viernes, 28 de julio de 2017

EL ÁLAMO

(The Alamo -1960)

Dirección: John Wayne
Guion: James Edward Grant

Reparto:
- John Wayne: Davy Crockett
- Richard Widmark: Jim Bowie
- Lauren Harvey: Col. William Travis

Música: Dimitri Tiomkin
Productora: United Artists

Por Sergio González-Cachón (Farwest). NOTA 8,8

“Nada ocurre que no esté escrito, hay que dar tiempo al tiempo"

El cine americano es el único que es capaz de convertir una derrota en una épica victoria, ya lo vimos anteriormente en “Murieron con las botas puestas”, pues “El Álamo” nos cuenta la verdadera historia de unos 185 Texanos que en una misión cerca de San Antonio de Béjar resistieron durante 12 días, el asedio de las tropas mexicanas (más de 7.000 soldados) al mando del general Santa Anna.


Este maravilloso western, que creo que el tiempo lo ha puesto en su lugar, fue dirigido por el gran John Wayne, y digo esto porque la crítica nunca ha sido justa con esta película, quizás por las ideas políticas de Wayne, con una marcada tendencia derechista. Pero a pesar de que las críticas no fueron buenas, este western fue una de las películas más taquilleras del año 1960, y siempre se le deseó que no tuviera éxito, pero con lo que no contaba la crítica era que John Wayne además de ser un gran actor también supiese dirigir. Fue tanto el menosprecio que recibió John Wayne como director, que corrió la leyenda que su gran amigo John Ford rodó íntegramente el ataque final a la Misión, pero la verdad fue que John Wayne y su hijo Michael (productor) temieron que la presencia del director creara conflictos en el rodaje, así que le enviaron a rodar secuencias en ríos y bosques, las cuales nunca fueron incluidas en el montaje final de la película.


Y la prueba de que John Wayne es un gran director es recomendar su excelente bélico “Boinas verdes” (1968), que tiene grandes secuencias, como el extraordinario ataque vietnamita al poblado americano, o ese emotivo final donde el chico busca desesperadamente a su amigo el soldado Peters, bajo la atenta mirada del bueno de John Wayne. Eso sí recomendar verla pasados 15 minutos del metraje, porque al comienzo del metraje se justifica de manera bochornosa la participación de los EE.UU en la guerra del Vietnam. Pero no se dejen engañar porque, pasados estos primeros 15 minutos, estamos ante una gran película bélica.


Quizás la historia real del asedio del Álamo no fuese realmente como contó la película, sobre todo la muerte de nuestros tres protagonistas, se dice que en la realidad no murieron de la forma tan épica que nos la muestra John Wayne y que el general Santa Anta no era tan fiero como lo pintaban, de hecho una de las cosas con las que quería acabar el ejército mexicano era que en Texas todavía estaba permitido la esclavitud, por eso Richard Widmark tiene un hombre de color a su servicio, que curiosamente también decide quedarse a morir en el Álamo.


Pero a pesar de que la crítica la trato de muy derechista, ni muchos menos, ya que en muchos fragmentos de la película se trata al ejército mexicano con mucho respeto y admiración, y se alaba lo buenos soldados que son, y sobre todo el porte y la elegancia de su ejército. Además Richard Widmark habla muy bien del pueblo y del país mexicano, y precioso el respeto con el cual el general Santa Anna trata a los supervivientes del Álamo.


John Wayne llevaba con la idea en la cabeza de rodar esta historia más de 10 años, película que dirigió y produjo a través de su productora, con un alto coste (más de diez millones de dólares), el cual asumió la mayor parte Wayne con su patrimonio, le llevó a casi la ruina, a pesar de ser un éxito moderado, no fue el éxito que esperaban, quizás lastrado por las injustas críticas.


Pero con todo ello “El Álamo” es uno de esos westerns que se te quedan en la memoria, con imágenes emocionantes, épicas y difíciles de olvidar, un clásico indiscutible que gana con el paso de los años y de los visionados. Para ello John Wayne con tres magníficas interpretaciones: John Wayne como Davy Crockett, Richard Widmark como Jim Bowie y Laurence Harvey como William Travis, los tres míticos personajes que son leyenda del Alamo. Los 3 actores están fantásticos, con el carisma y la fuerza que requería interpretar a estas leyendas de la cultura popular. En especial Laurence Harvey como engreído y petulante coronel encargado de defender el Álamo, pero todo coraje, valentía y orgullo.


