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martes, 11 de abril de 2017

LOS CUATRO HIJOS DE KATIE ELDER

(The sons of Katie Elder - 1965).
Direcctor: Henry Hathaway.

Guion: William H. Wright, Allan Weiss y Harry Essex. 
Intérpretes:
- John Wayne: John Elder
- Dean Martin: Tom Elder
- Martha Hyer: Mary Gordon
- Michael Anderson Jr.: Bud Elder
- Earl Holliman: Matt Elder
- Jeremy Slate: Ben Latta
- James Gregory: Morgan Hastings
- Paul Fix: Sheriff Billy Wilson
- George Kennedy: Curley
- Dennis Hopper: Dave Hastings

Música: Elmer Bernstein.
Productora: Paramount Pictures. Hal Wallis Production (USA).
 

Por Jesús Cendón. NOTA: 8

“Siempre es difícil criar a un hijo, decía, pero si hay que luchar con Texas una madre está perdida” (Mary Gordon hablando de Katie a sus cuatro hijos).

El antiguo proyecto de John Sturges que debía haber interpretado Alan Ladd, se convirtió en un western enérgico, vitalista y dinámico gracias al trabajo de tres entusiastas veteranos Hal B. Wallis, Henry Hathaway y John Wayne que contaban con 67, 66 y 58 años respectivamente cuando se rodó, y terminó concibiéndose como un claro homenaje al último tras haber superado una delicada operación (se le había diagnosticado cáncer en un pulmón que le fue extirpado), por lo que al parecer hizo un esfuerzo tremendo para ponerse a las órdenes de Hathaway en el plazo estipulado. De ahí su magnífica presentación, tan inmutable y majestuoso como las rocas sobre las que se encuentra su personaje.



ARGUMENTO: Tras diez años los cuatros hijos de Katie se reúnen en su entierro en el pueblo de Clearwater. Pronto descubrirán que su familia perdió el rancho en circunstancias oscuras y que su padre fue asesinado; por lo que decidirán averiguar la verdad.



Si al primer wéstern de Hathaway comentado en este blog (“El jardín del diablo”) lo calificábamos de atípico tanto por el marco geográfico en el que se desarrollaba como por tratarse de una película mezcla de géneros, de “Los cuatro hijos de Katie Elder” podemos afirmar que es un western canónico, un western a la antigua usanza en el que tanto los temas desarrollados, los personajes (claramente diferenciados entre positivos y negativos), el tono vital y el espacio físico, un pueblo de Texas, corresponden al wéstern clásico, en un momento en que comenzaban a aflorar las tendencias revisionistas e, incluso, desmitificadoras.



Se trata de una película que aborda como tema principal el peso de la ausencia. Porque sí, la verdadera protagonista a pesar de no aparecer en pantalla es Katie Elder, sutilmente simbolizada en sus vestidos, su Biblia y la mecedora que en su día le regaló su marido y a la que parece dar vida en un par de secuencia John, su hijo mayor. Pero además es su espíritu el que guiará la conducta de sus cuatro hijos. Así, John irá modificando su carácter hasta llegar a afirmar que actuarán como le hubiera gustado a su madre porque: “Esta vez Katie gana”. Y efectivamente Katie ganará su última batalla después de muerta ya que a través de sus hijos vengará el asesinato de su marido y, además, conseguirá que el menor, como era su deseo, curse estudios superiores y sus cuatro hijos recuperen la hermandad y compañerismo perdidos tras diez años sin verse. De ahí que en los aproximadamente setenta primeros minutos del filme cobren gran importancia las escenas de corte humorístico entre los hermanos, en las que destacan tanto los estupendos gags verbales como el relativo a la palabra “trespar” o en el que abordan el tipo de monumento que le construirán a Katie, como visuales con la típica pelea que tiene lugar en su rancho. De esta forma, y una vez unidos, estarán en disposición de enfrentarse a los ultrajes sufridos por su familia y hacer justicia; redimiéndose, además, de un pasado nada ejemplar, ya que John es un famoso pistolero, Tom un vulgar fullero y Matt un egoísta hombre de negocios que en ese tiempo sólo visitó una vez a sus padres para pedirles dinero.



