas, me recordó muy mucho al periodo de aprendizaje de Scott Mary (Giuliano Gemma) con Frank Talby (Lee Van Cleef) en “El día de la ira” (1967), de Tonino Valerii. Y aunque como peli me gusta más la de Valerii, reconozco que al ser anterior la de Hathaway eso también hay que valorarlo en su justa medida. Precisamente por ello he decidido escoger como frase memorable una de las que le espeta Jonas Cord a Nevada cuando le da consejos sobre cómo localizar a los asesinos de sus padres: “Para encontrarlos, tendrás que pasarte por todos los salones, salas de juego y prostíbulos que hay de aquí a México ¿Crees que persigues a tres curas?”



Otro western que me ha venido a la mente viendo “Nevada Smith” es “El vengador sin piedad” (1958), de Henry King. Un western con un argumento similar pero, a mi juicio, más intenso, más complejo y mejor resuelto. Y ya para finalizar con esta ronda de imputaciones, recriminaciones y amonestaciones señalar que el metraje me parece algo desproporcionado para lo que nos pretenden contarnos Hayes/Hathaway (más de dos horas) y que esa decisión final (atención spoiler) en la que Nevada sigue a pie juntillas las palabras del Padre Zaccardi (Raf Vallone) y renuncia a matar a Tom Fitch (Karl Malden) me parece excesivamente beata y aleccionadora.

 

Dicho esto, pasemos a comentar sus virtudes porque, obviamente, “Nevada Smith” las tiene. Lo primero que diría de esta peli es que me parece un western ágil y entretenido. Algo que, a pesar de darse por hecho en un film dirigido por un cineasta con el oficio y la solvencia de Hathaway, considero que debe señalarse convenientemente. Recordemos que “Nevada Smith” viene a ser una especie de road movie que se desarrolla en lugares muy diferentes (el desierto, la ciudad, la prisión en el pantano, el monasterio…) y eso le proporciona a la peli un dinamismo especial. Máxime cuando, además, el director de fotografía es Lucien Ballard, un profesional como la copa de un pino. Capítulo aparte merece el elenco, por supuesto. Porque si McQueen está más que correcto, no van a ser menos intérpretes de la talla de Karl Malden (algo desaprovechado, eso sí), Arthur Kennedy, Martin Landau, Suzanne Pleshette, Raf Vallone, Howard Da Silva o Pat Hingle. Actores de reparto de aquellos que nunca acostumbran a defraudar. Por lo que a la banda sonora de Alfred Newman respecta yo diría que no destaca demasiado pero cumple su cometido a la perfección.


Y poco más. Como dato anecdótico añadiría que Steven Spielberg se inspiró en el nombre del prota para uno de sus personajes más famosos: Indiana Jones.



jueves, 16 de marzo de 2017

VALOR DE LEY

(True Grit - 1969)

Dirección: Henry Hathaway
Guion: Marguerite Roberts

Intérpretes:
- John Wayne (Rooster Cogburn)
- Kim Darby (Mattie Ross)
- Glen Campbel (La Boeuf)
- Robert Duvall (Ned Pepper)
- Jeremy Slate (Emmet Quincy)
- Dennis Hopper (Moon)
- Alfred Ryder (Goudy)
- Strother Martin (Coronel G. Stonehill)
- Jeff Corey (Tom Chaney)
- Ron Soble (Capitán Boots Finch)
- John Doucette (Sheriff)
- Hank Worden (R. Ryan).

Música: Elmer Bernstein
Productora: Paramount Pictures, Hal Wallis Productions
País: Estados Unidos

Por Seve Ferrón. Nota: 8

"No sirven las legalidades con una rata, hemanita. O se la mata, o se la deja en paz.¿Conoce otra solución?" (Rooster Cogburn a Matie Ross)

John Wayne en uno de sus mejores papeles, el del sheriff Rooster Cogburn, un viejo y tuerto comisario, contratado por una adolescente para capturar a los asesinos de su padre. Lo primero que llama la atención en "Valor de ley", es su tono, casi festivo y dicharachero tratando un tema tan peliagudo como el de la venganza. De esta forma "Valor de ley", en mitad de una época de continuos cambios y avisos sobre la muerte del western, le da vida al género, con este ápice de ternura y pureza y en esto tienen mucha culpa los personajes de Mattie y Rooster, que le dieron en su momento señales de buena salud al género.