También resaltable el brillante papel de un actor que se movía como pez en el agua en el cine del oeste, que nos dejó personajes y cowboys para el recuerdo, me gusta mucho Richard Widmark y su interpretación como pícaro aventurero que parece que no le importa nada, pero que nadie le diga lo que tiene que hacer o decir. Y por último el propio Wayne que nos regala uno de sus papeles más memorables, como defensor y luchador por la libertad, a pesar de saber que debe dar su vida para defender la de los demás. Un héroe con letras mayúsculas que interpretaba como nadie y no te imaginas ningún otro actor que pudiese interpretar este papel. Y Davy Crockett cumplia con una de sus máximas:

"Yo quiero interpretar a un hombre real en todas mis películas, y defino la masculinidad de forma muy simple: el hombre debe ser duro, justo, y valeroso, nunca pequeño, nunca buscando una pelea, pero nunca dando la espalda a una".



Y todos los excelentes secundarios que nutren la película como son: Frankie Avalon, Patrick Wayne, Linda Cristal, Chill Wills y Richard Boone.


Y luego es un western que te deja tres grandes y emocionantes escenas para el recuerdo:
- La preciosa imagen de cuando se le comunica a Richard Widmark la muerte de su mujer, la dramática escena con un Widmark impresionante, y un Wayne consolándole y diciéndole las palabras adecuadas, y el respeto con el que el coronel Travis le da el pésame, a pesar de que no son los mejores amigos.


- La emocionante y preciosa secuencia, que ya vale en si toda la película, cuando saben que los refuerzos no van a llegar a tiempo, que van a morir irremediablemente, y como uno se van bajando del caballo, para quedarse a defender el Álamo, a pesar que ello les costara la vida.


- Y por último la hermosísima escena donde el ejército mexicano rinde honores a los supervivientes del Álamo mientras suenan los acordes de la preciosa canción “The Green Leaves of Summer” de Dimitri Tiomkin. Aquí se cumple una máxima del cine del oeste, todas los grandes westerns de la historia del cine tienen una gran banda sonora.


Además a todo esto se suma lo bien que se encuentra rodado el asedio final a la Misión, siendo una de las batallas más espectaculares vistas nunca en todo el cine del Oeste, con una fotografía maravillosa a cargo del siempre brillante William H. Clothier.


Así que olvídense de la política que para eso ya tenemos los libros de historia y deléitense con la forma y la manera con la que cuenta John Wayne la leyenda de El Álamo. Porque como decía James Stewart en otra de las míticas películas interpretadas por John Wayne “cuando la leyenda se convierte en un hecho imprime la leyenda”.


VER TRAILER:


sábado, 22 de julio de 2017

EL PRECIO POR LA LIBERTAD

(Seven Ways From Sundown - 1960)

Dirección: Harry Keller
Guion: Clair Huffaker

Reparto:
- Audie Murphy: Seven Jones
- Barry Sullivan: Jim Flood
- Venetia Stevenson: Joy Carrington
- John McIntire: Sargento Hennessey
- Kenneth Tobey: Teniente Herly
- Ken Lynch: Graves

Música: Irving Gertz, William Lava.
Productora: Universal Pictures (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 6

“Fíjate Siete, cuando pase a mejor vida espero poder hacerlo con el bolsillo repleto de puros. A donde voy no me costará encontrar lumbre” (Conversación entre Flood y Seven)



Audie Murphy, el protagonista de la película, pasó de ser el soldado más condecorado durante la Segunda Guerra Mundial a una estrella de los westerns de serie b gracias, sobre todo, a su contrato con la Universal, una de las majors con mayor especialización en este tipo de filmes de bajo coste. Su filmografía se prolongó durante más de veinte años y cuarenta y cinco películas en los que fue dirigido, entre otros, por John Huston, Jack Arnold, Don Siegel o Budd Boetticher, hasta su prematura muerte en 1971 en un desdichado accidente de aviación.



Interesantísimo legado que no podía pasar desapercibido para los autores de este blog por lo que era lógico que tarde o temprano reseñáramos alguna de sus películas.



ARGUMENTO: Al novato Ranger de Texas Seven Jones, junto al sargento Hennessey, le es encargada la misión de atrapar a Jim Flood, un peligroso forajido. Tras la muerte del veterano agente y la captura del pistolero por Seven se establecerá una relación peculiar entre ambos hombres.



La película sorprende por el guion, obra de todo un especialista como Clair Huffaker, novelista y guionista responsable entre otros de los libretos de “Estrella de fuego” (Don Siegel, 1960), “Los comancheros” (Michael Curtiz, 1961), la ya reseñada en este blog “Río Conchos” (Gordon Douglas, 1964) o “Ataque al carro blindado” (Burt Kennedy, 1967). Así nos encontramos con un libreto inusual y de mayor complejidad y profundidad dentro de este tipo de filmes en el que se abordan temas como la amistad, la lealtad, la fidelidad a unos principios o las dolorosas consecuencias del cumplimiento del deber, a través de dos personajes singulares y poco usuales hasta ese momento en el wéstern.



