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jueves, 28 de septiembre de 2017

MISIÓN DE AUDACES

(The horse soldiers, 1959)

Dirección: John Ford
Guion: John Lee Mahin y Martin Rankin.

Reparto:
- John Wayne: Coronel John Marlowe
- William Holden: Mayor Henry Kendall
- Constance Towers: Miss Hanna Hunter
- Judson Pratt: Sargento de Primera Kirby
- Ken Curtis: Wilkie
- Willis Bouchey: Coronel Phil Secord
- Bing Russell: Duker
- Carleton Young: Coronel Jonathan Miles
- Denver Pyle: Jackie Jo
- Strother Martin: Virgil

Música: David Butolph.
Productora: The Mirisch Corporation. Mahin-Rankin Production.

Por Jesús Cendón. NOTA: 8


“Uno nace, otro se va. Interesante proceso: traer seres al mundo para este resultado” (El Mayor Kendall al Coronel Marlowe tras haber asistido a una parturienta inmediatamente después de haber fallecido un soldado).

El tándem John Ford (director)-John Wayne (actor) fue uno de los más fructíferos del Hollywood clásico, legándonos obras del nivel de “La diligencia” (1939), “Fort Apache” (1948), “Tres padrinos” (1948), “La legión invencible” (1949), “El hombre tranquilo” (1952), “Centauros del desierto” (1956), “Escrito bajo el sol” (1957)” o “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962).



En esta película el primero abordó el tema de la Guerra de Secesión (1861-1865), conflicto bélico con abundantes y continuas referencias en su filmografía pero al que tan sólo volvió en el episodio correspondiente de “La conquista del Oeste” (1962) en el que de nuevo contó con su actor fetiche dando vida al General Sherman.



Para esta ocasión se basó en un hecho real, el llamado “raid” del coronel Grierson, novelado por Harold Sinclair y guionizado por la pareja Mahin-Rackin, que también ejerció como productora.

ARGUMENTO: El coronel nordista John Marlowe recibe la orden de internarse con su brigada en territorio confederado con el objetivo de destruir la estación de Newton, fundamental para las comunicaciones y el transporte de materiales del Sur. Junto a sus hombres le acompañará el mayor médico Henry Kendall con el que mantendrá desde el inicio un constante enfrentamiento.



Claro ejemplo del talento de Ford, la escena inicial en el que vemos recortadas las figuras de la caballería unionista mientras suena una preciosa marcha militar te vuelve a enganchar y a engañar porque parece que nos va a ofrecer un filme de acción a mayor gloria del ejército estadounidense, una historia épica en la que se resalte el heroísmo de los soldados de azul. Pero lo cierto es que nos encontramos ante una película demoledora y amarga en la que la Guerra de Secesión norteamericana le sirve al genial director para mostrar el horror y desprecio que sentía por los conflictos bélicos, desmontando de esta forma la fama propagada por una crítica interesada que le tachó injustamente de belicista. Porque en la guerra de Ford no hay lugar para el heroísmo y la gloria ya que esta se muestra como la derrota de la civilización; de hecho el coronel Marlowe llega a afirmar frente a los reproches del mayor Kendall que: “La guerra no tiene mucho que ver con la civilización”. Su visión es, pues, desapasionada y nos expone de forma cruda qué es para él la guerra: muerte, sufrimiento, dolor, destrucción y desolación.

En este sentido cobran gran importancia varias escenas:



La carga de los cadetes con edades comprendidas entre 8 y 17 años de la Escuela Militar de Jefferson (secuencia que no figuraba en el guion y fue ideada por el director), mostrándonos sin ningún tipo de moralina la locura en la que se ven envueltos estos con dos detalles excepcionales: dos de los cadetes no se encuentran disponibles por tener paperas y un tercero es relevado ante las suplicas de su madre, que ya ha perdido en la guerra a su marido y al resto de sus hijos. Son en definitiva niños víctimas de la guerra de sus mayores.



La carga suicida del ejército Confederado en Newton, con homenaje a “El nacimiento de una nación” incluido. Ataque cuyo resultado es una masacre y le hace al coronel Marlowe afirmar: “Yo no quería esto. Trataba de evitar la lucha”, mientras que el mayor Kendall le responde: “Por eso escogí la medicina”.



A la escena anterior le suceden las correspondientes a la destrucción de la estación de Newton con los soldados comportándose como meros salteadores y la del bar en el que se improvisa un hospital de campaña para atender a los heridos, muchos de ellos destrozados, que culmina, para aumentar el dramatismo y el sinsentido de lo que hemos visto, con una conversación entre Kendall y el coronel confederado al frente del ataque, viejos conocidos, sobre el estado de la familia del último.



