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jueves, 21 de diciembre de 2017

EL DÍA DE LOS FORAJIDOS

(Day of the outlaw, 1959)

Dirección: André De Toth
Guion: Philip Yordan

Reparto:
- Robert Ryan: Blaise Starret
- Burl Ives: Jack Bruhn
- Tina Louise: Helen Crane
- Alan Marshal: Hal Crane
- Venetia Stevenson: Ernine
- David Nelson: Gene
- Nehemiah Persoff: Dan
- Jack Lambert: Tex
- Frank DeKova: Denver
- Elisha Cook Jr.: Larry Teter
- Lance Fuller: Pace

Música: Alexander Courage
Productora: Security Pictures (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 8.

"Es curioso cómo el mundo puede hacer cambiar la vida de un hombre… En Westpoint me formaron para ser un soldado. Allí uno se olvida de que es un ser humano” (Bruhn, mientras le operan, explicando a Blaise porqué cometió un acto brutal en el pasado, cuando era militar, que le ha cambiado la existencia).


Segunda aparición del húngaro André De Toth en este blog tras haber reseñado la admirable “La mujer de fuego” (Ramrod, 1947). Con la película que nos ocupa, su mejor wéstern y muy probablemente su filme más conseguido junto con dos joyas del noir como “Pitfall” (1948) y “Ola de crímenes (1954), se despediría de un género al que aportó, además, títulos tan sugerentes como “El honor del capitán Lex” (1952), “Pacto de honor” (1955) o “La última patrulla” de 1953 y “El cazador de recompensas” de 1954 (ambas incluidas dentro del ciclo de las seis películas rodadas entre 1951 y 1954, tanto para la Columbia como para la Warner, con Randolph Scott como protagonista).



ARGUMENTO: El pequeño pueblo de Bitters sufre el enfrentamiento entre el poderoso ganadero Starret y el granjero Crane; disputa acrecentada al estar enamorado el primero de la mujer del segundo. Con la llegada de una banda de forajidos, liderados por el exoficial nordista Bruhn, ambos deberán olvidar sus rencillas para intentar evitar que los bandidos arrasen la aldea.



Si por algo se caracteriza “El día de los forajidos” es por su originalidad, por su singularidad. Tanto respecto al escenario físico en donde se desarrolla la trama, un pequeño pueblo aislado entre montañas nevadas; como por la trama en sí, más propia de un thriller de corte psicológico que de un wéstern. Así el filme entronca con otras rarezas de este género como “El secreto de Convict Lake”, dirigida por Michael Gordon en 1951 y ya reseñada en este blog, o “El rastro de la pantera” (William Wellman, 1954), incluso se aproxima a clásicos del noir como “Cayo Largo” (John Huston, 1948).

De Toth, además, nos ofrece una visión pesimista del género humano a través de unos personajes ambiguos moralmente, cuando no directamente negativos.




Efectivamente, el filme se caracteriza por carecer de héroes. El protagonista, Blaise Starret al que dio vida un adecuado Robert Ryan, es un despótico, violento y tiránico ganadero con un pasado turbio. Individuo soberbio y posesivo, no admite que la mujer que desea haya contraído matrimonio con otro hombre. Mientras que el coprotagonista Jack Bruhn, un imponente Burl Ives, fue en su día un honorable oficial pero se ha convertido, por un grave error cometido en el pasado, en un vulgar bandido que, en el fondo, desprecia a sus hombres y a su forma de vida. Ambos personajes, no obstante, evolucionarán a lo largo de la película en una especie de catarsis. Aunque dicha evolución será inversa. Blaise, tras contemplarse en el espejo y no gustarle lo que ve reflejado en él, se convertirá en un hombre nuevo, un ser más humano, más digno y por primera vez no actuará motivado por sus intereses; mientras que Jack recuperará un pasado presidido por la honorabilidad. Con ello, De Toth parece subrayar la delgada línea que separa el bien del mal.



