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miércoles, 4 de mayo de 2016

LA VENGANZA DE ULZANA

(Ulzana's Raid) - 1972

Director: Robert Aldrich
Guion: Alan Sharp

Intérpretes:
Burt Lancaster: McIntosh
Bruce Davison: Teniente Garnett DeBuin
Jorge Luke: Ke-Ni-Tay
Richard Jaeckel: Sargento
Joaquín Martínez: Ulzana
Lloyd Bochner: Charles Gates

Música: Frank De Vol

Productora: Universal Pictures / De Haven Productions
País: Estados Unidos

Por: Güido MalteseNota: 9

Comandante Cartwright: ¿Sabe lo que dijo el general Sheridan de este país, teniente?
Teniente DeBuin: No, señor.
Comandante Cartwright: Dijo: Si yo fuera dueño del infierno y de Arizona, viviría en el infierno y alquilaría Arizona.
Teniente DeBuin: Creo que lo dijo de Texas, señor
Comandante Cartwright: Tal vez, pero se refería a Arizona!

Moribundo ya el western clásico desde el inicio de la década de los 60, con los Estados Unidos metidos de lleno en la guerra de Vietnam y con una sociedad cada vez más crítica y reacia a las políticas establecidas, las “películas del Oeste” tomaron otros derroteros muy alejados del conservadurismo y éticas del género (en esto también tuvo mucho que ver el Western europeo). Podríamos decir que surgió una “generación violenta”, encabezada por Peckinpah y apoyada por Brooks, Siegel, Aldrich, etc...



Y, aunque no consiguieron reflotar el género, nos dejaron un buen puñado de magníficos films, entre ellos el que hoy nos ocupa que, para mí, es el mejor “western no clásico” que existe... y paso a explicaros el porqué de mi opinión:

Recordemos que Aldrich y Lancaster ya habían trabajado juntos en la gran “Veracruz” y en la sobrevalorada “Apache”, ambas de 1954. Bien, pues casi veinte años después, se vuelven a unir (Aldrich en la dirección y Lancaster en la interpretación y producción) para dar vida a uno de los westerns más violentos, crueles, ásperos y brutales que podamos encontrar. Y con un presupuesto bastante ajustado, cosa que en algunas escenas es bastante obvio, consiguen rodar un gran film que no tuvo mucho éxito en su día, pero que el tiempo ha puesto en su lugar y, a día de hoy, no solamente se le hace justicia en cualquier ranking del género, es que además se ha convertido en una película de culto.



Los que sois asiduos de este blog, ya sabéis mi debilidad por los westerns que tratan sobre la amistad, el honor, la lealtad, etc... Bien, pues tengo otra pasión desmesurada: Los indios y, especialmente, los apaches. Pero no esos apaches pulcros, limpios, bien peinados y con ropajes impecables e interpretados por blancos con crema de zanahoria en la cara (véase a Jeff Chandler en “Flecha Rota”, Chuck Connors en “Gerónimo”, o el propio Lancaster en “Apache”, por ejemplo) que me parecen bastante ridículos y muy alejados de la realidad. Y aunque ningún apache cinematográfico se aproxima a todo lo que he leído sobre ellos, algunos directores supieron darles más realismo y veracidad. Los apaches de John Ford ya eran bastante creíbles y fue muy imitado en filmes posteriores que trataban el tema (“Hondo” de Farrow, “Fort Bravo” de Sturges o “Rifles Apaches” de Witney). Pero es a mediados de los 60 cuando se “perfecciona” el apache en los westerns (“Rio Conchos”, “Mayor Dundee”, “Duelo en Diablo”, etc...) y a principios de los 70, concretamente en el 72, cuando aparece el, en mi opinión, “apache perfecto” en el film que nos ocupa. Esta es, sin la menor duda, la mejor película de apaches que existe.