Si la primera parte se caracteriza por su desbordante optimismo, a pesar de algún momento en el que la nostalgia inunda la pantalla, en los últimos cuarenta y cinco minutos, coincidiendo con la desaparición de algún personaje, la película adquiere un tono más dramático. Este tramo, en el que predominan las escenas de acción brillantemente resueltas por Hathaway, le permite al director reflexionar sobre el paso del tiempo y los cambios que inexorablemente conlleva. Así, nos muestra un Oeste en el que por fin ha llegado la civilización pero al mismo tiempo víctima de especuladores sin escrúpulos, representantes del capitalismo más salvaje, que se irán adueñando no sólo de los territorios sino también de la voluntad de los ciudadanos a los que manipularán a su antojo. Un tiempo nuevo en el que gente honrada como Katie Elder no tiene cabida.



Igualmente abordará, a través de la larga secuencia de la cárcel, la diferencia entre legalidad y justicia, con unos Elder a merced de sus conciudadanos que, incitados por Hatings, se convertirán en una jauría ávida de sangre dispuesta a lincharlos. Además, con el personaje del joven ayudante del sheriff parece subrayar la fragilidad del sistema recientemente creado al presentárnoslo como un individuo que se arroga la labor de juzgar, mostrándose tan recto como impulsivo y poco inteligente. De nuevo aparece planteada la dualidad entre tradición y modernidad ya que, en contraposición, el sheriff, de mayor edad, se muestra más reflexivo, racional y cercano al espíritu de los primeros colonos.



La película cuenta, como toda producción del legendario Hal B. Wallis, con una factura impecable, obra de colaboradores de la talla de Lucien Ballard a cargo de la fotografía, Hal Pereira, con nada menos que veintitrés nominaciones a los Oscars, encargado de la dirección artística y Elmer Bernstein quien compuso una sobresaliente y muy adecuada banda sonora, con un tema principal de corte épico que recuerda al de su más famosa aportación al western, “Los siete magníficos” (John Sturges, 1959).



El filme se redondea con un extraordinario reparto al frente del cual se encuentra el mentado John Wayne, muy cómodo en el papel del hijo mayor y líder del grupo. Junto a él Dean Martin en el rol de Tom. Ambos volvían a trabajar juntos tras “Río Bravo” (Howard Hawks, 1959) y de nuevo demostraron que se entendían muy bien. Además podemos disfrutar de grandes secundarios como George Kennedy en el papel del lóbrego pistolero contratado por Hatings o un joven Dennis Hopper, condenado al ostracismo siete años antes por una fuerte discusión con Hathaway, y recuperado para el cine gracias a la mediación de Wayne, gran amigo de la suegra del primero.



Un último plano. Una mecedora balanceándose. El espíritu de Katie. El espíritu del wéstern genuino. “Los cuatro hijos de Katie Elder”. 



jueves, 16 de marzo de 2017

VALOR DE LEY

(True Grit - 1969)

Dirección: Henry Hathaway
Guion: Marguerite Roberts

Intérpretes:
- John Wayne (Rooster Cogburn)
- Kim Darby (Mattie Ross)
- Glen Campbel (La Boeuf)
- Robert Duvall (Ned Pepper)
- Jeremy Slate (Emmet Quincy)
- Dennis Hopper (Moon)
- Alfred Ryder (Goudy)
- Strother Martin (Coronel G. Stonehill)
- Jeff Corey (Tom Chaney)
- Ron Soble (Capitán Boots Finch)
- John Doucette (Sheriff)
- Hank Worden (R. Ryan).

Música: Elmer Bernstein
Productora: Paramount Pictures, Hal Wallis Productions
País: Estados Unidos

Por Seve Ferrón. Nota: 8

"No sirven las legalidades con una rata, hemanita. O se la mata, o se la deja en paz.¿Conoce otra solución?" (Rooster Cogburn a Matie Ross)

John Wayne en uno de sus mejores papeles, el del sheriff Rooster Cogburn, un viejo y tuerto comisario, contratado por una adolescente para capturar a los asesinos de su padre. Lo primero que llama la atención en "Valor de ley", es su tono, casi festivo y dicharachero tratando un tema tan peliagudo como el de la venganza. De esta forma "Valor de ley", en mitad de una época de continuos cambios y avisos sobre la muerte del western, le da vida al género, con este ápice de ternura y pureza y en esto tienen mucha culpa los personajes de Mattie y Rooster, que le dieron en su momento señales de buena salud al género.