Por una parte nos encontramos con Seven Jones, el protagonista, un inexperto e ingenuo Ranger en su primera misión. Se nos presenta como un individuo torpe (rompe un plato el primer día que le invitan a comer para, posteriormente, estrujar involuntariamente un pastel), con un nombre ridículo que coincide con el título original de la película (Siete Caminos al Atardecer Jones), escasamente varonil y negado con el revólver. Un joven novato para el que el viaje físico se convertirá en un viaje iniciático que le transformará en un hombre, con las tremendas consecuencias que este hecho conllevará al tener que tomar una decisión dolorosa; porque, en definitiva, madurar es asumir las consecuencias de tus decisiones.



Mientras que Flood, el forajido, aparece ante nuestros ojos como un seductor nato, atildado, educado, afable con los niños (sensacional la escena en el río con un muchacho al que le regala su navaja), amante de la buena vida (es un auténtico hedonista con querencia por los puros, el whisky, las mujeres, el café y un buen bistec), manipulador, fiel a su código de conducta y que no duda en utilizar la violencia pero sólo cuando es imprescindible. Un individuo con una personalidad tan atractiva como independiente del que llega a firmar el sargento Hennessey “Es el tipo de persona al que le perdonas muchas cosas”.



Entre ambos y a medida que vayan sorteando los peligros de su vuelta desde Nuevo México a Texas (indios, cazadores de recompensas, unos rivales del pistolero, etcétera) se irá estableciendo una peculiar relación, al principio de respeto y posteriormente de mutua admiración. Flood al comprobar la integridad de Seven y su determinación por cumplir la misión, y Seven porque, como señala otro personaje, comprende que Flood es “Todo lo que quisiera ser un hombre y no lo es”; en definitiva, un ser libre sin ataduras morales ni sociales, aunque este hecho conlleve, como indica el título del filme en castellano, un precio que es muy elevado. Incluso Flood, al más puro estilo maestro-alumno, le propondrá asociarse, quizás viendo en Seven el digno descendiente del que carece, y ante la negativa de este, y para no perjudicarle, renunciará a escapar hasta ser entregado al sheriff.



Lástima que en tan interesantes premisas no profundice el director Harry Keller, sustituto de George Sherman, que volvería a colaborar con Audie Murphy en la también recomendable “Seis caballos negros” y se decante por un relato más convencional, no ahonde en el tono dramático del relato y sobre todo no sepa o no quiera explotar el secreto del asesinato del hermano de Seven, otro Ranger llamado Second, al que, ante la cobardía del otro agente que le acompañaba, no le quedó más remedio que dar muerte Flood. Una subtrama que podría haber ahondado en el carácter trágico de la personalidad del pistolero y de su relación con el Ranger. No obstante, Keller despacha una película correctamente dirigida, tanto en exteriores como en interiores, con un buen ritmo y un memorable, lógico y amargo final.



Por lo que respecta al reparto y como contrapeso de Audie Murphy nos encontramos con Barry Sullivan en el rol de Flood, bastante correcto aunque me hizo anhelar a Dan Duryea, un actor con personalidad arrolladora que hubiera bordado el papel. Junto a ellos dos veteranos de la fiabilidad de John McIntire en el papel del sagaz sargento Hennessey, antiguo amigo de Flood, que recordará constantemente a Seven la obligación de los Rangers de no juzgar al pistolero; y Keneth Tobey en el papel del cobarde y pérfido teniente Herly, un hombre profundamente deshonesto en colisión con el forajido y su particular forma de entender la integridad.



En definitiva, a pesar de no ser un título totalmente logrado, estamos ante una atractiva propuesta situada por encima de los westerns de serie b que no debería defraudar a los aficionados al género.

TRAILER:




jueves, 13 de julio de 2017

BANDIDO

(Bandido -1956)

Dirección: Richard Fleischer
Guion: Earl Felton

Reparto:
- Robert Mitchum: Wilson
- Ursula Thiess: Lisa Kennedy
- Gilbert Roland: Colonel José Escobar
- Zachary Scott: Kennedy
- José Torvay: Gonzalez
- Rodolfo Acosta: Sebastian

Música: Max Steiner

Productora: D.R.M. Productions (EE.UU.-México).