Frente a estos dos ambiguos personajes, los miembros del grupo de forajidos se nos presentan como auténticas alimañas sedientas de alcohol, sexo y dinero; capaces de matarse entre ellos, en las condiciones más extremas, con el único objeto de incrementar su parte del botín. Tan sólo el joven e inexperto Jim y Shorty, un veterano que combatió junto a Bruhn, escapan de este duro y descarnado retrato.



Esta sombría visión del ser humano la estructura el director, apoyado en un excepcional guion de Philip Yordan (“Johnny Guitar”, “Lanza rota”, “El hombre de Laramie”), en tres partes claramente diferenciadas:



- Una introducción, en la que parece que asistiremos al típico wéstern sobre el enfrentamiento entre ganaderos, defensores de los espacios libres, y colonos, representantes de las cercas; aunque agravado y enriquecido por la existencia de un conflicto de tipo sentimental entre el protagonista y el principal granjero del pueblo. Tramo en el que destaca, sin duda, la logradísima escena del duelo inconcluso con el plano de la botella rodando a lo largo del mostrador del saloon.



- La parte central, iniciada con la violenta e inesperada irrupción del grupo de forajidos comandado por Jack Bruhn, caracterizada por una violencia soterrada y en la que sobresalen escenas como la del baile, con una carga sexual inusual para la época, la brutal pelea entre Blaise y dos de los forajidos o la operación de Jack, con un acentuado simbolismo.



- El tramo final, de una gran fuerza, desarrollado en exteriores y en el que la naturaleza cobra un papel determinante, con el que el filme termina por alcanzar un nivel altísimo. En la misma, tanto Blaise como Jack asumirán su sacrificio en un intento de expiar sus pecados. Para ello se embarcarán en un viaje redentor, cuyo único destino es la muerte, con el objeto de evitar el saqueo y la destrucción del pueblo por los hombres de Bruhn. Así, De Toth va a elaborar un discurso profundamente moral e, incluso, religioso sin necesidad de enfatizar el mensaje, ni acudir a largos y pesados diálogos; sino, tan solo, mostrando la forma de actuar de los dos protagonistas. Además, en esta última parte, el director nos regala momentos magníficos como el plano de uno de los forajidos muerto por congelación (imagen que remite al final del personaje interpretado por Robert Taylor en “La última caza”, película dirigida por Richard Brooks en 1956) o aquel en el que otro de los bandidos no puede acabar con Blaise al tener los dedos congelados, debiendo asumir no solo su cercana muerte sino su más absoluta derrota ante su enemigo.



Debo referirme, finalmente, al altísimo nivel técnico del filme en el que sobresale el trabajo de Jack Poplin, la adecuada y gran banda sonora compuesta por Alexander Courage y, sobre todo, la fotografía de Russell Harlan, un gran profesional con seis nominaciones al Oscar, que aprovecha espectacularmente el paisaje nevado y rocoso en donde se desarrolla gran parte de la película y dota al filme de una atmósfera de irrealidad, casi fantasmagórica, como si nos estuviera preparando para el ritual de muerte al que asistiremos en el último tramo de la película.



Sólo me queda recomendar este filme a aquellos que no lo hayáis visto y animaros a quienes lo conozcáis a revisarlo, porque es tal su complejidad y hondura que en cada pase se descubre algo nuevo; además de demostrar que André De Toth era mucho más que un simple artesano con una exquisita técnica cinematográfica. Un director, desgraciadamente caído en el olvido, para el que: “Combinar imágenes con tempo, con ritmo, es un arte, la magia de hacer películas. No puede ser un acto mecánico: lo sientes o no lo sientes. La perfección técnica no puede reemplazar a la inspiración”. Y en esta película estuvo realmente inspirado.




miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA MUJER DE FUEGO

(Ramrod, 1947)

Dirección: André de Toth
Guion: Jack Moffitt, C. Graham Barker y Cecile Kramer.

Reparto:
Joel McCrea: Dave Nash
Veronica Lake: Connie Dickason
Don DeFore: Bill Schell
Donald Crisp: Jim Crew
Preston Foster: Frank Ivey
Arleen Whelan: Rose Leland
Charles Ruggles: Ben Dickason
Lloyd Bridges: Red Cates
Ray Teal: Ed Burna
Ian McDonald: Walt Shipley

Música: Adolph Deustch
Productora: Enterprise Production. (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 7

“Walt no me ha abandonado. Él os miro a ti y a Frank y decidió que no me amaba lo suficiente para morir por mí” (Connie Dickason a su padre tras haber sido expulsado su amante, Walt Shipley, del pueblo).