Estamos pues ante un western con un enfoque tradicional de ritmo entretenido y eficaz, lleno de grandes espacios abiertos, de acción con una excelente fotografía de Lucien Ballard, de carácter otoñal hasta la última escena, con la presencia de la nieve y con una notable y deliciosa banda sonora a cargo del gran Elmer Bernstein, y que presenta a un John Wayne en una caracterización y con un vestuario que, más que disimular ponía en relieve sus años (y gordura) en el papel de un marshall federal.



Su personaje quizás tampoco sea uno de sus mejores papeles, (Ni falta que le hacía?, pero si era distinto por primera vez en mucho tiempo "Duke", tenía que interpretar un personaje y no encarnar su fabulosa personalidad. Henry Hathaway nunca volvió a hacer una película que superará este film, pero eso no importa.



Ya nos había legado un gran número de Buenos títulos, y aunque esta claro que no era un John Ford o Mann, ni Walsh o Boetticher, ni alcanza a mi parecer el listón de Delmer , no por ello deja de ser un realizador a quien la maquinaria clásica le enseñó a construir imágenes e historias. Aunque recreaba bien el periodo de 1880 en Arkansas, ya su largo prólogo es anómalo con un aire parodico, no desmitificado mientras se van presentando los personajes de la historia, muchos de ellos interpretados por actores de teatro del momento.



La heroína de la novela Mattie Ross, podía resultar interesante y pintoresca al leer la obra, pero trasladada a la pantalla, Mattie, interpretada por la amanerada y agresiva Kim Darby, daba una imagen excesivamente enérgica. Afortunadamente la segunda mitad de la película se introduce en el tema de la persecución y los maestros Henry Hathaway y John Wayne asumen el mando, relevando a Miss Darby a un lugar secundario aunque no lo suficiente.



Sin duda hay en la filmografía de John Wayne otros títulos donde su interpretación es superior a esta, como ya sabemos, caso de "Centauros del desierto" o "Río rojo", por poner unos ejemplos, pero es sin duda uno de los grandes westerns que merece la calificación de clásico. No querría terminar sin decir: Que hay un periodo en la vida de cada niño en que un vaquero al galope sobre su caballo es la imagen más excitante que se pueda imaginar...personalmente ha sido mi caso y es tal como lo recuerdo.



Por Jesús Cendón. Nota: 8

“¿Crees que uno contra cuatro es sensato?” “Si es sensato o no dentro de un minuto lo veremos” Conversación mantenida entre Ned Pepper y Rooster Cogburn segundos antes de su enfrentamiento.

John Wayne intentó a través de la Batjac, su productora, comprar los derechos de la novela de Charles Portis para llevarla al cine, pero se le adelantó el legendario productor Hal B. Wallis (“Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “Los cuatro hijos de Katie Elder”), quien contrató a un equipo de lujo para poner en pie su proyecto: el músico Elmer Bernstein con grandes éxitos en este género (“Cazador de forajidos”, “Más rápido que el viento”, “Los siete magníficos”, “Los comancheros”, “Los cuatro hijos de Katie Elder”); el operador Lucien Ballard, ese mismo año embarcado en “Grupo salvaje”, que fotografió maravillosamente los paisajes otoñales de Montrose (Colorado) en consonancia con la edad del protagonista del filme; y Henry Hathaway, uno de los pocos directores junto a Ford y Hawks a los que John Wayne respetaba y en cuyo trabajo no intentaba inmiscuirse. El maduro director, como igualmente había hecho en la mencionada “Los cuatro hijos de Katie Elder”, concibió el filme como un claro homenaje a la veterana estrella que culminaba con el último plano en el que se contempla la imagen fija del actor saltando unos troncos a caballo. Personaje e intérprete quedaban indisolublemente unidos y Wayne se convertía en un mito.


ARGUMENTO: Tras ser asesinado su padre por Tom Chaney, uno de sus empleados, Mattie Ross contrata a un agente federal, Rooster Cogburn, para que atrape al homicida. Junto con un ranger de Texas, La Boeuf, partirán hacia territorio indio en donde se ha refugiado Tom. Pero la situación se complicará al haberse unido a la banda de Ned Pepper, un forajido con el que Rooster tiene una cuenta pendiente.