Estamos pues ante un western con un enfoque tradicional de ritmo entretenido y eficaz, lleno de grandes espacios abiertos, de acción con una excelente fotografía de Lucien Ballard, de carácter otoñal hasta la última escena, con la presencia de la nieve y con una notable y deliciosa banda sonora a cargo del gran Elmer Bernstein, y que presenta a un John Wayne en una caracterización y con un vestuario que, más que disimular ponía en relieve sus años (y gordura) en el papel de un marshall federal.



Su personaje quizás tampoco sea uno de sus mejores papeles, (Ni falta que le hacía?, pero si era distinto por primera vez en mucho tiempo "Duke", tenía que interpretar un personaje y no encarnar su fabulosa personalidad. Henry Hathaway nunca volvió a hacer una película que superará este film, pero eso no importa.



Ya nos había legado un gran número de Buenos títulos, y aunque esta claro que no era un John Ford o Mann, ni Walsh o Boetticher, ni alcanza a mi parecer el listón de Delmer , no por ello deja de ser un realizador a quien la maquinaria clásica le enseñó a construir imágenes e historias. Aunque recreaba bien el periodo de 1880 en Arkansas, ya su largo prólogo es anómalo con un aire parodico, no desmitificado mientras se van presentando los personajes de la historia, muchos de ellos interpretados por actores de teatro del momento.



La heroína de la novela Mattie Ross, podía resultar interesante y pintoresca al leer la obra, pero trasladada a la pantalla, Mattie, interpretada por la amanerada y agresiva Kim Darby, daba una imagen excesivamente enérgica. Afortunadamente la segunda mitad de la película se introduce en el tema de la persecución y los maestros Henry Hathaway y John Wayne asumen el mando, relevando a Miss Darby a un lugar secundario aunque no lo suficiente.



Sin duda hay en la filmografía de John Wayne otros títulos donde su interpretación es superior a esta, como ya sabemos, caso de "Centauros del desierto" o "Río rojo", por poner unos ejemplos, pero es sin duda uno de los grandes westerns que merece la calificación de clásico. No querría terminar sin decir: Que hay un periodo en la vida de cada niño en que un vaquero al galope sobre su caballo es la imagen más excitante que se pueda imaginar...personalmente ha sido mi caso y es tal como lo recuerdo.



Por Jesús Cendón. Nota: 8

“¿Crees que uno contra cuatro es sensato?” “Si es sensato o no dentro de un minuto lo veremos” Conversación mantenida entre Ned Pepper y Rooster Cogburn segundos antes de su enfrentamiento.

John Wayne intentó a través de la Batjac, su productora, comprar los derechos de la novela de Charles Portis para llevarla al cine, pero se le adelantó el legendario productor Hal B. Wallis (“Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “Los cuatro hijos de Katie Elder”), quien contrató a un equipo de lujo para poner en pie su proyecto: el músico Elmer Bernstein con grandes éxitos en este género (“Cazador de forajidos”, “Más rápido que el viento”, “Los siete magníficos”, “Los comancheros”, “Los cuatro hijos de Katie Elder”); el operador Lucien Ballard, ese mismo año embarcado en “Grupo salvaje”, que fotografió maravillosamente los paisajes otoñales de Montrose (Colorado) en consonancia con la edad del protagonista del filme; y Henry Hathaway, uno de los pocos directores junto a Ford y Hawks a los que John Wayne respetaba y en cuyo trabajo no intentaba inmiscuirse. El maduro director, como igualmente había hecho en la mencionada “Los cuatro hijos de Katie Elder”, concibió el filme como un claro homenaje a la veterana estrella que culminaba con el último plano en el que se contempla la imagen fija del actor saltando unos troncos a caballo. Personaje e intérprete quedaban indisolublemente unidos y Wayne se convertía en un mito.