Además Ford hace hincapié en el hecho de que ninguno de los oficiales nordistas sea militar de carrera, mostrándolos como civiles envueltos en una situación que les supera; son también víctimas del conflicto. Así el coronel Marlowe es ingeniero de ferrocarriles, dándose la paradoja de que el conflicto bélico le obliga a destruir aquello que construye en su vida civil (estaciones y vías de ferrocarril). El mayor Kendall es médico y constantemente deja constancia de que “Antes que nada soy médico”. El mayor Grange es actor e incluso llega a recitar un pasaje de Ricardo II; mientras que el coronel Secord es político. Y curiosamente es a este, junto con los desertores, al que Ford muestra todo su desprecio, puesto que intenta obtener un beneficio de las acciones de rapiña protagonizadas por sus hombres (sueña primero con potenciar su candidatura al Congreso, más tarde con convertirse en Gobernador e incluso, en plena enajenación, con llegar a ser el Presidente de los EEUU).



Además Ford, consecuentemente con su planteamiento antibelicista, no toma partido por ninguno de los dos bandos en conflicto. Así presenta a los yankees, aunque deben cumplir con su deber, prácticamente como intrusos; mientras que a los rebeldes los retrata como seres dignos y honorables e incluso muestra cierta admiración por ellos a través del general Sherman quien sostiene que con menos recursos y menos hombres el Sur tiene en un puño al Norte, justo inmediatamente después de que le preguntasen “¿Qué tal?” y contestara “Viviendo”, palabra clave porque en la guerra el éxito lo constituye el seguir vivo.
Película, por tanto, con una profunda carga dramática que el genial director de origen irlandés alivia recurriendo a varias escenas de corte humorístico, demostrando una vez más que estaba especialmente dotado para este género. Entre los gags más conseguidos se encuentran los relativos a la afición del sargento mayor por la botella o la secuencia de la cena cuando una sugerente e insinuante Miss Hanna le pregunta al coronel Marlowe si prefiere pata o pechuga, provocando el aturdimiento en el militar.





Como todos los filmes de Ford es una película de personajes y para dar vida a estos volvió a contar con un elenco excepcional. La trama se estructura en torno al conflicto surgido entre los dos protagonistas: un extraordinario John Wayne en el rol del coronel Marlowe, un hombre rudo y amargado, consciente de su deber que antepondrá a cualquier otra consideración. Con un pasado doloroso que le lleva a detestar a los médicos, encauzará ese odio hacia Kendall, rol magníficamente interpretado por William Holden. Este representa el humanismo en la barbarie, un hombre caracterizado por su ironía pero que, ante todo, es fiel a su juramento hipocrático, por lo que decidirá permanecer junto a los heridos a pesar de que le cueste ser encarcelado en la temible prisión de Andersonville. El principal papel femenino corre a cargo de Constance Tower, actriz protagonista al año siguiente de “El sargento negro”, quien encarna a Hanna Hunter, propietaria Greenbiar Landing, a la que secuestrará Marlowe por haber descubierto sus planes y de la que finalmente se enamorará (precioso el plano en el que se queda con su pañuelo) simbolizando esta incipiente relación la reconciliación nacional, uno de los temas recurrentes en la filmografía de Ford. Junto a ellos secundarios habituales del director entre los que destaca, sin duda, Willis Bouchey como el ambicioso e inmoral coronel Secord, un ser hipócrita y traicionero presto a especular con la guerra para obtener un beneficio.



En definitiva, “Misión de audaces” se puede considerar como la cuarta película que configura la “trilogía” sobre la caballería de Ford y no desmerece en nada a sus precedentes; a pesar de un final un tanto abrupto motivado por la muerte de un especialista, lo que llevó a Ford, deprimido por el hecho, a acortar y rodar sin implicarse demasiado la sangrienta batalla final con la que debía acabar la cinta.

jueves, 7 de septiembre de 2017

EL SARGENTO NEGRO

(Sergeant Rutledge - 1960).

Dirección: John Ford.
Guion: James Warner Bellah, Willis Goldbeck.

Reparto:
- Jeffrey Hunter: Teniente Tom Cantrell
- Constance Towers: Mary Beecher
- Billie Burke: Cordelia Fosgate
- Woody Strode: Sargento Braxton Rutledge
- Juano Hernández: Sargento Skidmore
- Willis Bouchey: Coronel Otis Fosgate
- Carleton Young: Capitán Shattuck

Música: Howard Jackson.
Productora: Warner Bross. Ford Production. (USA).

Por Jesús CendónNOTA: 8,5

“Sentía que el ejército era mi hogar, mi verdadera libertad y mi propia estimación. Y el modo en que iba desertar me convertía en una fiera dañina que huye acosada. ¡Y yo no soy eso. Comprende. Soy un hombre!” (El sargento de primera Braxton Rutledge en su juicio ante el acoso al que se ve sometido por parte del fiscal).