ARGUMENTO: Tras ser abandonada por su amante, un ranchero dedicado a la cría de ovejas llamado Walt Shipley, por las presiones de los dos grandes ganaderos de la región, Frank Ivey y Ben Dickason, Connie, hija del último, decide hacerles frente. Para ello contará con la ayuda de Dave Nash, antiguo capataz de Walt, y de su amigo Bill Schell; aunque ambos se posicionarán de forma diferente respecto a la forma de actuar.



Película fruto de la colaboración entre Harry Sherman, productor independiente que inició su andadura con el cine silente y mostró su querencia por el wéstern (creó, entre otros, al personaje de Hopalong Cassidy), y la Enterprise Production, un pequeña compañía que en sus escasos tres años de vida se especializó en el noir con títulos como “Cuerpo y alma” (Robert Rossen, 1947), “La fuerza del destino” (Abraham Polansky, 1948) y “Atrapados” (Max Ophuls, 1949).La compañía llegó a un acuerdo de colaboración con Joel McCrea, pero su cierre en 1949 alteró estos planes. No obstante le dio tiempo a producir en 1948 “Cuatro caras del oeste”, un peculiar western dirigido por Alfred E. Green y protagonizado por el mencionado McCrea.

Pero volvamos al filme que nos ocupa. El resultado de la cooperación entre Sherman y la Enterprise fue una película original que buscó nuevos caminos para el western, anunciando en ciertos aspectos la corriente psicológica de este género y, sobre todo, se configuró como una mezcla de western y cine negro, del que toma prestado desde la atmósfera, gracias al gran trabajo de Russell Harlan (operador habitual de Howard Hawks), hasta determinados personajes, como el de la femme fatale para la que se escogió a Veronika Lake, actriz identificada con el noir a través de películas como “El cuervo”, “La llave de cristal”, ambas de 1942, y “La dalia azul” (1946) en las que formó pareja con Alan Ladd.



El proyecto se ofreció inicialmente a John Ford, pero este lo rechazó ya que estaba inmerso tanto en el rodaje de “Pasión de los fuertes” como, tras haber fundado la Argosy Pictures, en la producción de su próxima película (“El fugitivo”). El director de origen irlandés recomendó a André de Toth, un sólido realizador nacido en Hungría pero afincado en Los Ángeles tras haber huido de la barbarie nazi. Y su elección no pudo ser más afortunada, porque si por algo destaca este western es por su cuidada realización, patente en el inicio del filme a través de un gran travelling en el que nos presenta a los dos personajes principales entrando en el pueblo. Comienzo que marca el estilo de la película caracterizado por los abundantes planos secuencia acompañados de precisos movimientos de cámara; así como, por la certera utilización de la profundidad de campo a través de encuadres muy cuidados entre los que destacan aquellos en los que sitúa la cámara en el interior de una habitación enfocando a una ventana, con lo que consigue mostrarnos en un sólo plano lo que ocurre en el exterior y en la estancia o la escena de la cueva, de nuevo enfocando la cámara hacia afuera, con lo que obtiene un acertado contraste entre el interior de la caverna, en total oscuridad, y el luminoso exterior. Además de rodar escenas memorables como la del enfrentamiento nocturno entre Bill y Frank o el duelo final.




Sin duda, la dirección se muestra muy superior a un guion escrito a tres manos y basado en una novela de Luke Short, del que también se llevaron a la pantalla grande otros relatos como “Sangre en la luna” (Robert Wise, 1948) o “El valle de la venganza” (Richard Thorpe, 1951). Un libreto, con sus luces y sus sombras, bastante desconcertante y confuso durante los minutos iniciales al hacer constantes alusiones a personajes y situaciones desconocidos para el espectador como si este ya supiera de su existencia, dando la sensación de que a la película le falta una introducción que no sé si se quedó en la sala de montaje. Al mismo tiempo que no sabe sacar todo el provecho del enfrentamiento dramático entre Connie y su padre, ni explica suficientemente el estrecho vínculo entre este y Frank y la ascendencia del último sobre el primero. A su favor, sin embargo, cabe destacar sus reflexiones sobre la violencia, la legalidad y el abuso de poder, y los personajes principales, muy bien construidos y de una complejidad mayor de lo habitual.