Hathaway junto a Marguerite Roberts, guionista habitual de los últimos wésterns del director (“El póquer de la muerte” y “Cerco de fuego”, con la que presenta ciertas similitudes esta película) abordó el filme con su clasicismo habitual, aunque al mismo tiempo anunciaba con ciertos detalles los nuevos tiempos: uso del zoom en alguna escena o el incremento de la violencia con un tono, además, más descarnado (la escena de la cabaña protagonizada por Dennis Hopper es un buen ejemplo de una secuencia inusual en el cine del septuagenario director). Carga de violencia, por otra parte, aliviada a través de las distintas situaciones cómicas diseminadas a lo largo del filme.


El director, además,  trata en la película, que en su parte central adquiere la forma de una road movie clásica, dos temas principales: la venganza y la muerte.


Mattie anhela vengar la muerte de su padre, deseo que constituye el leit motiv del filme, pero la venganza se plantea de forma moralizante. Durante el viaje no sólo dejará atrás su inocencia sino que vivirá su propio infierno representado en un pozo con serpientes, estará a punto de morir y perderá a un ser querido. El precio de la venganza es, pues, muy alto.


Este carácter moralizante de la cinta se refleja en otros aspectos como la importancia dada a la familia en su función integradora del individuo en la sociedad; la imagen negativa del alcohol ya que, a pesar de dar lugar a situaciones cómicas protagonizadas por Rooster, será el causante del drama (de hecho Mattie en un momento dado refiriéndose a Tom les comenta a sus dos acompañantes que: “Bebe mucho, como ustedes. Así se convirtió en un asesino”); o la incesante presencia de la religión en el filme, sobre todo a través de las constantes referencias a las confesiones religiosas profesadas por los distintos personajes.



El otro tema fundamental es el de la muerte, cuya presencia es constante a lo largo de la película y está representada en ataúdes, tumbas, ejecuciones sumarísimas transformadas en espectáculos públicos, duelos y asesinatos. Además en una lectura más profunda parece que Hathaway, en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico, está certificando el final del wéstern; o por lo menos, la despedida de una forma de entender este género y del actor que mejor había encarnado los valores del mismo. En este sentido hay que tener en cuenta que el estreno de “Valor de ley” coincidió prácticamente con el de “Grupo salvaje” (Sam Peckinpah); mientras que el de “Hasta que llegó su hora” (Sergio Leone) tuvo lugar un mes antes, y en ambos filmes sus respectivos directores, con el más absoluto respeto a este género cinematográfico, abordaban el wéstern desde una perspectiva totalmente diferente y con una clara visión desmitificadora.


Para tratar ambos temas, Hathaway estructura la película en torno al curioso triángulo establecido entre los personajes principales: el Marshall Cogburn, el ranger La Boeuf y la joven  Mattie; en el que los dos primeros llegarán a rivalizar para ganarse el afecto de la joven.

John Wayne realiza una memorable composición como Rooster por la que obtuvo el único Oscar de su carrera. Por fin la Academia de Hollywood reconocía el enorme talento de un actor habitualmente subestimado que, si bien carecía de la variedad de registros interpretativos de otras estrellas, contaba con una enorme presencia, una desbordante personalidad y una extraordinaria naturalidad con las que se adueñaba de cada plano de cada secuencia de las películas en las que intervenía.


Wayne por primera vez no tuvo que disimular su edad para interpretar al gordo, viejo, borrachín y tuerto Marshall. Un hombre violento, rudo, insociable, huraño y desubicado en un mundo cambiante al que por fin había llegado la civilización; sustituyéndose los duelos y los colts por los abogados, los jueces y la ley (de hecho a Mattie le llega a decir un personaje que utiliza al abogado Dagget como si fuera un revólver). Un mundo en el que la palabra dada se ha visto reemplazada por los contratos escritos. Es, en definitiva, un inadaptado acostumbrado a convivir con la muerte (ha acabado con veintitrés hombres en cuatro años) al que le cuesta dar cuenta  a la justicia de su forma de actuar. A pesar de ser un individuo que, a primera vista, provocaría el rechazo del espectador, Hathaway lo trata con cariño mostrando sus imperfecciones (en realidad es un pícaro con querencia por el alcohol que ese embarca en la aventura por el dinero prometido, además de intentar en todo momento obtener un beneficio económico cada vez que acaba con un enemigo) pero también sus virtudes, revelando el lado más humano del personaje en una estupenda escena nocturna en la que se sincera con Mattie. Además de reservarle una secuencia que forma parte, por méritos propios, de la antología del wéstern. Me estoy refiriendo al enfrentamiento final, cual justa medieval, con Ned Pepper y tres de sus esbirros en el que toma las riendas de su caballo con los dientes y empuña en una mano su colt y en otra su wínchester de palanca redondeada y se lanza contra sus oponentes. Pura épica.