ARGUMENTO: El sargento de primera Braxton Rutledge, un soldado ejemplar, es sometido a un consejo de guerra por el asesinato del comandante del fuerte y la violación y asesinato de la hija de este. El teniente Cantrell, su inmediato superior, se encargará de la defensa e intentará esclarecer la verdad.


El antiguo proyecto de la Warner a cargo de Andre de Toth situado en Europa en la época contemporánea y archivado en 1957 fue retomado por Willis Goldbeck al ver un cuadro de Remington sobre un soldado negro de la caballería de los EEUU. Este posteriormente contactaría con el también guionista James Warner Bellah para elaborar una historia sobre el papel desempeñado por la población negra en el ejército de los EEUU, y más concretamente referida a los Regimientos IX y X. Pero en manos de John Ford, al que le gustaba implicarse en los guiones modificando aquello que le desagradaba e incluyendo lo que estimaba conveniente, la película no sólo se convirtió en un valiente alegato antirracista sino en un sincero reconocimiento de la importancia de la participación de la población negra en la conquista del Oeste y, por tanto, en la construcción de los Estados Unidos. De nuevo Ford defendía la tesis de que la historia de un país la escribe su gente, generalmente las clases populares. Así, si en “La uvas de la ira” emitía una rotunda declaración al afirmar por medio de Ma Joad: “Nosotros somos el pueblo, nosotros seguimos adelante”, y en “Fort Apache” exaltaba en el discurso final del capitán Yorke a la caballería identificándola con los soldados y no con sus oficiales, en esta le toca el turno a la población negra que siendo esclava participó en la Guerra de Secesión para posteriormente alistarse en los citados IX y X Regimientos de Caballería para destacar por su valor en los combates contra los indios (la escena en la que Cantrell explica a Mary por qué son llamados soldados búfalos es rigurosamente cierta).


Por tanto, estamos ante una de las películas ideológicamente más comprometidas del genial director de origen irlandés en el que toma partido por las justas reivindicaciones de la población negra. Posicionamiento lógico desde la perspectiva actual (cincuenta y cinco años después de su estreno) pero cuya importancia se debe valorar en el contexto sociopolítico del momento en el que se cuestionaban dichas reivindicaciones. Una época convulsa con el renacimiento desde mediados de los años cincuenta del Ku Klux Klan y el recrudecimiento de sus actividades violentas como reacción a la proliferación de los movimientos antisegregacionistas tanto de corte pacífico como más radicales y violentos liderados, respectivamente, por Martin Luther King y Malcolm X (ambos dirigentes fueron asesinados). Dichos movimientos culminaron en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que puso fin, desde el punto de vista legal, a la segregación racial.


Incluso la película parece anticiparse a través de la figura de Ruthledge al famoso discurso “Yo tengo un sueño” expresado por Martin Luther King en el monumento a Abraham Licoln en 1963 al afirmar el sargento que: “El destino de los míos es vivir atormentado. Muy bonito lo que dijo Lincoln pero no es cierto. Aún no.” Para, en otra escena, ante un moribundo Moffat que reniega de participar en la lucha de los blancos aseverar: “Luchamos por nuestro porvenir. Algún día Moffat, algún día”. Es, por tanto, consciente de la situación de discriminación de su raza y de las limitaciones que le impone la sociedad en la que vive pero confía en que su entrega y su sacrificio sirvan para en un futuro alcanzar la igualdad con el hombre blanco y, como Martin Luther King, sueña con el advenimiento de ese día.


Ford por tanto identifica a la población negra de su país con Ruthledge, de ahí que la dialéctica sobre el racismo sea constante, con dos momentos especialmente dramáticos. Aquel en el que vuelven a esposar al sargento para a continuación leer el documento de su manumisión y cerrar la escena Mary afirmando: “Era preciso tratarlo como un animal”; es decir, nada ha cambiado a pesar del sacrificio de la población negra. Y aquella del juicio en la que, acosado por el fiscal, se levanta y entre sollozos reivindica su condición de hombre y no de bestia, mientras que Ford lo retrata con un ligero contrapicado con el objeto de ensalzarle, de agrandar su figura; un soldado ejemplar que por ser de raza negra sufre la discriminación y el desprecio de una población por la que día a día se juega la vida.