Esta irregularidad se aprecia también en el elenco principal.

En primer lugar nos encontramos con Joel McCrea en el papel de Dave, el antiguo capataz de Walt. Un personaje, firme defensor de la legalidad, que ayudó a forjar su imagen de héroe integro e incorruptible, aunque ofrece matices peculiares que lo enriquecen. Así desde el inicio se nos informa de sus problemas con el alcohol, fruto de la pérdida de su mujer y su hijo. Por otra parte, su bondad o falta de intuición y entendimiento le llevará a ser engañado tanto por Connie como por Bill y a mostrarse desorientado en relación con los hechos. Y por último, en el más puro estilo del cine negro, será víctima de la fatalidad. De esta forma, aparece como un individuo sobrepasado por los acontecimientos y arrastrado por las circunstancias; tomando sus decisiones en función de aquellas. En definitiva, da la sensación de no ser dueño de su propio destino. Además este personaje le sirve a de Toth para mostrar su rechazo a la violencia, exponiendo de forma descarnada sus consecuencias.



Veronica Lake, a la sazón esposa en aquella época de André de Toth, volvió a formar pareja con McCrea tras la deliciosa comedia “Los viajes de Sullivan” (Preston Sturges, 1941) al dar vida a Connie, pero se muestra carente del carisma que su personaje requería; una auténtica femme fatale en torno a la cual gira la trama de la película. Mujer fría, calculadora, ambiciosa, inteligente, dura y manipuladora que utilizará a los hombres para conseguir sus objetivos. Buena muestra de su carácter es la frase que pronuncia al principio de la película en relación con sus planes y el probable enfrentamiento con Frank y sus hombres: “Siendo mujer no me harán falta armas”. Pero al mismo tiempo de Toth va a resaltar su fortaleza, en contraposición con la debilidad mostrada por su amante o su propio padre, y su determinación para combatir a un individuo del poder de Frank. En este sentido es un personaje que entroncaría con las protagonistas de las posteriores “Encubridora” (Fritz Lang, 1952), “Johnny Guitar” (Nicholas Ray, 1954), “Hombres violentos” (Rudolph Maté, 1954) y “Cuarenta pistolas” (Sam Fuller, 1957).



Mientras que en Don DeFore recae para mí el personaje más interesante del filme por su ambigüedad. El actor encarna a Bill, antiguo camarada de Dave y prototipo del vaquero de espíritu libre (“Trabajar ¿Para qué? Aún tengo dinero” le comenta a Dave cuando este va a buscarle). Leal a sus amigos, no dudará en ponerse del lado de Dave cuando este reclame su ayuda e incluso se sacrificará por él; pero al mismo tiempo cuenta con un reverso tenebroso y actuará a espaldas de su camarada. Primero provocando a uno de los hombres de Frank al que posteriormente asesinará, y después, obedeciendo las instrucciones de Connie, al provocar la estampida de su ganado; actuación que precipitará el drama.



Junto a ellos nos encontramos con Donald Crisp como el honrado sheriff que intentará evitar el baño de sangre y Preston Foster como el magnate Frank Ivery, un personaje a priori interesante pero poco desarrollado.



En definitiva “La mujer de fuego”, alabada por realizadores como Bertrand Tavernier o Martin Scorsese, nos muestra a un director de gran talento, generalmente encuadrado en producciones de bajo presupuesto y autor de wésterns como “El honor del capitán Lex” (1952), “Los últimos comanches” (1953), “Pacto de honor” (1955) y, su mejor aportación a este género, “El día de los forajidos” (1959), en los que dejó constancia de su gran capacidad visual y de su fiabilidad para poner en pie cualquier encargo con resultados más que aceptables.