Estamos frente a un héroe peculiar al que, no obstante y a pesar de su avanzada edad, el viaje le permitirá redimirse de tanta muerte al salvar la vida de Mattie; además de, en un gran y emotivo final, encontrar algo parecido a una familia en la joven.


Wayne, con Rooster Cogburn, consolidaría un tipo de personaje habitual en la parte final de su carrera, el de hombre solitario sin asidero emocional alguno. Así en “Río Lobo” (1970) le presentaron como un individuo carente de atractivo para las mujeres calificándole como un hombre confortable, en “Chisum” (1970) su único lazo familiar es una sobrina, en “El gran Jack” (1971) a pesar de querer a su mujer lleva viviendo alejado de ella durante años y en “La soga de la horca” (1973) interpretó a un viudo con graves problemas con sus hijos.


Además, por su forma especial de entender la justicia y la aplicación de la ley, el personaje de Rooster puede considerarse como un embrión de numerosos policías surgidos en la década siguiente y cuyo paradigma sería Harry Callahan quien en la primera entrega de la serie, “Harry, el sucio” (Don Siegel, 1971), también tenía que dar cuentas de sus métodos expeditivos al fiscal del distrito. De hecho el papel del antihéroe Harry se lo ofrecieron en primer lugar a John Wayne, quien encarnaría posteriormente a “McQ” (John Sturges, 1974) y “Brannigan” (Douglas Hickox, 1975) dos personajes claramente inspirados en el inmortalizado por Clint Eastwood.


Mattie, interpretada con gran acierto por una prácticamente debutante en el cine Kim Darby, es una joven de marcada personalidad y de una gran madurez para su edad. Impulsiva, obstinada y decidida, Rooster se reconocerá en ella cuando era más joven (en un momento dado le comenta a La Boeuf: “¡Vaya con la chica! Me recuerda a mí mismo”). Obsesionada con acabar con Tom, llega a afirmar que si la ley no lo ejecuta lo haría ella personalmente, el viaje la cambiará definitivamente convirtiéndola en una mujer. Personaje aparentemente duro, se desmorona en una gran escena intimista en la que a solas recoge el reloj de su padre y entre sollozos se acaricia con él la cara. Tras chocar inicialmente con Rooster, poco a poco se irá acercándose a él hasta convertir al arisco Marshall en una especie de sustituto de su padre. 


Sin duda la química entre Darby y Wayne contribuyó decisivamente al éxito de la cinta aunque su relación durante el rodaje de la película no fue buena.


El tercer vértice del triángulo lo constituye el ranger La Boeuf, el personaje menos interesante de los tres tanto por estar interpretado por Glen Campbell, cantante folk de escasa entidad, como por estar menos desarrollado. Tampoco es un personaje del todo positivo al embarcarse en la aventura por motivos personales, favorecer con la captura de Tom su acercamiento a una joven de buena posición en Texas. En todo caso, Hathaway aceptó la presencia del actor con el objeto de que el tema principal interpretado por él se convirtiera en un éxito que respaldara la película.


A los tres protagonistas les acompaña un más que competente elenco de secundarios, entre los que destacan Robert Duvall como Ned Pepper y Dennis Hopper, el mismo año que dirigió la rompedora “Easy Rider”, como el desdichado Moon.


En definitiva, “Valor de ley” es un gran filme, más complejo de lo que puede parecer a primera vista, que sirvió para revitalizar la carrera algo alicaída de John Wayne tras el fiasco de “Boinas verdes” y mostró, como señaló en su día un crítico estadounidense, que la vieja estrella todavía era capaz de “recrear ante nuestros ojos la dorada mitología del Oeste”.