ARGUMENTO: Tras ser asesinado su padre por Tom Chaney, uno de sus empleados, Mattie Ross contrata a un agente federal, Rooster Cogburn, para que atrape al homicida. Junto con un ranger de Texas, La Boeuf, partirán hacia territorio indio en donde se ha refugiado Tom. Pero la situación se complicará al haberse unido a la banda de Ned Pepper, un forajido con el que Rooster tiene una cuenta pendiente.


Hathaway junto a Marguerite Roberts, guionista habitual de los últimos wésterns del director (“El póquer de la muerte” y “Cerco de fuego”, con la que presenta ciertas similitudes esta película) abordó el filme con su clasicismo habitual, aunque al mismo tiempo anunciaba con ciertos detalles los nuevos tiempos: uso del zoom en alguna escena o el incremento de la violencia con un tono, además, más descarnado (la escena de la cabaña protagonizada por Dennis Hopper es un buen ejemplo de una secuencia inusual en el cine del septuagenario director). Carga de violencia, por otra parte, aliviada a través de las distintas situaciones cómicas diseminadas a lo largo del filme.


El director, además,  trata en la película, que en su parte central adquiere la forma de una road movie clásica, dos temas principales: la venganza y la muerte.


Mattie anhela vengar la muerte de su padre, deseo que constituye el leit motiv del filme, pero la venganza se plantea de forma moralizante. Durante el viaje no sólo dejará atrás su inocencia sino que vivirá su propio infierno representado en un pozo con serpientes, estará a punto de morir y perderá a un ser querido. El precio de la venganza es, pues, muy alto.


Este carácter moralizante de la cinta se refleja en otros aspectos como la importancia dada a la familia en su función integradora del individuo en la sociedad; la imagen negativa del alcohol ya que, a pesar de dar lugar a situaciones cómicas protagonizadas por Rooster, será el causante del drama (de hecho Mattie en un momento dado refiriéndose a Tom les comenta a sus dos acompañantes que: “Bebe mucho, como ustedes. Así se convirtió en un asesino”); o la incesante presencia de la religión en el filme, sobre todo a través de las constantes referencias a las confesiones religiosas profesadas por los distintos personajes.



El otro tema fundamental es el de la muerte, cuya presencia es constante a lo largo de la película y está representada en ataúdes, tumbas, ejecuciones sumarísimas transformadas en espectáculos públicos, duelos y asesinatos. Además en una lectura más profunda parece que Hathaway, en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico, está certificando el final del wéstern; o por lo menos, la despedida de una forma de entender este género y del actor que mejor había encarnado los valores del mismo. En este sentido hay que tener en cuenta que el estreno de “Valor de ley” coincidió prácticamente con el de “Grupo salvaje” (Sam Peckinpah); mientras que el de “Hasta que llegó su hora” (Sergio Leone) tuvo lugar un mes antes, y en ambos filmes sus respectivos directores, con el más absoluto respeto a este género cinematográfico, abordaban el wéstern desde una perspectiva totalmente diferente y con una clara visión desmitificadora.


Para tratar ambos temas, Hathaway estructura la película en torno al curioso triángulo establecido entre los personajes principales: el Marshall Cogburn, el ranger La Boeuf y la joven  Mattie; en el que los dos primeros llegarán a rivalizar para ganarse el afecto de la joven.

John Wayne realiza una memorable composición como Rooster por la que obtuvo el único Oscar de su carrera. Por fin la Academia de Hollywood reconocía el enorme talento de un actor habitualmente subestimado que, si bien carecía de la variedad de registros interpretativos de otras estrellas, contaba con una enorme presencia, una desbordante personalidad y una extraordinaria naturalidad con las que se adueñaba de cada plano de cada secuencia de las películas en las que intervenía.