Por Lluís Nasarre. NOTA 8,5

Escobar (refiriéndose a Wilson): "No está loco. Es un águila descalza" 


Normalmente, el western comporta espacios abiertos, grandes llanuras y el anhelo de alcanzar ese (constante) punto que se vislumbra en el horizonte y que significa libertad. Evolucionando los años y los títulos dentro del género, algunos, con esos modos “marcados a fuego” en la grupa de su montura, “han jugado” a acotar espacios en su dramaturgia para ahogar sentimientos, de manera que, todos los que intervienen en ese instante enclaustrado, hagan aflorar y percutir sus demonios interiores en beneficio de la historia, con el bien entendido, que tras la puerta o la ventana les espera “como techo, un cielo lleno de estrellas”. Sin embargo, el movimiento se hace andando, y en otra vuelta de tuerca dramática, también se añadirá al western el concepto “frontera”. Estar a un lado u otro (o en el filo). Llevar a cabo acciones en una banda del Rio Grande porque en la otra no se permiten o bien, cruzar el límite para alcanzar ese (vital) sentido a libertad vedado unas millas más atrás. ¿Grupo salvaje?



En 1954 el habitual colaborador de Anthony Mann, Borden Chase escribió una historia, que adaptada por James R. Webb y Roland Kibbee, Robert Aldrich inmortalizó en celuloide. La descarada e insolente Vera cruz. Para esa ocasión, la virtud de Aldrich fue la de dinamitar algunos códigos genéricos clásicos, confiriendo a su historia una enorme vivacidad y ligereza independientemente de la oscuridad de los personajes y/o el entorno a desarrollar. Ese estupendo enfoque, entre otras cosas, sirvió para abrir la puerta a otros senderos, de manera que, y parafraseando al poeta Paul Eluard “hay otros mundos, pero están en este”. Pues bien, dos años después, Earl Enton, guionista transitador del noir y habitual colaborador de Richard Fleischer, tras aunar esfuerzos en la maravillosa 20.000 leguas de viaje submarino, guioniza una historia propia para trasladarla al cine. Y esto es Bandido.



Algunas fuentes, refieren que Robert Mitchum, que protagonizaría el film, colaboraría en labores de guión. Un hecho éste que si esta vez sirve como anécdota, dos años después habría de convertirse en realidad, al escribir el actor la historia de la interesante Camino de odio. Sin embargo, mi intención ahora pasa por detenerme en Bandido, que co-escrito (o no) en mayor medida por Robert Mitchum, considero que en su ínterin, contiene los suficientes y significativos puntos como para asociarlos perfectamente a la particular idiosincrasia del actor.


Además…para entendernos, Bandido es un western (si podemos denominarlo de ese modo) de la corriente de ¡Agáchate, maldito! Y su referencia anterior a Vera Cruz, de la misma forma que a la película de Leone, no es gratuita en absoluto. En esta ocasión, acompañaremos a Wilson, uno de esos aventureros americanos que en plena guerra civil mexicana, allá por 1916, traspasa la frontera dispuesto a probar fortuna haciendo negocios en conflictos ajenos. Conflictos que tendrán que ver con su relación con el insurrecto Escobar desbaratando los negocios de Kennedy (personaje de idéntica catadura a Wilson), el cual, pretende vender un cargamento de armas al opresor ejército mexicano. Tal empresa no tiene otra finalidad que el lucro personal del propio Wilson y el aprovisionamiento armado de los “pobres” revolucionarios.


Sin embargo, esto es Hollywood y Kennedy tiene… una preciosa esposa, la cual no está mucho por la labor de su marido.


Tras unos créditos similares a los de Vera Cruz, incluida esa nota introductoria que en este caso apunta…”en ciertos lugares fronterizos pasaron unos pocos imprudentes al sur del país…aventureros, tontos y cazadores de fortuna”…el film arranca con un plano secuencia confrontando por un lado a la cantidad de mexicanos que intentan entrar en EEUU con, por el otro, al matrimonio Kennedy llegando a México, siendo alertados por el representante americano de que están accediendo a zona de guerra y que deberían desistir de ese viaje, ya que desde ese instante, él poco podrá hacer por ellos. Kennedy, socarrón le pregunta a su esposa si se ha olvidado de algo a lo que ella responde: “el sentido común nada más”. De este modo Richard Fleischer inicia su relato. Directo. Frontal. Y al corazón del conflicto como solía hacer en los concisos noir del inicio de su carrera. No nos ha de extrañar por tanto que, la aparición de Mitchum, tampoco se haga esperar. Le conoceremos al mismo tiempo que descubriremos, con él, de las desavenencias del matrimonio Kennedy. Provocando que a partir de ese instante, el espectador y Mitchum seremos adláteres.