Pero vamos ya con “La venganza de Ulzana” que es lo que nos interesa....
El jefe apache Ulzana y unos cuántos guerreros escapan de la reserva para dirigirse a México, aunque asolarán todo lo que encuentren a su paso. El ejército recurre al maduro y experimentado explorador McIntosh para darle caza. Sabemos de las intenciones de Ulzana con un corto diálogo en el que un capitán se pregunta “¿y sus probables intenciones?” a lo que McIntosh le contesta “Sus probables intenciones son quemar, mutilar, torturar, violar y matar”. De esa manera, Aldrich nos adelanta lo que va a ser el film a grandes rasgos.



Un joven teniente recién salido de la academia y con fuertes convicciones religiosas es puesto al mando del pelotón de soldados que, guiados por McIntosh y el scout apache Ke-Ni-Tay, se ponen en marcha para detener la partida de guerra de Ulzana.



Mientras tanto, Ulzana ya ha atacado a los soldados que salieron para avisar a los colonos y a estos últimos. En estos ataques, aparte de una violencia bastante cruda por parte de los apaches, se nos muestra su habilidad para la estrategia y el engaño. Cómo hacen creer al colono atrincherado en su casa que llega la caballería cuando es el propio hijo de Ulzana el que toca la corneta que lleva al cinto.



En esta primera parte, tanto las matanzas de los apaches como los comentarios entre el teniente DeBuin (“¿se enfrentará a nosotros?”) y McIntosh (“No quiere enfrentarse, sólo quiere matarles”) nos hacen ver al apache como un ser despreciable, cruel y despiadado. Los colonos torturados, el soldado al que le sacan el corazón y juegan con él, la mujer violada salvajemente, los sentimientos de los soldados según van descubriendo las matanzas....parece ser que estamos ante un western “anti-indio”.



A medida que se van acercando a los apaches, el sentimiento cristiano del teniente se va tornando en odio hacia ellos (McIntosh: “es como odiar al desierto porque no tiene agua, por ahora me conformo con tenerles bastante miedo”) y lo refleja en Ke-ni-tay, descargando sobre él toda su frustración al ver tambalearse sus creencias (“Cristo nos enseño que todos somos hermanos” a lo que el sargento le contesta “Pero Cristo no tuvo que desatar a un niño de un cactus y esperar dos horas a que muriera”) y asistir con horror al rastro de sangre que van encontrando. Los diálogos entre McIntosh y DeBuin o entre DeBuin y Ke-ni-tay son uno de los puntos fuertes de la película. La juventud e inexperiencia de DeBuin, la madurez y claridad de McIntosh y la calma y serenidad de Ke-ni-tay consiguen, poco a poco, darle la vuelta a la tortilla....no, no es un western anti-indio ni proindio, es más bien una visión del enfrentamiento de culturas, incluso una crítica a la sociedad americana de la época. Y el punto central de todo ello es el teniente DeBuin, que “guiado” por los dos exploradores, va creciendo personalmente y acaba con una visión mas respetuosa hacia la “otra” cultura.



El final del film es grandioso, la muerte para lo viejo, lo que se acaba y la vida para lo nuevo, lo que empieza. McIntosh y Ulzana dejan paso a DeBuin y Ke-ni-tay. El racismo y el choque de culturas se mutan hacia el entendimiento y el respeto mutuo. Con este comentario está claro que estamos ante un western crepuscular ¿no?



Burt Lancaster está inmenso a lo largo de todo el metraje, eclipsando a todo lo que le rodea y Jorge Luke perfila perfectamente su papel. La compenetración entre ambos es evidente, sólo con miradas se expresan y se entienden. Bruce Davison correcto en su rol de joven teniente al que le asaltan mil dudas sobre sus creencias. Y perfecto Joaquín Martínez como Ulzana, logrando una credibilidad fuera de toda duda. Mencionar también a un eterno secundario, Richard Jaeckel, que cumple perfectamente como suele ser habitual en él.