Wayne por primera vez no tuvo que disimular su edad para interpretar al gordo, viejo, borrachín y tuerto Marshall. Un hombre violento, rudo, insociable, huraño y desubicado en un mundo cambiante al que por fin había llegado la civilización; sustituyéndose los duelos y los colts por los abogados, los jueces y la ley (de hecho a Mattie le llega a decir un personaje que utiliza al abogado Dagget como si fuera un revólver). Un mundo en el que la palabra dada se ha visto reemplazada por los contratos escritos. Es, en definitiva, un inadaptado acostumbrado a convivir con la muerte (ha acabado con veintitrés hombres en cuatro años) al que le cuesta dar cuenta  a la justicia de su forma de actuar. A pesar de ser un individuo que, a primera vista, provocaría el rechazo del espectador, Hathaway lo trata con cariño mostrando sus imperfecciones (en realidad es un pícaro con querencia por el alcohol que ese embarca en la aventura por el dinero prometido, además de intentar en todo momento obtener un beneficio económico cada vez que acaba con un enemigo) pero también sus virtudes, revelando el lado más humano del personaje en una estupenda escena nocturna en la que se sincera con Mattie. Además de reservarle una secuencia que forma parte, por méritos propios, de la antología del wéstern. Me estoy refiriendo al enfrentamiento final, cual justa medieval, con Ned Pepper y tres de sus esbirros en el que toma las riendas de su caballo con los dientes y empuña en una mano su colt y en otra su wínchester de palanca redondeada y se lanza contra sus oponentes. Pura épica.


Estamos frente a un héroe peculiar al que, no obstante y a pesar de su avanzada edad, el viaje le permitirá redimirse de tanta muerte al salvar la vida de Mattie; además de, en un gran y emotivo final, encontrar algo parecido a una familia en la joven.


Wayne, con Rooster Cogburn, consolidaría un tipo de personaje habitual en la parte final de su carrera, el de hombre solitario sin asidero emocional alguno. Así en “Río Lobo” (1970) le presentaron como un individuo carente de atractivo para las mujeres calificándole como un hombre confortable, en “Chisum” (1970) su único lazo familiar es una sobrina, en “El gran Jack” (1971) a pesar de querer a su mujer lleva viviendo alejado de ella durante años y en “La soga de la horca” (1973) interpretó a un viudo con graves problemas con sus hijos.


Además, por su forma especial de entender la justicia y la aplicación de la ley, el personaje de Rooster puede considerarse como un embrión de numerosos policías surgidos en la década siguiente y cuyo paradigma sería Harry Callahan quien en la primera entrega de la serie, “Harry, el sucio” (Don Siegel, 1971), también tenía que dar cuentas de sus métodos expeditivos al fiscal del distrito. De hecho el papel del antihéroe Harry se lo ofrecieron en primer lugar a John Wayne, quien encarnaría posteriormente a “McQ” (John Sturges, 1974) y “Brannigan” (Douglas Hickox, 1975) dos personajes claramente inspirados en el inmortalizado por Clint Eastwood.


Mattie, interpretada con gran acierto por una prácticamente debutante en el cine Kim Darby, es una joven de marcada personalidad y de una gran madurez para su edad. Impulsiva, obstinada y decidida, Rooster se reconocerá en ella cuando era más joven (en un momento dado le comenta a La Boeuf: “¡Vaya con la chica! Me recuerda a mí mismo”). Obsesionada con acabar con Tom, llega a afirmar que si la ley no lo ejecuta lo haría ella personalmente, el viaje la cambiará definitivamente convirtiéndola en una mujer. Personaje aparentemente duro, se desmorona en una gran escena intimista en la que a solas recoge el reloj de su padre y entre sollozos se acaricia con él la cara. Tras chocar inicialmente con Rooster, poco a poco se irá acercándose a él hasta convertir al arisco Marshall en una especie de sustituto de su padre. 


Sin duda la química entre Darby y Wayne contribuyó decisivamente al éxito de la cinta aunque su relación durante el rodaje de la película no fue buena.


El tercer vértice del triángulo lo constituye el ranger La Boeuf, el personaje menos interesante de los tres tanto por estar interpretado por Glen Campbell, cantante folk de escasa entidad, como por estar menos desarrollado. Tampoco es un personaje del todo positivo al embarcarse en la aventura por motivos personales, favorecer con la captura de Tom su acercamiento a una joven de buena posición en Texas. En todo caso, Hathaway aceptó la presencia del actor con el objeto de que el tema principal interpretado por él se convirtiera en un éxito que respaldara la película.


A los tres protagonistas les acompaña un más que competente elenco de secundarios, entre los que destacan Robert Duvall como Ned Pepper y Dennis Hopper, el mismo año que dirigió la rompedora “Easy Rider”, como el desdichado Moon.