Como curiosidades cabe señalar que:
- Mia Farrow aconsejada por Robert Mitchum, cuya relación con Hathaway no había sido buena durante el rodaje de “El póquer de la muerte”, rechazó el papel de Mattie. 
- De la película se han realizado dos remakes: un telefilme de 1978 protagonizado por Warren Oates y Lisa Pelikan, y el más conocido realizado para la pantalla grande en 2010 por los hermanos Coen con Jeff Bridges en el papel de Rooster.
- El productor barajó el nombre de Elvis Presley para dar vida a La Beouf.
- Seis años después Hal B. Wallis capitalizó el éxito de la película con la secuela dirigida por Stuart Millar “El rifle y la biblia”; filme que, con una estructura similar, emparejó a Wayne con Katherine Hepburn.




martes, 3 de enero de 2017

EL JARDÍN DEL DIABLO

(Garden of Evil - 1954)

Director: Henry Hathaway
Guión: Frank Fenton

Intérpretes:
- Gary Cooper: Hooker
- Susan Hayward: Leah Fuller
- Richard Widmark: Fiske
- Hugh Marlowe: John Fuller
- Cameron Mitchell: Luke Daly
- Rita Moreno: Cantante
- Víctor Manuel Mendoza: Vicente Madariaga

Música: Bernard Herrmann

Productora: Twentieh Century-Fox
País: Estados Unidos

Por: Jesús CendónNota: 8

"El Jardín del Diablo, si el mundo hubiese sido hecho de oro, los hombres se dejarían matar por un puñado de tierra" (Hooker al final de la película mientras el sol desaparece tras las montañas)


Henry Hathaway está considerado como un artesano, un director todoterreno capaz de sacar a flote cualquier proyecto que se le encargara en todo tipo de género. En esta ocasión se enfrentó a un filme que le permitió satisfacer su tendencia a rodar en parajes naturales al tratarse de una mezcla de western itinerante y película de aventuras, género al que había aportado filmes del nivel de las colonialistas “Tres lanceros bengalíes” (1934) y “La jungla en armas (1939), ambas protagonizadas curiosamente por Gary Cooper.

Así, la historia de un grupo de aventureros contratados por una mujer para rescatar a su marido atrapado en una mina de oro en el profundo México, le sirvió a Hathaway para sacar el máximo partido al Cinemascope, de hecho es el primer western filmado en este formato inaugurado con “Como casarse con un millonario” de Jean Negulesco (1953), al estar rodada en unos paisajes agrestes.


Y es el marco físico en el que se desarrolla la acción por su singularidad uno de los mayores aciertos del filme. Si en la primera escena nos topamos con el mar, pocas veces visto en un western, y con un barco del que desembarcan los protagonistas masculinos, la mayor parte de la película se desarrolla en un México caracterizado por su exuberante y frondosa vegetación que contrasta con la visión dada por la mayoría de los westerns como un país desértico; mientras que la mina, meta del viaje, se encuentra situada en un paisaje lunar en el que destaca la iglesia prácticamente enterrada, debido a las erupciones volcánicas, lo que dota al filme de una atmósfera fantasmagórica.


Otro aspecto notable de la película son sus sobresalientes diálogos, cargados de frases lapidarias, obra de Frank Fenton, autor de la aclamada novela “Un lugar en el sol” (nada que ver con el excelente melodrama de George Stevens), que predominan, sobre todo, en la primera parte de la película coincidiendo con el viaje de ida a la mina y durante la breve estancia en esta. Los magníficos diálogos compensan en parte la falta de ritmo en este tramo en el que ya aparece la amenaza latente de los apaches que se manifestará durante el regreso de los protagonistas y constituirá, junto con la codicia de algunos de los personajes y el deseo sexual que despertará en ellos Leah, el principal peligro que deberá solventar el grupo de aventureros.


También llaman la atención las constantes referencias religiosas: se cita a Salomé, uno de los personajes es crucificado, otro asaetado cual San Sebastián, en otra secuencia de la película Hooker le dice a Leah: “Una cruz es siempre un buen recuerdo. Además todos llevamos una” y la labor de los misioneros cristianos está muy presente a lo largo del filme.

Igualmente destacable es la atípica banda sonora compuesta por Bernard Hermann que remite necesariamente a sus mejores composiciones para filmes dirigidos por Alfred Hitchcock y constituye otro de los aciertos de la película, a pesar de que sea más apropiada para un thriller que para un western.