La labor de dirección es encomiable, apoyada perfectamente por la fotografía y los áridos paisajes de Arizona, logrando introducirnos en la dureza de una naturaleza hostil y nada benevolente, en la que el apache se desenvuelve como pez en el agua. Un buen guión, que nos mantiene expectantes hasta el final, con unos diálogos magistrales y unas situaciones perfectamente entendibles, a pesar de no ser del todo explícitas (Cuando McIntosh le pregunta al teniente si sabe liar un cigarrillo y, ante la respuesta negativa, murmura “ya aprenderá”, al igual que aprenderá a comprender y valorar el mundo que le rodea.



Mención especial a las distintas tácticas que van empleando los apaches para burlar al enemigo, cómo dejar viva a una mujer para retrasar a los perseguidores, la ya citada corneta o saltar de los caballos sin detenerlos para colocarse a espaldas de sus enemigos. Sublime la explicación de Ke-ni-tay sobre la manera de los apaches para hacerse con la fuerza y el poder de sus enemigos, o de cómo Ulzana debe incrementar el botín de su partida si no quiere que le abandonen y vuelvan a la reserva.



Quizás lo más flojo sea la música, pero no es algo notorio ni imprescindible, ya que la dirección de Aldrich, la actuación de Lancaster y el guión de Sharp se encargan de llevar el peso del film.



En definitiva, un gran western, crepuscular, violento y duro, con una visión de los apaches que se aleja, mucho y para bien, del clasicismo y la simplonería de décadas anteriores. Indispensable para cualquier aficionado al género.

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Por: Xavi J. PruneraNota: 8

“La venganza de Ulzana” está rodada a principios de los 70, cuando en Estados Unidos los hippies condenaban la intervención militar en Vietnam, cuando la violencia y la sexualidad más explícitas empezaban a hacer acto de aparición en el cine y cuando el eco crepuscular de Peckinpah y Leone estaba más en boga que nunca. Inmerso en dicho contexto cultural e histórico, pues, no debería extrañarnos en absoluto que un cineasta del calibre y personalidad de Aldrich firmara en 1972 un enorme western. Uno de los más ásperos y violentos que he visto en mi vida.



Así pues, partiendo de una trama argumental más bien sencilla (la de un batallón del ejército y un avezado explorador que persiguen a un grupo de apaches, liderados por Ulzana, que se han fugado de la reserva donde estaban confinados) Aldrich construye una historia muy sólida y profunda la que se entremezclan temas tan diversos como el odio, la xenofobia, la violencia, la religión, la moralidad o el progreso. Temas, todos ellos, que Aldrich desarrolla a través de una prosa tan áspera y descarnada como la de los áridos y polvorientos paisajes de esa infernal Arizona que vamos contemplando —pausada y reflexivamente— a lo largo de esta peli. Una Arizona que, para unos (el joven teniente Garnett), delimita el lugar y el recorrido físico y metafórico de su particular viaje iniciático y que, para otros (McIntosh, el explorador), simboliza el fin de una era. La última misión de un hombre tan cansado como curtido en mil y una batallas.



Y aunque podría estar horas y horas hablando acerca de los mil y un detalles que podemos observar en este espléndido western, intentaré ser breve y me limitaré a sintetizar lo que más me ha impresionado de “La venganza de Ulzana”. La brutal violencia entre dos culturas irreconciliables, por ejemplo. Un choque que Aldrich plasma cruelmente en esa secuencia en la que un soldado prefiere meterle una bala entre ceja y ceja a una mujer y volarse la tapa de los sesos a continuación antes que caer prisioneros de los apaches. O en esa magnífica conversación entre Garnett y Ke-Ni-Tay, el joven explorador indio, sobre el violento proceder de su tribu. Tampoco me gustaría olvidarme de la compleja composición de los personajes principales (sobre todo el de McIntosh, interpretado por un soberbio Burt Lancaster), de ese estratégico juego del gato y el ratón entre la caballería y los apaches o del montón de frases lapidarias que podréis escuchar en este magnífico western. Frases como “Si yo fuera propietario del infierno y de Arizona viviría en el infierno y alquilaría Arizona”. Casi nada. Pero si debo resaltar un solo detalle por encima de todos los demás, creo que es de cajón que lo haga con su final. Poético y demoledor como pocos. ¿Necesitáis más razones?