En definitiva, “Valor de ley” es un gran filme, más complejo de lo que puede parecer a primera vista, que sirvió para revitalizar la carrera algo alicaída de John Wayne tras el fiasco de “Boinas verdes” y mostró, como señaló en su día un crítico estadounidense, que la vieja estrella todavía era capaz de “recrear ante nuestros ojos la dorada mitología del Oeste”.


Como curiosidades cabe señalar que:
- Mia Farrow aconsejada por Robert Mitchum, cuya relación con Hathaway no había sido buena durante el rodaje de “El póquer de la muerte”, rechazó el papel de Mattie. 
- De la película se han realizado dos remakes: un telefilme de 1978 protagonizado por Warren Oates y Lisa Pelikan, y el más conocido realizado para la pantalla grande en 2010 por los hermanos Coen con Jeff Bridges en el papel de Rooster.
- El productor barajó el nombre de Elvis Presley para dar vida a La Beouf.
- Seis años después Hal B. Wallis capitalizó el éxito de la película con la secuela dirigida por Stuart Millar “El rifle y la biblia”; filme que, con una estructura similar, emparejó a Wayne con Katherine Hepburn.




miércoles, 9 de diciembre de 2015

DUELO DE TITANES

(Gunfight at the O.K. Corral) - 1957

Director: John Sturges
Guión: Leon M. Uris

Intérpretes:
- Burt Lancaster: Wyatt Earp
- Kirk Douglas: Doc Holliday
- Rhonda Fleming: Laura
- Jo Van Fleet: Kate
- John Ireland: Johnny Ringo
- Dennis Hopper: Billy Clanton

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: Paramount Pictures
País: Estados Unidos

Por: Güido Maltese. Nota: 8,5

Doc Holliday: "Si he de morir, déjame que lo haga por el único amigo que he tenido en la vida"

Dirigida por el gran John Sturges (“Los siete Magníficos”, “El último tren de Gun Hill”, etc...) e interpretada por Burt Lancaster (Wyatt Earp), Kirk Douglas (Doc Holliday), Rhonda Fleming (Laura), Jo Van Fleet (Kate), John Ireland (Johnny Ringo) y una de las primeras apariciones de Dennis Hopper (Billy Clanton).




Nos narra, nuevamente, la historia del famoso duelo de O.K. Corral. Y digo nuevamente, pues recordemos que el maestro Ford ya tocó el tema 11 años antes con la gran “Pasión de los Fuertes” (1946).
Aunque Sturges nos brinda una óptica muy diferente sobre el tema, destacando, sobre todo lo demás, uno de los temas que mas me atraen del western (y de la vida real): la Amistad.

Dos hombres solitarios, duros, con sus propios códigos de honor y, aparentemente, completamente antagonistas. Earp, adalid de la ley y la justicia, serio, férreo en sus convicciones, leal a sus principios y tozudo en sus decisiones.
Holliday, ex dentista convertido en pistolero, jugador profesional, bebedor empedernido y atormentado por su conciencia, sarcástico y cínico, pero también leal a sus principios y códigos de honor.

El desarrollo de la película, con un guión excelente de León Uris, va in crescendo, llevándonos poco a poco a través de la relación que se va estableciendo entre los dos protagonistas. Arranca desde una animosidad manifiesta entre Earp y Holliday, entre la ley (por encima de todo) y el fuera de la ley (aunque siempre en “defensa propia”).




Earp salva a Holliday de un linchamiento (aunque no le guste Holliday, su credo en la ley y la justicia le obliga a ello). A partir de ahí, las vidas de los dos se cruzaran constantemente y la vida honrada y ordenada de Earp, se siente atraída por la personalidad atrayente y tan diferente de Holliday. Mientras, éste último está decidido a pagar su deuda por haberle salvado la vida. Pero cuando ésa deuda queda saldada, la amistad ya ha arraigado en ambos hombres y los ha marcado profundamente. Y todo esto queda reflejado en dos escenas increíbles:

La primera, cuando el orgulloso Earp se traga su orgullo y le pide ayuda a Holliday. El duro y solitario agente de la ley, acostumbrado a resolverlo todo sólo y sin ayuda de nadie (y menos de un tipo cómo Holliday) decide recurrir a la única persona en la que confía.