Lo curioso de un film como Bandido es que de primeras no nos plantea nada que sea novedoso ni tan sólo apasionante. El realismo de su retrato está a años luz de lo que posteriormente reflejará Sam Peckinpah en sus películas. No obstante, será su modo de encararlo mediante unas composiciones escénicas horizontales que proporcionan una gran fisicidad y belleza visual, lo que convierte al film, en un “espectáculo” cinematográfico de primer orden. De ahí que, Sergio Corbucci, para Salario para matar y Los compañeros seguramente lo tuviera presente del mismo modo que a ¡Agáchate, maldito! Porque, al igual que en estas películas, de lo que no podemos sustraernos es del atractivo dinamismo que tiene el relato de Fleischer con la revolución mexicana como excusa o telón de fondo. Aldrich en Vera Cruz y Elia Kazan con Viva Zapata, por poner dos ejemplos de la misma época y en idéntico escenario, añadieron a la columna vertebral de sus historias unas connotaciones ideológicas de las que carece (por voluntad propia) la película de Fleischer. Emiliano Zapata y el Ben Trane de Aldrich, tienen unas convicciones y un pasado que se reflejan perfectamente en sus films condicionando su comportamiento. Por el contario, de Wilson, como del posterior (anti)héroe del spaghetti western apenas conocemos nada…”encenderé una vela por Ud.,…gracias, he corrido muchos riesgos en mi vida y nadie ha rezado por mi”…sólo nos importará el presente y su letal…proceder. De hecho, cuando conoce a Escobar este le llama Alacrán por su picadura venenosa…”una sola y (santiguándose)…Amén”. El mexicano (encarnado con su aplomo característico por Gilbert Roland) rápidamente ve en él, ese aire peligroso del profesional a sueldo. El mercenario pendenciero e inteligente que necesita para su (imposible) causa. Ya se lo dice a su segundo en el mando. “Es un águila descalza”. Definición utilizada por los mexicanos para describir a un ser solitario y que a pesar de estar desarmado, es rápido y expeditivo para resolver los problemas. Pero los problemas de los demás. Wilson no tiene problemas…los soluciona sin importarle nada…”no hay ninguna diferencia entre una causa perdida y un perro muerto. Los dos saben lo mismo”…No obstante, Wilson no cuenta en sus planes, con la aparición de la mujer. Y ello le comporta que tome partido por un bando. Algo que parece ser no es su forma de hacer. Y como quiere llamar la atención de ella, tras una conversación con Escobar, transmuta y el concepto moralidad va cobrando forma en el relato y en su proceder. Es una evidencia que ese requiebro no está desarrollado de la mejor forma por el libreto de Enton. Pero la presencia de Mitchum, amortigua la debilidad del cambio de rumbo. Por obra y gracia del destino pasa de aventurero, a cazador de fortuna y posiblemente tonto. Su aire conquistador, su languidez...”estaba con los rebeldes antes de que me cayera arena en los ojos”…una manera como cualquier otra, para decir que algo ha torcido su visión y…sus intereses. Tras eso, en el vividor aflora su (desconocido) sino de héroe poniendo su corazón al lado de los débiles, aunque ello le comporte quedarse sin dinero.


Con el mismo operador de Vera Cruz, Ernest Laszlo, en Bandido somos espectadores de bellas imágenes que combinan épica y lirismo. Combinación indispensable para la aventura e indisociables de las películas de su director, ahí están Los vikingos o la adaptación de Verne para demostrarlo. Las escenas de acción, con Wilson lanzando granadas desde su hotel mientras bebe whisky; el robo del tren o el montaje de la emocionante escena del final con las lanchas que contienen las armas, mientras los hombres de Escobar se acercan a la playa y van a ser presa de una emboscada, se conjugan perfectamente con algunas de transición, perfectamente integradas en el núcleo de la narración, ya sea por lo acerado de sus diálogos o por su puesta en escena, como esa en la que Wilson volverá a encontrarse con Escobar tras su fracaso y un cortejo fúnebre pasa entre ellos como prefacio …”nunca he esperado el afecto de las balas”…o el momento de la playa entre los amantes que nos retrotrae tímidamente a la memoria De aquí a la eternidad o El rostro impenetrable.



Como apunto, Bandido debe el éxito de su propuesta a la habilidad de Richard Fleischer. De la nada saca una estupenda película de aventuras con canon de western acerca de un tipo para el que la guerra no es más que una aventura que debe darle “buenos pesos”, además divertirle y ya puestos…enamorarlo.


Con idénticas y primigenias intenciones, Robert Mitchum habría de volver a México con la procaz La ira de Dios.


VER LA PELÍCULA


miércoles, 5 de julio de 2017

EL SECRETO DE CONVICT LAKE

(The secret of Convict Lake, 1951).