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FOTOS:

























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TRAILER:


lunes, 18 de enero de 2016

LOS PROFESIONALES

(The Professionals) - 1966
Director: Richard Brooks
Guion: Richard Brooks

Intérpretes:
-Lee Marvin: Henry “Rico” Fardan
-Burt Lancaster: Dolworth
-Claudia Cardinale: María
-Robert Ryan: Ehrengard
-Jack Palance: Jesús Raza
-Ralph Bellamy: Grant
-Woody Strode: Jake

Música: Maurice Jarre
Productora: Columbia Pictures-Pax Enterprises
País: Estados Unidos

Por: Güido Maltese. Nota: 8

Grant: ¡Fardan, es usted un bastardo!!!
Fardan: Si, señor. ¡Pero lo mío es un accidente de nacimiento y usted se ha hecho a sí mismo!

He aquí, en mi opinión, un buen western:
El terrateniente Grant forma un grupo de hombres para rescatar a su mujer que ha sido secuestrada por el bandido revolucionario Jesús Raza . El grupo está capitaneado por Henry "Rico" Fardan, acompañado por Dolworth, experto en explosivos, Erenghard experto en caballos y Jake Sharp experto rastreador y hábil con el arco.



El grupo se interna en México, ya conocido por Fardan y Dolworth que participaron en la revolución con Pancho Villa, y libera a la mujer para conocer la verdad que se esconde tras el secuestro.



Me encanta ésta película sobre todo por las interpretaciones y la acción continua que mantiene a lo largo de todo el metraje.



Marvin está inmenso en el papel del veterano soldado férreo y con un gran sentido del honor y, a la vez, amargado por la trágica muerte de su esposa. Lancaster, cómo el amigo fiel de Fardan, pero más despreocupado y sin escrúpulos y atraído por las mujeres y el dinero, en un papel muy a su medida (Recordemos “Veracruz”). Robert Ryan y Woody Strode muy correctos (quizás Ryan está un poco descolgado en la película, no sé si por su actuación o por el papel que interpreta). Claudia Cardinale, bella y salvaje, está perfecta en su papel de la mejicana de buena familia, casada con el terrateniente rico de la fronteriza Texas.


Palance, cómo siempre, bordando su papel. E incluso Ralph Bellamy, destaca cómo el terrateniente sin escrúpulos para conseguir lo que desea.


Hay otro papel secundario que me atrae mucho y es el de la teniente "Chiquita" (Marie Gómez), uno de los mejores guerrilleros de México en palabras de Dolworth ("No sabe bailar, pero qué gran soldado").



La película está rodada en su mayor parte en el desierto de Nevada y la fotografía es más que correcta. No hay grandes paisajes, pero se aprovecha al máximo el caluroso desierto, con sus cañones y desfiladeros, para que sea muy creíble la sierra mexicana. 

Y la acción no decae un sólo instante, manteniendo la atención del espectador de principio a fin.



En fin, un western de acción, en la línea de “Los doce del Patíbulo”, más que decente y con buenas interpretaciones a cargo de asiduos del género.

Memorable la conversación en Marvin y Lancaster: 
-Dolworth- ¿Que tiene una mujer que haga que valga 100.000$? 
-Fardan- Debe ser de esas mujeres que hacen que algunos niños se conviertan en hombres y algunos hombres en niños.



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Por: Jesús Cendón. Nota: 9


Richard Brooks, un profesional encuadrado dentro de la ideología liberal, tan sólo había rodado un western (la estupenda “La última cacería”, en la que a través de un sombrío Robert Taylor abordaba el tema del racismo) cuando decidió acometer este proyecto; un western a la vez clásico y moderno, vitalista pero crepuscular al presentarnos a unos personajes con más pasado que futuro, son individuos del siglo XIX con difícil encaje en el pragmático siglo XX por lo que terminarán buscando su refugio en México, último territorio fronterizo y país en construcción al estar envuelto en un proceso revolucionario.