El filme además contó con un grandísimo reparto. Al frente Gary Cooper como el taciturno (Fiske le llega a decir: “¿Ha tratado alguna vez de sacar sangre de una piedra? Pues es lo que trato de hacer yo con usted”), observador y juicioso Hooker; un exsheriff que se sentirá atraído por la desbordante personalidad de Leah. Nadie como él para transmitir la integridad y honradez de su personaje. Susan Hayward, con la que ya había trabajado Hathaway en el western noir “”El correo del infierno” (1950), borda un papel hecho a su medida de mujer fuerte y temperamental que, cual Salomé, atrae a los hombres a la muerte; el típico papel que siempre le gustó interpretar. Pero es Richard Widmark, inconmensurable, el que les “gana la partida” en el rol de Fiske, un jugador aparentemente cínico y frío que en el fondo alberga a un ser romántico y sensible; atraído también por Leah, aunque intente reprimirse y no manifestar sus sentimientos, se mostrará insólitamente generoso al final de la película (en la fecha en que se rodó el filme el actor ya alternaba roles negativos con papeles positivos). Junto a ellos Cameron Mitchell, que a pesar de sus dotes interpretativas nunca dio el definitivo paso al estrellato, como Luke un fanfarrón, visceral e impulsivo aventurero, antiguo cazador de recompensas, con una evolución negativa a lo largo de la película; Hugh Marlowe en el papel del torturado marido de Leah; y una joven Rita Moreno, actriz y cantante portorriqueña (“West side story”), deleitándonos con dos temas en la excelente escena inicial de la cantina.

Además el filme se cierra con uno de los finales más emotivos del western, que sintetiza el espíritu de este género, con una notable conversación mantenida por los dos protagonistas masculinos en la que Hooker muestra todo su respeto y admiración por Fiske.

Considerada como un western menor, cabe preguntarse, dados su nivel artístico y técnico, cómo deberíamos calificar al ochenta y cinco o noventa por ciento de los filmes rodados en la actualidad.

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Por: Xavi J. PruneraNota: 8 

Una de las peores cosas que te puede suceder en este blog es que Jesús te pise una reseña. Que se te anticipe, vaya. Básicamente porque, cuando eso ocurre, resulta casi imposible añadir nada interesante a lo que, minuciosa y acertadamente, ya ha expuesto mi compañero. Aún así, lo intentaré. Considero que el “El jardín del diablo” es un western tan atípico como interesante y, la verdad sea dicha, me apetece escribir sobre él. Y si me repito, pues nada, ya me disculparéis!!
 
Para empezar me gustaría dejar bien claro que la peli de Hathaway, más que un western, me parece una cinta de aventuras. En primer lugar porque el paisaje y el contexto geográfico que podemos observar al principio de la peli (con esas vistas al mar y esa frondosa y exótica jungla mexicana) ya nos aleja, a bote pronto, de la iconografía habitual del western. Y en segundo, porque si bien estamos acostumbrados a ver el rostro y la presencia física de Gary Cooper en numerosos y grandes westerns (“Solo ante el peligro”, “Veracruz”, “El forastero”, “El árbol del ahorcado”) no menos cierto es que su prolífico concurso en pelis de aventuras (“Beau Geste”, “La jungla en armas”, “Por quién doblan las campanas”, “Misterio en el barco perdido”) nos puede hacer creer, perfectamente, que “El jardín del diablo” es otra de ellas. Pero si algo me impulsa a catalogar este film como uno de aventuras es ese inicio tan y tan parecido, a mi juicio, a “El tesoro de Sierra Madre”, de John Huston. Uno de los más grandes exponentes del cine de aventuras que —paradójicamente— mi amigo Güido considera, en cambio, un western en toda regla.

Sea como fuere, “El jardín del diablo” no es un western más. Y aunque muchos lo puedan tildar de “menor”, yo creo —francamente— que posee virtudes más que suficientes para que cualquier espectador con un mínimo de criterio y sensibilidad pueda disfrutarlo intensamente. No sé, podría hablaros de su extraordinaria fotografía, de esas magníficas secuencias en el desfiladero, de sus memorables frases, del oficio de Hathaway, del carisma y aplomo de Cooper, del habitual buen hacer de Widmark, de la sensualidad de la Hayward o de ese antológico final con puesta de sol incluida. Pero eso ya lo ha mencionado antes y mucho mejor mi amigo Jesús. Así que voy a remitirme otra vez a lo que os comentaba al principio: lo que más me atrae de “El jardín del diablo” es, sin lugar a dudas, su ingrediente aventurero. Ese aire un tanto naïf que destila toda la peli, de principio a fin, y que me retrotrae, inexorablemente, a mis más tiernos inicios cinéfilos. Y eso, os lo puedo asegurar, es algo que no tiene precio.