Dirección: Michael Gordon.
Guion: Anna Hunger, Jack Pollesfen, Oscar Saul, Victor Trivas, Ben Hecht (sin acreditar).

Reparto:
Glenn Ford (Jim Canfield)
Gene Tierney (Marcia Stoddard)
Ethel Barrymore (Granny)
Zachary Scott (Johnny Greer)
Ann Dvorak (Rachel Schaeffer)
Barbara Bates (Barbara Purcell)
Jeanette Nolan (Harriet Purcell)

Música: Sol Kaplan.
Productora: Twentieth Century Fox Corporation (USA).

Por Jesús Cendón. NOTA: 6’5

“Creo que carga con demasiada responsabilidad. Juez, jurado y verdugo, todo bajo un bonito vestido de señora. ¿Por qué no organiza un linchamiento?” (Jim Canfield a Marcia Sotddard tras el recibimiento a los presos por parte de las mujeres del pueblo)


ARGUMENTO: Cinco convictos, entre los que se encuentra Jim Canfield acusado injustamente de asesinato, tras escapar del penal de Carson City recalan en un pueblo de montaña cerca del lago Monte Diablo habitado temporalmente sólo por mujeres. Ambos grupos deberán aprender a convivir hasta que cese la tormenta.


Basada en hechos reales acaecidos en 1871, la película, aunque no conseguida del todo, constituye una propuesta muy atractiva por su audacia y es, sobre todo, por diversas razones una rara avis dentro del género wéstern de la década de los cincuenta.


En primer lugar porque el filme se constituye como una mixtura de géneros. Por supuesto es un wéstern, pero igualmente contiene elementos de thriller (unos convictos en busca de un botín), melodrama (las dos historias de amor) e, incluso, terror en escenas como la nocturna que se desarrolla en el establo, previo a su incendio, con uno de los personajes tan sólo alumbrado por una lámpara de petróleo.


En segundo lugar el marco geográfico en el que se desarrolla la acción. Así se van a sustituir las grandes llanuras con sus infinitos espacios abiertos por la montaña, la nieve y un entorno cerrado. De esta forma, el pueblo aislado por la tormenta va a ser concebido por el director como un microcosmos, un espacio claustrofóbico y opresivo, que le permitirá dosificar la tensión a través de tres arcos argumentales perfectamente ensamblados:
-    Las ansias de venganza de Jim Canfield al pretender acabar con el individuo cuya falsa declaración le condenó a la horca.
-    La tentativa de Johnny Greer, junto con el resto de compinches, para adueñarse de los cuarenta mil dólares escondidos por el hombre que traicionó a Jim.
-    Los desordenados impulsos sexuales de Clay, otro de los ex convictos. Un psicópata condenado por violación y asesinato presto, en esta situación, a liberar sus más bajos instintos.


En tercer lugar por la importancia cuantitativa y cualitativa de la presencia femenina en el filme. De esta forma la película entroncaría con los escasos ejemplos en los que se resaltó el papel de la mujer como colectividad en el wéstern: “Caravana de mujeres” (William Wellman, 1951) o “Brigada de mujeres” (George Marshall, 1957).


 


Por último, nos encontraríamos con la trascendencia del sexo como un elemento que impulsará la acción. Johnny se dará cuenta desde el inicio de las carencias sexuales y afectivas de Rachel, una mujer frustrada y reprimida, y la seducirá como parte del plan para averiguar el paradero de los cuarenta mil dólares (es extraordinaria la secuencia de la seducción que culmina con un fundido en negro para a continuación mostrarnos las llamas de un fuego). Mientras que la pulsión sexual de Clay, latente durante gran parte de la película, culminará con el intento de violación de Barbara y el posterior linchamiento de este por parte de las mujeres del pueblo.


La película además cuenta con un gran reparto. Nos encontramos con Gene Tierney, bellísimamente retratada por la fotografía en blanco y negro obra de Leo Tover que resalta sus hermosísimos ojos, en el papel de Marcia Stoddard que se debate, a medida que descubre la clase de hombre que es su prometido, entre su amor creciente por Jim y su compromiso matrimonial con Rudy. Ethel Barrymore como Granny, personaje experimentado y líder natural del grupo de mujeres. Ann Dvorak, sensacional en su último papel para el cine, dando vida la reprimida Rachel, una mujer amargada por su soltería de la que llegan a decir: “Esperar a un marido es difícil, pero no tener a quién esperar es aún peor”; además de no esconder sus celos hacia Marcia al haberse prometido ésta a su hermano. Y. por último, Jeannete Nolan como la dominante madre de la joven Barbara, objeto del deseo de Clay. Son personajes muy bien perfilados con apenas algunas pinceladas. Por el lado masculino destacan un adecuado Zachary Scott, el malvado del filme, un hombre inteligente que, cual demonio, se dará cuenta de la debilidad de Rachel y la tentará seduciéndola por motivos espurios; y Glenn Ford como Jim Canfield, un individuo consumido por su sed de venganza que deberá escoger, ante la creciente amenaza de sus compañeros de fuga,. entre su satisfacción personal y la protección a las mujeres.