El filme relata la historia de cuatro mercenarios que son contratados por un magnate para recuperar a su mujer secuestrada por un bandido mexicano que pide por su liberación 100.000 dólares. Este viaje supondrá para dos de ellos enfrentarse a su pasado y cuestionarse su evolución vital marcada por el desengaño (antiguos revolucionarios y, como tales, idealistas han devenido en dos individuos cínicos al servicio de aquel que pueda costearse sus servicios). Este hecho le permite a Brooks llevar a cabo una de las más lúcidas reflexiones cinematográficas sobre la revolución y el desencanto a través de unos extraordinarios diálogos (escritos por el propio Brooks que estuvo nominado al Oscar en su doble faceta de director y guionista) presentes en las escenas más intimistas de la película que aparecen perfectamente entrelazadas con las secuencias de acción. Así, Brooks utiliza la revolución mexicana como arquetipo del proceso revolucionario (debemos tener en cuenta la fecha de producción del filme durante una década convulsa como fue la de los sesenta), para darnos una visión desoladora de este ya que sus protagonistas, la gente llana que se jugó la vida y en muchos casos la perdió, es traicionada cuando entran en acción los políticos, por lo que su mísera existencia apenas es mejorada.

Su posicionamiento sobre esta cuestión queda perfectamente resumido por Dolworth al señalar que: “Tal vez sólo haya una revolución. La de siempre. La de los buenos contra los malos. La pregunta es ¿Quiénes son los buenos?”, para al final de la película aseverar que: “Los políticos entran en acción y el resultado es siempre igual, una causa perdida”.

Igualmente se aprecia una crítica al racismo todavía imperante en la sociedad norteamericana en el siglo XX (el magnate les pregunta al resto de profesionales si tienen algún inconveniente en trabajar con un negro) y, sobre todo, a la injerencia, político-económica, de los EEUU en Sudamérica y al desarrollo de su política colonialista e imperialista en este subcontinente iniciada a partir del denominado Corolario Roosevelt de 1904 que, en la época en la que se desarrolla el filme, dio lugar a la famosa expedición punitiva del general Pershing en México con la intención de acabar con Pancho Villa (1914). En este sentido cobra gran importancia la conversación de María en la que afirma que: “Mi marido ha robado millones a esta tierra”, refiriéndose lógicamente a México.

Al mismo tiempo, el filme se configura como un canto a la solidaridad, amistad, dignidad y honor a través de estos cuatro profesionales, para los que se contó con un reparto excepcional. Lee Marvin, convertido por fin en una gran estrella, da vida a Fardan, un experto en armamento. A Burt Lancaster Brooks le regaló un papel hecho a su medida (el actor había obtenido su único Oscar con otra película de Brooks, “El fuego y la palabra”) que le permitió mostrar su espléndida condición física con cincuenta y tres años al interpretar al dinamitero Dolworth. Ambos demostrarán al final de la película que, a pesar de su aparente cinismo, siguen siendo los mismos soñadores idealistas que lucharon durante seis años sin cobrar al lado de Pancho Villa, ya que antepondrán sus principios y su concepto de la justicia a la obtención del beneficio económico. Un avejentado Robert Ryan es Ehrengard, antiguo oficial de caballería y apasionado por los equinos; quizás sea el personaje más desdibujado. Y Woody Strode, actor habitual de John Ford, aporta su físico rotundo a Jake, hábil rastreador y mortal con el arco.

El reparto se completa con Ralph Bellamy como el tiránico y despótico magnate, incapaz de soportar un fracaso. Una bellísima Claudia Cardinale en el rol de María, la esposa del anterior pero que mantienen su conciencia de clase. Y Jack Palance como Jesús Raza, el revolucionario que “rapta” a María (curioso que se llame Jesús y que mantenga una especial relación con María, aunque no sé si hay algún tipo de intención en ello) para el que Brooks reserva algunas de las mejores frases de la película. Así en su memorable enfrentamiento final con Dolworth afirmará en relación con su actitud al frente del proceso revolucionario que: “Nos quedamos porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desengañamos. Volvemos porque estamos perdidos. Morimos porque es inevitable”.