El filme además es un híbrido entre western y thriller de juicios de tanto éxito en el momento de su realización gracias a películas de la talla de “Doce hombres sin piedad” (Sidney Lumet, 1957), “Testigo de cargo” (Alfred Hitchcock, 1957) o “Anatomía de un asesinato” (Otto Preminger, 1959) y se desarrolla en dos espacios claramente diferenciados: la sala del juicio de ambiente claustrofóbico e iluminada de forma teatral al focalizarse la luz en los testigos; y los espacios abiertos que le permiten retratar de nuevo su querido Monument Valley y rodar de forma brillante varias escenas de acción. Todo ello a través de una estructura compleja basada en varios flashbacks perfectamente integrados en la historia a través de los cuales el espectador, al igual que el teniente Cantrill, irá intuyendo la verdad.

Junto al tema del racismo Ford aborda otros, algunos de ellos recurrentes en su filmografía, entre los que destacan:


- La crítica a una sociedad cargada de prejuicios, morbosa, presta a convertir un juicio por asesinato con las graves consecuencias que conlleva en un mero espectáculo o, incluso, a exigir el linchamiento del reo antes de ser juzgado.


- El ejército como institución que encarna los valores más nobles del ser humano: la entrega, el sacrificio, la lealtad, el compañerismo, el altruismo. Una institución compuesta por soldados a los que no se les discrimina por el color de su piel.


- La amistad, representada en la relación de mutuo respeto entre el teniente Cantrell y el sargento. El primero a pesar de que, como soldado, debe ser fiel a las ordenanzas le muestra su confianza e incluso, a pesar de las abrumadoras pruebas en su contra, le llega a confesar: “Si usted me dice que no lo hizo yo le creeré”. Es el tipo de amistad y camaradería surgida entre dos hombres durante seis años combatiendo codo con codo.


- La necesaria reconciliación nacional, tema introducido sutilmente a través del Manual sobre el Consejo de Guerra de la Confederación adoptado por la Unión. Circunstancia que da lugar a uno de los brillantes gags diseminados a lo largo de la película. Entre estos cabe destacar el de la partida de cartas, resuelto con una estupenda elipsis de la que podrían tomar nota algunos directores actuales, o el de la pasión por el “agua” del presidente del tribunal.



- El rechazo a los conflictos bélicos y sus consecuencias, al citar por dos veces el saqueo de Atlanta cometido por las tropas unionistas.


Para dar vida a los personajes Ford se rodeó de un grupo de actores fijos en su cine que, sin ser estrellas, conforman un conjunto compacto. Como protagonista aparece un notable Jeffrey Hunter, interprete lanzado por la Twentieh Century Fox como gran promesa en la década de los cincuenta junto a Robert Wagner, con el que coincidió en varias películas como “Pluma blanca” (Robert D. Web, 1955) o “La verdadera historia de Jesse James” (Nicholas Ray, 1957) por ceñirnos a este género, y fallecido prematuramente de forma absurda en un accidente doméstico. En uno de sus mejores papeles, da vida al sagaz y recto teniente Cantrell, un soldado con plena confianza en el ejército. En el rol de Mary nos encontramos con Constance Towers que había trabajado con Ford en “Misión de audaces” (1959). En el rol del sargento aparece Woody Strode, cuya habitual impasibilidad dota al personaje de la honorabilidad y orgullo que requería, un individuo que es consciente de que con él se juzga a su raza y antepone el buen nombre del IX de Caballería a su propia seguridad.






Junto a ellos destacan tres secundarios con actuaciones memorables: Billie Burke en el papel de Cordelia Fosgate testigo y mujer del presidente del tribunal; símbolo de esa sociedad pazguata, cotilla, frívola, capaz de trivializar un juicio por asesinato y de escandalizarse tan sólo por el morbo que rodea al caso. Willis Bouchey como el coronel Fosgate, representante del militar admirado por Ford; un individuo que suple sus carencias jurídicas con un profundo sentimiento por hacer justicia y conocer la verdad, y que tan sólo ve en Rutledge a un soldado. Por el contrario el fiscal, magníficamente interpretado por Carleton Young, del que Ford se preocupa por informarnos de que no es un verdadero militar por llevar diez años en el Cuartel General como auditor, mostrará constantemente sus prejuicios raciales e incluso en uno de sus alegatos contrapondrá la noción de muchacho blanco a la de hombre negro. Se trata de un personaje inflexible más preocupado por condenar a muerte al sargento que por desenmascarar al asesino, un individuo que se sirve de argucias legales y no dudará en humillar a los soldados negros.


Estamos pues ante un gran wéstern, incomprensiblemente calificado en su día como menor pero que el tiempo ha ido agigantando y otorgándole su verdadero valor. En todo caso, vista la película, me pregunto ¿A quién no le gustaría tener una filmografía repleta de “obras menores” como esta?

Como curiosidad comentaros que el sargento se apellida como el primer gran amor de Abraham Lincoln, coincidencia que no creo que sea casual.