Película, por tanto, profundamente moral que, aunque cuenta con un giro de guion coincidente con la aparición de los maridos que supone cierta pérdida de credibilidad en el tramo central, remonta en un gran final centrado tanto en las consecuencias derivadas de actitudes codiciosas, como en la posibilidad de regeneración de los seres humanos si se les permite una segunda oportunidad.


“El secreto de Convict Lake” es, en definitiva, una joya olvidada que influyó en películas más reconocidas como “El día de los forajidos” (Andre De Toth, 1959) y, estoy seguro, hará las delicias de los aficionados al género.

Ver la película:



jueves, 29 de junio de 2017

RÍO GRANDE

Rio Grande - 1950

Dirección: John Ford.
Guion: James K. McGuinness (Historia: James Warner Bellah)

Intérpretes:
- John Wayne: Lt. Col. Kirby Yorke
- Maureen O'Hara: Mrs. Kathleen Yorke
- Ben Johnson: Trooper Travis Tyree
- Claude Jarman Jr.: Trooper Jefferson 'Jeff' Yorke
- Harry Carey Jr.: Trooper Daniel 'Sandy' Boone
- Chill Wills: Dr. Wilkins (regimental surgeon)
- J. Carrol Naish: Lt. Gen. Philip Sheridan
- Victor McLaglen: Sgt. Maj. Timothy Quincannon

Música: Victor Young.
Productora: Argosy Pictures (USA).


Por Quim Casals. NOTA: 8



Si uno no conociera la profundísima pasión y devoción fordiana de Jesus “Elenorra” Cendón, podría pensar que con su propuesta para hacerme cargo de la reseña de Río Grande me traspasaba el baile con la más fea, pues de la llamada “Trilogía de la Caballería” de John Ford es sin duda la que siempre ha gozado de menor prestigio crítico y sigue siendo la menos conocida a nivel popular.


No obstante, quizás porqué siempre he preferido ser abogado de las causas perdidas, diré que me alegré mucho ante el ofrecimiento, ya que particularmente —y aquí el particular a buen seguro que lo será más que nunca— en su conjunto me gusta más y me llega más hondamente que sus dos predecesoras. La causa, con toda seguridad, es que trascendiendo la glosa militarista, que no es algo que nunca me haya emocionado especialmente, de lo que trata en última instancia Río Grande es de la familia, una temática además netamente fordiana que el maestro sabía retratar con una sensibilidad y una sutileza ejemplares.


Asistimos aquí a la reconstrucción de los lazos familiares: en Fort Starke, el coronel Yorke (John Wayne, en buscado parecido fonético con el Capitán York de Fort Apache) ve cómo se incorpora al regimiento su joven hijo, Jeff (Claude Jarman Jr.), expulsado de West Point y al que lleva 15 años sin ver; acto seguido y con la intención de llevarse al muchacho, llega su esposa, Kathleen (Maureen O’Hara), de la que lleva el mismo tiempo separado y distanciado tras haberse visto obligado durante la guerra a quemar las plantaciones patrimonio de la familia de ella. Un inciso aquí para resaltar la afilada crítica hacia las órdenes fruto de las conveniencias políticas, muy fáciles de tomar desde los despachos pero que cuestan bajas evitables. En esa misma escena inicial, hablando con el General Sheridan (J. Carroll Naish) sobre su reciente misión, Yorke afirma que él no mandaría notas de protesta a Washington sino que los llevaría al abrevadero donde varios soldados fueron colgados cabeza abajo para ser devorados por las hormigas…


Es en este mismo sentido que cabe ahondar en la espectral fotografía a cargo de Archie Stout y Bert Glennon, donde abundan las escenas nocturnas, los contraluces y las sombras fantasmagóricas de los personajes proyectadas sobre la lona de las tiendas en el fuerte, o los exteriores siempre agrestes. Una aridez y sequedad, en fin, que refleja de una manera más realista y descarnada que otras películas la dureza de esa forma de vida frecuentemente ingrata.