Filme, por tanto, de acción pero también reflexivo se completa con una gran banda sonora compuesta por Maurice Jarre que capta perfectamente el aliento épico de la película y una extraordinaria labor de Conrad Hall como director de fotografía, a través de la cual sentimos el agobiante calor del desierto, el frío nocturno o el insoportable viento que levanta el asfixiante polvo del camino.

Sólo me queda invitaros a que compartáis el viaje con cuatro personajes inolvidables y que descubráis junto a “Los profesionales” qué hace que una mujer valga 100.000 dólares.

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Por: Xavi J. Prunera Nota: 9


Ignoro hasta qué punto resulta higiénico y saludable enfrentarse a una peli como “Los profesionales” la noche más calurosa del año, pero os aseguro que hacerlo con el torso empapado en sudor y el gaznate más seco que el desierto de Mohave ayuda -y mucho- a empatizar instantáneamente con esos cuatro mercenarios románticos (Lancaster, Marvin, Ryan y Strode) que protagonizan este enorme western.

Entrado ya en situación, sin embargo, decidí prepararme un refrescante mojito para paliar los efectos de esa despiadada canícula que hacía estragos a ambos lados de la pantalla. Un par de sorbos después me sentí mejor, pero las infernales temperaturas reinantes en la frontera mejicana se habían cobrado ya su primera víctima. Afortunadamente todo quedó en una inocua insolación y ese cuarteto de tipos duros, bregados en mil y una batallas, pudo proseguir con la misión encomendada: liberar a la bella esposa (Cardinale) de un rico terrateniente (Bellamy) de las garras de un temible revolucionario (Palance).

Apurado mi primer buchito, decidí prepararme el segundo. En la terraza el aire caliente podía mascarse y un pegajoso bochorno pugnaba por dilatar todos y cada uno de los poros de mi cuerpo. Eran las 23:25 h. y el termómetro registraba 31º. Mientras tanto, la imagen de Lancaster colgado por los pies coincidía con la de una primera gota de sudor resbalando perezosa e implacablemente a lo largo de mi espina dorsal. Succioné con fruición lo que quedaba de mojito, le di al pause y fui a picar más hielo.

Preparado mi tercer trago, recapitulé sobre lo que estaba viendo. Por el momento la peli de Brooks evidenciaba ser un western muy bien armado que -a simple vista- discurría por los típicos derroteros del género ;) y que, merced a su estratosférico elenco, podía degustarse con el mismo deleite con el que un servidor estaba dando buena cuenta de su tercer añejo. Lo mejor, sin embargo, aún estaba por llegar. El rescate de María (bocatta di cardinale) y la consiguiente persecución de nuestros cuatro protas por parte de Raza (Palance) y los suyos elevaba el listón de la peli hasta niveles pura y genuinamente peckinpahianos. Le dí nuevamente al pause y trituré algo más de hielo. Sin lugar a dudas, necesitaba un nuevo lingotazo (¿el cuarto?) para combatir la pertinaz y abrasadora atmósfera que reinaba tanto en mi terraza como en la quebrada donde Palance y Lancaster sostenían, a punta de pistola, uno de los diálogos más crepusculares de la historia del género. Me froté los ojos y miré de reojo la botella de ron. Estaba prácticamente vacía, de acuerdo, pero esos diálogos no podían ser fruto de mi imaginación.

Diez o quince minutos después, cuando el pertinente THE END sobreimpresionaba los últimos fotogramas de aquella maravilla, comprendí dos cosas: que mi estado de embriaguez era algo más que sospechoso y que acababa de ver un western a-co-jo-nan-te.

(Reseña publicada por Xavi J. Prunera en FilmAffinity el 24-7-09)

TRAILER