La segunda, cuando Holliday, muy enfermo ya, le dice a Kate: “Si he de morir, déjame que lo haga por el único amigo que he tenido en la vida”.
¡¡Espectacular!! Esta frase resume toda le película y, a mí, me pone la carne de gallina....



Y que decir de la interpretaciones de Lancaster y Douglas. Magistrales ambas, en un duelo interpretativo de los mejores que existen en el western y en el Cine en general. Dos de los mas grandes de la pantalla frente a frente y sin que uno supere al otro, mas que en momentos puntuales. Pero, al final, Douglas se lleva el gato al agua ya que está sublime e inunda la pantalla con su presencia.

A destacar tambien la actuación de John Ireland en el papel del enemigo jurado de Doc Holliday, Johnny Ringo.

Las interpretaciones femeninas, correctas sin más. Eso sí, el papel de Rhonda Fleming es, para mi gusto, demasiado importante y nos distrae por un momento de lo que realmente nos interesa. Aunque, por otra parte, nos aporta la visión de la lealtad y el honor de Earp: aunque está completamente enamorado, prefiere cumplir con su deber y perderla a ella.




Otra gran baza de la película es la sublime fotografía de Charles B. Lang (“El hombre de Laramie”, “Los 7 Magníficos”, etc..). Cuidada y elaborada, nos sorprende desde el principio con unos paisajes espectaculares de las llanuras del oeste. Y no olvidemos la música del gran maestro del western: Dimitri Tiomkin (“Rio Bravo”, “El Álamo”...) y, sobre todo, el pegadizo tema central interpretado por Frankie Laine.... ¿qué aficionado al western no conoce ése tema?.

En definitiva, la película es una maravilla del 7º Arte, imprescindible para cualquier aficionado y no solamente del western, sino del Cine.




Y, para mí, lo más importante: la manera de tratar el tema de la Amistad, la Lealtad y el Honor entre dos hombres, entre dos amigos.

“Si he de morir, déjame que lo haga por el único amigo que he tenido en la vida”....brrrrrrr, que escalofrios!!!

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Por: Xavi J. Prunera. Nota: 8,5

Poco podré añadir, probablemente, a lo que -con sumo acierto- ya ha comentado mi amigo Güido sobre este extraordinario western. Aún así, permitidme que vierta mis humildes impresiones sobre “Duelo de titanes” en este blog porque creo que es justo y necesario confirmar y/o reforzar las palabras de mi colega las veces que sea preciso para que a nadie le quede la menor duda que estamos ante un peliculón como la copa de un pino.

Y aunque lo más fácil sería vertebrar mis argumentos entorno al sublime duelo interpretativo entre Kirk Douglas y Burt Lancaster, al pegadizo tema musical compuesto por Dimitri Tiomkin e interpretado por Frankie Laine, a la impecable fotografía de Charles B. Lang, al impoluto guión de León Uris o a la suntuosa ambientación y puesta en escena de la que hace gala yo creo, francamente, que la clave del éxito de “Duelo de titanes” reside —como bien apunta Maltese— en esa amistad, en esa lealtad a prueba de bombas entre Wyatt Earp (Burt Lancaster) y John ‘Doc’ Holliday (Kirk Douglas). Una amistad que nace, paradójicamente, de cierta animosidad inicial, que va creciendo poco a poco con total y absoluta naturalidad y que llega a su momento culminante cuando Earp le implora ayuda a un abatido Holliday o cuando el propio Holliday se levanta renqueante de la cama la mañana del célebre duelo en OK Corral y pronuncia, ante Kate, una de las frases más conmovedoras de la peli: “Si he de morir, déjame que lo haga por el único amigo que he tenido en la vida”.

Así pues permitidme también que reivindique al que coordinó todo ello; al que narró toda esta historia con un pulso y una elegancia encomiables. A John Sturges. Un cineasta al que tradicionalmente siempre se le ha situado un peldañito por debajo de Ford, Hawks, Mann y cia. y que con este pedazo de western (así como con “El último tren de Gun Hill” o “Los siete magníficos”) constata fehacientemente que, de sobras, sabía hacer muy bien su trabajo.