No por casualidad la historia se abre y se cierra con el retorno de los soldados al fuerte tras una misión; pero pese a las victorias, no serán en absoluto entradas triunfales. La cámara de Ford prefiere fijarse en lo humano, en las esposas que esperan angustiadas que el amado regrese con vida, en el fatigoso andar de los soldados agotados, en las literas que trasladan a los heridos… Las escasas escenas de acción, por su parte, están rodadas de una manera muy funcional, nada aparatosa (influyó el escaso presupuesto y tiempo de rodaje), mientras que el contrapunto distendido lo aportan Victor McLaglen (llamado aquí como en La legión invencible Quincannon) y las tribulaciones de los jóvenes Ben Johnson y Harry carey Jr.




Quisiera resaltar también el estupendo trabajo efectuado con el guion, y que a primera vista puede pasar desapercibido, que consiste en lograr que aquello que sucede en el regimiento (la vida cotidiana en el fuerte, las escaramuzas con los indios, el ataque indio a la caravana en la que trasladan de fuerte a las mujeres y niños, la batalla final para liberar a los niños que los indios han secuestrado en una vieja iglesia mexicana) tenga una repercusión directa en la relación entre los miembros de esa familia desestructurada, en forma de progresivo acercamiento emocional entre ellos.


Así, la primera vez que veamos juntos al padre y al hijo será en un “falso” cara a cara propiciado por un plano excepcional que juega con la profundidad de campo: los nuevos reclutas están alineados, con Jeff en primer término, y Yorke les habla desde el fondo de la fila sobre el hecho que no esperen la gloria, sino una vida de dolor y privaciones; entendemos claramente que tan severa advertencia es ante todo para con Jeff. Muy fría y distante será también la primera conversación entre ambos, aunque al término veremos a Yorke, ya solo, comparándose con la altura del hijo; le veremos también, en otro maravilloso plano, observándole desde una ventana con una mirada que ya es de “padre” mientras le atiende el médico, dejará que Jeff continúe su pelea contra quien le ha acusado de trato de favor, mostrará su preocupación, pero también su orgullo, por las acciones de riesgo en las que Jeff participa para, finalmente, pedirle que sea él, mientras por primera vez le llama hijo, quien le arranque del pecho la flecha que le ha herido en la batalla final.


Paralela será la trayectoria Kathleen, la cual brinda ante los mandos por mi única rival, la Caballería de los Estados Unidos. Ella deberá asumir con mucho dolor la libertad de elección de su hijo para seguir los pasos de su padre en el ejército, y será finalmente la comprensión de esa elección vital la que hará posible el reencuentro sentimental de ese matrimonio roto. Ford equipara, pues, su reconciliación conyugal con su reconciliación con lo que supone el ejército como forma de vida. Algo del todo coherente con la romántica idea que el cineasta tenía de la Caballería como una familia.


Dos aspectos cabe destacar en este tránsito, el uso de la dirección artística y el de las canciones que interpreta el grupo The Sons of the Pioners, como miembros del elenco. En lo primero, estamos muy acostumbrados a ver en los fuertes del cine recias estancias de madera que transmiten la sensación de la seguridad de un pequeño hogar. Aquí, como he dicho antes, se focaliza la atención en las tiendas, alegoría de lo temporal y transitorio. De esta manera, la primera cena entre los dos, con la mesa con íntimas velas pero a resguardo tan solo con las lonas, proporciona la muy simbólica imagen de un comedor sin paredes, la ilusión de un hogar que aún no es tal.


Por su lado, las letras de las canciones, primero ante los dos tras la cena y la que Yorke escucha paseando a la vera del Río Grande, entroncan directamente con los sentimientos de los personajes, que estos expresan con calladas miradas (creo firmemente que estamos ante una de las mejores interpretaciones de Wayne por la expresividad de su rostro en los silencios). La segunda de estas escenas, sublime plano a plano en su concepción, constituye, como aquel otro de la madre en Las uvas de la ira al desprenderse de sus últimas pertenencias, uno de esos momentos de purísima e inimitable poesía fordiana, donde nos parece que el tiempo se haya detenido. Al final de ella, en asombroso primer plano Wayne escucha: Mi corazón se retuerce y las lágrimas horadan mis ojos. Volveré rápido a ella. Y a fe que lo hace y besa apasionadamente a Maureen O’Hara. La revisión de esta obra me ha hecho caer en la cuenta que su raudo gesto al cogerla del brazo y atraerla hacia él supone un anticipo clarísimo del famosísimo primer beso de El hombre tranquilo. Parece evidente que Ford, Wayne y O’Hara tomaron buena nota.


Y no, no me olvido (lo mejor siempre se deja para el final), es hora de recordar que esta fue su primera película conjunta y que en ella queda ya perfectamente patente la triple química absoluta entre actor, actriz y director. Un aliciente más para acercarse a este pequeño pero a mi entender muy reivindicable western.